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Carlos Serrano, el enorme triunfo de un pequeño

"No quiero ser el segundo Phelps, quiero ser el primer Serrano". Una entrevista de Revista BOCAS.

Serrano portada

Carlos Serrano. Por Esteban Escalante.

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Esteban Escalante

06 de marzo 2017 , 05:36 p.m.

¡Enano!”, “¡Usted solo es un pobre enano!”, “¡Enano huevón!”.

Año tras año, día tras día, hora tras hora. El matoneo que sufrió Carlos Serrano a lo largo y ancho de su niñez, en los pasillos de su colegio Salesiano y en las calles del barrio Gaitán de la ciudad de Bucaramanga, lo llevó a una sola y desesperada salida: defenderse a los golpes.

—En el colegio me la montan por enano. Allá no quiero volver –le dijo a su papá.

—Entonces usted va a tener que aprender a pelear para que pueda ir al colegio sin que nadie se la monte. Yo le enseño –le indicó su viejo, Jairo Serrano.

Esa tarde, con el mismo rigor que hoy despliega en las piscinas del mundo, el pequeño empezó a recibir de su padre un curso intensivo de defensa personal. En el patio de la casa, ambos se amarraron toallas en las manos y comenzaron a pelear: “Pégueme lo más fuerte que pueda”, le decía su papá. Carlos, a sus doce años, lanzaba golpes a diestra y siniestra, mientras Jairo corregía los movimientos: “Párese mejor”, “suba los brazos”, “pegue arriba”, “pegue abajo”. Así, a lo largo de 15 noches, el viejo le enseñó al futuro campeón paralímpico varias técnicas de ataque y defensa: “Para que nadie, nunca más, se la vuelva a montar, mijo”.

Una vez aprendido el derrotero, Carlos volvió al colegio a enfrentar a todos los que por años lo sabotearon, en especial a uno, el “machito” de la clase, el patán de siempre. En la hora del recreo, lo llamó al patio y le dijo: “¿Usted es el que me llama enano?”; y en cuestión de segundos, lo dominó a golpes hasta tirarlo al suelo.

Carlos no solo exhibió todo el repertorio que su papá le enseñó, sino que alcanzó un par de cometidos más: doblegar al matón de marras que se había convertido en su peor pesadilla y derribar para siempre su propio complejo. Fue su primer y más sonoro triunfo personal.

Carlos Serrano. Foto Esteban Escalante.

Carlos Serrano. Foto Esteban Escalante.

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Pero como siempre sucede cuando la violencia es la única opción, el asunto se salió de madre. Carlos se sintió tan poderoso tras haber vencido a su recurrente “montador” que comenzó a retar a todos aquellos que lo habían insultado. “El que se quiera reír de mí, tiene que pelear conmigo”, sentenció. Y uno tras otro los venció a puño limpio, hasta que la rectora del colegio llamó a su mamá y le contó que su muchachito, el más bajito del curso, había perdido el control. Sandra Milena Zárate no solo habló con su esposo y le prohibió terminantemente que le volviera a enseñar otro truco de combate más, sino que tuvo que cambiar a su hijo de colegio.

Carlitos siempre había sido un niño hiperactivo y, desde que aprendió a pelear, su rebeldía se hizo mayor. Después de la serie de “furruscas”, de las cuales no siempre salió ganador, su mamá sabía que de alguna manera debía enfocarlo en algo. Por eso lo inscribió en diferentes cursos deportivos incluida la gimnasia, el karate y el fútbol. Pero nada lo aquietaba y mucho menos lo ajuiciaba. Fue cuando cumplió 14 años que doña Sandra le pagó 12 clases de natación en las piscinas de InderSantander, con una sola exigencia: “Esta es la última oportunidad que le doy. O se porta bien o lo saco de aquí y se acaba para siempre el deporte para usted”.

Por fortuna, el pequeño terremoto encontró en el agua su calma y redención. Una tarde, el profesor Luis Carlos Calderón, entrenador de la selección de natación de discapacitados de Santander y de la selección de discapacitados de Colombia, lo vio, quedó asombrado con la potencia de sus brazadas y le propuso: “Pelado, ¿quiere nadar gratis?”. Carlos simplemente dijo: “Dígame, ¿qué hay que hacer?”.

Así empezó la carrera paralímpica más promisoria del deporte nacional que hoy, a la corta edad de 18 años, ya puede exhibir una centelleante vitrina con el título de campeonato mundial, Glasgow 2015; cinco medallas de oro y una de plata en los Juegos Parapanamericanos de Toronto 2015; oro, plata, bronce y cuatro diplomas en los Paralímpicos de Río 2016; y seis récords mundiales de natación paralímpica.

Es Carlos Daniel Serrano Zárate, el hijo consentido de Bucaramanga y el hijo único de una pareja trabajadora; el estudiante del Centro Piloto Simón Bolívar que está a punto de graduarse de bachiller; el nadador discapacitado que, con su familia, adoptó a un niño huérfano discapacitado que hoy también está en la natación; el atleta de 18 años, de 1,40 metros de estatura y de torso perfectamente moldeado por las extenuantes horas de piscina; el campeón de sonrisa amplia y permanente, todavía adornada por un frenillo; el insaciable ganador que, sin complejos, hoy dice: “No quiero ser el segundo Phelps, quiero ser el primer Serrano”.

¿Cuándo se dio usted cuenta de que usted era de talla baja?
Desde muy pequeño. Y no me gustaba. Yo veía que era más pequeño que mis amigos, que los del barrio y que los del colegio, y no me sentía bien. Algunos me miraban y me preguntaban la edad, yo la decía y no me creían. A veces me daba rabia, impotencia, hubo momentos en los que me daban ganas de llorar, y mi mamá, que se daba cuenta, me empezó a hablar mucho de eso. Cuando tenía diez años, ella me llevó a que me trataran con hormonas de crecimiento. Los médicos decían que eso no iba a arreglar nada, pero ella insistió. Me pusieron todos los días, durante tres meses, inyecciones. Pero yo me aburrí porque veía que nada pasaba.

¿En su familia hay más casos de enanismo?
Sí, por el lado de mi mamá: mi abuela, mi abuelo, mis tres tías, un tío y mi mamá.

¿Cuándo intentó nadar por primera vez en su vida?
Tenía cinco o seis años. La familia de mi papá es de Valledupar y nosotros, todos los diciembres, nos íbamos para allá. Y nos gustaba mucho ir al río Guatapurí, por el agua fría, por bonito. Allá me gustaba mucho ir a nadar… A chapotear, mejor.

Pasó por karate, fútbol y gimnasia. ¿Qué fue lo que encontró en la natación?
Es que yo era muy indisciplinado y me portaba un poco mal. Yo tenía 14 años, había perdido el grado séptimo y mi mamá estaba muy brava conmigo. Entonces le dije: “Yo quiero nadar”. Y le rogué y le rogué. Entonces ella me pagó doce clases en las piscinas de Bucaramanga.

Y ahí lo observó el profesor Luis Carlos Calderón. ¿Qué vio en usted?
Fue en la última clase. Él me llamó y me dijo que si yo tenía acondroplasia y yo le dije: “No, yo soy enano”. Es que no me sabía el nombre de lo que yo tenía. Entonces me dijo si a mí me gustaría estar en su club, que lo único que tenía que tener eran ganas y que había piscina gratis; y que le digan eso a un niño, pues… Así empecé.

¿Cuándo se dio cuenta de que usted tenía capacidades para este deporte?
Cuando vi al nadador Nelson Crispín, que también es de baja talla y que es muy bueno. Yo quería empatarlo y mejorarlo. Al año de arrancar, yo ya estaba al mismo nivel de él.

Cuenta su entrenador que, al principio, usted sufría mucho en la piscina, que se desmayaba, que se enfermaba...
El profe una vez me enseñó una frase que siempre la voy a tener en mi cabeza: “En los entrenamientos se ganan las medallas y en las competencias se recogen”. Eso significa que desde el principio me exigió. Si el profe me dice hágalo, yo lloro, me desmayo o me enfermo, pero no me salgo y lo hago. Y sí, cuando terminaba, yo terminaba pálido y algunas veces iba y vomitaba al baño. Era muy duro.

¿Cuándo empezó usted a ser un nadador profesional?
Mi primer campeonato nacional fue en Medellín, en 2013. Yo me tiré y metí la marca mínima para ir a los Panamericanos Juveniles 2013 en Buenos Aires. Entonces, de enero a julio, ya pude estar en la selección nacional. Todo fue muy rápido.

Desde entonces, ¿cuál ha sido su gran motivación para convertirse en un campeón?
Viajar. Conocer otros países es mi motivación. Tengo la ilusión de conocer todo el mundo.

Y Argentina fue su primera salida internacional.
Sí, señor. Ahí empecé a viajar.

Carlos Serrano. Foto Esteban Escalante.

Carlos Serrano. Foto Esteban Escalante.

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¿Cómo fue el cuento de las muletas en Buenos Aires?
Habíamos terminado la competencia y el profesor nos llevó a pasear a un parque. Pero había un problema, en el bus solamente dejaban entrar a personas en condición de discapacidad y yo, de baja talla, me veía completo y pasaba como un niño. O sea, me tocaba pagar. Entonces le pedí prestada una muleta a otro muchacho del equipo. Así me subí, pero al bajarme, se me olvidó la muleta y el chofer se me quedó mirando como… “¿y éste?”. Y me pillaron…

En Buenos Aires usted ganó cuatro medallas de oro en 50 metros libres, 100 libres, 50 mariposa y 100 pecho. Entonces fue el héroe de la selección nacional.
Ese año quedé como el mejor deportista novato en Santander y mejor deportista juvenil paralímpico de Colombia. Tenía quince años.

Gracias a eso, el Comité Olímpico empezó a pagarle un sueldo mensual. ¿De cuánto fue?
800.000 pesos.

Meses después, su entrenador vio que usted no cumplió unos tiempos predeterminados y lo suspendió por una semana del entrenamiento. Entonces usted le escribió una carta muy sentida en que le prometió total compromiso. Parece que ese momento fue definitivo en su carrera, ¿o no?
Ese día no aguantaba más y no me daba más el cuerpo. Él me decía: “Pero, papi, hágale”. Y yo: “No, no puedo”. Y me dijo: “Si se sale, no vuelve”. Y me salí y no volví. Pero en la casa me empecé a sentir mal y hablé con mis papás y les dije: “Me botaron”. Me regañaron y mi papá llamó al entrenador y le dijo que yo iba a ofrecerle disculpas. Entonces le hice la carta y, sí, desde ese momento he dicho que voy a hacer todo lo que diga mi entrenador, porque él ha significado mucho en mi vida. Me dolió haberla embarrado así porque, con eso, perdía todas las grandes posibilidades de ir a viajar, de ser un campeón.

¿Cuáles son los lugares que quiere conocer del mundo?
Me gustaría conocer muchos países, pero también tengo muchas ganas de ir a Ucrania.

¿Ucrania…? ¿Conoció una ucraniana que lo flechó?
No. Vi a varias en el desfile en Río y dije: “¿De dónde salen tantas mujeres tan bonitas?”. Así que, cuando tenga billete, las próximas vacaciones me voy para Ucrania. ¡Ja!

Entiendo que las categorías paralímpicas de natación van de S10 (que es la de menor discapacidad) a S1 (que es la de mayor). ¿En qué consiste su categoría S7?
La S1 es la categoría que tiene más discapacidad, que son los de silla de ruedas o los que casi no se pueden mover. En la categoría S10 están los que les falta poco para estar completos. Yo estoy es la categoría S7, que tiene varios parámetros: los que midan entre 1,37 y 1,45 metros –que es mi caso–, los que les faltan las piernas pero por debajo de rodilla, los que les faltan los brazos pero por debajo del codo, los que tienen parálisis cerebral, los que les faltan los dos gemelos, en fin…

¿Usted pasó de la categoría S6 a la S7? ¿Creció?
Sí. Cuando yo llegué a la natación, las hormonas de crecimiento que me metieron a los diez años no me habían hecho efecto. Yo medía 1,32 y estaba en la categoría S6, que es la de 1,28 a 1,36 metros. En la S6 competí en los Panamericanos Juveniles en Argentina. Pero a los 15 crecí a los 1,40 metros. Nosotros fuimos a hablar con el endocrino y nos dijo que las hormonas de crecimiento se habían alborotado.

¿Hay posibilidad de que crezca más?
No. El doctor me mandó a hacer unos exámenes y me dijeron que ya se cerraron todos los huesos, que ya no crezco más. Lo mismo dijo el examen de sangre.

¿Cuándo debutó internacionalmente en la categoría S7?
Mi primera competencia S7 fue en el Mundial de Glasgow que fue, además, mi primera competencia en mayores con la selección Colombia.

Y no solo ganó la medalla de oro, sino que rompió el récord mundial.
Sí, rompimos el récord mundial.

¿Por qué habla en plural?
Todo lo he hecho con mi profe. Somos equipo.

Sigamos en Glasgow.
Ese día estaba que me desmayaba, me iba a dar la pálida, pero no del esfuerzo físico, sino de los nervios. Se me durmieron las manos y todo. Pero cuando salté al agua lo di todo y puse una marca mundial. Un sueño.

¿Es cierto que, desde entonces, los muchachos de la selección Colombia le dicen a usted “plancha”, por cuenta de un lío con el idioma inglés?
[Risas] Yo cogí la silla de ruedas de mi compañero de habitación, Moisés Fuentes [nadador paralímpico], para jugar canguro y correr en los pasillos. Entonces, cuando salí, se cerró la puerta de nuestro cuarto. Yo comencé a tocar y a decir: “Moisés, ábrame”, pero cierto que yo tenía la silla de él y cómo me iba abrir. Entonces él me dijo: “Vaya a la recepción por la llave”. Y yo sin saber ni cinco de inglés, bajé y solo se me ocurrió señalar la puerta y, claro, no me entendían nada; yo decía de todo, dije closet y door, pero ¡jmmm…! Entonces me sacaron una plancha. Por eso me la montan todavía con ese cuento.

Después de Glasgow vino el reto de los Parapanamericanos de Toronto. ¿Se esperaba volver a Bucaramanga con cinco medallas de oro?
Sabíamos que teníamos grandes posibilidades de medallas, porque el profe siempre es muy calculador y yo le hice caso en todo. Así pudimos lograr cinco medallas de oro, una de plata y un récord panamericano. El récord mundial no se pudo porque yo ya venía muy cargado.

Su especialidad es la prueba de pecho. ¿Por qué?
Casi todos los del club somos pechistas. Cuando empecé, con mi entrenador nos quedamos a unas clases de más y él me enseñaba la técnica para mejorar la brazada en pecho. Después nos dimos cuenta de que éramos muy técnicos en pecho y muy buenos, entonces hemos trabajado mucho en eso.

Entiendo que hay otro ingrediente importante en su carrera que es Nelson Crispín, su gran rival, hoy su gran amigo. ¿Es cierto que al principio no se la llevaban bien?
Al principio apenas nos saludábamos. Ahora somos grandes amigos. Pero la rivalidad nos sirvió para entrenar. Es que una cosa es tener un rival en otro país y otra cosa es tenerlo aquí. Yo siempre le quise ganar y lo logré. Hoy soy más rápido que él en cinco pruebas de seis. Él solo me gana en una: los 50 metros mariposa, ¡Je! Con Crispín hemos metido muy buenas marcas. Él es un gran deportista.

¿Cuándo volvió a batir su propio récord mundial?
En junio, en el Open de Berlín 2016. Fue mi primer Open. Hicimos medalla de oro y dos récords mundiales: 50 y 100 metros pecho. Ahí quedamos como “el mejor deportista del campeonato”. Ganamos, creo, 600 euros.

Fue el abrebocas para los Juegos Paralímpicos de Río 2016, el escenario mayor…
La verdad, en Río sentí toda la presión. Y yo sabía que era mi momento, que tenía que darlo todo en cada una de las pruebas, que íbamos a mejorar y que, si mejorábamos, podíamos estar en podio. Esa era nuestra mentalidad. Mejoramos y pudimos estar en el oro, la plata y el bronce, y en tres diplomas por cuartos puestos. Estuvimos muy cerca de tres medallas más, por centésimas, pero todavía no era el momento, de pronto. Esperamos que en Tokio lleguemos más fuertes que nunca, ese es el pensamiento.

Y de nuevo, récord mundial en los 100 metros pecho…
El año pasado [2015] estábamos haciendo un tiempo de 1,16. Este año, en Berlín, la mejor marca fue de 1,14 y, la verdad, no sé cómo porque esa es una marca muy fuerte. Cuando en Río toqué el tablero y volteé a mirar, decía 1,12. Yo dije “¿De dónde?”. Se me salieron las lágrimas. Cuando salí de la piscina, le di un abrazo al profe y le dije: “Gracias por todo, por el apoyo, por todo” y se me salieron las lágrimas otra vez. Yo tenía el corazón en la boca y una sonrisa enorme. Cuando me llamaron para la premiación, esa sonrisa ya no se me quitaba, feliz; orgulloso de mi trabajo y agradecido con mi profe y con mis padres.

¿Cuántos récords mundiales ha batido?
Seis.

Carlos Serrano. Foto Esteban Escalante.

Carlos Serrano. Foto Esteban Escalante.

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¿Es cierto que estuvo a punto de perder su camino?
Si. Antes de conocer el deporte, uno comienza a conocer cosas que no debe, la calle, por ejemplo, conocer amigos que no debe, la gaminería. Entonces, uno debe escoger entre si se va a ir a coger el bien o si uno quiere hacer el mal.

¿Qué era eso que le planteaba el mal camino?
Irme a fumar, a robar y todo eso.

¿Pandillaje?
Eran jóvenes que querían probar cosas diferentes. Estaban con la idea de irse a fumar, de querer plata fácil, estaban planeando todo. Eso fue antes de que comenzara a nadar y yo estaba entre irme con ellos o ir a nadar. Y mire, en estos momentos hay amigos que yo los veo en la calle y ya están llevados, tienen mi misma edad y ya están enviciados, pidiendo en la calle. Y yo le doy gracias a Dios porque sí me gustaba andar con ellos, pero pude decir “a mí no me gusta eso”.

¿Está claro para usted que el deporte lo salvó?
Sí, claro.

Usted también salvó a alguien. ¿Cuál es la historia de Michael Andrés Mora, el hermano que no tuvo y que, según entiendo, adoptó?
Michael Andrés Mora es un niño que tiene trece años y que le falta la mano. Lo conocí en la piscina y era un niño solo. Comenzamos a hablar y nos hicimos muy amigos. Lo llevé a mi casa y mis padres le cogieron mucho cariño. En el 2013 se le murió la mamá y al poco tiempo se le murió la abuela, que era con quienes vivía. Quedó solo. Entonces yo hablé con mi familia y hablamos con un tío de él, que es el único familiar que tiene. Y desde 2015 está viviendo con nosotros, ya va en grado séptimo y es mi hermano.

¿Cuál ha sido el momento más feliz de su carrera?
En Toronto, luego de ganar las medallas cumplí 17 años. El 17 de agosto estaba cumpliendo años y ese día nos dejaron el día libre para pasear por la ciudad. Con varios muchachos de la selección nos fuimos para un parque de diversiones de los más extremos que había en Toronto, y yo soy una persona de esas que les gustan las cosas extremas. Y me monté en las atracciones más extremas que haya montado en mi vida, y celebré mis cumpleaños y disfruté a mi manera. Fue un día muy agradable y muy hermoso para mi vida.

¿Por qué en Bucaramanga se han dado tan buenos resultados en la natación paralímpica?
Los nadadores de Bucaramanga tenemos dos grandes entrenadores, el profesor Luis Carlos Calderón Fuentes y el profesor William David Jiménez, dos profesores diferentes, pero dos personas que nos enfocan cada día a mejorar en lo deportivo y a ser mejores personas. Aquí uno tiene todo el apoyo.

Casi todos los deportistas se tatúan figuras que los inspiran. ¿Ha pensado en tatuarse alguna cosa?
Estoy pensando porque a mi mamá no le gustan los tatuajes, pero a mí sí me gustan. La verdad, quiero como un tiburón que se come el signo de los juegos paralímpicos, con un dibujo de un señor nadando al estilo pecho y un corazón, todo eso cerrado en agua. ¿Sí me entiende?

¿Por qué un tiburón?
Yo me considero un tiburón porque voy a ser uno de los nadadores más rápidos del mundo. Los tiburones son muy rápidos. Yo quiero ser un tiburón…

¿Cuál es el deportista mundial o nacional que usted admira y quisiera ser?
Entrena conmigo y se llama Moisés Fuentes García. Le pegaron seis tiros, quedó inválido y sus ganas de salir adelante son impresionantes. Es un tipo que cada vez sueña con ser mejor y además ayuda a las personas a luchar. Un compañero que siempre ha estado ahí para apoyarme en una competencia.

La elección del deportista del año 2016 en Colombia está bien complicada: Mariana Pajón, Caterine Ibargüen, Nairo Quintana, entre otros. Y usted entra a competir, ¿o no?
Pues la otra vez vi una foto en la que salía yo entre ellos dentro de los favoritos y, pues, eso me pone muy orgulloso, porque ya aparezco como uno de los mejores… y con ellos. La otra vez vi a Caterine en una ceremonia de premiación, en 2015, pero no la pude saludar por pena. Eso sí, estuve muy orgulloso de estar al lado de ella.

Días antes de sus competencias en los Juegos de Río, usted, como todos nosotros, debió ver la imagen del nadador Michael Phelps y su cantidad de medallas colgadas en el cuello. ¿Usted sueña con ser el Phelps de la natación paralímpica?
Pues la verdad hay un dicho muy grande que lo pongo así: “No quiero ser el próximo Phelps, quiero ser el primer Carlos Serrano”.

¿Es cierto que usted le prometió a su mamá ser campeón mundial?
Un mes antes del mundial yo andaba muy ansioso y ella siempre llegaba a mi habitación y me decía: “Papi, ¿cómo se siente?”. En una de esas le dije: “Tranquila, mami, que yo sé que voy a ser campeón, se lo prometo. Pero no solo me voy a traer la medalla de oro, sino que me voy a traer el récord del mundo”. Y gracias a Dios nos funcionó y nos salió, ¡Je!

¿Cuál es su meta final?
Que todos lleguen y digan ese es el mejor nadador que hay en el mundo. Luego, que me reconozcan como una buena persona. Y, por último, que me conozca todo el mundo como el mejor deportista paralímpico del mundo. Ese es mi sueño y mi meta.

MAURICIO SILVA GUZMÁN
FOTOS: ESTEBAN ESCALANTE
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 57 - OCTUBRE 2016

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