Bocas

José Mujica: el exguerrillero que fue presidente

Habla 'Pepe' Mujica, el expresidente de Uruguay. El exguerrillero que no se dejó tentar del poder.

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"Me tengo que levantar a orinar de noche porque soy viejo, me levanto en calzoncillos a caminar y no pasa nada".

Foto:

Archivo particular

27 de septiembre 2016 , 05:40 p.m.

El haber convertido su chacra en la “Casa Presidencial” fue la muestra definitiva de saber conservar la humildad.

Prefirió seguir rodeado de hortalizas, flores y de la tranquilidad que ofrece su viejo refugio campestre a las comodidades y atenciones que le hubieran brindado los cuatro pisos de la Torre Ejecutiva de la Plaza de la Independencia, desde donde, se supone, despacha el presidente uruguayo.

Los 20 minutos que separan la “Casa Presidencial” de su chacra constituyen un verdadero contraste. Saliendo de la Plaza de la Independencia, el trayecto inicia a través de una amplia avenida –la Ruta 5–, rodeada de modernas edificaciones y bajo un completo orden urbanístico.

Luego hay un desvío obligatorio, pero ya no a través de una moderna avenida, sino por un camino más angosto, hasta empalmar con un destapado y polvoriento “carreteable” que llega al refugio de los Mujica. Atrás queda la modernidad para pasar a un humilde modo de vivir de un expresidente. Contrario a lo que pudiera pensarse, su aparato de seguridad también contrasta con el de la mayoría de los presidentes y expresidentes del mundo: solo una patrulla con dos agentes son los encargados de la custodia permanente. Sin tanta parafernalia ni “cordones de seguridad”.

Así es José Alberto Mujica Cordano, mejor conocido como “Pepe” Mujica, quien se convirtió en presidente del Uruguay respaldado por una amplia simpatía popular. El mismo a quien nunca le pasó por su mente el desprenderse, ni siquiera en los ratos más difíciles de su gestión presidencial, de la chacra que comparte con Lucía, su esposa, con quien contrajo matrimonio después de 30 largos años de convivencia.

Los dos, Lucía y Pepe, comparten las tareas del hogar, sin contar con el servicio doméstico, sin interesarles que ellos conformaron, hasta hace unos días, la pareja más importante del país: él como presidente de la república y ella como líder del Legislativo.

Por eso no resulta extraño el observar ropa tendida al aire libre, recién lavada por Lucía, quien no abandona sus actividades hogareñas y de ama de casa a pesar de la alta dignidad política que representa en el país, mientras él hace lo propio dedicándose a las dos actividades que más disfruta en su vida: el cultivo de flores y hortalizas y el saboreo del café preparado por Lucía.

La pinta de "Pepe" Mujica tampoco ha cambiado. Acostumbrado a lucir ropa generalmente deportiva, o de descanso, casi siempre está con camisetas caracterizadas con el “celeste” uruguayo, pantalones al tobillo y sus también inseparables pantuflas. Nada protocolario.

Un hogar poco nada común dentro del esquema de “familia presidencial”, de las muchas acostumbradas a disfrutar a sus anchas los beneficios y comodidades oficiales.

Con Lucía Topolansky Saavedra tienen muchas cosas en común: ambos pertenecieron a la guerrilla, sufrieron el rigor de la prisión, las torturas, participaron en fugas de la cárcel, recibieron los favores de la amnistía y además han desarrollado una importante carrera política. Y ambos tienen descendencia foránea: él de los vascos y ella de Polonia.

La pareja también tiene a su haber un singular hecho político. Por haber obtenido la más alta votación como senadora y presidenta de la Asamblea General, a Lucía le correspondió tomarle el juramento como presidente de la república a su esposo.

Pero no solo eso. Lucía también ha fungido, en dos ocasiones, como presidenta interina del Uruguay, por ausencias simultáneas del presidente y del vicepresidente, con motivo de viajes oficiales al exterior, convirtiéndose en la primera mujer en alcanzar la máxima distinción.

“Pepe” Mujica también tiene su complemento ideal, del cual tampoco pensó alejarse durante su gobierno. Se trata de Manuela, su perrita mascota, su inseparable compañera a la que calificó públicamente como la “integrante más fiel del Gobierno”, porque, quizás, nunca le pidió nada a cambio. La fidelidad de Manuela casi que la conduce a la muerte durante una jornada de campo cuando un disco de la maquinaria agrícola que operaba su amo le cortó una pata. El lamentable episodio aumentó el amor por ella durante 18 años.

La vida del exmandatario uruguayo se desarrolla en medio de lo necesario para seguir viviendo, como él mismo lo señala, “sin importarle las tentaciones y suntuosidades” que pudiesen generar su exitosa trayectoria política como diputado, senador y presidente, después de haber militado por más de 20 años en el Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros (MLN-T).

A sus casi 80 años, próximos a cumplir el 20 de mayo, el presidente Mujica tampoco cambia su Volkswagen "Fusca" modelo 87 para movilizarse. Él mismo lo conduce y casi siempre se desplaza en él junto con Lucía.

Con su pequeño vehículo tampoco ha caído en las tentaciones de los coleccionistas y los jeques, quienes le han ofrecido por este grandes sumas de dinero, en dólares, euros y petrodólares. Es el otro amigo fiel de “Pepe” Mujica y por eso dejó a un lado los lujosos carros blindados, oficiales, dispuestos por el Gobierno para la movilización del hombre público. Así mismo, Mujica sigue siendo fiel a sus principios, políticos, morales y religiosos. Por esta razón, ha sido respetuoso de la libertad de culto, de los religiosos, aun cuando él es ateo. Respeta al papa Francisco, pero no asistió a su ceremonia de asunción, delegando al vicepresidente Danilo Astori.

Desde su chacra, y en sus horas de descanso, también atendió –y aún hoy atiende– asuntos de Estado. Desde ahí contestó su viejo celular, impartió instrucciones y estuvo atento a que los ministros y demás funcionarios de su despacho cumplieran con su misión. Eso sí, con un celular en el que solo recibe llamadas. Nada de planes de datos ni de redes sociales.

Esta llamativa forma de vivir también resulta curiosa y hasta atractiva para propios y extranjeros. Por eso, no resulta extraño que ciudadanos de otros países se peguen la “rodadita” por la chacra de los Mujica para apreciar el lugar y no perder la oportunidad de una “selfie”.

¡Silencio!, habla el viejo. Habla el expresidente de Uruguay que acaba de dejar el poder, que ocupará un escaño en el Senado de su país y que, a fuerza de ejemplo, se convirtió en un referente moral del mundo.

¿Cómo dejó las cosas en Uruguay?
Algunas, bien. Otras, regular. Y otras, mal. Como todo proceso lleno de vida. Si lo miramos del punto de vista de la cuestión esencial de cómo vive la gente, bastante bien; muchos menos pobres, muchos menos indigentes. Si lo miramos desde cuentas públicas, bastante bien; con un nivel de reserva interesante y con un crédito internacional abierto, baja desocupación en un país de gente veterana… Y diría que con una economía que está caminando bastante bien a pesar del enlentecimiento de los últimos tiempos que les toca a los países grandes de las regiones y que seguramente a nosotros nos va a ir afectando.

¿Hay algo que lo haya frustrado, que no haya podido terminar en estos años de gobierno que acaban de terminar?
Frustraciones en pila. Por ejemplo, pienso que el Uruguay tuvo, en la última década, una suba explosiva del precio de la tierra. Se multiplicó por diez, por ocho. Les pedimos un aporte a los grandes propietarios de tierra para volcarlo en infraestructura en las propias regiones donde están ellos. No pudimos, porque le dieron vuelta y la Corte declaró que no era constitucional. De hecho, si tenías una hectárea que valía 400 dólares, te encontraste con este regalito: vale 4.000, 5.000. Me parece injusto porque eso no es plata hija del trabajo. Es una venta extra que te regaló el país que, en su evolución económica, le dio también valor a lo que tienes. Pero bueno…

Uruguay ha sido en América Latina un país líder en reformas sociales. La legalización del aborto, el matrimonio de personas del mismo sexo, la regularización del consumo de la marihuana... ¿Siente que van por el camino correcto?
Nosotros siempre fuimos así. Somos un país que desde 1914 reconoció la prostitución, la organizó. Somos un país que estableció en esa época el divorcio por la sola voluntad de la mujer. Fuimos un país que fundó una universidad femenina para que las familias conservadoras se animaran a mandar a estudiar a las hijas. Un país que nacionalizó la generación de la energía eléctrica, hasta el día de hoy. Un país que también se hizo cargo de la refinación de petróleo y su distribución, hasta el día de hoy. Donde el 65 % del movimiento bancario es del Estado. Entonces nosotros no estamos haciendo otra cosa que siguiendo el triso lejano de nuestros antepasados. Siempre fuimos un país muy reformista, atrevidos, muy laicos. El más laico de América Latina. Tenemos enseñanza gratuita desde 1980. La universidad principal es del Estado y, claro, nos sorprendemos porque nos encontramos con un país adelantado como Chile que está discutiendo la enseñanza gratuita.

¿Por qué la legalización de la marihuana es un tema espinoso?
Es muy espinoso. El tema no es de la marihuana. Nosotros sostenemos esta tesis: peor que la droga, que no es buena, es el narcotráfico. El enemigo que tenemos es el narcotráfico. La política que veníamos llevando era meramente represiva, metiendo gente presa. Cada vez tenemos más presos y no funciona. Y empezamos a pensar en aquello que decía Einstein: “Si quieres cambiar no puedes seguir haciendo lo mismo”. Decidimos hacer un ensayo para robarle el mercado de marihuana al narcotráfico. Quitarle la causa del narcotráfico. No obligar al consumidor de marihuana a que tenga que morir en la clandestinidad, sino que tenga una cosa organizada, segura; que nosotros los tengamos con reserva, la misma reserva que se usa en lo financiero, pero, en alguna medida, saber qué pasa. Probablemente un consumo parcial sea soportable, de la misma manera que yo me tomo un par de whiskys por día y son soportables. No estoy diciendo que sea bueno. El problema es detectarlo a tiempo, cuando el tipo se está pasando para poder incidir y decirle: “Usted se tiene que internar”, porque hoy con la clandestinidad, cuando detectamos eso ya está preso. Porque hizo alguna barbaridad, porque no tenía plata… La nueva técnica de expansión del narcotráfico es hacer adictos para que después dependan y compren.

¿Qué hace Estados Unidos para combatir el narcotráfico?
¿Y qué hace para combatir el mundo financiero que produce? ¿Con el excedente financiero que es de tal volumen, que no se puede tener clandestinamente? Si no estuviera la banca metida en ese lavado, no se puede manejar. Porque usted puede tener clandestinamente un bolsito con unos billetes, pero no puede tener esa montaña de valor clandestinamente. Entonces el mundo financiero tiene una responsabilidad brutal en todo esto. Y no pasa nada. Es como un aparato digestivo, la plata no santa la digiere y la transforma en santa.

Usted se enorgullece de que el Estado uruguayo tenga la banca, la refinería, pero en todo el mundo la tendencia es a privatizar. ¿Por qué en algunos sectores lo público es poco eficiente al contrario de lo privado?
Porque tenemos una legislación que ha demostrado seguridades infinitas al trabajador público y naturalmente hay poco riesgo y, entonces, nos burocratizamos. Pero a usted no se le olvide que el Uruguay es un país pequeño, entonces no vamos a tener competencia entre empresas grandes transnacionales. En Uruguay no hay para cinco compañías petroleras que discutan entre ellas. Entonces quedamos en manos de monopolios privados y para tener un monopolio privado, mejor tengo un monopolio del Estado que puede ser medio paquidérmico, y esa es la lucha que tenemos.

Uruguay tiene 3.200.000 habitantes y produce alimentos para 30 millones de personas. ¿Hay mucha desigualdad en el país?
Según los números internacionales, de la Cepal, es el país más equitativo de América Latina pero, con esta soledad, somos algo así como campeones de cuarta. Porque en nuestro continente el más injusto es el que peor reparte en el mundo. En este continente nosotros somos bastante igualitarios. Pero no es obra solo de mi gobierno, es histórico. Siempre hemos tenido políticas sociales que tratan de amparar a los más débiles; y que la distancia no sea tan grande.

¿Le sigue apostando a lo público?
Sí. Reconociendo las dificultades y los puntos débiles que tiene. Pero en las condiciones de Uruguay, acá no hay lugar para una competencia de grandes compañías telefónicas, ni nada por el estilo.

En Colombia estamos luchando por conseguir la paz hace más de cincuenta años. ¿Usted cómo ve nuestro proceso de paz teniendo en cuenta que Uruguay ha influido mucho en todo lo que se está haciendo en La Habana?
Yo creo que hay fuerzas económicas detrás de este proceso de paz que está midiendo que lo que más les conviene es hacer la paz, por el desarrollo de Colombia. Entonces, esto le da una fuerza al proceso que anteriormente no ha tenido. A pesar de que enfrenta enormes dificultades por los dos lados. Seguramente que en el campo de las Farc van a tener descontento y en la derecha también, porque estas cosas son así. Pero veo muy bien el proceso. Lo veo muy bien. No tiene sentido la guerra hoy. En ningún lado tiene sentido. Estamos locos, porque la guerra se ha transformado en algo maquiavélico. Te matan a control remoto, de lejos, ni sabes quién. Ya no tiene nada que ver el valor, la guapeza o la entrega, ¡no! Ahora es pura tecnología. Y eso es para que pierdan los más débiles. No quiere decir que no haya que luchar. Pero hay que encontrar otros caminos para luchar.

Usted fue guerrillero. Estuvo preso quince años. ¿Qué piensa de las Farc?
Yo les he dicho que uno de los grandes obstáculos que tienen va a ser cuando entren en la cuestión de la verdad y la justicia. ¿Cómo fue esto?, ¿quién es el responsable y si se juzgan o no se juzgan? Y les pedí que miraran a Sudáfrica, porque en un proceso que lleva cincuenta años, si usted empieza a querer ajustar todas esas cosas, no hay paz. ¿Y qué es lo que vale más? Esa es la gran contradicción que tienen.

Usted habla mucho de la libertad, porque la perdió durante varios años. ¿Para usted cuál es la importancia de la libertad?
La libertad tiene niveles. Hay lo que se puede llamar la libertad individual, que cada individuo debe ganar y defender. En general, eso no se toca y no se define. Y para mí la libertad individual es tener tiempo libre para hacer aquellas cosas que a uno lo motivan. Porque si el grueso del tiempo de la vida que uno tiene lo va a gastar pura y exclusivamente en la batalla económica por tener más, y más, usted termina no teniendo libertad. Si a mí me gusta jugar al fútbol, necesito tiempo para jugar al fútbol. Si soy joven y tengo veinte años y me desespera el amor, necesito tiempo para el amor. Si soy un viejo, necesito tiempo para poder hablar con mis amigos en el boliche. No estoy diciendo que el hombre no tenga que trabajar. El hombre necesita trabajar porque si no está viviendo a costillas de otro. Pero no puede gastar la vida solo en trabajar. Necesita tiempo para ser libre. Y esto es lo que está en disputa en el tiempo contemporáneo. Nos roban todo el tiempo porque la sociedad consumista tiene tal peso determinante sobre nuestra conducta que no podemos escapar, salvo que tengamos mucha claridad en la cabeza y seamos capaces de ponerle freno.

¿No será que somos nosotros mismos los que nos metemos en un calabozo?
Sí, seguro que sí. Pero hay fuerzas del mercado que nos azogan. Porque eso es funcional a la acumulación capitalista. Desde luego, quieren vender. Los ministros de Economía se agarran la cabeza si se para la compra. [Risas].

Todo el mundo habla sobre Mujica como el más austero. Pero eso de la humildad usted lo lleva en la sangre, eso no es de ahora.
¡No! Eso es muy viejo. No quiero usar más la palabra austeridad porque en Europa dejan a la gente sin trabajo y dicen que eso es austeridad. [Risas]. Me bastardearon el término. Prefiero usar el término sobriedad. Vivir liviano de equipaje, con pocas cosas, con lo necesario, imprescindible, pero no más. ¿Para qué? Para no tener demasiadas ataduras materiales y tener tiempo para volcarlo en lo que a mí me motiva que es la militancia.

¿Quién es el distinto? ¿Mujica o los otros presidentes de la alfombra roja?
Yo tengo mi definición. Las repúblicas aparecieron en el mundo como un rotundo y violento no al derecho nobiliario, al feudalismo, a la monarquía, a lo que establecía diferencias de sangre o linaje. Había sangre azul, todo eso. Entonces las repúblicas surgieron para suscribir que, básicamente, somos iguales y que nadie es más que nadie. Pero adentro de la república se nos cuelan una serie de usos e instituciones que vienen del pasado. Entonces la presidencia tiende a parecerse a la misma corte de los monarcas. La alfombra roja, el tipo que toca la corneta, todo el protocolo. Toda una cantidad de cosas que desde el punto de vista práctico no quieren decir absolutamente nada.

¿Se siente incómodo cuando va en una delegación a Europa y le ponen cinco carros, diez motos?
Cuando fui a Alemania me pusieron 30 motos BMW adelante, 30 atrás y me metieron adentro de una limosina Mercedes-Benz, donde cada puerta pesaba como tres mil kilos. Y yo, ¿qué voy a hacer? Me metí y ya. Justamente discrepo con todo eso, pero tengo que tener un grado de urbanismo. Cuando ellos lo usan, yo tengo que usarlo. Pero en mi fuero, toda vez que puedo, eludo todo eso.

Presidente, ¿quién es pobre, el que no tiene o el que quiere más de lo que no tiene?
Pobre es el que quiere mucho y no le alcanza nada. Mi definición es la de Séneca, justamente. Esto es viejo, esto lo discutían los estoicos. Esta discusión es viejísima en el hombre. Yo creo que la vida sencilla nos da margen de tiempo para ser libres. Acá una casa presidencial tiene cuatro pisos. Usted tiene que tener cinco, seis personas que lo sigan. Para tomar un té tiene que caminar dos cuadras. No, no, no. [Risas].

¿Usted no tiene servicio doméstico, alguien que le ayude?
No, adentro de la casa no, nada.

Pero, podría tenerlo…
Podría tenerlo, pero optamos por tener una casa con un dormitorio, un vestíbulo, la cocina y el baño. Ya está. No tenemos más. Después están los galpones por ahí, porque es una chacra. Pero nosotros no precisamos más, porque eso lo arreglamos en cuatro patadas. Si tuviéramos mucho, ¡ah…! Fíjate, tuve una casa muy grande. Y yo me tengo que levantar a orinar de noche porque soy viejo, me levanto en calzoncillos a caminar y no pasa nada. [Risas]. Si tuviera servicio, me tendría que cuidar del servicio, ponerme una bata y complicarme.

Hubo un jeque por ahí que le quería comprar su vehículo en un millón de dólares. ¿Usted lo pensó, lo iba a vender?
No, ¡qué lo iba a vender! Estos señores árabes no saben en qué van a gastar la plata. Hay un príncipe hijo que es coleccionista de autos de celebridades, los junta y los tiene. Y bueno, es una hermosa manera de tirar la plata, para la gente que tiene mucha plata. Pero yo me reí. Y nunca dije nada. El problema es que en la conversación había un periodista cerca y fue ese el que destapó, porque claro ustedes los periodistas tienen que vender la noticia. Pero lo único que hizo fue complicarme la vida porque yo no puedo ni pensar en venderlo, pues este autito que tengo fue una colecta que hicieron amigos míos y cuando salí presidente me lo compraron porque saben que me gustan los “Fuca”. Yo tenía otro que estaba viejo, que también lo tengo tirado en el galpón. Y bueno, es muy racional: repuestos hay hasta en las farmacias y la mecánica simple. ¿Cuál es el defecto? Un poco gastador porque es antiguo.

¿Si se daña, usted lo arregla?
Es que nunca se me rompió. Hace cinco años que lo tengo. Alguna vez dejé la luz prendida y me quedé sin batería nada más.

Usted se ha confesado como ateo. ¿Cómo son sus relaciones con la Iglesia en Uruguay?
Excelentes. La respeto mucho. Yo tengo un gran respeto por las religiones. Que yo no pueda creer no quiere decir que desprecie a la gente que cree. He llegado a esta conclusión: estuve en la cama de un hospital boqueando hace muchos años, herido, y ahí se moría gente. Y me encontré con esto: a la gente que tiene fe, la religión la ayuda a un buen morir. Menudo servicio. Por eso le tengo enorme respeto.

Lo vi muy animado con el papa, ¿cómo le va con él?
Un hombre muy inteligente que “se las trae”. Abierto y que va a dejar una huella muy honda en el mundo cristiano.

¿Va a cambiar la Iglesia?
Creo que está en esa lucha de procesos, pero es un barco grande. Y complicado, con contradicciones, intereses, cosas que se cruzan. Pero bueno, está haciendo un esfuerzo notable.

Esta pregunta es de mi hija, que estudia artes liberales y le tiene mucha admiración. ¿Aceptaría “Pepe” Mujica ser el presidente del mundo?
[Risas]. Sería un cargo honorífico, porque la gran ventaja que tendría ese cargo es que sería pura bulla y no tendría que hacer nada. Dile a tu hija que el gran problema que tiene el mundo es que cada vez somos más mutuamente dependientes los unos de los otros; la globalización no es cuento, pero no la manejamos. La globalización nos maneja a nosotros. No podemos entrar a pensar como especie, apenas estamos pensando como país. Y estamos necesitando, como el pan, acuerdos planetarios porque hoy hay que hacerse cargo de los problemas del planeta. Entonces no sé si políticamente el Homo sapiens será capaz de dar ese salto. Gobernarse como especie y no como país. Dile que ese es el desafío. El problema es de carácter político. De alta política. La falta de acuerdos mundiales. ¿Quién se va a hacer cargo de lo que está pasando en los océanos? ¿Quién se va a hacer cargo de que el tercer polo se está derritiendo y ahí nacen los principales ríos de Asia, donde viven millones de personas? ¿El hombre puede? Sí, el hombre puede hacer cualquier cosa. El hombre puede transformar en un vergel el desierto del Sahara. Si concentra la fuerza, porque puede sacar energía de la luz, puede bombear mares enteros, puede poner agua a evaporar, puede crear microclimas, puede plantar árboles con los geles en lugares que parecen increíbles, etcétera. Pero eso significa tomar decisiones de carácter mundial y afectar intereses que concentran mucha riqueza y que quieren despilfarrar riqueza y no gastarla precisamente en esas cosas.

¿Por eso usted dice que al que va a hacer política no le debe gustar mucho la platica?
Es un veneno. El que le gusta mucho la platita, el comercio, la industria, es una cosa. Pero en la política hay que correrlo. No es que no tenga interés. Siempre tenemos intereses. Pero la política en el sentido pro- fundo tiene otra satisfacción que no es económica, es el placer y la alegría que produce tratar de ayudar a los demás en el sentido que marche. Eso nos retribuye cariño, nos retribuye reconocimiento, no plata. Es otra cosa. Y tal vez quienes amamos la política somos sedientos de eso, aunque no nos demos cuenta. Pero cuando se nos entreveran esas cosas con la plata, se nos bastardea el mundo. Y fíjese que una de las cosas más graves que tiene el mundo presente es la tendencia a la corrupción. Y usted se encuentra a veces, metidos en corrupción, a gente de 60, 70 años y dice: “¿Para qué, mijo, si los cajones no tienen bolsillo?”.

JORGE CURA
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 39 - MARZO 2015

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