Bogotá

Lo que significa limpiar una calle del centro de Bogotá

Recorrer más de 6 kilómetros con pala, escoba y cono a pie es el día a día de un barrendero.

Lo que significa limpiar una calle del centro de BogotáEL TIEMPO se metió en el papel de un barrendero por un día. Estos son el aprendizaje, la rutina y las dificultades del día a día de estos trabajadores dedicados.
Barrenderos de Bogotá.

Alejandro Álvarez / EL TIEMPO

15 de mayo 2018 , 04:49 p.m.

El amanecer frío de la ciudad tarda en despegar desde una bodega de dos pisos en la carrera 12C n.° 20-64, conocida como el Cuartelillo, en el centro. En la primera planta hay recolectores verdes o ‘buguis’, unos triciclos pequeños que sirven para acceder a las bolsas de basura, en cuadras adonde un camión recolector no entra. Además, hay motos y bicicletas en un mismo garaje.

Los que llegan temprano toman café, merodean por la cuadra para distraer la temperatura inclemente de las 5 de la mañana, otros suben para cambiarse y prepararse para el inicio de la jornada.

Cuarenta y cinco hombres y mujeres comparten la misma zona de cambio. En un altillo, al fondo, hay unos casilleros en donde la privacidad se pierde, y poco a poco empieza a verse una uniformidad azul claro. Gorra y enterizo con reflectores en brazos y piernas es la pinta de todos.

Ahora deben pasar al módulo 1 o C1 para que Édgar Cárdenas les entregue el paquete de bolsas para su ronda y recoger sus instrumentos: pala sin mango, rastrillo, cepillo, espátula y cono.

Francisco Luque, un empleado de 56 años, es el primero en frustrar mi anonimato: “Cierto que usted es periodista”, comentó. Allí la camaradería es evidente, los nuevos se notan enseguida. Luque, uno de los más alegres del grupo, se sentó en el puesto del coordinador de la mañana y empezó a repartir los turnos.

A las 6:30, cuando llega Luis Garzón, el director operativo de este punto, los barrenderos y recolectores se forman en una fila para mostrar el carné y pasar lista. Si hay novedades, Garzón hace los cambios respectivos y reorganiza los recorridos.

El mismo Garzón es quien me entrega el uniforme y las botas, me da indicaciones sobre la ruta que debo seguir y señala que haré las veces de Derly Saganome. En promedio, iba a recorrer 6,5 kilómetros con una falda coqueta de 40 bolsas, 20 grandes y 20 pequeñas. Serían 36 canecas por vaciar, limpiar y poner bolsa nueva.

‘Aprendí sobre el desmoñe’

La carrera 12, en pleno centro de Bogotá, sirvió para la explicación inicial. Édgar Cárdenas, por ser uno de los más veteranos, es el mentor; sobre el andén, me indica qué actividades debo realizar hoy.

Empezamos con el ‘desmoñe’, que consiste en retirar la maleza que crece en las aceras. Cárdenas cogió la espátula y se arrodilló para remover unas ramas grandes que se aferraban al suelo de la entrada de un parqueadero, en movimiento veloz las quitó por completo.

Intenté imitar su movimiento, pero débilmente logré arrancar algunas hojas; lo intenté nuevamente, pero fue inútil. Lo primero que me corrige Édgar es la postura: “Uno termina con la espalda adolorida si se agacha mal, déjela recta y recoja con la pala y la escoba; son cositas que con el tiempo se adquieren”, comentó.

Seguimos por la 12 y encontramos la primera caneca, que rebosaba de pañales, cáscaras de fruta descompuestas, bolsas de basura de casas cercanas, vidrios y excrementos. En el piso estaba la basura que ya no cabía en la cesta.

“Usted debe colocarse siempre al lado izquierdo de la caneca, quitar el seguro y tratar de apoyarse con la pierna para que no le gane la fuerza del vaivén y así no se le derrame la basura”, me dijo Cárdenas.

En menos de un minuto ya me estaba excusando porque la bolsa que usé para desocupar el cesto no aguantó y todo se desparramó en el suelo. Con esta referencia quedé ‘lista’ para empezar a limpiar. Hacia las 8:30 de la mañana, en la carrera 5.ª con calle 22, me encuentro con una joven de 30 años: la verdadera Derly Saganome.

Derly Sanganome

Derly Sanganome tiene 30 años y aprendió el oficio viendo a su esposo, que también es barrendero hace siete años.

Foto:

Alejandro Álvarez CEET

Su primer consejo para que barra bien es: “Debe despegar la escoba del cuerpo y barrer a la altura de su mentón”, dijo. Nos dividimos la acera de la 22, ella barría la calle y yo sacaba del andén las hojas de los árboles, papeles y colillas de cigarrillo.
El andén mojado se convertía en un pedazo de ‘cinta adhesiva’. Despegar cualquier papel era una misión casi imposible. Saganome me advierte que no me fije en el detalle, o nunca voy a acabar; “luego repasamos”, agregó.

Subimos por la 22 hasta llegar a la 4.ª, y allí empezamos a ‘descanecar’. En la séptima papelera pude hacerlo de forma correcta. Una vez desocupada se deja una bolsa.
Mantener las canecas limpias es una tarea titánica: habitantes de la calle se roban las bolsas y arrojan los desechos a la calle, y, además, hay familias o comerciantes que olvidan sacar la basura a la hora correcta.

Son casi las 11 de la mañana, es hora de desayunar y aún nos faltan tres cuadras de la 22 hasta la 7.ª, pero bajamos hasta la plaza de las Nieves. En un desayunadero llamado Sal de la Olla nos esperaba, sentada en una banca que da a la calle, Marina Cañón, una mujer de 44 años. Su pala y guantes estaban en una esquina de la mesa, casi afuera del restaurante. Ellas dicen que ahí no les ponen problema y se pueden sentar, pero, como mujeres, casi nunca les prestan los baños. “Como trabajamos con basura, nos creen sucias”, afirmó Derly.

Suelo no tener efectivo, así que opté por no ordenar; Derly me miró y, sin consultarlo, dijo: “Tráigame tres chocolates con pan”.

Derly se enorgullece de su trabajo; por eso, cuando termina con una cuadra voltea y mira. “Se ve la diferencia”, comentó, como una pequeña victoria. Sin que lo note Derly, a unos pasos de donde nos encontramos, veo a una señora arrojar una colilla.

MARÍA FERNANDA ORJUELA
EL TIEMPO ZONA
Twitter: @mafelona
Escríbame a: marorj@eltiempo.com

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