Bogotá

Cartagena / Voy y vuelvo

Lo que más me mortificó de mi fugaz visita fue el incesante pitar de los taxis. Inhumano.

Cartagena

Una turista se escandalizó porque un taxista pretendía cobrarle 20 dólares por una carrera aparentemente cerca.

Foto:

Manuel Pedraza / AFP

15 de abril 2017 , 08:26 p.m.

Unos días en la llamada ciudad Heroica, en vísperas de Semana Santa, son suficientes para hacerse una idea de lo que pasa en ella. Sin duda, su belleza, valor patrimonial y el auge de su industria turística han contribuido a moldear el sitial en el que se encuentra: uno de los destinos más apetecidos del mundo.

Solo en los días santos se esperaba que la visitaran 30.000 turistas en once cruceros, para que recorrieran sus calles y reliquias, admiraran sus monumentos, probaran sus sabores y adquirieran artesanías.

Cartagena es una mezcla entre nostalgia y felicidad; allí se desarrollan grandes eventos empresariales y pequeñas ferias locales; es el destino al que todos los colombianos quisieran ir al menos un par de veces en su vida. Vale la pena.

Y tal vez por todo esto, no puede faltar la mirada escrutadora a una capital que lo tiene todo para seguir brillando y, sin embargo, también hace todo lo posible para lo contrario: para que se hable no muy bien de ella. De una ciudad con los quilates de Cartagena, con tanto para ofrecer, se esperaría un cuidado especial de su espacio público, porque es una ciudad para caminarla de principio a fin. Pero este simplemente ha desaparecido. No solo buena parte de sus andenes permanecen en mal estado, sino que han sido utilizados para ventas informales, alquiler de bicicletas, para el estacionamiento de motos o para la extensión de áreas comerciales. Varias alcantarillas están destapadas. Un editorial del periódico local ‘El Universal’ advertía recientemente de estos y otros males, incluida la seguridad, pues hace poco un turista belga fue asaltado y asesinado en los alrededores del fuerte San Felipe, para no hablar de ese otro mal endémico que la carcome desde hace décadas: el turismo sexual, no obstante las campañas para prevenirlo.

Y es costosa. Una cerveza en un hotel puede llegar a valer 9.000 pesos y un almuerzo, 60.000. Una turista se escandalizó porque un taxista pretendía cobrarle 20 dólares por una carrera aparentemente cerca. La pobreza se exhibe en sus calles, con limosneros en cada esquina. Los venteros ambulantes vienen de todas partes del país y logran evadir a las autoridades que tratan de impedir su paso al centro histórico.

En lo particular, lo que más me mortificó de mi fugaz visita a Cartagena fue el incesante pitar de los taxis. Desesperante. Inhumano. En todo lugar, a cada segundo, el claxon era la tortura para los caminantes. Y pese a todo, según el mismo diario local, las autoridades ni se inmutan.

ERNESTO CORTÉS FIERRO
Editor Jefe EL TIEMPO
@ernestocortes28
erncor@eltiempo.com

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