Bocas

El milagro de Jossimar Calvo

La historia del cucuteño que se convirtió en el mejor gimnasta en la historia de Colombia

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Jossimar Calvo. Foto: Pablo Salgado

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Pablo Salgado

08 de agosto 2016 , 03:10 p.m.

Él era Jean-Claude Van Damme.

Tenía cinco años y se creía Van Damme.

Allá, en sus revoltosos sueños infantiles, en sus juegos físicos y mentales, en su fantasía cinematográfica, era Van Damme.

Su mamá, Nohora Moreno, consumía todo tipo de películas de acción, en especial las del actor belga, y su hijo de cinco años –que también las devoraba sobre las piernas de la vieja– lo imitaba. Tanto que una tarde, cuando ella regresó a la habitación luego de haberlo dejado absorto frente al televisor, lo encontró haciendo la misma pose que hacía Van Damme en sus filmes delirantes de villanos, balaceras y artes marciales: un pie de apoyo en una butaca, otro pie en otra butaca, las piernas totalmente horizontales –extendidas en direcciones opuestas– y el torso perfectamente perpendicular.

En términos deportivos, el diminuto Jossimar Calvo, ahí, en su casa del humilde barrio Belisario, en Cúcuta, hizo el exigente y famoso split (o spagat) que Van Damme ejecutó en varias de sus películas y que, necesariamente, todos los gimnastas del mundo deben dominar. Esa fue, a las claras, la primera señal de que el niño estaba genéticamente diseñado para una de las más bellas y tradicionales disciplinas deportivas del mundo.

Luego hubo otras visiones, otros apoyos y empujones de gente modesta pero definitiva. Por ejemplo, una maestra de escuela que, con la primera ojeada, supo de qué madera estaba hecha aquella figura, por lo que decidió, inmediatamente, llevar al niño de la mano al único gimnasio de Cúcuta. O un visionario celador que, con un par de monedas, alimentó el sueño del campeón y convenció a doña Nohora de que estaba frente a un futuro atleta de alto rendimiento. O un par de entrenadores de gimnasia que, desde sus seis años –y hasta el día de hoy–, han pulido al diamante a fuerza de disciplina y de duras rutinas que podrían ser parte del repertorio de un equipo de gimnastas de la Cortina de Hierro en los años setenta. O un endocrinólogo que con tres inyecciones, y algunas pastillas, le rescató la masa muscular a ese cuerpo desnutrido. O un campeón nacional y suramericano de gimnasia, Jesús Romero, que en la Liga de Gimnasia de Norte de Santander lo adoptó, lo guio en el inicio de su carrera deportiva y lo inspiró luego de que, el 12 de marzo de 2002, sufriera un espantoso accidente en una práctica –con daño irreparable en su médula espinal– que lo dejó cuadripléjico. Aquella catástrofe, aquel infortunio de Romero, se convirtió en la más profunda motivación de Jossimar.

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Foto: Pablo Salgado

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De allí en adelante, gracias a la justa mezcla de flexibilidad, agilidad, fuerza, elegancia y toneladas de disciplina, la vida de Jossimar ha sido una colección de títulos y medallas de oro en todas las categorías y competencias habidas y por haber: Juegos Infantiles, Juegos Juveniles, Juegos Nacionales, Juegos Bolivarianos, Juegos Centroamericanos y del Caribe, Juegos Suramericanos, Juegos Panamericanos (es el primer colombiano en haber logrado tres medallas de oro en una misma edición, en Toronto 2015) y Copas del Mundo de Gimnasia. Tanto brillo ha tenido la vida de este muchacho venido de la más increíble pobreza que, según sus propias cuentas, ya pasó las 200 medallas, entre bronces, platas y oros.

Y hoy todo apunta a una cita mayor: el próximo 6 de agosto de 2016 Jossimar Calvo Moreno, de 22 años, representará por primera vez a Colombia en unos Juegos Olímpicos. Y tiene todas las opciones de traer a Colombia una medalla. Desde 2013, en Eslovenia, ya ha logrado medallas de oro en Copas del Mundo. De hecho, el pasado 26 de junio logró el oro en la barra fija y la plata en paralelas en la Copa Mundo de Portugal y después, en Turquía –luego de vivir algunos momentos de pánico en el aeropuerto de Estambul por cuenta de un doloroso atentado– se hizo a una medalla de oro en barras asimétricas, otra en arzones, cuatro medallas de plata y una de bronce. Casi nada.

Esta es la asombrosa historia de “Cauchito” o “Lentejita”, el prodigio criollo de 1,64 metros, el atleta de cuerpo perfecto para la gimnasia, el joven de corta e impactante sonrisa que nació, para el asombro de la crítica deportiva mundial, en Cúcuta. Porque sí, digámoslo así: es una especie de Nadia Comaneci –guardando las proporciones– "made in Cúcuta", allá en Norte de Santander, en un país con muy poca tradición gimnástica. Es como el cometa Halley: solo se ve una vez en la vida.

Su nombre viene de un famoso jugador de fútbol brasileño, ¿cierto?
Sí, Josimar Alemão.

¿O tal vez fue por Josimar Pereira?
No sé. Puede ser. Mi mamá siempre me ha dicho que era Josimar Alemão. ¿No existe? No sé. En un principio yo pensé que mi nombre no era muy común hasta que me empezaron a llegar mensajes de personas llamadas Jossimar… No soy el único. ¡Je!

Se ha dicho que usted es un producto de la pobreza extrema. ¿Tanto fue así?
A ver… La casa donde viví era una casa en obra negra: tenía un baño y dos habitaciones. En una habitación estaba la cocina y unas cuerdas para extender la ropa. En la otra habitación estaban la sala, el comedor, las dos camas y la máquina de coser de mi mamá. Ahí vivimos mucho tiempo los dos, no más.

Su mamá siempre trabajó en modistería y así fue como lo levantó a usted. Todo fue difícil, pero ropa nunca le faltó…
¡Je! Lo de ella siempre fue la modistería, todo el tiempo. Ella me hizo la ropa de entrenamiento, la ropa de ir al colegio, el uniforme de diario, el de educación física. Todo.

¿Hasta qué edad dejó de vestirse con la ropa que le hacía su mamá?
Como hasta los trece o catorce años.

¿Es cierto que desde los cinco hasta los diez años usted era Jean-Claude Van Damme?
Sí. Lo admiro desde chiquito. Y todavía veo algunas de sus películas. No lo recuerdo exactamente, pero pienso que eso fue lo que me motivó para entrar en el campo de la gimnasia. Yo veía todas sus películas e intentaba imitarlo. Me abría de piernas como él, me paraba de manos como él, hacía medias lunas como él. Eso me sirvió mucho para empezar en las escuelas de formación de Indenorte.

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La leyenda dice que fue una profesora suya la que descubrió su talento para la gimnasia. ¿Quién era ella?
Pilar, mi profesora en la escuela de formación. Es que yo hacía todas esas cosas en su clase, me salía de la rutina y me ponía a hacer esas figuras y a ella le agradaba mucho y le causaba mucha impresión. Ella habló con mi mamá y le dijo que yo podría servir para gimnasta. Y fue ella la que cuadró una reunión con el profesor Jairo Ruiz. Al día siguiente él me hizo unas pruebas: las mismas de abrirme de piernas, parada de manos y ver qué flexibilidad tenía. Él le dijo a mi mamá: “Llévelo mañana a las siete de la mañana”. Así empecé en la gimnasia en 1999.

Cuenta su mamá, también, que fue un celador quien le hizo ver que usted era diferente y que valía la pena pulirlo. ¿Quién es ese visionario?
Leopoldo. Mi mamá trabajaba de modista en un centro comercial cerca de la catedral de Cúcuta y yo me hice muy amigo de los vigilantes porque me dejaban hacer botes. Ellos me decían “Cauchito”. Un día, Leopoldo me dijo: “Hágase de aquí hasta el otro lado del centro comercial una tanda de medialunas y le doy una moneda”. Entonces yo hice eso y él quedó impresionado. Y como hablaba tanto con mi mamá, le dijo que yo, en algunos años, iba a llegar a ser un gran campeón, que le apostara a eso.

¿Quiénes fueron sus formadores?
Mis entrenadores siempre han sido el profesor Jairo Ruiz y Denis Beltrán. Son los únicos entrenadores que he tenido en mi vida.

¿Qué fue lo que le vio el entrenador Ruiz?
“Yo conozco al pato en la cagada”, esa fue la frase que él le dijo a mi mamá apenas me vio. Dijo que tenía talento, que era flexible, que tenía habilidad, pero que, de pronto, lo que no tenía era fuerza.

¿Fue un niño desnutrido?
Una nutricionista me hizo un examen y salió desnutrición crónica. Todos mis compañeros eran de escasos recursos, pero de pronto algunos sí tenían una mejor alimentación, ya que el núcleo familiar de ellos era más estable: la mamá trabajaba, el papá trabajaba. Pero en mi caso, no había papá.

¿Qué edad tenía?
Ocho o nueve años.

Su entrenador, Jairo Ruiz, dice que fue muy complejo el proceso de empezarlo a alimentar mejor. Dice que usted no comía ni a rejo.
El profe siempre me daba el almuerzo a mí, pero yo me llenaba muy rápido. Entonces, como no acababa el plato, me ponía a dar vueltas por el coliseo para que “me bajara” y así, luego, terminar el almuerzo.

Pero ¿tuvo un tratamiento más serio para combatir su desnutrición?
Sí. Cuatro años después entré a un tratamiento con el endocrinólogo, porque me dijo que la talla no era la que debería tener, ni el peso, ni la clasificación. Yo tenía catorce años y él decía que tenía el sistema óseo de un niño de diez. Entonces, me puso hormonas de crecimiento: cada tres meses me ponían una inyección y me hacían exámenes de sangre. Iba en ayunas, me sacaban sangre y a la hora tenía que volver. Y así.

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Foto: Pablo Salgado

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¿Cuánto duró el tratamiento?
Como año y medio. Creo que solo fueron tres inyecciones. También me mandaron unas pastillas que tenía que tomar en ayunas. Al tiempo empecé a subir de peso y mi masa muscular mejoró. Fue como a los quince años que ya empecé a tener carnecita.

Antes le decían “Lentejita”, me imagino que por delgadito y bajito. ¿Quién le puso ese apodo?
Jesús Romero.

Capítulo aparte en su vida merece el gimnasta Jesús Romero, hoy atleta paraolímpico de la Selección Colombia. ¿Cómo se forjó esa relación tan profunda?
Porque mi núcleo familiar no era muy bueno. Mis papás se separaron cuando yo tenía cinco años. Y yo lo veía a él con mucha admiración. Una vez, a mi mamá la operaron de los ovarios o de la matriz, no sé, y le dieron como mes y medio de recuperación. La pregunta era quién iba a estar pendiente de mi mamá, quién la iba a cuidar, quién se iba a encargar de nuestra alimentación, quién me iba a acompañar al gimnasio. Jesús habló con sus papás y nos llevó a vivir con ellos. Esa familia fue muy linda, hasta me enseñaron a comer… Es que yo comía con la boca abierta…

¿Qué diferencia de edad hay entre Jesús y usted?
A ver, él tenía dieciocho años y yo tenía siete. Me lleva once años. Todos ellos fueron muy especiales conmigo. Él me llevaba, me traía, me enseñaba todo sobre la gimnasia, me guiaba, me hacía reír. Entonces, yo lo empecé a ver como mi figura paterna y le empecé a pedir la bendición. Y todavía lo hago.

Lo considera su papá.
Sí.

El 12 de marzo de 2002, Jesús Romero, campeón nacional de gimnasia, sufrió un accidente en una práctica en Bogotá que le destrozó la médula espinal, por lo cual quedó cuadripléjico. ¿Cómo y dónde recibió usted esa noticia?
El accidente fue en Bogotá, pero lo llevaron a Medellín, a donde viajé desde Cúcuta a visitarlo. Fue muy duro verlo conectado a un tubo para poder respirar. Colombia perdió ahí una promesa olímpica.

¿Es cierto que, en esas visitas en la clínica, usted le prometió a Jesús llegar a ser un campeón mundial?
No me acuerdo, no sé, tenía siete años. Pero por supuesto que él siempre me ha motivado mucho. Y yo hago muchas cosas por él, porque él me ayudó, me dio la mano, ayudó a mi mamá. Me ha aconsejado en cada competencia y, cuando tengo un logro, es una de las primeras personas que está ahí para felicitarme. Es muy gratificante lo que él expresa, el cariño que me tiene; siempre ha sido muy especial, muy paternal. Yo lo quiero mucho, le tengo mucho respeto también.

Jesús es hoy un atleta paraolímpico. ¿En qué consiste su disciplina?
Él hace parte de la Selección Colombia de boccia, que es un deporte paraolímpico de pura precisión. Esa es la disciplina de atletas con discapacidad total de sus extremidades.

Es apenas obvio que usted tenga que lidiar con los accidentes de su deporte, pero ¿se le aparece a veces el fantasma de la tragedia de Jesús Romero?
Sí. En Cartagena, en 2012, tuve un accidente. Mi cabeza cayó con todo el peso del cuerpo en la barra porque no pude poner las manos y cuando caí al suelo todo traqueó. Yo dije: “Hasta aquí llegué, me pasó lo de Jesús, me llegó mi hora”. Todo era un charco de sangre y estuve un tiempo ahí paralizado, asustado. Me quedé quieto y no movía nada. Hasta que moví mis brazos y mis piernas y respiré. ¡Ufff! Es que a esa edad tenía mucho miedo de que me pasara algo así.

¿Superó ese miedo?
El miedo poco a poco fue desapareciendo. De hecho, hace un tiempo empecé a hacer el elemento [la figura] con la que él se lesionó y quedó cuadripléjico. Es un elemento muy difícil que me transmite mucho.

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Foto: Pablo Salgado

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¿Cuáles han sido sus más graves lesiones o accidentes?
De niño, pasando la calle, un ciclista me rapó de la mano de mi mamá y el platón me lo enterró en la frente, me hizo una fisura en el cráneo y me tuvieron que coger diez puntos en la frente. En 2001, en la calle también, me fracturé la clavícula derecha. Estaba apostando carreritas con un amigo, él me jaló la camisa y yo, por quitarle la mano, me estrellé contra el andén y le puse la clavícula al andén. Después, en 2005, en Bogotá, me rompí el cúbito y el radio en la barra fija: se me enredó un guante, no pude muñequear y, cuando pasó mi cuerpo, el brazo se quedó y… ¡crac! También he tenido muchos esguinces en los tobillos. Es que la gimnasia es un deporte de tanta concentración y de tanta precisión que el más mínimo error lo puede sacar a uno de la competencia, y para siempre. De hecho, faltando un día para una competencia mundial casi quedo por fuera. Estaba haciendo el elemento nuevo que lleva mi nombre, el “elemento Calvo”, y me rajé la cabeza. Me di contra la paralela y ahí mismo me cogieron puntos, sin anestesia, un médico alemán me tapó la cara y ahí mismo me cogió los puntos.

¿Qué es el “elemento Calvo”?, ¿de qué se trata?
El “elemento Calvo” es una salida en paralelas. Nosotros tenemos un código de puntuación que va de la A hasta la H y cada elemento que uno hace tiene un valor: algunos tienen valor de “A”, que es, digamos uno, o “B”, que es digamos dos, y así hasta la “H”, que es lo más espectacular, lo increíble. Entonces un gimnasta puede inventar un elemento en la modalidad que sea.

¿Un gimnasta élite inventa un elemento porque quiere o porque le toca?
Porque quiere, por iniciativa de él. Es el cuento de la gimnasia de hoy, que evoluciona cada vez más y las cosas se vuelven más difíciles. Entonces uno lo inventa, filma un video y se presenta ante la Federación Internacional de Gimnasia. Ellos luego dicen si ese elemento tiene un valor de “F”, “G” o “H”. Entonces, si usted lo presenta en un campeonato del mundo y lo hace bien y lo ratifican, le dan el valor y le dan el nombre o el apellido suyo, que es lo que yo he estado buscando en paralelas.

¿Y ya lo presentó?
Lo presenté en Glasgow 2015, pero no en competencia, sino en entrenamiento podio, que es una simulación de competencia, entonces le dieron el valor y ya aparece en el código.

¿Qué valor tiene?
“F”. Pero aún me falta presentarlo en competencia, que era lo que quería hacer en el preolímpico, pero me golpeé y no lo presenté.

Volvamos a su formación. ¿Cómo hizo para sortear la pobreza en todo el proceso de carrera?
Guerrear. A veces me tocaba devolverme a la casa a pie porque no tenía lo del pasaje. Eso por no hablar del hecho de que no tuve para una buena alimentación. Una vez nos tocó a los gimnastas pedir limosna. Fuimos al estadio de Cúcuta, el General Santander, a un partido del Cúcuta Deportivo contra Santa Fe y nos tocó ir a las tribunas a pedir monedas para que nos ayudaran. La gente no sabe, pero yo vi muchas veces al profe Ruiz dormir en un estadio, dormir en un bus, empeñar sus cosas, sus objetos personales, para poder brindarnos la posibilidad de entrenar.

¿Cuándo cambió su suerte?
Un poco en 2010, cuando empecé a recibir un sueldo del Comité Olímpico por cuenta de mis resultados. Y mucho más en 2011. Yo era un juvenil de diecisiete años que ya competía en mayores.

Usted fue la gran sorpresa en los Panamericanos de Guadalajara… Ahí todo hizo clic cuando ganó la medalla de oro en el concurso completo, all around, que es la prueba reina de la gimnasia, ¿cierto?
Cierto. Fue una experiencia muy buena para mí. Primero, porque nunca pensé en obtener ese logro. Segundo, porque era uno de los jóvenes de la delegación de Colombia y uno de los más jóvenes de la gimnasia para ese campeonato. Y tercero, porque siendo juvenil les gané a mayores de veinte años, de treinta años, a la gente con olimpiadas y campeonatos mundiales. Fue una gran experiencia para mí, porque mi meta en esos Panamericanos era estar en la final de barra fija y estar en el podio, pero mi meta nunca fue estar en la general individual, no…

¿Todavía es la medalla menos esperada de toda su carrera?
Sí, hasta el día de hoy.

Después de Guadalajara se hizo un tatuaje en su brazo que dice: Believe in yourself. ¿Qué significado tiene para usted?
Eso fue en 2012, en Cartagena, cuando cumplí los dieciocho años. Me lo hizo un man, ahí en la Ciudad Amurallada. Me puse eso porque pienso que hay que creer en sí mismo para poder lograr las cosas. Así de sencillo.

¿Por qué no fue a los Olímpicos de Londres?
Para esa competencia viajaría el mejor entre Jorge Hugo Giraldo y yo. El mejor ranqueado era el que iba a los Olímpicos. Él fue porque estuvo mejor y yo no fui porque tuve una lesión en la espalda y porque empecé a entrenar muy tarde debido a muchos eventos sociales: que condecoración aquí, que condecoración allá, todo por lo que me pasó en Guadalajara. Cómo será que el profe me dijo, antes de ir a Londres, que habían sido veintitrés actos sociales. De pronto fue una señal de Dios de que no era mi momento.

¿Cuál fue su primera Copa del Mundo?
Fue en Eslovenia, en 2013, en Ljubljana. Quedé campeón de la barra fija y pasé a dos finales: paralela y barra fija. En la final de paralela tuve un imprevisto y me solté.

Y de ahí en adelante, oro y oro y más oro.
Sí. Empecé primero con Juegos Bolivarianos, mis primeros Juegos Bolivarianos, que fueron en Lima, Perú, en 2013. Y gané. En 2014 estuve en los Juegos Suramericanos, donde gané la general individual, la medalla de oro por equipos y fui subcampeón en barras paralelas porque me caí en la final de barra. Después estuve en los Juegos Centroamericanos de ese mismo año, 2014, donde quedamos subcampeones por equipos, quedé subcampeón en la general individual y campeón en barras paralelas y en barra fija. Ese mismo año estuve en la Copa del Mundo en Corea, donde gané barras paralelas y barra fija.

En 2015 enfrentó dos grandes retos: Panamericanos de Toronto y campeonato mundial de Glasgow.
Los Panamericanos de Toronto fueron los más exitosos que tuve en mi vida: cinco medallas, tres oros y dos de bronce. Es que me preparé muy bien.

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Foto: Pablo Salgado

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¿Qué es prepararse bien?
Estar bien concentrado. Para esos juegos nos concentrábamos en el hotel Bolívar de Cúcuta. Entonces era del hotel al gimnasio y del gimnasio al hotel, todo el tiempo. Fue un momento en el que todo el mundo estaba metido en el trabajo, y eso era lo que queríamos. Así hicimos la planificación, hablo de la expectativa para el campeonato, que era estar en el podio por equipos, algo que Colombia nunca había logrado y, ya en las metas personales, pelear el título de la general individual, mejorar el título de barra fija y estar en la general de paralelas. Y así fue.

¿Usted es el mejor gimnasta del mundo en barras paralelas del momento?
En Copas del Mundo he quedado primero en el ranking mundial, pero ahorita hay un ucraniano que es muy bueno, que es uno de los mejores.

Finalmente, ¿cuántas medallas tiene usted?
Creo que supero las doscientas, si no estoy mal. Sí, son más de doscientas contando los Juegos Nacionales, Bolivarianos, Centroamericanos, Suramericanos y Panamericanos en todas las categorías, infantil y juvenil y mayores, más las Copas del Mundo. Y a eso súmele las de los interclases.

¿Cuántas horas le entrega a práctica diaria?
Siete diarias, incluidos los sábados y los domingos, o sea, de lunes a domingo. De lunes a lunes, doble jornada. Menos los jueves y domingos, que va de media jornada.

¿Qué significa el sacrificio para usted?
Es algo que me ha ayudado mucho a centrarme en mi carrera. Yo he hecho muchos sacrificios para poder alcanzar mis metas y cumplir los sueños que me he trazado. He dejado de compartir con mi familia, de estar en fechas especiales, solo para alcanzar lo que quiero.

Alguna vez usted dijo que no tuvo niñez…
Sí. Desde los cinco años he estado muy metido en esto. Una niñez como tal, no la tuve. Nunca tuve mucho tiempo para poder compartir con mis amigos, para poder jugar tampoco.

¿Cómo reemplazó el juego infantil, tan necesario a esa edad?
Ya cuando uno se acostumbra, ya cuando uno siente que es esclavo del deporte y que no hay tiempo para el juego, pues ya no le hace falta. A mí, por ejemplo, el deporte me maduró a muy temprana edad, para mí no era tan importante jugar como, por ejemplo, asistir a un entrenamiento. Pero pues claro que sí hubo instancias en las que terminábamos los entrenamientos y agarrábamos un balón, o cualquier otra cosa que divierta.

¿Usted se ve con su papá?
No.

¿Desde hace cuánto no se hablan?
La verdad llevo dos años, casi tres, de no verlo. Y cuando nos vemos todo es muy frío: no hay llamadas, no hay conversaciones.

¿Le dolió, o todavía le duele, el abandono de su padre?
Sí, porque me faltó mucho la figura paterna. Hay ocasiones para las que está la mamá y hay ocasiones en las que debería estar el papá, y en mi caso no fue así. Siempre me hizo mucha falta mi papá. Al principio sí me dolía, de chiquito, pero ya de grande pienso que ya mejor no tenerle rencor y que si él hizo eso fue porque quería. No sé, no es una persona que signifique mucho en mi vida.

Y al contrario, su mamá sí ha sido absolutamente todo. ¿Sigue siendo?
¿Mi mamá? ¡Todo!

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Foto: Pablo Salgado

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¿Es cierto que todavía usted le pide “canoa” para dormir con ella?
Sí. Es que yo me acostumbré a dormir con mi mamá toda la vida porque antes solo había una habitación. Y desde que nos cambiamos, en 2011, a la casa nueva, que tiene más habitaciones, pues desde entonces, a veces, duermo con ella… Pero muy de vez en cuando.

¿Sueña con la medalla de oro en los Olímpicos?
Sí, claro que me la he soñado. Algunas veces estoy en los entrenamientos y como que me transporto a ese preciso momento: me imagino en el podio olímpico, con todo el mundo aplaudiendo y yo ahí emocionado, muy emocionado.

¿Usted es feliz?
Soy muy feliz por mi deporte. Porque gracias a este deporte tengo una vida estable, porque este deporte me enseñó a ser un gran atleta y una gran persona, y porque este deporte me permite ayudar a los demás. Yo soy muy feliz ayudando a los pelados en el semillero, allá en Cúcuta. Es muy gratificante la admiración y el respeto que esos niños me tienen. Además, ¿quién quita que ahí, en uno de ellos, haya otro Jesús Romero u otro Jossimar Calvo? ¿Ah?

MAURICIO SILVA
FOTOS: PABLO SALGADO
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 54 - JULIO 2016

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