Bogotá
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Análisis UniSabana

El grafiti, un grito de la pared / En defensa del idioma

Esta expresión artística acude a los lenguajes verbales, visuales o mixtos.

Nueva cara al barrio Piloto en Cali

"Su intención, por supuesto, consiste en propagar un mensaje al mayor número posible de personas, motivo por el cual el espacio público se constituye en el medio más adecuado".

Foto:

Juan Pablo Rueda Bustamante / EL TIEMPO

24 de agosto 2017 , 11:14 a.m.

“Siembra ignorancia y recogerás violencia”, prevenía en Bogotá un grafiti de los años ochenta, sin que hasta ahora se conozca su autoría.

Y esa es una de las características de este tipo de expresiones: el anonimato, junto a la marginalidad, que significa un mensaje relegado por los medios tradicionales a causa de su posible fuerza contestataria, obscena o anticultural.

Casi todos los grafitis son espontáneos en su ejecución (quizás no en su concepción), breves, fugaces (borrados pronto si inducen a pensar).

Los hay irónicos (“silencio: estamos en democracia”), sociales (“rómpele el corazón al sistema”), educativos (“perdí la sabiduría cuando me senté en un pupitre”). Otros más convierten al muro en la superficie de los desengaños amorosos: “Dijiste que nos diéramos un tiempo, y te lo tomaste todo”.

Si el mensaje no llega de manera efectiva a los receptores, el grafiti pierde toda su esencia

El grafiti, aparte de entrañar ideas acerca del papel que cumple la humanidad en el mundo, en la política, en la economía o en la evidencia del fanatismo en el deporte, entre otras clasificaciones temáticas, también acude a los lenguajes verbales, visuales o mixtos.

Sin embargo, por estos tiempos en que aún perdura esa clase de comunicación, muy pocos mensajes pueden deducirse, debido a la ilegibilidad de los símbolos.

En las calles bogotanas, por ejemplo, la mayoría de las veces solo se perciben figuras amorfas o rayas trazadas con fuerza y sin destreza alguna, que son el reflejo de unas tareas derrochadas en tiempo, en brocha, en pintura y en el riesgo de recibir una sanción. Si el mensaje no llega de manera efectiva a los receptores, el grafiti pierde toda su esencia.

También hay grafitis de gran calidad artística, inclusive apoyados por las administraciones locales; pero estos pertenecen a iniciativas y fines diferentes, sobre todo porque sus felices hacedores son ya identificados.

Y aunque nos hemos centrado aquí en que el soporte material de estos mensajes son los muros, también esas diversas inquietudes se fijan en puertas, columnas, postes y hasta vallas.

Su intención, por supuesto, consiste en propagar un mensaje al mayor número posible de personas, motivo por el cual el espacio público se constituye en el medio más adecuado. Es, también, el grito silencioso de quienes pretenden alertar a otros de una percepción considerada original en su contenido, en su forma y en su medio.

Los más reconocidos grafitis de la historia occidental se gestaron en mayo y junio de 1968 en París, una manera de expresar un descontento social, sobre todo por parte de los estudiantes.

Algunos de los más recordados mensajes cuestionan el papel de la educación ("En los exámenes, responda con preguntas") o invitan a disfrutar de la existencia ("Decreto el estado de felicidad permanente"). Otro más, con la riqueza inagotable de las metáforas, advierte de que el conocimiento es el más favorable estado de alerta ("No puede volver a dormir tranquilo aquel que una vez abrió los ojos").

La validez de las ideas, en cualquier soporte o medio, refleja casi siempre la mentalidad de sus emisores (Twitter, diarios, radio, publicidad, Facebook, etc.). Para nuestro caso, bastaría entonces con repasar los contenidos de los muros urbanos para descubrir qué tan ricos (o pobres) son los mensajes de una ciudad.

“Alejo”, quizás el más popular grafitero en la Bogotá de los años ochenta, preservó su anonimato a pesar de su firma. Él escribía por esa época: “María Juana, tu nombre me sabe a hierba”, mientras uno de sus colegas en un muro frontal había sostenido que “un retrasado no se cura al subir a un Ferrari”.

Comparado con la avalancha de mensajes que hoy traen las redes sociales, un grafiti (ya disuelto en una pared pañetada hace tres décadas) invitaba, con la insuperable justificación del amor, a sostener una carga ilimitada de paciencia: “Si no te tardas mucho, te espero toda la vida”.

Con vuestro permiso.

JAIRO VALDERRAMA V.
UNIVERSIDAD DE LA SABANA

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