Bogotá

La tragedia de una familia que necesita un abogado para hacer justicia

La vida de los Garzón se desmoronó. Radiografía de la burla judicial tras un accidente de tránsito.

Néstor Alejandro Garzón

Néstor Alejandro Garzón mueve solo su cabeza y sus brazos, pero con dificultad.

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Héctor Fabio Zamora / EL TIEMPO

16 de marzo 2017 , 01:28 p.m.

La ambulancia llegó pasadas las cinco de la tarde. Néstor baja al niño con cuidado, con el apoyo de dos enfermeros lo recuesta en su hombro y lo sube cuatro pisos cuesta arriba para acomodarlo en una silla de la sala de un viejo apartamento. Extenuado, vuelve a descender. Debe hacer lo mismo con su esposa Cristina. Un accidente de tránsito los dejó confinados a la discapacidad, a la imposibilidad de actos tan simples como subir unas escaleras.

El 27 de septiembre de 2015, esta familia no solo perdió su salud y su vida profesional, sino a los abuelos maternos, Pedro Antonio Garzón y Ana Isabel Castillo, y a un miembro más de la familia, Carolina Pardo. Hoy, 17 meses después, la investigación del caso no ha avanzado. Hay más vacíos que certezas.

Todo comenzó con un viaje a Socará (Boyacá), era una celebración de 15 años de una niña muy cercana a la familia. “Salimos el 26 de septiembre. Allá había una reunión. No nos íbamos a demorar sino un día, la idea era volver rápido a Bogotá. Sé que la pasamos bien, que compartimos, pero hay detalles que no recuerdo”. Cristina vive en una nebulosa.

Como lo habían planeado, partieron hacia Bogotá, casi a las dos de la tarde. El carro era conducido por el abuelo, un hombre de 75 años, que había manejado toda su vida. La carretera Tunja-Bogotá era la mejor opción.

El recorrido fue plácido hasta las 3:25 de la tarde, en ese momento una camioneta Toyota comenzó a zigzaguear, perdió el control, se saltó el separador y cayó encima del Honda Civic gris en donde se movilizaba la familia. La fatalidad ocurrió tan rápido como se lee este último fragmento.

El accidente fue en el kilómetro 43 más 700 metros, en zona rural, vereda Nescuata del municipio de Sesquilé, así aparece en los registros. “Fue como si el conductor se hubiera quedado dormido”, contó Néstor, mientras busca y relee papeles de su investigación, con la cual pretende que se haga justicia.

La escena fue lamentable, eso recuerdan algunos lugareños que asistieron a los heridos. Los abuelos murieron de forma inmediata.

Néstor Alejandro, en ese momento de 6 años, fue rescatado por Jorge Enrique Suárez, un habitante del sector y transportador. “Yo solo me centré en salvar al niño. Tengo un hijo de 7 años y no podía dejarlo morir. Como pude abrí el carro y lo saqué. Se estaba ahogando con su sangre. Yo quería llevármelo, pero no me dejaron”, relató el hombre que se llenó de esperanza cuando vio mover sus bracitos.

Dicen que solo 25 minutos después llegaron los bomberos y las ambulancias a atender a los otros heridos. Había que sacar a quienes yacían aprisionados entre las latas.

Yo solo me centré en salvar al niño. Tengo un hijo de 7 años y no podía dejarlo morir. Como pude abrí el carro y lo saqué. Se estaba ahogando con su sangre

Carolina Pardo sobrevivió pocos minutos y murió, su posición dentro del vehículo la hizo vulnerable, mientras que su esposo de 28 años, Osvaldo Bernal, y sobrino de Cristina, logró llamar a reportar la emergencia antes de quedar inconsciente y ser trasladado a la Clínica Universidad de la Sabana. “Yo creo que ella voló hacia adelante por el impacto”, contó Néstor.

Mientras el caos se apoderaba de la vía, Cristina, madre de Néstor (niño), era llevada por una ambulancia al hospital San Antonio de Sesquilé y luego, por la gravedad de su situación, trasladada a la Clínica Universidad de La Sabana.

Como suele ocurrir, Néstor (padre) se enteró por una llamada. “Mi cuñado me dijo que me fuera para la clínica, que mi familia había sufrido un accidente grave”. Este hombre no sabe ni cómo llegó, solo quería estar con su hijo.

Cuando lo vio, estaba completamente inconsciente, pálido, lo reanimaban, atravesaba por uno de cuatro paros cardiorrespiratorios. “Fue terrible, mi hijo tenía también una fractura de fémur, una herida en su rostro, pensé que lo iba a perder”.

Abuelos Garzón Castillo

Los abuelos maternos de la familia, Pedro Antonio Garzón y Ana Isabel Castillo, perdieron la vida en el accidente.

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Cortesía de la familia

Las palabras de los médicos tampoco fueron muy alentadoras: “Señor, la probabilidad de que el niño viva es de un 10 por ciento. Esté preparado para lo peor. Si usted cree en alguien, encomiéndese a él”. Néstor quedó en ‘shock’, lloró, pensaba en que 20 días antes el niño estaba bien, recibiendo un premio por haber ganado un concurso de poesía. Luego, el niño fue trasladado a la Fundación Cardioinfantil. “Qué días tan desgastantes: vueltas, papeles, no podíamos ni dormir”.

Mientras tanto, los familiares de las víctimas tuvieron que separarse, unos viajaron a Sesquilé para conocer el sitio en donde había ocurrido la tragedia.

Lejos de su hijo, Cristina tuvo que ser sedada, estaba alterada y su estado de salud era crítico, estuvo en coma 25 días. Los huesos de su cara, brazos y piernas estaban fracturados. Su cuerpo tuvo que ser reconstruido. “Tengo implantes en mi cuerpo, mi codo está intervenido y una cadena está sosteniendo mi pelvis”, contó.

Cuando despertó no se acordaba casi de nada, difícilmente reconocía a su familia, no podía hablar porque estaba entubada, solo días después los psicólogos les autorizaron a sus familiares contarle la verdad. “Fue un golpe muy duro. Había perdido a mis papás, a la esposa de mi sobrino y mi hijo estaba grave”.

Fue un golpe muy duro. Había perdido a mis papás, a la esposa de mi sobrino y mi hijo estaba grave

Los vacíos en el caso

La familia se enteró de quién iba manejando la camioneta por el reporte de la Policía de Tránsito de Sesquilé. Un hombre originario de Tunja, identificado como Ramiro Bravo Tamayo, pensionado de la Policía Nacional, iba al volante.

En ese momento, también se enteraron de que el día del sinestro viajaba con su esposa y con su hijo. Todos salieron ilesos del accidente, solo sufrieron contusiones.
Días después, Néstor comenzó a encontrar muchas inconsistencias. La primera de estas es que mientras a Pedro Antonio Garzón, el abuelo, se le tomó la prueba de alcoholemia en el lugar del siniestro, y luego falleció, a Bravo Tamayo lo trasladaron al hospital de Sesquilé sin haberle realizado dicho procedimiento, que es obligatorio. “Si él estaba desorientado, la Policía debió hacerle la misma prueba”.

Este examen tampoco se le realizó en la institución médica del municipio y así, sin ese requisito, fue traslado a las 7:30 de la noche a la clínica de Chía porque requería un TAC. Allí arribó a las dos de la mañana. “Durante más de cinco horas, ¿qué hicieron? ¿Por qué duraron tanto tiempo en el desplazamiento?, ese viaje dura a lo sumo 40 minutos”.

Néstor dice que eso alteró los resultados de la prueba de alcoholemia que finalmente le hicieron en La Sabana solo hasta las dos de la mañana y que salió negativa. Eso pasó después de que le habían puesto suero con goteó rápido. “Un médico de esa institución me dijo que ese procedimiento se hace cuando hay que desintoxicar a una persona”.

Néstor Hernando Garzón

Néstor Hernando Garzón Mogollón y Cristina Isabel Garzón Castillo tienen que dedicar sus días a lograr la recuperación de Néstor Alejandro Garzón.

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Héctor Fabio Zamora / EL TIEMPO

A la familia también le parece raro que Bravo perdiera el control. “Esos accidentes son comprensibles en una curva, pero estábamos en una recta y él manejaba en zigzag. Su camioneta no se quedó sin frenos ni tampoco se le estalló una llanta. El conductor de una flota nos dijo que iba a 80 kilómetros por hora, y que el policía lo pasó”.

Cuando la familia pidió explicaciones de los errores en el procedimiento, el silencio fue siempre la respuesta. “Es un misterio, nadie me responde, vulneraron todos los derechos de mi hijo”.

Néstor ha enviado derechos de petición a la Procuraduría, de allá lo mandaron a Zipaquirá, de ahí a Chocontá y de ahí le mandan la pelota al hospital de Sesquilé, y ahí otra vez el silencio. “Nadie responde, y la Policía me dice que va a investigar, imagínese, la Policía investigando a la Policía. Yo estoy desesperado”.

Otra petición de las víctimas es que todo el caso sea trasladado a Bogotá, porque las diligencias judiciales han sido una burla para la familia. “Hemos ido a audiencias en donde nos citan y luego nos dicen que el fiscal no está. Yo no quiero que mi caso lo lleven en Sesquilé”, dijo Néstor.

Hemos ido a audiencias en donde nos citan y luego nos dicen que el fiscal no está. Yo no quiero que mi caso lo lleven en Sesquilé

La familia no ha recibido ningún tipo de indemnización por todo lo ocurrido, ni lo del SOAT. “El caso ha sido afectado porque fue dividido. La parte de heridos se lleva en Sesquilé y la de fallecidos, en Chocontá, eso es un desorden”.

Y como si fuera poco, el victimario ha faltado a audiencias. “Una vez, la juez de Chocontá canceló por una llamada del señor. Eso es una falta de respeto. Finalmente por nuestra presión, realizó la audiencia y lo anotó a él como inasistente. Luego, en otra, dijo que su hijo se graduaba y tampoco fue. Para completar, ese señor le ha dicho a algunos medios que lo hemos amenazado”.

La última estocada para la familia fue cuando esta se enteró de que el policía pensionado había vendido todas sus propiedades y luego se había declarado insolvente. “Eso es actuar de mala fe. La rehabilitación de mi hijo demanda mucho dinero. Ellos, literalmente, nos dijeron que nos daban 100 millones de pesos y que viéramos a ver cómo nos los repartíamos”, dijo Néstor.

El hospital San Antonio de Sesquilé ha mantenido reserva en el caso y ha dicho que “es necesario consultar la historia clínica del señor Ramiro Bravo (...), la cual es un documento de carácter reservado”.

Este diario también envió la inquietud a la Policía de Tránsito de Cundinamarca, donde aseveraron: “Se solicitó prueba de embriaguez o alcoholemia al hospital de Sesquilé, al igual, se allega comando copias de la solicitud de embriaguez y remisorio de la misma a la clínica de Chía (...), donde se le practicó el dictamen”.

‘Yo no me acuerdo de nada’

El señor Ramiro Bravo negó que el día del accidente estuviera embriagado. “No me acuerdo de absolutamente nada. Venía bien y me dio un aneurisma cerebral. Acepté los cargos porque la familia de los afectados presionaron”, afirmó.

Dice que a él le dio algo parecido a lo que padeció el vicepresidente Germán Vargas Lleras, solo que no se desmayó, sino que perdió el control.

Agregó que el día del accidente había estado en Bogotá visitando a sus hijos y, con respecto a los exámenes, tras el accidente, dijo que le habían hecho tres pruebas de alcoholemia y que en todas salió negativo. “Si hubiera venido en estado de embriaguez y causado el accidente, aun así no podría hacer nada”, añadió.

En cuanto a la reparación a las víctimas, dice que a través de su abogado ha ofrecido una suma que prefiere reservarse, pero que la contraparte aspira a un capital que él no posee. “Yo soy una persona común y corriente”.

Bravo no negó haber salido de algunas de sus propiedades tras el accidente y se reservó hablar sobre la venta de una finca a su nombre. Cuando se le preguntó qué sentía al ver las consecuencias del accidente y la situación del niño, dijo que lo que tenía que decir ya se lo había dicho al juez. “Yo no puedo hacer nada, no soy médico”.

La tragedia no termina

Todo cambió. Néstor tiene 39 años y es un desempleado más desde que dedica su vida a cuidar de su esposa, de 44, y de su hijo. Ambos tuvieron que abandonar sus empleos. “Antes, yo trabajaba en el sector de la educación, era decano de la Fundación de Educación Superior Cedinpro, pero tuve que renunciar”.

Cristina está confinada a las terapias. Ella, que solía ser vendedora de productos de belleza, nunca más pudo salir a laborar. Sus dolencias la limitan para caminar.
Al niño, sí que le cambió la vida, suspendió sus estudios de primer grado en el colegio del Rosario, ubicado en el Galán, y sus deseos de ser un poeta.

Néstor Alejandro Garzón

Néstor Alejandro tiene cuadriparesia espástica severa, el trastorno motriz más limitante y grave de todos los tipos de afecciones centrales que se conocen.

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Héctor Fabio Zamora / EL TIEMPO

A los 6 años, se le había medido a participar en un concurso de poesía en su colegio, con la condición de que su creación fuera para sor Nora, la hermana rectora. “Él ayudaba a otros niños a que no sintieran pena al declamar, esa entrega lo hizo ganador del concurso de poesía. Me dijo que quería llorar y yo le dije: ‘Hágale, eso es felicidad’. Hoy, recordar eso me da mucha tristeza”, dijo Cristina.

Actualmente los tres viven de las ayudas de la familia y de hacer rifas, todo con tal de que el niño supere su condición. “Mi hijo tiene cuadriparesia espástica severa, es el trastorno motriz más limitante y grave de todos los tipos de afecciones centrales que se conocen”. Es decir, mueve solo su cabeza y sus brazos, pero con dificultad.

Todos los días se la tiene que arreglar para salir a las siete de la mañana y regresar a las cinco de la tarde. Los días de terapia hacen parte de su vida. Claro, para lograr todas las atenciones médicas, primero tuvieron que interponer tutelas. “Con decirle que tardamos seis meses en tener la silla de ruedas”. Otro suplicio son los pañales, un gasto que muchas veces se les convierte en una pesadilla. “A mí me angustia que se le acaben las terapias. Yo quiero que mi hijo haga lo que puede hacer cualquier niño, que estudie, que pueda hablar”, dijo Cristina.

A pesar de todo, el niño sonríe, pasa horas mirando a través de su ventana, anhelando jugar como lo hacen los niños en el parque. “Nosotros necesitamos un abogado, alguien que nos ayude a esclarecer por qué ocurrió el accidente, a hacer justicia”.

Carol Malaver
Subeditora Bogotá
@CarolMalaver
carmal@eltiempo.com

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