Bocas

Kevin Johansen: un cantante desgenerado

El argentino Kevin Johansen en entrevista con Revista BOCAS

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Kevin Johansen por Luis Escobar

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Luis Escobar

08 de septiembre 2016 , 06:40 p.m.

Aterrizó en Medellín y salió caminando en compañía de sus músicos. Almorzó una bandeja paisa en Mondongo’s y esa misma noche se metió un rumba –digamos, “importante”– en una discoteca cerca del parque Lleras.

A la mañana siguiente, recién levantado y todavía sin desayunar, me dijo desde el teléfono de su habitación: “Pedime dos cafés con leche y dos jugos de naranja. Ya te alcanzo”. Apareció con unas gafas oscuras a medio camino de la nariz y de los ojos. Después me contó –como disculpándose por no quitarse los lentes– que los rones y el trasnocho aún no lo dejaban reponerse del todo.

Un rato más tarde llegó Enrique “El Zurdo” Roizner, un hombre maduro y flaco, a quien me presentó como el jefe y el baterista de la banda. Lo de jefe no es casualidad, Roizner ha tocado con músicos de la talla de Toquinho, Vinicius de Moraes y Astor Piazolla, entre muchos otros.

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Kevin Johansen. Foto Luis Escobar.

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Kevin Johansen es un digno hijo de su tiempo. Nació en Alaska, vivió en Arizona, San Francisco, Montevideo, creció en Buenos Aires –donde vive actualmente– y se convirtió en músico en Nueva York. Es hijo de una argentina y un gringo que se negó a ir a la guerra de Vietnam. Se crió en la personalidad intelectual de una madre progresista y alcanzó a olfatear el hippismo antes de regresar a su país, Argentina, en plena dictadura.

Desde pequeño, la diversidad de América le marcó un mapa interior que tradujo en acordes y letras llenas de ironía. Su sonido es tan original y enrevesado que él mismo se cataloga como un “desgenerado” y un “bipolar”.

En su repertorio cabe la cadencia de una cumbia, la nostalgia de un tango, la tropicalia brasileña y la sofisticación de la chanson française. Sus letras son una especie de cadáveres exquisitos: inteligencia, humor y mucho disparate. Su melodía: hipnótica.

Dice que le hubiera gustado vivir en el París de los surrealistas. Su fetiche son las bailarinas y entre sus admiradores se encuentran nombres tan importantes como Jorge Drexler, Gustavo Santaolalla, Tweety González y David Byrne.

Tuvo la suerte de tocar en CBGB’S, el legendario antro punk de los Ramones, Patti Smith, Blondie y The Talking Heads. En sus shows comparte escenario con Liniers, un ilustrador argentino reconocido por su tira Macanudo del diario La Nación y que publica en medios tan prestigiosos como The New Yorker.

Afirma que sufre el complejo de Edipo y gracias a una balada en inglés, que hizo para una telenovela, su nombre raro empezó a sonar en Argentina. El éxito le llegó tarde y por eso no disfrutó de las mieles del éxito a la manera de cualquier rockstar. Ha sido nominado a varios Grammy Latinos. Puso a cantar a su banda en el micrófono central y abrió un espacio para celebrar la diferencia. Por eso no tiene miedo de terciarse una guitarra de Hello Kitty como una burla ante la virilidad que la sociedad demanda. Adora las bicicletas, es medio budista y le parece inconcebible la seriedad en una canción.

Su mamá estaba empeñada en ponerlo Sasha, como homenaje a sus ideales comunistas y por haber nacido en aquel rincón del mundo que antes había sido territorio ruso. Es un anticancionista. Es argentino de alma y mestizo por convicción.

Sus primeros años los pasó en Alaska. ¿Qué recuerdo tiene de esa época?
Sí, viví hasta los cuatro años. Siempre digo que tengo un recuerdo blancuzco. Por la nieve, pero ese es el chiste fácil. Recuerdo que tenía un compañero japonés. También, que me gustaba escaparme. Me agarraba la fiebre de cabaña por el encierro y solía irme desnudo a la nieve.

¿Por qué llegaron a vivir a ese lugar tan remoto?
Mi madre conoció a mi padre en Denver, Colorado, de donde él es oriundo. El viejo Johansen tenía la obligación de prestar servicio militar, pero eran los años sesenta, en pleno. Tenía dos opciones: irse a Vietnam o ser objetor de conciencia. Él eligió ir a Alaska a hacer papeles para el gobierno. Mis padres se fueron enamoradísimos y ahí nací. Así de complejo y de simple y de loco fue el encuentro del yanqui con la argentina.

Su madre fue la persona que más lo marcó. ¿Cómo era ella?
Soy un tipo superedípico. Se me fue hace trece años y cada vez hablo más de ella. Era un bicho raro, una flaquita que era una especie de cumbiera intelectual de la época. Hablaba tres idiomas a los 17 años, y se fue becada a estudiar filosofía y letras a Colorado.

¿Cómo fue esa experiencia de vivir en tantos lugares? Un judío errante…
A pesar de lo bizarro de ser bipolar, literalmente, me acostumbré a vivir de lugar en lugar. Luego de Alaska, bajamos a Colorado y estuvimos en la casa de mi abuelo. De ahí a Arizona donde se separaron mis padres. Yo tendría seis años. Mi madre se casó en segundas “náuseas”, o nupcias, con un mexicano, que era pintor y muralista. Nos mudamos a San Francisco, California, y esa es la casa que más recuerdo. Una suerte de casa hippie donde había olas pintadas en las paredes de diferentes colores. Mi madre y su segundo marido tenían una cama de agua, muy divertida. El shock cultural más loco ocurrió cuando mi madre se separó mal del mexicano, era un tipo un poco abusivo. Terminó escapándose de vuelta, pero esta vez a la Argentina. Y volvió, como el tango, a la casita de los viejos. Yo creo que eso fue duro para ella. Con dos hijitos, después de 15 años, una “mina” feminista, volviendo a lo de sus padres que eran superfachos. Al mes yo estaba totalmente adaptado, justo mi madre encontró una escuela “progre” de esas en las que no se usaba uniforme, los chicos eran medio hippies.

Y regresó en plena dictadura…
Claro. Era un momento difícil. Y ahí empecé a descubrir a Charlie García, Spinetta, el rock nacional. Muy pronto nos fuimos para Montevideo porque ella consiguió un trabajo como maestra en una escuela inglesa.

¿Cómo fue la experiencia en Uruguay?
En ese entonces me daba vergüenza decirles a los chicos que yo era yanqui. Entonces no tuve mejor idea que decirles que era de Buenos Aires y resultó peor para un montevideano ser porteño. Así que después tuve que mostrarles mi pasaporte para que me creyeran que era gringo.

¿Su primer recuerdo musical?
Tengo fotos en Alaska vestido con un poncho. En el living estaban las boleadoras colgadas de gaucho, el bombo. Mi madre rasgueaba la guitarra y quería ser una mezcla de Joan Baez y Violeta Parra. Cantaba lindo, era musical. Ella ponía música clásica, Chopin, cosas tristes que me hacían llorar. En San Francisco tenía un amigo afro que me hizo escuchar a The Jackson Five. En casa mi madre escuchaba Cat Stevens, mucho folk del bueno y yo bailaba. Por eso me debo haber casado con dos bailarinas. Cuando llegué a la Argentina, mi tío me regaló una guitarra. Me puse a tocar y no paré.

Kevin es su nombre de pila. ¿Cuál es la historia? ¿Ella siendo tan latinoamericana por qué escogió un nombre anglosajón?
En realidad mi vieja quería ponerme Sasha porque era una romántica perdida, era comunista, y como Alaska había pertenecido a Rusia, le gustaba Alejandro en ruso que es Sasha. Mi viejo, que era más conservador, dijo: “No, van a pensar que es una niña. Dale, búscate un nombre normal”. Y Kevin le gustó, un nombre supergringo. Y Johansen, encima.

A qué edad empezó a escribir…
Escribía cuentos en San Francisco. Después, cuando ya estábamos en Buenos Aires, intenté mis primeras cancioncitas. Recuerdo algo de una canción country para hacerla reír a mi madre, algo así como: “un tejano, pajuerano…” y empezar a elucubrar ideas musicales con melodía y letra. Después, en la secundaria, tenía un taller literario muy bueno, donde jugábamos al cadáver exquisito en ronda, entonces terminaba en un cuento absurdo, surrealista. Siempre tuve un gusto por ese movimiento, me hubiera encantado vivir en París en los años treinta con todos los surrealistas. Ya a los 15 tocaba y componía mucho.

¿Cómo fueron esas primeras búsquedas musicales?
En la adolescencia me enganché en las primeras bandas. La primera que tuve en los ochenta se llamaba Instrucción Cívica, hicimos un disco que se llamaba Obediencia debida. A los 20 años, viví quince minutos de fama. Ahí le tomé el gustito.

¿Y cómo fue evolucionando con la voz?
Yo idealizaba las voces agudas, tipo Sting. Hacía segundas voces en falsete y sonábamos como las ardillitas, todo muy arriba, hasta que algunos amigos me dijeron: “¡Hey, Kevin, tenés una voz linda!, ¿no escuchaste nunca a Leonard Cohen? ¿Barry White?”. De a poco fui tomando el envión, esa cosa de aceptar mi esencia vocal.

Con los géneros, ¿cómo fue esa exploración?
Siempre fui un “desgenerado”. Me gustaba igual una buena balada, algo más rockero, gracioso o de protesta. Me gustaba el varieté. A principios de los noventa, me fui a Nueva York con una novia bailarina que quería estudiar danzas. Ahí tuve la suerte de tocar en CBGB’S, ese legendario lugar. Hilly Kristal, su propietario, me escuchó una noche y luego se me acercó. “Me gusta lo que hacés. Me gustaría que toques acá una vez por semana”. Me ofreció su estudio para grabar. Ya tenía 25 años y muchas canciones armadas, temas en inglés y español. Me decía: “Mezclá, tenés que hacer canciones en espanglish, hacé un tango en inglés”. Él fue mi mentor tormentor, como le decía cariñosamente.

¿Por qué regresó a Argentina?
Después de diez años, decidimos probar Buenos Aires por un tiempo. Volvimos en el 99, tras el fallecimiento de mi exsuegra.

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Kevin Johansen. Foto Luis Escobar.

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¿Cómo fue el despegue de The Nada en Buenos Aires?
A comienzos de 2000 llegué con el disco The Nada y un día recibí una llamada de Gustavo Santaolalla desde Los Ángeles. Me dijo que era fan de la banda. El disco se disparó un año después, en plena crisis argentina. Ahí empezó una cosa como de culto. Tweety González, el productor de Cerati, me dijo: “Cuando volviste con ese disco, fue como un soplo”. En el 2002 hicimos Sur o no sur. A principios de 2003 empezó a sonar “Down with my baby” en la telenovela Resistiré. Ahí, mi música se volvió mainstream en Buenos Aires.

Ese fue un quiebre importante. Poder llegar a un público más masivo. ¿Cómo lo sacudió?
Fue muy loco. Tenía 38 años, en un momento en el que debería estar supercurtido.

El éxito llegó tarde…
Claro, pero también tenía otra madurez. Juanes dijo alguna vez que su éxito había llegado de la noche a la mañana. En mi caso tardó unos quince años. Yo me agarraba la cabeza y decía: “¡Uy, van a pensar que solo hago canciones cachondas en inglés a la Barry White!”. Después me relajé. Mejor que supieran de una vez que era un desgenerado. Cuando te llega el éxito a los 19 años, el cóctel de fama, dinero y mujeres te convierte en un gilipollas. Es cierto que tardó, pero a la vez, pienso que es genial tener cincuenta y que esto apenas empiece.

¿Cómo se ganó la vida en Nueva York?
Tuve un trabajo de catering en la estación Grand Central. Luego trabajé en un hotel que se llamaba The Roger Smith Hotel en 47 y Lexinghton, en pleno Manhattan. Servía desayunos de 6 a 11 de la mañana y me dejaban tocar el piano. Después, cuando me echaron –siempre me echaban igual, porque no cumplía con lo que tenía que hacer–, conseguí trabajo como traductor en Naciones Unidas como guía. Después estuve un par de años abocado a la música, remándola, viviendo con lo justo. Luego pegué un trabajo en una milonga de tangos, era el de la puerta y maestro de ceremonias y de DJ de noches de salsa.

¿Es la música la que pone orden a ese mestizaje? Hay un contraste entre el frío en el que nació, su sangre norteamericana y esa conexión tan grande que hace con lo negro y con esa identidad latinoamericana…
Yo creo que sí, tengo la marca de las Américas, de Alaska a la Argentina. El folclore del norte y del sur, sumado a la música brasileña y el son cubano. Toda esa fusión entre la cultura afro, indígena y lo europeo. Porque no hay que olvidarse de que la influencia musical europea también es importantísima.

¿De dónde nace el deseo de hacer música?
De una necesidad profunda de conectar. En mi caso es una necesidad de querer ser aceptado, querido.

Usted dice que es un cancionista. ¿Cómo entiende la canción?
Digo que hay tres pilares. Para que una canción esté bien dirigida tiene que llevarte a la emoción, a la reflexión y al baile. No importa el orden, porque puede empezar haciéndote mover.

¿Si tuviera que sicoanalizarse diría que hay cierta manía en su proceso musical?
Sí, claro. Tengo una naturaleza perfeccionista. Con cierta neurosis. Es algo con lo que lucho. Yo creo que toda persona creativa está queriendo controlar su mundo. En un teatro estás ahí y estás dominando realmente la escena, todo está teñido de tu energía y de tu arte, por eso es muy importante no creérsela.

Ha tocado con muchos músicos importantes. ¿Cómo han sido esas experiencias?
Conocí a Jorge Drexler a finales de 2001. Justo tocábamos la misma fecha en dos teatros de Buenos Aires. Yo le había enviado mi disco a través de una persona que había trabajado con él. Esa noche le escribí que aunque le estaba haciendo la competencia por tocar esa misma noche, me gustaba mucho lo que hacía. Hoy tenemos una amistad que traspasó lo musical. Las más lindas han ocurrido así. Me pasó con Joan Manuel Serrat, Andrea Echeverri, con Lila Downs, con Natalia Lafourcade o Paulinho Moska…

Siempre diluyendo fronteras con la música…
Sí. Yo creo que nuestra generación ha logrado celebrar las diferencias, al distinto. Un terreno que hemos ganado gracias a las generaciones anteriores, que fueron creadores que sufrieron. Los cantautores que eran perseguidos, asesinados o censurados. Nosotros disfrutamos las mieles de cantar sobre lo que nos da la gana. Aunque eso también tiene una responsabilidad. Por eso no puedo ponerme a cantar como un “cansautor”. Yo hago canciones de “profiesta”, en vez de canciones de protesta.

Después de ser un nómada tantos años, dónde queda su casa…
Para mí, así como el tema de “Sur o no sur”, fue sur.

A qué le tiene miedo…
Creo que más que a la muerte o a las cosas típicas, le temo a la incomprensión, a la falta de afecto. Le temo a la soledad.

¿Qué cree que pasa después de la muerte?
Parafraseando al amigo Jorge [Drexler]: Nada se pierde, todo se “deforma” [risas].

Su música ha sido catalogada como inteligente y a la vez se burla de esa solemnidad intelectual. ¿Cómo conjura esa cosa de culto?
Hay grandes escuelas de humor inteligente y en Argentina tenemos muchos ejemplos. Les Luthiers o el escritor Julio Cortázar, que era muy burlón, un irónico total, hasta Charlie García. Primero una frase te hace largar una carcajada y a los tres minutos se te “pianta” un lagrimón. La risa tiene el poder de hacer reflexionar. Creo que la gente más inteligente es la que tiene humor. La gente seria me parece medio superficial. Yo creo que toqué ahí un nervio en un público.

¿Es un gusto que se da, el de ser desfachatado con la música?
Absolutamente. Hablaba de las canciones de “profiesta”, porque en estos tiempos la cosa más seria es decir: “Vamos a tener alegría, vamos a hacerlo con mensaje, vamos a bailar y no nos van a joder”. Esa es la premisa. La mejor forma de protestar ahora es realmente a través de la creatividad y la alegría.

Ya son casi treinta años de vida artística. ¿Qué tal?
Tuve una vida artística atípica y en el fondo nunca lo pensé como una carrera, sino como una pasión y un destino. Como dice Fernando Cabrera, el gran cantautor uruguayo. Eso de ser músico de culto, “oculto”, me vino bien. Ahora conecto con el público y sigo llegando a lugares impensados hace años, en ese sentido agradezco. Veo que las canciones están haciendo su trabajito.

¿Qué es lo que lo seduce de sus ídolos musicales?
La gente creativa es mi debilidad. En Nueva York tocaba con un baterista que me hizo escuchar a Serge Gainsbourg que era como una especie de Charlie García francés, un “desgenerado” del pop rock, un loco con juegos de palabras, un montón de cosas creativas alucinantes. También me seducen los grandes maestros de la generación anterior, un David Bowie, un David Byrne, que me vino a ver tocar hace poco en Nueva York… Y yo dije: “¡Wow, qué hice para merecer esto!”.

¿Usted es de los que piensa que vivimos tiempos mejores? ¿Es optimista frente al presente?
Como decía Murphy, un pesimista es un optimista con experiencia. A esta altura soy eso. ¿Será realmente una cuestión de la condición humana, que siempre tenemos que estar en guerra con nosotros mismos?

Vive montado en aviones y durmiendo en hoteles… ¿Cómo es ese trajín?
Yo tengo eso bastante reducido por suerte. Tengo definido que máximo me voy diez días. Tengo hijos y me gusta estar.

¿Hay una especie de duende que lo atrapa al entrar al escenario?
Total. Yo soy bastante místico, en el sentido de la energía y de confiar. Soy el anfitrión y hay un acto de generosidad, el ego bien entendido es eso.

¿Cuando el show se acaba pasa por diferentes estados de ánimo? ¿Cómo es ese momento?
Sí, de querer relajar también. Me gusta estar en un lugar tranquilo, a media luz, comer algo rico y tomar un vinito.

¿Nunca fue prepotente?
No, nunca. Siempre creí que hacía una canción que no la podía hacer nadie más. Ni mejor, ni peor, no es una cuestión de valor. Sino que no hay nadie que pueda escribir una canción como yo sé escribirla. Eso es un orgullo, pero nunca fui creído. Creo en la originalidad, es un poder muy valioso. Una idea es como un invento, un viaje hermoso.

¿Cómo conoció a Liniers?
Él había escuchado una entrevista con Fernando Peña (q. e. p. d.), un gay del teatro y la radio que se había enamorado de mi primer disco –y creo que de mí–, y empezó a propagarme, en una hora en la que mucha gente lo escuchaba en Buenos Aires. Él tenía una fanaticada muy fuerte. Liniers la escuchó y luego me escribió. Yo ya lo conocía por el “Bonjour Liniers” en Página 12. Y me dijo que le gustaba mi música y que él hacía dibujitos, así, humilde. Ahí empezó una amistad, de un asado, un cumpleaños, él es muy regalón, entonces siempre traía un dibujo, un libro.

Lo conquistó, digamos…
Nos conquistamos, fue algo paulatino. Unos años después, tenía un teatro grande para hacer en Buenos Aires y le pedí que me hiciera unos pingüinos para un póster. Después a otro de los músicos se le ocurrió que Liniers podía dibujar. Entre nosotros hay una afinidad estética por más que él sea ilustrador y yo músico. Él juega con lo naif y la ingenuidad y por abajo te tira el mensajito, la zancadilla. Creamos un monstruo. Todo empezó tras bambalinas, en la oscuridad, y después un día se subió al escenario, pintó un mural de espaldas y desde ahí no lo pudimos bajar de las tablas.

Su música tiene esa cosa comunitaria. Ese deseo de integrar…
Sí. Lo que hice con la canción “Fin de fiesta” es que cada integrante de la banda cante una frase en el micrófono central para que sienta el calor. Todos abrazaron la idea, algunos con más timidez, otros con más ganas. Es lindo, es una canción muy poderosa.

En últimas, ¿usted es más bien un anti-rockstar?
Sí. Y también hago anticanciones. Un buen ejemplo de eso es “Guacamole”, un tema totalmente surrealista. Esa canción la compuse en Nueva York por insistencia de Hilly Kristal. Ya tiene 20 años. La letra es un absurdo, que va pegando palabras por sonoridad. La tarea del cancionista es congeniar sonoridad con sentido. “Guacamole” es tirar la chancleta y decir, bánquensela, me cago en la canción tradicional. Y fíjate que es de las que más me piden.

POR: MANUELA LOPERA
FOTOS: LUIS ESCOBAR
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 46 - NOVIEMBRE 2015

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