Bogotá

La dura travesía de los wounaan: del Darién a Bogotá

Comunidad de casi 400 desplazados, que llegaron desde la selva, trata de sobrevivir en la capital.

La dura travesía de los wounaan: del Darién a Bogotá

La comunidad wounaan habita en condiciones de hacinamiento. Algunos activistas les ayudan.

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Santiago Villadiego / EL TIEMPO

01 de diciembre 2017 , 07:45 p.m.

Rosaura Membache, líder de una comunidad wounaan que habita en la localidad de Ciudad Bolívar, tuvo que cambiar la selva por unas paredes de ladrillos en el sur de Bogotá. Debido a la violencia en su tierra natal, tanto ella como su familia, en lugar de caminar por la frondosidad del Darién, transitan por andenes de cemento. Intentan acostumbrarse al caos urbano.

La selva del Darién, localizada en la frontera entre Panamá y Colombia, es el hogar natural de los wounaan. Sin embargo, desde febrero del 2013, por una amenaza de las Farc a Víctor Carpio, esposo de Rosaura, dejaron de avistar aguas cristalinas y fauna silvestre y de conseguir sus propios alimentos en aquella región cercana al municipio de Riosucio, Chocó, para acercarse a los comedores comunitarios que ofrece el Distrito para no pasar los días sin comer.

Su problema no es la comida en sí, sino acostumbrarse a esta. Víctor confiesa que extraña los tubérculos cultivados y el pescado que extraían del cauce: “La sopa de arvejas nos enferma”.

Además, aparte del choque con lo urbano y en la alimentación, otro obstáculo que deben superar es la utilización del dinero. Los casi 400 miembros de la comunidad no están acostumbrados a transar con billetes. Por el contrario, Édison, miembro de esta etnia, cuenta que el único momento en el que entraban en contacto con plata era para enviar a los más pequeños a estudiar a Riosucio. Trabajaban la madera en la selva y salían a venderla en la carretera.

La violencia

Con Fernando Merchán, líder del movimiento Adelante Colombia y activista LGBTI, fuimos a Ciudad Bolívar para conocer las complicaciones de adaptación que sufre esta etnia.

“Tres de nuestros líderes están amenazados. Allá nunca va a haber paz, porque son ellos los que gobiernan. Entran sin permiso a la comunidad y muchas veces reclutan a los jóvenes”. Esta es una de las primeras palabras que me dijo Vicky, indígena wounaan, cuando entramos a su casa. Y con “ellos” no se refiere a un grupo específico. Habla tanto de las Farc como del Eln y de los paramilitares.

La casa es amplia, pero refleja las necesidades por las que pasa su grupo. Está ubicada al frente de una peluquería y una droguería, en una falda del barrio Divino Niño. El pasillo de entrada es estrecho, oscuro y está en obra gris. Vicky continúa: “A veces se armaban tiroteos entre las guerrillas y los paramilitares mientras los niños estaban en clase”. Una de las jóvenes, que también está en ese momento, apoya la historia. “Mi hermano es profesor dentro del refugio allá en Riosucio. Una vez estaba en clase y se comenzaron a escuchar las balas. Él se quedó paralizado. Estamos atrapados en el conflicto. Por ejemplo, ese día murió uno de los niños”.

Después de que entramos a la casa y Vicky nos hizo saber la situación de violencia por la que habían tenido que desplazarse del Chocó, asciendo a la terraza para presenciar un taller sobre liderazgo que va a dictar Fernando. Están reunidos ocho adultos y ocho niños, que se comunican entre sí en su lengua nativa.

Precisamente, el idioma es una de las principales barreras para vivir en Bogotá. A pesar de que hablan español, cuentan durante el taller que los discriminan cuando hablan en su lengua, lo cual se transporta al ámbito laboral. Conseguir un trabajo para esta etnia es una utopía.

Entran sin permiso a la comunidad y muchas veces reclutan a los jóvenes

Al llegar a Bogotá, la dinámica de que si no hay trabajo, no hay dinero y si no hay dinero, no hay comida forma una barrera casi irrompible. Como no tienen experiencia laboral, el proceso de contratación se torna complicado. Además, “para buscar trabajo nos discriminan. Por ser indígenas nos piden que nos vayamos o dicen que ya no hay una vacante”, concluye Édison.

Una hora después, al terminar el taller, queda algo claro: la única mejora que consideran los wounaan se consigue al vivir en la ciudad es la educación.

En la zona rural de Riosucio, Chocó, la educación es precaria. “Un profesor sirve para todos los alumnos de primero hasta quinto. Atiende a 100 niños al tiempo”, cuenta Rosaura, quien agrega que además de que se le sale de las manos, no hay calidad porque cualquier wounaan que termine el bachillerato sirve para ser profesor.

“Allá no hay pupitres ni tableros. Gestionan recursos para esto, pero no llegan”. Esta es otra de las conclusiones de Rosaura. Sin embargo, uno de sus hijos recalca: “En verdad queremos estudiar para poder salir de la pobreza”.

Es por esto que la comunidad está de acuerdo con que los colegios distritales de Bogotá a los cuales asisten hoy en día les dan la oportunidad de terminar el bachillerato, lo que en la selva es altamente improbable.

No regresan

Hay dos motivos principales por los cuales los wounaan argumentan que no han vuelto a su tierra. Primero, por las amenazas que sufrió Víctor Carpio en el 2013, las cuales fueron el motivo para desplazarse. Ese año, el líder de los wounaan en Riosucio y miembro de Woundeko, el Consejo de Autoridades del Pueblo Wounaan, se “convirtió en objetivo militar de las Farc”, según sus palabras. A pesar de que ese grupo guerrillero ya no existe, él y su familia tienen miedo de regresar, ya que creen que Carpio ahora es objetivo de otras guerrillas. Argumentan que el Eln está copando los territorios.

El segundo motivo para no regresar son las minas antipersonas. Sebastián Carpio, familiar de Víctor, activó el 12 de julio del 2017 accidentalmente un artefacto explosivo mientras realizaba tareas agrícolas, lo cual le causó la amputación de una pierna. Este territorio, particularmente en el corregimiento de Jiundo, cercano a Riosucio, fue priorizado por el Gobierno para implementar el programa de Educación en el Riesgo de Minas (ERM).

Cabe aclarar que Víctor Carpio admite que hay gente que sí se quiere quedar en Bogotá, pues ya están acomodados y tienen acceso a algunos subsidios y ayudas, a través de la Alta Consejería para las Víctimas.

“En cada una de las localidades tenemos definida una estrategia de atención integral por parte de un equipo capacitado en la incorporación del enfoque étnico. Articulamos con los 14 sectores de la administración todas las acciones que como entidad territorial nos corresponde”, comunicó la Secretaría de Gobierno.

Si bien Víctor me manifestó su intención de que su familia regrese a Riosucio, él quiere aspirar a llegar al Senado por el movimiento ‘Adelante Colombia’ en las próximas elecciones, por lo cual debería permanecer en Bogotá la mayor parte del tiempo.

A pesar de todos los obstáculos que han tenido que enfrentar, los indígenas wounaan dicen que ven el futuro con mucho anhelo.

“Extrañamos los animales, los árboles y más que todo, los colores vivos de la selva, son muy naturales. Acá el aire es muy contaminado, pero sabemos que pronto vamos a regresar”, concluye Vicky.

SANTIAGO VILLADIEGO MOGOLLÓN
Escuela de Periodismo Multimedia de EL TIEMPO
Twitter: @svilladiegom
sanmog@eltiempo.com

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