Bogotá

El zar de la Jiménez que vive de rifar sus gallos gordos

Cada jueves, Gumercindo Russi premia a sus clientes con plumíferos. Lleva 16 años en este oficio.

El zar que vive de la rifa de gallos gordos

En la esquina de los esmeralderos en Bogotá todos conocen al ‘zar’ de los gallos.

Foto:

Héctor Fabio Zamora / EL TIEMPO

13 de abril 2017 , 12:19 a.m.

Si camina un jueves por la esquina de la carrera 7.ª con avenida Jiménez, se puede llevar un susto cuando escuche, de la nada, el cantar de un gallo. Su sorpresa puede ser mayor al ver no a uno sino a tres de estos plumíferos, amarrados de las patas y sentados en la entrada del emblemático subterráneo de este sector del centro de Bogotá.

Ellos y un costal con papas, plátanos, zanahorias, cebollas y arracachas, que cuelga de las rejas, son lo que podrán llevarse quienes compren, por diez mil pesos, una boleta de la rifa que los entrega como premio. A las tres y media de la tarde Gumercindo Russi, su dueño, saca del bolsillo de su pantalón un silbato rosado, como los que usan los niños en las piñatas. Lo pone en su boca y lo hace sonar una, dos, tres, cuatro veces. Los hombres que permanecen de pie en esta esquina, esmeralderos en su mayoría, y otros curiosos que caminan por el lugar, se acercan a él mientras ríen y hablan. El silbato anuncia que ya hay un ganador.

Hace una década y media, este campesino de 65 años, de piel morena y un metro con sesenta centímetros de estatura, originario de Pauna (Boyacá), descubrió que el cuarto día de la semana es ideal para hacer su rifa. “El jueves la gente tiene plata porque no ha pasado el fin de semana, el lunes llegan pelados y el viernes se la quieren gastar en otra cosa”, argumenta.

“Puse un letrero en una de las paredes de acá porque todos vienen a buscarme y ahí les puedo dejar mensajes. Uno decía ‘voy a rifar tres gallos pero hasta que usted no se los gane yo no descanso’ (risas). Todos los que pasaban miraban el letrero y se reían, ese jueves me compraron todas las boletas”, cuenta.

Llega a las 9 de la mañana a la misma esquina y amarra las tres aves, vivas y coleando, que trae en un costal desde la carrera 127, en donde los recoge de madrugada. Allí se los vende un paisano que viene desde Guateque, Boyacá. Paga un taxi para llevarlos porque no los puede cargar, las operaciones en su columna y las dolencias que lo aquejan en una de sus rodillas se lo impiden: “Lo único que tienen de finos estos gallos es que andan en carro (risas)”.

Tiene su clientela fiel, los esmeralderos que pasan el día en el lugar intercambiando pequeñas bolsas blancas de papel que cuidan con recelo, en las que brillan las piedras preciosas que enamoraron a Víctor Carranza, el Zar, y que fueron protagonistas de la llamada Guerra Verde en Colombia (desde 1960 hasta la década de 1990, y con coletazos hasta los años recientes). Tal vez por eso todos se sienten prevenidos cuando entrevisto a Gumercindo, le dicen constantemente que busco sacarlo del lugar.

“No me perjudique, acá me están diciendo que si hablo con usted me van a sacar, que me va a tocar pagar RUT. Ya me han echado la policía varias veces, me hacen soltar a los gallos, me dicen que los quite de ahí porque supuestamente los estoy maltratando”.

Para los que trabajan en la Jiménez se convirtió en el ‘zar de los pollos’; para los desconocidos que llegan a buscarlo es ‘el gallero’. Russi se siente orgulloso de su reconocimiento local. Lo demuestra con la gorra amarilla que usa todos los días en la que se lee ‘Los gallos me dan dinero’, y en el poncho blanco que reza ‘soy el gallero de Pauna, tierra de paz’. Ambos los mandó a diseñar de forma exclusiva, siempre los lleva puestos.

El comienzo

Antes de llegar a Bogotá era guaquero, se pasaba los días buscando en el agua de los ríos y en las minas de Boyacá las piedras preciosas que después vendía. A los 25 años le pareció que el negocio no era rentable y prefirió mudarse a la capital. Cuando llegó, sus amigos le hablaron de los esmeralderos de la Jiménez; los buscó y se convirtió en intermediario.

Para él sus gallos son producto del rebusque. En el 2001 un conocido le regaló el primero: “Lléveselo a su casa y hágase un buen almuerzo”, le dijo. Como trabajaba en el centro lo amarró a las rejas del subterráneo y quienes lo vieron le pidieron que se los vendiera. Gumercindo decidió rifarlo entre sus amigos, fue el cacareo inicial de un nuevo negocio. A los ocho días rifó dos más y para la tercera semana eran tres los animales que estaban amarrados a la misma reja.

Por un tiempo le agregó al premio 400.000 pesos, que iban debajo de las alas de los emplumados, pero la idea no funcionó. “La gente lo que quiere es comer gallo, por eso la plata no sirvió y me tocó cambiarla por el mercado, que es como una cortesía mía. Cuando ven la verdura se emocionan, piensan en el sancocho que van a hacer y me compran”. Sonríe.

Entre gallos y esmeraldas se gana la vida. “Prácticamente vivo de lo que hago en la rifa y de las comisiones que me pagan los esmeralderos por venderles las piedras”, cuenta el negociante, mientras cambia la sonrisa que lo caracteriza por una expresión seria. La mujer con quien llevaba 17 años casado, también campesina, madre de sus dos hijas y habitante de su mismo techo desde que llegó a Bogotá, en una casa de Candelaria La Nueva (Ciudad Bolívar), lo cambió hace tres años por otro hombre.

Por eso ahora trabaja para mantener a su hija menor, de 27 años, que fue diagnosticada con lupus cuando cumplió la mayoría de edad. La mayor vive en el segundo piso de la misma casa, con sus dos hijos, es madre soltera.

Cada vez que pasa uno de los ganadores de sus rifas se ríe y lo señala. “Ese se ha ganado el premio tres veces, mire cómo está de inflado –gordo– de tanto comer gallo”, bromea, retomando la sonrisa que se le había volado con el recuerdo de su ex. En su memoria guarda intacta la imagen de todos los afortunados. “Una vieja que trabaja en uno de estos edificios se la ganó cuatro veces seguidas, me tocó castigarla y ahora no le vendo boletas para ver si le deja la suerte a otro”.

Esta vez la lotería Dorado Tarde, que siempre define el número de la suerte, cayó en 54, un joyero de la zona lo había comprado. Gumercindo toma el celular y con el número que le deja escrito todo el que le compra una opción, llama al ganador y le pide que recoja el premio. Todos quieren conocer al suertudo de hoy. El joyero llega y entre chistes y vítores se lleva ambos costales.

Guillermo Sánchez es uno de sus clientes más fieles, ronda los sesenta años y conoce a Russi hace doce años. Él fue uno de los que le compró su primera rifa. “Me gusta comprarle boletas porque son buenos pollos, son pollitos criollos. Una vez me gané una, en esa época fueron tres gallos y 400.000 pesos. Preciso ese día estaba en construcción, haciendo una casa. Matamos a los gallos y nos hicimos un sancocho para todos los que estábamos trabajando en la obra; duramos tres días comiendo pollo y nos quedó la plata pa tomar cerveza y comprar varilla, cemento y arena”, recuerda.

Después de que los gallos se van con su nuevo dueño, Gumercindo se da la tarde libre para volver a casa. Lo espera una cita con el médico para revisar la rodilla. En unos meses tendrá que operarse, entonces debe trabajar y ahorrar el doble en estas semanas. Por eso también le preocupa nuestra charla, lo que deja claro al finalizar la entrevista:

–Sumercé, ¿cómo es que es su nombre?

–Camila.

–Ahh, la niña Camila. De todas maneras, si me sacan yo la busco hasta donde la encuentre –finaliza el zar de los gallos gordos.

MARÍA CAMILA BERNAL
Escuela de Periodismo EL TIEMPO

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