Bogotá

Habla el empleado más antiguo de la biblioteca más antigua de Colombia

Germán Riveros ha trabajado durante 37 en la Biblioteca Nacional que celebra 240 años de fundación.

Biblioteca Nacional

La Veracidad de la Fe Católica de 1480 es la obra más añeja del Fondo Antiguo.

Foto:

Claudio Rubio / EL TIEMPO

13 de diciembre 2017 , 05:55 p.m.

Hace 37 años, cuando Germán Riveros comenzó a trabajar en la Biblioteca Nacional, no existía Google. Fue un jueves de julio de 1980 el día en el que se convirtió en bibliotecario empírico.

En ese momento comenzó la carrera de quien es hoy el funcionario más veterano de la Nacional, la biblioteca más antigua del país, que la fundaron en 1777 con la necesidad de abrirse a las nuevas ideas que traía la Ilustración.

No sabe bien si fue por accidente, por necesidad o por azar. Lo cierto es que lleva más de la mitad de su vida custodiando los tesoros bibliográficos del país. Ha pasado tanto tiempo entre los libros que se acostumbró a hablar según las normas de una biblioteca.

El ‘Chato’, así lo conocen algunos de sus compañeros, habla en voz baja, de una manera pausada, sus manos se mueven suavemente, como habla. Coordina perfectamente sus movimientos con cada palabra. Se considera tímido. Dice que no tiene la facilidad de la palabra de los paisas. Es un bogotano de origen boyacense. “No soy muy buen conversador”, señala. Pero si le preguntan por algún libro o algo del lugar, podría hablar horas.

Está sentado en una esquina del hall central la Biblioteca Nacional conversando sobre la vida mientras se toma un tinto, recordando cuando tenía 27 años e inició su labor. Nunca había entrado a la construcción, ubicada en la calle 24 con carrera quinta, que se inauguró el 20 de julio de 1938 y antecedió el edificio de Las Aulas, hoy Museo de Arte Colonial.

La primera vez fue en su primer día de trabajo. Perdió su empleo en una empresa de transportes y una familiar lo recomendó: “Mire yo tengo un pariente que está en la olla, que se quedó sin trabajo”, fueron las palabras que dijo a un funcionario.
Así fue como llegó a un mundo desconocido. No tenía idea de lo que iba a descubrir. Arrancó en el área de Libros Raros y Curiosos –lo que es hoy en Fondo Antiguo– como auxiliar de un historiador que no lo quería porque Germán “no sabe dónde está parado, este man no sabe nada de esta vaina”, decía.

El ‘Chato’ lo reconoce: “Fue una maroma medio absurda porque llegué donde estaba la colección más valiosa e importante sin saber nada de esto. Son esos azares de la vida que lo ponen a uno en el sitio donde menos se lo espera”, comenta con una sonrisa burlona.

Por aquella época, la Nacional tenía la función de biblioteca pública. Recuerda que la fila para entrar iba hasta la carrera séptima.

Al tener acceso a la información de ejemplares, que datan desde 1450 y cuentan la historia del país con material de los jesuitas –que fueron con los que se fundó la Nacional en 1777– y las herencias de personajes como José Celestino Mutis, Rufino José Cuervo, Jorge Isaacs y Marco Fidel Suárez, se volvió todo un experto. Su labor era catalogar y analizar la información para saber que contenía intelectualmente el volumen.

Aprendió de las personas más veteranas que le decían: “Mire es que esto hay que preservarlo, esto no tiene reemplazo”. Precisamente es lo que ha hecho durante más de la mitad de su vida. Llegó de 27 años, hoy tiene 64.

Los murales en homenaje al medio siglo de 'Cien años de soledad' adornan el hall del edifico. Lo único que se escucha es la voz de Germán. “¿Será que podemos caminar?”, pregunta y se pone de pie. Se dirige a la sala Daniel Samper Ortega, donde actualmente trabaja en atención al público. Ahora ayuda a los investigadores por su experiencia.

En la sala hay unas 20 personas. Saluda a un joven que lee un texto. Le dice que por favor se lo enseñe. Lo mira y pasa las hojas: “Este es de 1807. Lo imprimieron en la Universidad de San Marcos, que es una de las primeras universidades de Latinoamérica”. Lo continúa hojeando. Se lo devuelve al joven: “Precioso el libro, sáquele fotico. Ahora le vengo a ayudar”, dice Germán haciendo gestos de paciencia con sus manos.

Se dirige a los antiguos ficheros guardados en unos cajones de madera. Estuvo en varias secciones y por eso conoce tan bien la biblioteca. Eso sí, aclara que la hemeroteca no es su fuerte.

-¿Qué piensa del cambio de ficheros? ¿Le gusta?

-Claro, ahora es mucho más práctico hacer una búsqueda en el catálogo.

-¿Pero no siente nostalgia?

-Aunque todo tiempo pasado fue mejor, dicen por ahí, estos cambios son para bien. ¿Será que podemos caminar?, vuelve a preguntar.

Se dirige al depósito. Se conoce todos los rincones del lugar. Queda en el tercer piso. Coge el ascensor, uno que funciona con palanca: “Esto funciona al peluche, pero toca tener puntería para pararlo en el piso que es”, dice y se ríe. No falla, se detiene donde es.

–En tiempos donde supuestamente todo está en Google, ¿cómo afecta eso a la Nacional?

-Esta no es una biblioteca pública. Tiene una función patrimonial. Aquí hay material que no se puede encontrar en internet, eso es lo valioso. Google es una maravilla, pero no todo está ahí.

Recorre las estanterías y dice: “Soy de la línea clásica de clasificación. Después de que usted se aprendía estos números, jugaba con esto. Me decían: “estoy buscando historia de Colombia”, entonces uno va al 986.4, que ahí estaba la historia de Colombia”.

Hoy cuentan con más de tres millones de volúmenes en formatos impreso y digital.
Los días de Germán son tranquilos. Ahora se preocupa por ayudar a la gente y enseñar a los jóvenes bibliotecarios que, aunque pasaron por la universidad, su experiencia los puede guiar un poco.

No sabe hasta cuándo estará en la Biblioteca Nacional. Es feliz. Todavía no cree que lleva 37 años devorando libros. “No soy rico, no tengo plata, pero he aprendido mucho. No tengo la retórica, la facilidad de expresión para muchas cosas, pero cuando llega una persona y necesita algo, le ayudo”, expresa con una sonrisa de satisfacción.
Aunque hace ocho años debió jubilarse no ha sido capaz de irse. No le han dado ganas. Por eso, por su experiencia y de dedicación, hoy en la ceremonia de celebración de los 240 años entregará un libro con los mensajes de los funcionarios, que reflejan lo que sienten por la Nacional, su hogar: “Yo creo que uno aquí termina siendo custodio. Uno está comprometido a cuidar y preservar un patrimonio bibliográfico que es muy valioso”, dice con amor.

‘La biblioteca conserva las diversas expresiones a través de los siglos’

Consuelo Gaitán, directora de la Biblioteca Nacional desde 2013, habló con EL TIEMPO sobre la importancia y los retos que tiene la primera biblioteca del país.

¿Por qué los colombianos se deben sentir orgullosos de la biblioteca?


Esta es la institución más importante para el rescate y el resguardo de la memoria cultural y bibliográfica de los colombianos.

Aquí se conservan diversas expresiones que cuentan cómo ha vivido la población a través de los años y siglos, cuáles han sido sus anhelos, sus sueños, pero también cómo se ha ido construyendo una sociedad.

Además, cuáles son los puntos en los que hemos fallado. La Biblioteca Nacional forma parte de nuestra memoria colectiva. Aquí hay unos aspectos que nos consolidan como una nación.

Ya son 240 años, ahora ¿qué viene?

Queremos lograr que los colombianos sientan que su biblioteca patrimonial es un espacio que pueden visitar y consultar. Queremos que los colombianos entiendan que la lectura es una de las actividades más importantes en su vida, por este motivo buscamos y mejorar el promedio de lectura de los colombianos a través de las 1.450 bibliotecas públicas que lidera la Nacional.

¿Cómo define la Biblioteca Nacional?

Es el lugar donde uno puede encontrar el mayor sosiego y felicidad.

MATEO GARCÍA
matgar@eltiempo.com
@teomagar
ESCUELA DE PERIODISMO DE EL TIEMPO

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