Bogotá

Las enfermedades que acechan a quienes viven de trabajar en la calle

Son propensos a la gripa, gastritis, dermatitis, otitis y lumbalgias. 

Trabajadores de la calle.

A diferentes enfermedades se exponen quienes sobreviven de trabajar en las calles de Bogotá.

Foto:

Mauricio León. EL TIEMPO

23 de mayo 2018 , 09:00 p.m.

Estar a la intemperie les ha permitido subsistir, pero también les ha dejado secuelas en sus cuerpos. Vigilantes, barrenderos, emboladores, recicladores, ‘calibradores’ de buses y estatuas humanas cuentan qué ha representado trabajar en las calles. Y como poco asisten a las clínicas, debido a la dificultad para acceder al sistema de salud, según cuentan, EL TIEMPO ZONA contactó a un experto en el tema, para que diera su diagnóstico.

El médico cirujano de la Universidad Nacional Santiago Lagos Herrán, con formación en toxicología y amplia experiencia tanto en atención en urgencias como en atención prehospitalaria, explica a qué están expuestos quienes laboran entre avenidas y aceras de Bogotá.

“Las enfermedades de tracto respiratorio son de las más recurrentes en estas personas. Por ello, es normal escucharlas decir: ‘Me da gripa seguido’. Lo realmente grave es cuando tales gripas llevan a infecciones pulmonares y neumonías”, comenta el médico Lagos.

Y aunque todos los trabajadores mencionados están expuestos a tales enfermedades, los ‘calibradores’, al laborar, literalmente, en medio de los buses, tienen un mayor riesgo de contraerlas.

De acuerdo con el experto, la otitis, enfermedad del sistema auditivo, pero relacionada con las patologías de tracto respiratorio, también es común entre quienes permanecen más de ocho horas en la calle.

“No hay que dejar por fuera las afecciones ligadas al tracto digestivo. La gastritis y gastroenteritis también son comunes. Todas están asociadas a hábitos alimenticios, horarios y tipos de comida que se pueden consumir en la calle”, explica el experto.

En general, desde el embolador hasta el reciclador tienden a padecer dolores crónicos, asociados a posturas inadecuadas y movimientos repetitivos, por lo cual se les puede diagnosticar lumbalgias, cervicalgias y tendinitis, entre otros, según Santiago Lagos.

No es tan cierto, como suele creerse, que estos ciudadanos cojan ‘callo’ y defensas propias, a tal punto que logran volverse inmunes, aunque, de cierto modo, el cuerpo sí se habitúa.

José Gabriel Barajas.

José Gabriel Barajas es reciclador.

Foto:

Mauricio León.

Fabio Silva.

Fabio Silva es embolador.

Foto:

Mauricio León.

Derly Saganome.

Derly Saganome es barrendera.

Foto:

Mauricio León.

Luis Enrique Macías.

Luis Enrique Macías es vigilante en Suba.

Foto:

Mauricio León.

Helena León Poveda.

Helena León Poveda es vendedora ambulante.

Foto:

Mauricio León.

Gabriel Barrios.

Gabriel Barrios es limpia vidrios.

Foto:

Mauricio León.

Juan José Piña.

Juan José Piña es un mimo callejero.

Foto:

Mauricio León.

'Lo único que tomo para el dolor es una aromática’

“Más que las manos, me duelen la espalda y la cintura. Debe ser por mi postura”, dice Fabio Silva mientras saca un frasco con champú, betún y un trapo para embolar los zapatos de su cliente.

Tiene 47 años de edad y desde los 14, cuando su padre falleció, comenzó a trabajar en las calles, cuidando carros en la carrera 15 con 72 y, luego de un tiempo, dejando como nuevos los mocasines ajenos.

“Lo único que tomo para el dolor es una aromática. Hace más de tres décadas no voy al médico porque me da miedo que me diagnostiquen algo raro. Así estoy tranquilo”, agrega el trabajador.

Desde las seis de la mañana se alista, aunque sale a las siete de su hogar, en Ciudad Bolívar, al que retorna antes del anochecer. “En estos trabajadores podemos encontrar afecciones en el sistema osteomuscular y dinámico, debido a las posturas inadecuadas, movimientos repetitivos y sobrecargas”, dice el médico Santiago Lagos.

Lo único que tomo para el dolor es una aromática. Hace más de tres décadas no voy al médico porque me da miedo que me diagnostiquen algo raro. Así estoy tranquilo

Fabio, el embolador.

Desde los 14 años, Fabio comenzó a trabajar en las calles de Chapinero; a veces embola zapatos y en ocasiones se dedica a cuidar carros en la calles de Chapinero.

Foto:

Mauricio León.

De ahí que los diagnósticos más comunes son mialgias, lumbalgias , cervicalgias, dolores crónicos y tendinitis, entre otros, conforme con el especialista. Por supuesto, para dar un dictamen en el caso concreto de Fabio, es necesario hacer exámenes médicos más allá de un chequeo general.

Al preguntarle ¿qué representa la calle para él?, responde: “Para mí lo ha sido todo. Así saqué adelante a mi mamá con seis hermanos menores y ahora a mi hijo. Pero la calle es dura”.

Para mí lo ha sido todo. Así saqué adelante a mi mamá con seis hermanos menores y ahora a mi hijo. Pero la calle es dura

Fabio comenta que es padre cabeza de familia y que su expareja lo abandonó con su hijo cuando este tenía 6 meses, por lo cual desde ese entonces ha tenido que ver por él. Ese es su mayor compromiso.

Por fortuna, para su salud y su bolsillo, no es que le guste mucho la bebida, mucho menos el cigarrillo. No es un hombre de vicios. “Me tomo unas cervezas cuando me salen trabajos de construcción, no más. Porque en ese trabajo sé que si me gasto 20.000 pesos, no me van a hacer tanta falta como cuando lustro”.

‘Yo no sabía cómo era el trajín y me enfermé’

Esta guajira, criada en Bogotá, lleva tres meses como barrendera en la empresa Promoambiental. Hace seis años intentó seguirle los pasos a su esposo –quien lleva 18 años en el oficio–, pero por salud tan solo duró cuatro meses.

“Yo no sabía cómo era el trajín. Me la pasaba tomando líquido por la sed, entonces me dio una gastroenteritis muy fuerte y tuve que cambiar de empleo”, cuenta mientras se acomoda la maleta de casi cinco kilos en la que carga su uniforme de invierno, para que la lluvia no la coja desprevenida.

Pero volvió. Hoy en día, Derly Saganome recorre en bus 20 kilómetros desde su casa, en Usme, hasta el sector de Las Nieves, en pleno centro de Bogotá. Como parte de su trabajo da unos 12.000 pasos al día (equivalentes a 10 kilómetros) y, en ocho horas, suele recoger con su pala y escoba los desechos que ubican entre las calles 26 y 19 y las carreras 7.ª y 3.ª.

Ahora, con más experiencia, cuenta que lo más duro de su labor es recoger los excrementos de animales o de personas que “no tuvieron dónde hacer y cogieron la calle de baño”, dice.

Derly Saganome, barrendera

Derly Saganome lleva tres meses como barrendera. Lo más duro, para ella, es recoger los excrementos de animales y humanos.

Foto:

Mauricio León.

Esta mujer de 30 años puede llenar al día hasta 100 bolsas de basura: entre empaques, colillas, botellas, papeles y otros residuos. Entre sus labores también está ‘desmoñar’ los andenes, que consiste en “echar pala para quitar el pasto que crece entre las juntas de las losas”; labor que es más difícil cuando hay sol y el suelo está seco.

Un día de trabajo para ella es como ir al gimnasio: termina con dolor de piernas y brazos por el constante movimiento, tanto así que ha notado que bajó de peso. Sin embargo, lo que más la aqueja es el polvo, por lo cual, asegura, permanece con la nariz congestionada.

Otro factor de riesgo son los carros. Aunque los operarios trabajan barriendo en contraflujo para ver el tráfico que va pasando, asegura que se han presentado accidentes.

¿Cómo es eso de trabajar 24 horas sin descanso?

Pasar 24 horas continuas sin dormir y trabajando le ha generado problemas de insomnio y migrañas a Luis Enrique Macías, un vigilante de barrio de 32 años. En el futuro, según el médico Santiago Lagos, su horario podría causarle desde problemas de memoria hasta pérdida del tejido cerebral, ya que, agrega Lagos, “el sueño diurno no cumple las funciones restauradoras del nocturno”.

Y es debido a su horario de trabajo que desde hace seis meses, cuando aceptó el empleo, el reto de este bogotano es hacer su vida en las ocho o diez horas que pasa despierto. Esto incluye compartir con su hijo de 13 años, hacer tareas del hogar y disfrutar momentos de pareja con su mujer. “Entro a las 8 de la mañana y salgo a la misma hora del día siguiente. Descanso todo ese día y a la mañana siguiente vuelvo a empezar”, así explica Luis su jornada laboral.

Luis Enrique Macías, vigilante.

Luis Enrique Macías se acostumbró a pasar 24 horas sin dormir. Eso dura su turno como celador de barrio. Lo que lo inquieta: su seguridad.

Foto:

Mauricio León.

En un día normal recorre los 18 kilómetros que hay desde el barrio 20 de Julio (San Cristóbal), en donde vive, hasta Niza (Suba), lugar de su trabajo. Esto equivale a una hora y media en TransMilenio, dependiendo del tráfico y de la ruta. Como debe estar a las 8 a. m. cubriendo su turno de celador, sale a las 6:30 a. m. de su casa. Desayuna y se lleva el almuerzo preparado para su caseta.

Para él las madrugadas y los turnos de 24 horas son un descanso en comparación con el trabajo de obrero de construcción, en el que se desempeñó por casi una década y que le dejó los dolores de espalda que hoy lo aquejan. Sin embargo, se describe como un hombre sano, que casi nunca se enferma. Y es que no podría permitirse que su salud se afectara, ya que por su oficio no cuenta con una EPS en donde lo puedan atender.

‘Pedaleo y cargo 200 kilos de reciclaje’

Los vecinos y celadores del barrio Niza, de la localidad Suba, conocen tanto a José Gabriel Barajas que le dicen Piolín.

Este hombre, de 33 años, ha dedicado más de la mitad de su vida al reciclaje, pero el realizar esta actividad le ha traído consecuencias para su cuerpo.

Cuando llega a la casa le duele la cintura y la espalda porque durante el día no para de agacharse y levantarse para recoger y separar el papel, cartón o botellas que encuentra a lo largo de las calles.

José Gabriel vive en Suba Rincón, a cuatro kilómetros del barrio Niza, y tiene dos compañeros inseparables para realizar esta rutina que cumple de lunes a sábado, de 8 a. m a 6 p. m, como un relojito’: se trata del triciclo para cargar lo reciclado y Bam-Bam, su perro fiel.

“En el triciclo cargo 200 kilos de material. Hago mucho esfuerzo porque, además del peso, tengo que inclinar mi cuerpo hacia adelante para nivelar el vehículo”, cuenta José.

En el triciclo cargo 200 kilos de material. Hago mucho esfuerzo porque, además del peso, tengo que inclinar mi cuerpo hacia adelante para nivelar el vehículo

José Gabriel, reciclador.

El médico Santiago Lagos aceptó la invitación que le hizo EL TIEMPO ZONA para examinar a José Gabriel en su lugar de trabajo, la calle.

Foto:

Mauricio León.

Como le ha dedicado más de la mitad de su vida al reciclaje, se empiezan a ver las consecuencias que este oficio le ha traído.

Según el médico cirujano Santiago Lagos –quien aceptó la invitación que le hizo EL TIEMPO ZONA para examinar a José Gabriel en su lugar de trabajo, las calles –, a nivel pulmonar no se escuchan anomalías con el fonendoscopio, solo se podrá saber el estado real con pruebas más exactas.

“Él está ventilando bien, pero se necesita una radiografía de tórax para saber concretamente su estado. Además, fue por muchos años consumidor de bazuco y eso hace que tenga una base”, dijo el médico.

Cuando termina de recoger los residuos, va al punto de acopio que le asignó el Distrito, en Ciudad Jardín Norte, a tres kilómetros de allí. Lo hace a punta de fuerza, pedaleando en su triciclo, sin pensar en las consecuencias que tal esfuerzo le traerá. Al llegar, mientras separa lo recuperado de la basura, Bam-Bam lo espera juicioso en la colchoneta junto a un plato lleno de concentrado, que nunca le falta.

Doce horas de pie en la contaminada carrera 13

Helena León Poveda no usa tapabocas ni guantes. Nada que la proteja de la cantidad de microbios que hay en las monedas y billetes que recibe, ni de las bocanadas de humo negro de los buses viejos que pasan cada minuto por la carrera 13 con calle 57, en el centro de Chapinero.

Aun así, ella afirma ser una mujer saludable y que las frecuentes gripas de este año son por la época de lluvia. “Cuando llueve, sí que es malo; uno se enferma más y vende menos”, cuenta.

Por eso, entre su mercancía guarda siempre varios plásticos para resguardarse en caso de que sea necesario. “No puedo perder ni un solo día porque me descuadro; tengo que pagar el arriendo, el parqueadero y sostener a dos de mis cinco hijos”, cuanta.

No puedo perder ni un solo día porque me descuadro; tengo que pagar el arriendo, el parqueadero y sostener a dos de mis cinco hijos

Helena León, vendedora ambulante.

Helena se ubica con su carrito de dulces de lunes a sábado, en la esquina de la carrera 13 con calle 57, así llueva, truene o relampaguee.

Foto:

Mauricio León.

Según el médico Santiago Lagos, personas que están tanto tiempo expuestas a la contaminación como Helena son más propensas a las infecciones respiratorias, y esta puede ser la causa principal de sus gripas.

“El ambiente está cargado de material particulado que causa irritación de la mucosa de la vía aérea. También genera mayor posibilidad de amigdalitis y faringitis”, explicó el médico. Pero, a pesar de los pitos, los transeúntes afanados y la contaminación, Helena afirma que seguirá en la misma equina en la que ha trabajado por 30 años.

Los solazos bogotanos afectan la piel del Mono

Gabriel Barrios, más conocido como el mono o el pelao, trabaja de sol a lluvia 14 horas al día. Aquellos solazos bogotanos son los que cansan a Gabriel en su extensa jornada de trabajo, condiciones que pueden causar dermatitis e infecciones en la piel, según el médico Santiago Lagos, quien analizó las condiciones físicas del muchacho.

Barrios no descansa, aunque llueva y relampaguee, por lo que “sus pies mojados y sudorosos podrían presentar hongos en los pies”, explica Lagos.

Y, aunque para el mono su almuerzo y desayuno sean infaltables, y lo hacen estar enterito a sus 17 años, su trabajo le podría pasar factura en el futuro.

Gabriel Barrios, limpia vidrios.

Ni la lluvia impide que Gabriel trabaje 14 horas en la calle.

Foto:

Mauricio León.

Sale a las seis de la mañana desde alguna residencia del centro de Bogotá y emprende camino hacia su trabajo en la calle 127 entre las avenidas Suba y Boyacá, un trayecto de 15 kilómetros.

Durante la mañana, en medio de los semáforos, Gabriel trabaja como limpiavidrios y calibrador de buses; en los cristales sucios de los carros ve el chance de ganarse el sustento diario. Sin embargo, ese trabajo no es del agrado de algunos. “La mayoría de conductores menosprecian mucho a la gente que se dedica a esto”, asegura.

Después del mediodía baja a la avenida Boyacá para “calibrar” el tiempo que hay de diferencia entre una buseta y otra y así avisarles a los conductores hace cuánto pasó su “competencia”.

Los calibradores tienen al laborar –literalmente, en medio de buses y durante varias horas del día–, entre todos los trabajos de la calle, mayor riesgo de afectación en las vías respiratorias, concluyó el médico Lagos.

Juan José respira bocanadas de humo

Un balde de pintura viejo es la oficina móvil de Juan José Piña, un hombre de 33 años que se unta pintura –rebajada en aceite de bebé– en la cara, las manos y los brazos para permanecer nueve horas inmóvil sobre una avenida del norte de la ciudad.

Por estar en esta posición, sus pies se ampollan con frecuencia, y la cercanía a las vías hace que respire a diario bocanadas de humo que expulsan los buses. A pesar de que hace un año tuvo una complicación pulmonar, él prefiere seguir en este oficio.

Su virtud es la espontaneidad para desenvolverse en la calle. Desde que migró de Venezuela ha trabajado como cotero, vendedor de empanadas y de tinto, pero ser estatua es lo que más lo ha reconfortado.

José Piña, mimo callejero.

José Piña demora 25 minutos pintando su cuerpo y ropa.

Foto:

Mauricio León.

Me gusta interpretar al personaje llanero porque, a veces, los niños me miran por el carro y me sonríen, o se sorprenden cuando me muevo. Así no me den una moneda, su expresión vale la pena

“Me gusta interpretar al personaje llanero porque, a veces, los niños me miran por el carro y me sonríen, o se sorprenden cuando me muevo. Así no me den una moneda, su expresión vale la pena”, agregó Piña.

Aunque es pudoroso, hace sus necesidades fisiológicas en algún canal cercano, como el de la calle 153 con avenida novena. Si la urgencia es mayor, prefiere aguantar hasta llegar a su cuarto en el barrio las Cruces del centro de la ciudad. Además, la calle le produce ciertos miedos; le angustia un asalto, que le quiten el producido o su preciado balde.

Al final del día regresa pintado de dorado o de plateado a casa, como faraón o cantante de joropo, que son sus personajes. “Quitar la pintura no es fácil, toca llegar a lavarme el cuerpo con jabón Rey. Cuando voy en el bus de regreso, la gente me mira, piensan que les voy a pedir dinero, pero yo hago lo mismo que ellos hacen cuando me ignoran en la calle: trato de mirar para otro lado”.


REDACCIÓN EL TIEMPO ZONA

Ya leíste los 800 artículos disponibles de este mes

Rompe los límites.

Aprovecha nuestro contenido digital
de forma ilimitada obteniendo el

70% de descuento.

¿Ya tienes una suscripción al impreso?

actívala

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.

CREA UNA CUENTA


¿Ya tienes cuenta? INGRESA