Bocas

Leonardo Padura, el hombre que amaba su pueblo

No sabe bailar salsa y no le gusta el ron, pero es el gran novelista policiaco de Cuba.

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Leonardo Padura

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AFP

27 de enero 2017 , 04:40 p.m.

Hablar de La Habana, del equipo de béisbol Industriales y de Mario Conde, es referirse al amor y al odio, a la satisfacción y a la frustración. Estos tres elementos lo complementan, lo asedian, lo motivan y le pertenecen, así como él les pertenece. Nació con ellos, aunque los descubrió en diferentes momentos, cuando los necesitaba. Los amó desde el primer instante. Hoy los ama. Los necesita. Los aborrece. Los lleva siempre. Y aunque se aleje al otro lado del mundo, volverá a su casa, con su equipo. Y su personaje volverá a vivir.

Nació en Mantilla, al sur de La Habana, el 9 de octubre de 1955. Vive en la casa de sus padres. Desde el 2011 tiene la nacionalidad española como un reconocimiento a su obra. En Madrid trabaja guiones y produce cine, pero su vida es La Habana y siempre regresará al sitio que le ha dado los mejores y los peores momentos de su vida. En Mantilla parió sus novelas y sus próximas obras nacerán allí.

Es periodista, escritor, ensayista, guionista y crítico. Asegura que no tiene imaginación. Escribe de lo que conoce. Para conocer investiga. Lee. Contrasta. Patea piedra. Pregunta. Documenta hechos. Entrevista. No se queda con dudas. Crea una fijación y no descansa. Publica todo lo que escribe, si no, no escribe.

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Leonardo Padura. Foto: AFP.

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Sus más de 20 libros –novelas, ensayos, recopilaciones, cuentos– invariablemente llevarán al lector a una Cuba contemporánea que se ha transformado vertiginosamente desde el castrismo. La caída de la Unión Soviética. El periodo especial. En el futuro tal vez alguna de sus novelas recuerde la muerte de Fidel Castro. El impacto de las relaciones con Estados Unidos. La trama será histórica, policiaca o de otro género. Invariablemente llevará al lector a la Cuba del presente.

Le llaman escritor policiaco y no le molesta. Él asegura que el género de una novela es funcional. En una trama policial busca descubrir una realidad, no desenmascarar al asesino. Deja a los críticos la calificación de sus obras. Sus obras no son puramente policiacas o históricas, son novelas. Su ícono es Mario Conde, el policía que hasta hoy protagoniza ocho novelas. El personaje ya es de carne y hueso gracias al cine, pero la mejor manera de conocerlo es en papel. La realidad y la ficción se mezclan entre páginas con olor de imprenta.

Este es Leonardo de la Caridad Padura Fuentes, un hombre que se considera parte de una familia tan normal que da asco. En su árbol genealógico no hay intelectuales. Tiene un hermano en Miami. De sus padres obtuvo lo mejor y lo peor. De su madre, la inteligencia, su sentido del humor, su ironía. A su padre le debe el espíritu stajanovista de trabajo y esa incapacidad para bailar que tanto le frustra.

Es complejo como otros intelectuales. Se obsesiona con cuestiones que a la mayoría de los mortales les resultan intrascendentes. “¿Por qué soy cubano? ¿Por qué soy un escritor cubano? ¿Por qué soy un escritor cubano que escribe y vive en Cuba?”. Le obsesiona encontrar las respuestas. Hasta el momento, no le ha convencido totalmente lo contestado a estos interrogantes.

Hasta los 18 años en su mente solo existía el béisbol. Soñaba con ser pelotero, pero era demasiado malo. Entonces quería ser cronista deportivo. Graduado preuniversitario en 1975, dejó a un lado sus sueños de escribir sobre béisbol porque no había una carrera afín y el sistema lo llevó a estudiar la licenciatura en Literatura Hispanoamericana. Su amor por el juego de pelota no decayó. Nació su deseo por ser escritor y conoció a Lucía López Coll, el amor de su vida.

No fue cronista deportivo. Padura cuenta historias. El periodista y el escritor van de la mano. La cola de la serpiente (Tusquets, 2011) fue la comunión del periodismo con la creación literaria. Primero fue “El viaje más largo”, en 1988, un reportaje extenso y crudo que retrata la historia del desarraigo de la comunidad china en La Habana. Del trabajo periodístico surgió un documental. Así se inspiró la novela.

Los cubanos lo elevan. Preguntar al azar a cualquier habitante sobre el literato es descubrir un detalle distinto de él, de su familia, de su obra. Hay quienes admiran hasta su forma de fumar. Hay quienes cuentan que su padre fue masón nivel treinta y tres. Hay quienes describen con orgullo el Consejo Popular de Mantilla, sus casas y la vecindad con la familia Padura Fuentes. Hay quienes aseguran que cuando se publican libros de Padura en la isla, se venden todos en menos de tres días.

El autor de El hombre que amaba los perros (Tusquets, 2009) presume ese sentimiento de pertenencia con su patria, su ciudad y su barrio. Lo que no explica es cómo él les pertenece a los cubanos. Su obra los refleja. Los lleva de Cuba a otras latitudes. La obra de Padura dice lo que los cubanos sienten. Lo que tienen que callar. Lo que el sistema les reprime. Sus libros han dado voz a los cubanos en más de 20 idiomas. Por eso lo quieren. Por su obra y su pertenencia les pertenece. Hasta sus detractores en Cuba lo reconocen. No falta quien diga que cada vez va menos a su casa y que es hasta pedante. Nadie dijo que la obra de Padura ridiculiza o caricaturiza a los cubanos.

El intelectual dice que no escribe para obtener reconocimientos. Que no lleva la cuenta de los premios que ha logrado. Sí se siente orgulloso del Princesa de Asturias de las Letras 2015, del Premio Nacional de Literatura de Cuba 2012, el Roger Caillois 2011, el Raymond Chandler 2009 y del Puerta de Espejo, que se daba en Cuba al libro más leído en bibliotecas públicas y que ha ganado varias veces. Todos los galardones son valorados, pero no trabaja por ellos.

Ahora, el autor pretende el éxito más allá de sus novelas. Siempre de la mano de Mario Conde, en enero de 2017 estrenará una serie de cuatro episodios para Netflix: la historia se desprenderá de la película Vientos de La Habana (España-Cuba, 2016), dirigida por Felix Viscarret, basada en la novela Vientos de cuaresma (Ediciones Unión, 1994). Padura y a esposa se gastaron dos años en la realización de los guiones para los cuatro capítulos. El serial, que se llamará Four seasons in Havana, se extrae de la tetralogía Las cuatro estaciones, compuesta por Pasado perfecto (1991), Vientos de cuaresma (1994), Máscaras (1997) y Paisaje de otoño (1998).

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Leonardo Padura. Foto: AFP.

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Los detalles de la producción y el compromiso con sus libros –que no deja de escribir–, obligan a Padura a alejarse de la vida pública, pero no a callar. En su obra ha plasmado severas críticas al régimen castrista. Con o sin matices, confronta momentos históricos que afectan la realidad de su país, aunque él asegura que los cubanos viven siempre un momento histórico. De la muerte de Fidel Castro no especula: “Acaba de ocurrir y cualquier cosa que te diga sería circunstancial. Tiempo al tiempo”. Respecto a las amenazas de Donald Trump hacia Cuba si no cambia su sistema político, el literato sentencia que el pueblo será el gran perdedor “por los efectos de una sostenida ceguera histórica”.

Así conduce su vida, palabras y letras este hombre arraigado a su tierra. Que escribe de lo que piensa y de lo que tiene certeza. Que no guarda manuscritos porque no quiere que sus presuntos herederos se lucren con sus obras. Así es Leonardo Padura y esto es lo que compartió con BOCAS.

Si su vida fuera un partido de béisbol... ¿En qué entrada está? ¿Va ganando?
En el béisbol hay una máxima que advierte: “Nada se acaba hasta que no se acaba”. Un equipo puede estar perdiendo veinte carreras por cero, en el noveno inning, con dos outs, y de pronto rebelarse y hacer veintiún carreras y ganar. Así que mejor no respondo: nada se acaba hasta que no se acaba, menos en el béisbol.

Parece obvio que nació primero el periodista que el escritor, ¿fue así?
El periodista y el escritor nacieron tomados de la mano y desde hace ya casi cuarenta años andan juntos y siguen juntos. Yo quise estudiar periodismo antes de pensar que podía escribir, pero no pude estudiar periodismo y… Entonces descubrí que quería escribir ficción. Así que publiqué mi primer texto periodístico, una reseña, cuando estaba escribiendo mis primeros relatos, allá por 1977, cuando estudiaba filología en la Universidad de La Habana. Luego, en 1980, comencé a trabajar como periodista en El Caimán sin tener formación como periodista. En esa revista cultural tuve el impulso decisivo para ponerme a escribir ficción y publiqué mis primeros relatos en 1981. Desde entonces no he dejado de ser periodista y escritor, aunque fui profesionalmente periodista hasta 1995, cuando dejé La Gaceta de Cuba y me hice profesionalmente escritor sin dejar de hacer periodismo.

¿Cuál fue su primera obra, y cuál la más reciente?
La primera novela que completé fue Fiebre de caballos. La escribí entre 1983 y 1984, antes de cumplir los treinta años. Es una historia de amor y se publicó en 1988, porque en aquella época en Cuba los libros demoraban cuatro o cinco años en ser editados, por simple y llana incapacidad editorial. Me inspiró a escribirla la lectura de Desayuno en Tifanny’s, de Truman Capote.

¿Tiene algún escritor favorito?
Ahora mismo: Vasili Grossman, por Vida y destino. Antes han sido otros: Hemingway, Salinger, Vargas Llosa, García Márquez, Carpentier... Luego serán otros, en este tipo de favoritismo las fidelidades son temporales y me gusta estar abierto a todos los descubrimientos.

¿Cuál ha sido el peor momento de su vida?
Hasta ahora, el peor puede haber sido entre fines de septiembre y principios de octubre de 2013. En quince días murieron mi padre, a sus 88 años, de un infarto que casi lo fulminó, y luego mi perro Chorizo, apenas dos semanas después, ya a sus 18 años. Por unas semanas creí que había asimilado bien esos dos puñetazos, pero el resultado fue que terminé con un aparente problema cardiaco que resultó ser solo estrés, angustia, dolor...

¿Y el mejor?
El 9 de octubre de 1955, a la 1:45 p. m., cuando mi madre me parió. ¿No?

¿Cuándo nació Mario Conde, el personaje icónico de sus novelas?
En aquel momento salíamos de un 1989 que nos parecía histórico y traumático y entramos en un 1990 que fue tremendo. Yo estaba dejando el periódico en el que trabajé por seis años, Juventud Rebelde, y pasando a una revista cultural, La Gaceta de Cuba, donde sería el jefe de redacción. Por ser una publicación mensual, me ofrecía algo que resultaba imposible tener en el periódico: tiempo para escribir. Ya para entonces yo tenía publicados una novela y un libro de relatos, pero necesitaba escribir. Y mi proyecto era intentar escribir una novela policial cubana que no se pareciera a las novelas policiales cubanas que se publicaban por esa época, que, a la vez, fuera muy cubana. Me di cuenta de que la clave estaba en la creación de un protagonista que fuera capaz de marcar esas diferencias y condiciones.

De esas exigencias primarias nace Mario Conde. Todo esto ocurre mientras el mundo que nos rodeaba se estaba desmoronando, íbamos adquiriendo certezas que antes no habíamos podido tener, nos abocábamos a un cambio, a un abismo, algo radical y tremendo, y yo necesitaba conocer de todo eso. Mi destino personal estaba en juego, tal vez el del país. Y, a la vez, quería escribir, lo que implica un acto de soledad… Quizás, o quizás no, seguramente por toda esa atmósfera de inseguridad y desplome que me rodeaba, es que Mario Conde llegó a tener el carácter que tiene: nostálgico, melancólico, desencantado, siempre al borde del derrumbe. Al concebir este personaje como alguien que me permitiera mirar con sus ojos la vida cubana, utilicé muchos elementos de mi experiencia y carácter personales para tenerlo cerca. De alguna forma, Mario Conde soy yo y yo soy Mario Conde, hasta un extremo en que hoy confundo los límites de uno y de otro. Por eso, lo que más odio de Mario Conde es lo que más odio de mí mismo: que a pesar de ser un melómano, no sabe bailar. No te imaginas lo que hemos sufrido, las cosas buenas que nos hemos perdido el Conde y yo por no ser unos cubanos que saben bailar.

¿Tiene algún personaje favorito en sus novelas?
Por supuesto que son Conde y sus amigos: ellos somos yo y mis amigos, aunque ellos tienen su propia historia y su propia vida, pero resumen el espíritu de mi generación, mis formas de ver la vida. Luego me encanta José María Heredia, que protagoniza La novela de mi vida, porque con él pude expresar mis ideas sobre lo esencial del sentimiento de pertenencia a Cuba. En esa novela, por cierto, está un grupo de amigos, parecidos a los de Mario Conde, pero que son intelectuales todos y me gustan menos. ¡Es que los intelectuales somos tipos muy jodidos! También estoy muy satisfecho con el Rembrandt de Herejes, y parece que me quedaron bien [Ramón] Mercader y [León] Trotski en El hombre que amaba a los perros, aunque, la verdad, ninguno de los dos me simpatiza demasiado: ni el verdugo ni la víctima. Son dos fundamentalistas ortodoxos, mientras yo soy un heterodoxo. En el caso de Heredia me ocurrió algo que definitivamente me reveló sus claves y me explicó por qué él era tan cubano como yo, siglo y medio antes que yo: en una carta desde el exilio mexicano, casi al final de su vida, le menciona a su madre cuánto extraña sus guisos de quimbombó… ¡Yo soy un fanático de ese plato cubano! Porque a veces un detalle muy menor en la historia o en la personalidad, real o ficticia, de un personaje, es la clave que lo define y complementa. En Rembrandt, por ejemplo, fueron sus dolores de muela, algo tan horrible y humano; en Trotski y Mercader, me permitió entenderlos mejor el amor que los tres profesamos por los perros.

El hombre que amaba a los perros es precisamente una de sus novelas más conocidas. ¿Cómo surgió?
Nace de una acumulación de preocupaciones, dudas, certezas. Primero estuvo mi desconocimiento forzado sobre la vida de Trotski, pues en Cuba se le aplicó la misma política que en la Unión Soviética: no existía. Luego, en mi primer viaje a México, la curiosidad me llevó a su casa de Coyoacán y sentí una gran conmoción en ese lugar. Esto ocurrió en 1989, un mes antes de la caída del Muro de Berlín. Después se sumó el hecho de saber que Mercader, [el asesino de Trotski] había vivido sus últimos años en Cuba y que, perfectamente, pude haberme cruzado con ese personaje que, para mí, era alguien que estaba en la historia, no en el presente. Todo eso se sumó a mi experiencia de vida en Cuba, al conocimiento que tuvimos a partir de 1990 de lo que realmente había sido la Unión Soviética, de su papel durante la guerra civil española, de la personalidad enfermiza de Stalin… Un día todo se unió, yo me sentí en condiciones profesionales de meterme en esa historia y comencé a escribir la novela en el 2005. Bueno, empecé la investigación que me permitiría escribir la novela. Fue un trabajo de cinco años, muy duro, lleno de dudas y preguntas, estéticas, históricas, ideológicas, personales. Implicó una enorme investigación y un acto de escritura y montaje muy complicado. Es que se trata de una novela en la que el lector, antes de empezar, sabe lo que ocurrió, cuándo y hasta cómo. Hacerlo leer esa historia era el gran reto de su escritura. La solución para lograrlo fue arquitectónica: todo en esa novela funciona gracias a su estructura. Y al tempo de las narraciones.

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Leonardo Padura. Foto: AFP.

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¿Ha cambiado el género policial de su juventud al de la actualidad?
El género policial evolucionó mucho en los años 1960 y 1970. Se creó lo que hoy podríamos llamar el “neopolicial”, no solo en lengua española. Hoy muchos escribimos a partir de la certeza de que el policiaco puede ser el mejor vehículo para la novela social y que, a la vez, puede ser literatura con vuelo estético y no un simple juego inteligente.

Otro de sus libros más exitosos es Adiós Heming-way, una novela que rescata la figura del escritor a través de un asesinato que ocurre en la casa que había sido de él en La Habana.
Adiós Hemingway fue una novela escrita a partir de una propuesta de mis editores brasileños de esa época, el año 2000, la Companhia das Letras. Ahí trato de resolver mis asuntos pendientes con el escritor, un hombre que tanto me influyó y que tanto me decepcionó con algunas de sus actitudes. Es una novela donde se desarrolla una relación de amor-odio muy personal y por eso es que aparece Mario Conde como coprotagonista: a él le paso mis problemas con Hemingway y trato de que los resuelva. Es un libro bastante visceral que escribí casi de un tirón y que me ha dejado muchas satisfacciones.

Una de sus grandes pasiones es el béisbol. ¿De dónde sale esa afición?
La pasión por el béisbol es innata y sale de la cultura y el espíritu cubanos y de la pasión de mi padre por ese deporte. En mi cuna de bebé había una pelota; cuando aprendí a caminar, me tomaron una fotografía con un traje de jugador de béisbol; en la televisión de mi casa seguramente se veía béisbol y muy pronto empecé a practicarlo con mis amigos del barrio.

¿Cuál es el primer partido que recuerda?
No puedo precisar cuándo vi el primer partido, solo recuerdo que en 1962 fui al Gran Estadio de La Habana y se me grabó en la memoria un momento de aquel juego.

Hay un libro, El viaje más largo, que recoge textos de su oficio como periodista. Son varias historias, todas sobre Cuba, que escribió en los ochenta para Juventud Rebelde. ¿Cuál de todos esos reportajes usted recuerda con más emoción?
Creo que el más complicado fue justamente “El viaje más largo”, la historia del barrio chino de La Habana. Fue especialmente arduo escribirlo porque todo el mundo sabía que los chinos habían estado allí, con nosotros y formando parte de nosotros, por más de un siglo, pero nadie podía explicarme cómo vivían, cómo se organizaban o qué sentían. Los chinos son muy celosos con sus costumbres y tradiciones, muy cerrados a la hora de hablar de ellas, y yo, mientras más investigaba, menos sabía. ¡Hasta que se hizo la luz! Me encontré con Francisco Cuang, el “chino Pancho”. Él sí me habló y me contó sobre las interioridades de su comunidad y pude entender la clave de ese reportaje: que aun cuando no lo parezca, lo que más afectó a los chinos que vinieron a Cuba fue el desarraigo. ¡Es lo mismo que le pasa a cualquier emigrante! A partir de ese texto se hizo luego un documental que fue muy premiado y, a su vez, ese documental me inspiró para escribir una novela breve: La cola de la serpiente.

Siempre ha vivido en La Habana. ¿Cómo ha cambiado la ciudad desde su infancia?
La Habana de mi infancia era colorida, efervescente, alegre. Una mezcla insostenible de pasado, presente y futuro que desapareció poco a poco y que dejó de existir definitivamente al llegar el año 1990 y todas las crisis. La Habana actual es una ciudad bastante apacible en cuanto a violencia, un mal latinoamericano, pero insoportable en cuanto a los comportamientos sociales de mucha gente que ha perdido la noción del respeto al derecho ajeno y los hábitos elementales de convivencia. Es una ciudad que a veces no reconozco, y en la que la marginalidad va ganándole la pelea a la urbanidad. Tantos años de vivir con carencias, de practicar el “sálvese quien pueda”, de vivir “resolviendo” e “inventando”, han dejado una secuela negativa en la gente y hasta en la propia estructura física de la ciudad.

¿En qué cree Leonardo Padura?
Creo en el trabajo y, aunque a veces dudo, en la bondad humana. He tenido grandes pruebas de ella, sobre todo en los años en que fui más pobre e indocumentado. Dios es para mí algo que te toca o no te toca. A mí me tocó cuando más falta me hacía: desde su nube me vio trabajando como un loco y dijo: “voy a tocar a este”, entonces gané el premio Café Gijón de novela de 1995 y mi vida cambio cuando yo necesitaba con urgencia ese cambio. Admiro a los persistentes, quizá porque soy uno de ellos, y a los que bailan bien y juegan bien al béisbol. Mi legado podría ser mi epitafio: “No tenía talento, no era inteligente, pero era trabajador. El trabajo fue su premio y su victoria”.

¿Y a qué le teme?
Les temo a muchas cosas, pero especialmente a la soledad. Y es una contradicción, porque como escritor necesito soledad, pero es una soledad productiva, no vital.

¿Qué tan difícil fue para usted trascender las fronteras de Cuba?
Como escritor, gracias a ese toque que Dios me dio, pues entré en contacto con la editorial Tusquets, de Barcelona, y desde 1996 trabajo con ellos, lo cual es un lujo. Ellos han publicado desde entonces toda mi obra narrativa en lengua española y han gestionado las traducciones, que ya andan por más de veinte idiomas.

¿Pero en un sistema que dirige la vida de sus ciudadanos, cómo se hace un camino que logre un reconocimiento internacional?
No lo sé. Yo solo sé que he trabajado como un animal y lo que tengo se lo debo a mi trabajo. Si encontré editoriales fuera de Cuba fue gracias a que había trabajado mucho. Si esas editoriales hoy me miman, es porque he seguido trabajando. Ya te dije que esa era mi religión: creo en el trabajo como el principio y fin de todas las cosas.

Muchos de sus libros han terminado siendo series o películas. ¿Qué le ha significado llevar a la pantalla sus obras literarias?
Tengo que estar satisfecho porque los guiones de la serie con el personaje de Conde los escribí a cuatro manos con mi mujer, Lucía López Coll. Sé que pudieron ser mejores adaptaciones, más densas y profundas, pero en el cine hay un elemento que es tiránico, aunque imprescindible, y que se llama “exigencias de la producción”. La exigencia mayor era que las películas tuvieran solo 90 minutos, por lo que mucha vida de Conde, mucho contexto, queda fuera de esas versiones. Pero no está nada mal, creo yo, a pesar de que siempre el tránsito de la literatura al cine es traumático.

¿Su esposa sabe al ciento por ciento quien es usted?
Nadie sabe quién es nadie. Yo no sé quién es Lucía y a cada rato ella me lo dice “Tú a mí no me conoces”, a pesar de que llevamos casi cuarenta años juntos. ¡Toda nuestra vida adulta! Pero ella tiene razón: el ser humano es insondable, y a veces ni nosotros mismos nos conocemos a fondo, pues no sabemos cómo podríamos actuar en una situación límite o inédita. De ella amo todo, en especial que tampoco se haya creído que soy famoso y que en cada ocasión que le pido una opinión, me hace trizas si debe hacerme trizas. De ella odio que tenga más capacidad de concentración y lectura que yo.

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Leonardo Padura. Foto: AFP.

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¿Se llevan bien profesionalmente?
Lucía ha sido decisiva. Es mi primera lectora y mi crítico más despiadado y acertado, lo cual es una bendición maldita. Jamás me dirá que soy un genio porque ella sabe que no lo soy y que para lograr algo lo que debo hacer es trabajar mucho. La experiencia de escribir para el cine con ella ha sido muy satisfactoria, pues es mejor guionista que yo. Sabe hacer crecer los argumentos, busca los efectos dramáticos y los desarrolla, y es terca como una mula. Cuando un director me pide que cambie algo, yo ni lo pienso y voy a cambiarlo. Ella tiene que estar convencida de que ese cambio será favorable para la historia. Es bueno trabajar con ella, pues mientras yo quiero terminar el guion y ponerme a trabajar en una novela, ella insiste y persiste; por eso el trabajo queda mejor.

¿Cómo ve la salud de la literatura cubana?
Pues anda complicada. Dentro de Cuba se publica poco y mal, no hay un sistema de promoción realmente eficiente, y eso hace que a los autores les sea aún más difícil insertarse en el ya de por sí difícil mercado editorial internacional… Pero la gente escribe, crea. Hay muchos poetas y cuentistas, los pobres son casi invisibles. Los novelistas, por su lado, salvo un pequeño grupo, no logran superar ciertos niveles de calidad y visibilidad, entre otras cosas por falta de oficio, pero también por falta de posibilidades materiales de dedicar años al trabajo de una novela. No es posible hacerlo cuando, por publicar una novela en una editorial cubana, apenas recibes unos derechos de autor que andan por los 250 dólares.

¿Para usted qué significa ser cubano?
¿Ser cubano? Nada, eso: ser cubano. Si trato de explicarlo, seguro que la cago. Ser escritor cubano es otra cosa, es creer que lo que escribes aún puede serle útil a alguien.

¿Qué opinión le merece la situación de Colombia y la de Venezuela?
Para mí fue una sorpresa y una decepción que no se firmaran los acuerdos de paz en Colombia. Yo saludé su segura firma, pero… luego me quedé callado porque uno no debe opinar de realidades en las que no vive, pues hay muchos aspectos íntimos, a veces esenciales, que uno desconoce. Extiendo a la situación de Venezuela esa actitud que he tratado de practicar siempre: no opinar sobre lo que no vivo, pues me molesta mucho cuando alguien, sin vivir en Cuba, nos dice cómo debemos vivir los cubanos.

Después de haber involucrado en sus novelas a Trotsky, a Hemingway, a Rembrandt, a Heredia… ¿A qué otro personaje le gustaría rescatar?
Pues ahora mismo no lo sé. Estoy escribiendo una novela con personajes ficticios. Creo que cuando termine esa, escribiré otra también con personajes ficticios… Y después… Después no sé qué voy a escribir. Ya podremos hablar de eso dentro de… ¿Cinco o seis años?

ULISES ZAMARRONI
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 59 - DICIEMBRE 2016

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