Bogotá

Carta a un ciclista / Voy y vuelvo

Miran al ciclista no como uno más en la vía sino como un estorbo del que hay que deshacerse.

Ciclistas en Bogotá

Hoy hay verdadero amor por la bicicleta, no solo por salud, sino porque tenemos mayor conciencia de cómo aprovecharla.

Foto:

Juan Manuel Vargas / Archivo EL TIEMPO

24 de septiembre 2017 , 02:50 p.m.

Quiero contarte esta historia: el primer recuerdo que tengo de una bicicleta viene de mi padre, que cambió la vieja cicla Hércules, ‘de cartero’ –como le decíamos– por un Ford 48. Tuvo que dar plata de más, sin duda, pero hasta ahí llegaron mis paseos con él, sentado en la parte trasera de la vieja cicla. Años más tarde, un camión estacionó frente a nuestra casa, en vísperas de Navidad; traía en su interior una bicicleta nueva para mi hermano y una patineta para mí. Arruinamos la sorpresa, pues tan pronto vimos el camión, saltamos a la calle a estrenar los nuevos juguetes. 

Luego de un tiempo heredé la cicla de mi hermano y viví mis mejores momentos montado en ella. Sin casco. Sin chaleco. Sin luces de seguridad. Eran otros tiempos, otra ciudad, otra gente; no había tanta moto ni tanto carro ni ciclorruta, pero por alguna razón éramos más prudentes, si es que a eso se le podía llamar prudencia.

Las cosas, amigo ciclista, han cambiado. Hoy hay verdadero amor por la bicicleta, no solo por salud, sino porque tenemos mayor conciencia de cómo aprovecharla en una ciudad caótica como la nuestra. Pero nos falta el chip de la prudencia. Vamos a hablar claro: en la calle no hay accidentes, hay imprudencias que nos cuestan la vida. Y los ciclistas son imprudentes. Muchos. Hasta en los carriles de TransMilenio los he visto. Duele, pero es cierto. Son imprudentes cuando transitan por un andén, cuando ignoran la ciclorruta (y sé que varias son inseguras), cuando no respetan las señales, cuando en la ciclovía no se bajan en el puente vehicular, cuando les estorba el casco, les molesta el chaleco y les vale huevo el llamado de atención. Muchos se comportan en la vía como si fueran motos. Desafían toda lógica, y la probabilidad de ser arrollados crece. Los mensajeros son tan o peor que los motociclistas. Y sí, hay combos, amigos de ellas que promueven su uso, pero que no condenan con vehemencia las malas acciones de los suyos.

Y hay conductores de carro, camión, bus y moto que son matones profesionales, que tratan al ciclista como si fuera en otro carro, que piensan que con ‘arrimárselo’ lo van a amedrentar o que con un bocinazo lo sacarán del espacio que le corresponde. Son bárbaros. Miran al ciclista no como uno más en la vía sino como un estorbo del que hay que deshacerse a como dé lugar. Así sea dejándolo tirado en el asfalto, como por desgracia les sucedió a dos de ellos esta semana.

A conductores y ciclistas quiero invitarlos a una sola reflexión: la vida no nos fue dada para estrellarla contra el pavimento. ¿Quién carajo nos creemos para comportarnos como nos estamos comportando? ¿Cuándo nos dieron licencia para hacer con el carro o la cicla lo que nos venga en gana? ¿Dónde está la norma que declara al otro como enemigo? Porque eso es lo que estamos viendo en la calle, a un par de enemigos cuyas disputas dejan ya 18 muertos este año. Son 18 hogares que siguen de luto. Absurdo morir así.

Todos fuimos niños. Muchos tenemos hijos hoy. Y una de las primeras lecciones que damos como padres es, por supuesto, enseñarles a montar en bicicleta. Es el primer paso de independencia al que los animamos después de verlos caminar. Nuestro primer motivo de orgullo como papás. Y, cuando eso sucede, los hijos jamás lo olvidan: “mi papá me enseñó a montar en bici”, repetirán el resto de sus vidas.

Amigos ciclistas, tengan presente que no aprendimos a montar bicicleta ni enseñamos a los hijos a hacerlo para terminar muertos en la vía. Uno no les enseña a usar el casco para que ya de grandes desafíen la adversidad o repitan nuestras propias imprudencias. Uno no les cura sus primeros raspones para llorarlos cuando se hacen grandes. No, uno les enseña a dar pedalazos para que sean más libres, más felices. ¿Por qué olvidamos esto cuando crecemos? ¿Por qué con unos años de más confundimos esa libertad con irresponsabilidad? Piénsalo: la ciudad no es la misma y hace falta mucho para que sea ideal para los ciclistas. No te arriesgues.

Hoy, cuando vayas a sacar la bicicleta para ir al trabajo, a la U, a la biblioteca, al mercado o, simplemente, de parche con los amigos, recuerda el día en que aprendiste a montar en bici: lo hiciste para ser libre, no para morir en ella.

ERNESTO CORTÉS FIERRO
Editor Jefe EL TIEMPO
erncor@eltiempo.com@ernestocortes28

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