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El contralor general en entrevista con BOCAS

Una conversación con Edgardo Maya Villazón, contralor general de la república.

Contralor para BOCAS

Edgardo Maya Villazón, contralor general de Colombia.

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Ricardo Pinzón

10 de marzo 2017 , 03:34 p.m.

Para quien recién lo conoce, Edgardo Maya Villazón rompe con el estereotipo del costeño alegre, entrador y dicharachero. Serio y de pocas palabras, este vallenato de 65 años encabeza desde 2014 la Contraloría General de la Nación, una entidad con más de 4.000 empleados, cuya función constitucional es la de velar por el buen uso de los recursos públicos.

Cualquier colombiano diría que no le falta trabajo. Los escándalos de corrupción se han tomado los titulares de los medios de comunicación, ante lo cual la ciudadanía exige resultados por parte de los órganos de control y de la Fiscalía General.

De hecho, fue la Contraloría la que escribió un completo reporte sobre los excesos en la construcción de Reficar, el proyecto industrial de mayor envergadura en la historia del país. Ahora la lupa de la institución está sobre el programa de desarrollo de la infraestructura, afectado por las revelaciones de los sobornos de Odebrecht.

Quienes lo defienden, sostienen que a Maya no le temblará la mano para imponer castigos. Su fama de buen abogado lo llevó en el pasado a ocupar importantes cargos en la rama judicial y a ser elegido procurador general, cargo que ocupó entre 2001 y 2009. Aunque su labor no estuvo exenta de críticas, en general los calificativos que recibió su gestión fueron positivos.

Parte de los ataques que recibió tuvieron que ver en años pasados con sus vínculos familiares y políticos. Proveniente de un departamento que albergó a guerrillas y paramilitares, el actual Contralor vio cómo varios de sus allegados fueron acusados públicamente por sus vínculos con las autodefensas.

Siempre ha insistido en que las responsabilidades son personales y no familiares. De ese tema habla poco, al igual que del suceso más doloroso que le correspondió vivir: el secuestro y posterior asesinato de su esposa, Consuelo Araújo, “La Cacica”, a manos del Frente 59 de las Farc en el 2001.

Durante años vistió de oscuro y de corbata negra. Habría de volver a sonreír tiempo después, cuando comenzó una relación con Adriana Guillén, una abogada antioqueña con quien se casó en 2009.

Uno de sus amigos en Valledupar sostiene que es una persona de rígidos principios, fiel a su tierra como el que más. Viaja a la capital del Cesar al menos una vez al mes, siempre pagándose el pasaje, con el fin de visitar a su madre y sus hermanas, y de pasarle revista a una finca ganadera en la que se comporta como un jefe a la vez justo y exigente.

Ama las parrandas vallenatas y le gustan las canciones clásicas de Escalona, pero no se toma un trago desde hace más de década y media. Afirma que le basta embriagarse con la música de su tierra, aunque el silencio es la norma en la imponente oficina que ocupa en el edificio de la Contraloría en Bogotá, mientras el sol de febrero calienta la mañana en esta capital que él conoce tanto.

Mucha gente no tiene claro que un vallenato de pura cepa haya construido una relación tan cercana con Bogotá. ¿Cómo es eso?
Por el colegio. Esa es la génesis del vínculo mío con Bogotá. Resulta que en Valledupar no había colegio de bachillerato. En esa época creo que existía uno solo para el Cesar, La Guajira y el Magdalena, que era el Liceo Celedón, en Santa Marta. Solo después vinieron La Divina Pastora y el Colegio Nacional Loperena en Valledupar, que eran públicos, pero privados no existían.

¿Entonces adónde llegó?

Llegué interno al Gimnasio Moderno con don Agustín Nieto. Realmente era admirable que uno a esa edad, porque los internos llegábamos de once o doce años, tuviera esa oportunidad. Era un internado con reglas muy claras, muy serias, con un director que era el vicerrector, y que además era una parte de la formación. A uno lo sentaban en un escritorio y estudiaba o estudiaba. También había un campus que hoy se conserva, con todas las opciones deportivas. Entonces este vallenato, con los amigos que estaban ahí de Riohacha, de Santa Marta, de Barranquilla, de Sincelejo, de Cali, de Armenia, de Pereira, de todo el país, formó parte de una colonia muy bonita que le trae a uno gratos recuerdos.

¿Muy duro eso de arribar a la capital?
Pues ese cambio, sí. Pero el ambiente del colegio se volvía una forma de vida agradable, con una disciplina: prohibido tener transistor, prohibido recibir encomiendas, prohibido manejar plata, y así. Entonces esa era una educación que le sirve a uno no tanto para el conocimiento, sino para la vida.

¿Cómo le fue con los cachacos?
Pues a uno le decían costeño, pero ya después se iba estableciendo una relación de amistad, de admiración, porque los internos no éramos discriminados, sino admirados. Me acuerdo que éramos 27.

¿Qué tal era la Bogotá de ese entonces?
Mucho más segura, uno podía salir. Era mucho más pequeña. No existía la Calle 100 y al comienzo podría decirse que la frontera era la calle 85.

Edgardo Maya para BOCAS

El Contralor, Edgardo Maya Villazón.

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¿Tuvo tentaciones de devolverse a su tierra?
No había posibilidad. Además, viajar era complicado y costoso. Había que ir a Barranquilla, dormir ahí y coger un avión al día siguiente para Valledupar. Más tarde Avianca puso un vuelo directo de lunes a viernes. Uno se comunicaba a través de cartas con los padres, con los amigos. Iba de vacaciones en junio y diciembre a disfrutar de la libertad, que era como sacar al pájaro de una jaula y soltarlo.

¿Y cómo era Valledupar?
Valledupar siempre ha tenido magia. Todavía no se había creado el departamento y era una ciudad pastoril, bucólica, agradable, donde todo el mundo se conocía. Las vacaciones eran intensas, las parrandas, los conjuntos vallenatos, los paseos... Íbamos al río Hurtado, a la Sierra Nevada, a Pueblo Bello y a veces a Santa Marta a disfrutar del mar. Pero no alcanzaba el tiempo, porque nosotros los costeños, los vallenatos particularmente, tenemos una forma de vida intensa, no solamente en el trabajo sino en la diversión.

¿Cómo escogió la universidad?
Me decidí por el Externado de Colombia porque vengo de una tradición y soy de una filosofía totalmente liberal, radicalmente liberal. Yo creo que el ser humano dentro de la libertad y el respeto por los demás es lo que tanto necesita el país. Y eso lo hacemos los liberales, porque los otros no respetan a los demás.

¿Tuvo dudas sobre la carrera?
No, nunca. Siempre tuve claro que quería estudiar derecho en el Externado. Después me vinculé a la universidad y hoy soy el presidente de la asociación de exalumnos.

¿Sobre qué fue la tesis?
Un tema relacionado con derecho laboral. Trataba de un régimen de transición que hubo en la seguridad social en esa época.

¿Cuál fue su primer trabajo?
Siendo estudiante me fui para la oficina de un pariente, a título gratuito. Era Rafael Baquero Herrera, quien después fue magistrado de la Corte y me ayudó mucho a formarme. Posteriormente, recién salido de la universidad, fui contralor auxiliar del departamento del Cesar unos ocho meses. Retorné a Bogotá, estuve ejerciendo hasta 1981 en oficina privada y otra vez volví a Valledupar a ejercer.

¿Cuándo comenzó en forma en el sector público?
Como manejaba asuntos laborales, conocí al líder sindical Jorge Carrillo, que fue ministro de Betancur. Había una crisis en el Seguro Social regional y acepté el encargo. Después me vine a Bogotá de magistrado auxiliar de la Corte. Casualmente quien había sido mi guía, el doctor Rafael Baquero, era de la Sala Laboral. Ahí el presidente César Gaviria me postuló para la Sala Disciplinaria del Consejo Superior. Terminé mi período, un grupo de amigos de la Corte Suprema me invitó a que me inscribiera para ser procurador y salí elegido a finales de 2000. Después de que salí de la Procuraduría, en el 2009, me puse a ejercer nuevamente.

Edgardo Maya para BOCAS

Edgardo Maya Villazón.

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Ricardo Pinzón

¿Su oficina existe?
No. Esas oficinas hay que cerrarlas cuando uno llega a estos cargos. Hay que vender los muebles y clausurarla. No cerrarla, clausurarla.

¿Extraña a veces la oficina cuando está en el sector público?

Sí, claro. Pero tengo vocación por el servicio público y entiendo la inmensa responsabilidad que asumí. Yo me encuentro sobre todo con los compañeros del colegio y me dicen: “¿Por qué se mete en tanto problema? ¡De Procurador a Contralor, llenándose de enemigos!”. Les digo que alguien tiene que hacer algo por el país, que hay muchas cosas pendientes.

¿Le picó el gusano de la política?
Cuando estuve en Valledupar fui concejal y diputado en el Cesar. Apenas salí de la Procuraduría me preguntaron si quería aspirar a ser gobernador, pero yo quería coger otra vía que no fuera esa.

Igual nunca se ha ido del Cesar del todo...
Es que ese vínculo no se rompe. Yo tengo que ir todos los meses a Valledupar. Si no lo hago, no estoy bien. Aclaro que yo pago mi pasaje y siempre lo he hecho. Es difícil de explicar, pero el vallenato no emigra. No creo que haya un vallenato, en el mundo, que tenga veinte años de no ir a Valledupar. Somos muy apegados a la tierra, por el folclor, la gente, el afecto, la familiaridad, los amigos, la tertulia...

¿Tuvo novias cachacas?
Desde luego, pero ya después terminé casado con vallenata y ahora estoy casado nuevamente con cachaca, de origen antioqueño.

¿Cómo conoció a Consuelo Araújo?
En Valledupar. Consuelo era una mujer eminente y yo era menor que ella. Ella estaba casada, con hijos, y yo estaba soltero; se separó e hicimos nuestra vida en común durante veinte años. Eso, en el ambiente local, al comienzo, fue un escándalo. Era una ruptura con la tradición.

Con gente que no lo volvía a saludar a uno...
Imagínese ese tema. Pero yo en la vida he estado acostumbrado a afrontar cosas duras. Eso lo forma a uno. Nos casamos civilmente, después ella anuló su matrimonio y nos casamos por lo católico. Era una persona sumamente religiosa, con una fe muy profunda en Dios.

¿Cuando habla de afrontar cosas duras, incluye su muerte?
Sí. Ahora he encontrado una mujer también extraordinaria, que es Adriana Guillén, un ser con muchas virtudes. Desde luego que son dos temperamentos, dos situaciones totalmente diferentes; una persona del interior y una persona de la Costa, pero la concepción del ser es lo importante.

¿La muerte de “La Cacica” refleja lo que le pasó al Cesar?
Así es. La violencia nos llegó de las montañas. Comenzó a formarse en el sur del departamento con el Eln. Entonces vinieron los secuestros y la tragedia de la formación de los grupos paramilitares, la confrontación por la ausencia del Estado... Fue un período de unos doce años que nos hizo mucho daño.

¿Cómo vivió esa época?
Allá a todos nos tocó en algún sentido la violencia. No quedó nadie inmune: el familiar, el amigo, el vecino, el compadre... A todo el mundo lo golpeó, hasta el extremo de que quedamos encerrados en Valledupar. La gente duró hasta diez años sin ir a la finca y, cuando llegaron los paramilitares, vino una ola de muertes que fue muy dolorosa y que ojalá más nunca se vuelva a repetir. Por eso, a pesar de todo, hay que perdonar, así olvidar sea imposible. Hay que hacer un esfuerzo para que esto no se vuelva a repetir.

¿Conoció a Ricardo Palmera (alias “Simón Trinidad”)?
Sí, cómo no. El padre de él y mi madre son primos hermanos, de manera que somos parientes. Trabajaba en Valledupar y comenzaron con esta niña que hoy figura, con Imelda Daza, a formar grupos políticos y entonces comenzó el exterminio de la Unión Patriótica. Ante eso, hubo una gente que murió, otros que se fueron a la guerrilla y otros que salieron del país.

¿Le sorprendió que él se fuera a las Farc?
Sí, desde luego, porque era una persona con un nivel de vida alto. Me imagino que ahí existió una labor de adoctrinamiento que va atrayendo a la persona. También vi el fenómeno de “Jorge 40”, que era de la misma clase social pero que terminó en otro lado.

¿Es decir que conoció a Rodrigo Tovar?

Claro. Es de una familia distinguida, tradicional. Su tío Edgardo Pupo fue gobernador, alcalde de Valledupar, parlamentario, una persona de la dirigencia. Llama la atención la forma como ambos terminan en polos opuestos y se van a la guerra, cada uno con sus convicciones.

¿Cómo analiza el comportamiento de la sociedad vallenata en ese periodo?
Había una colaboración forzosa, así como le pasaba al campesino que un día llegaba la guerrilla y tenía que venderle las gallinas y darle alojamiento, y al otro día llegaban los paramilitares. Así le pasó a la sociedad, aunque es evidente que cada bando tenía sus simpatizantes y sus redes de apoyo.

Pero no necesariamente en las mismas proporciones…
Desde la capital todo parece mucho más sencillo. Es muy cómodo ver la guerra en la televisión, desde el sofá de la casa. Pero vaya a las regiones y entonces viva la guerra, padézcala. Vea que le matan a la esposa, al hijo, al hermano, al vecino, al amigo, al compadre, a ver cómo reacciona. Los que la hemos padecido, los que la hemos vivido, sí tenemos derecho a hablar de ella y derecho a celebrar que esto haya llegado a este punto, el de la paz.

Edgardo Maya para BOCAS

Edgardo Maya Villazón.

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Ricardo Pinzón

A usted le recuerdan de tiempo en tiempo lo que han hecho algunos de sus parientes…
La responsabilidad es un tema individual. Siempre he estado en contra de cualquier forma de violencia y he sido contrario a cualquier forma de actividad criminal, porque todas las actividades, tanto de la guerrilla como de los paramilitares, formaron una sinfonía de delitos. Desde el punto de vista de mi formación, de mi filosofía, no he estado de acuerdo con eso. Entonces insisto en que no tengo ninguna responsabilidad y desde luego que no puedo responder por otros, pero sí lamento tener familiares en esa situación.

Pero fue testigo de la infiltración de unos y otros en la clase política…
No en la clase política, en todos los estamentos. Con todos los poderes del Estado hubo connivencia. Y desde luego que eso terminó derivando en narcotráfico: las Farc manejando cultivos, laboratorios y exportación de cocaína, y los otros también metidos en el negocio, porque la guerra vale mucha plata.

Esa historia cambió, pero dejó secuelas profundas. ¿No le parece?
Creo que sí. En lo político esto ha llegado a unos puntos de degradación que preocupan e impresionan, como pasa con la corrupción. Yo tuve la oportunidad de ver esta película y hoy estoy viendo la misma película, en la que cambian a veces los actores y a veces, no. Esto se ha ido profundizando.

¿Por qué?
Tal vez porque en el Estado ahora hay más plata que antes. En segundo lugar, existe un tema del compromiso del servidor público. Si este cumpliera con sus deberes en el trámite de un proceso licitatorio, en la adquisición de un bien, en representar honestamente a quienes lo eligen, el problema se acaba. Pero como no es así, entonces hay que luchar desde la Procuraduría, desde la Contraloría, desde la Fiscalía. Sin embargo, esta lucha que damos los tres órganos, como lo está viendo el país, no es suficiente. Tiene que haber una unidad nacional de los poderes del Estado y del sector privado, porque este también participa en el tema. El mensaje es que a la corrupción hay que destruirla. Si no la destruimos, carcome y destruye los pilares institucionales del Estado.

¿Desde cuándo le tocó lidiar con ese monstruo?
En tres etapas: primero, en la Sala Disciplinaria, que estaba circunscrita a la Rama Judicial, a los funcionarios y empleados del sector, y a los abogados en ejercicio. Segundo, en la Procuraduría, que abarca el universo de la función pública –desde el vicepresidente de la República hasta el último funcionario en el poder ejecutivo– y también el poder legislativo –los senadores, representantes, diputados y concejales–. Entonces uno se da cuenta, ve la magnitud del problema, conoce el monstruo y entiende cómo es que funciona. Cuando llegué a la Contraloría encontré otro tema que es el fiscal, atado al manejo del recurso público.

No termina la discusión sobre la efectividad de la entidad a su cargo…
Lo primero que es necesario destacar son los problemas del sistema. Me causa desazón que Colombia sea un país con 63 contralorías. Eso no puede seguir así, tiene que haber una sola. No sé cómo se va a hacer, pero hay una reforma que es urgente. El sistema fiscal en Colombia está en crisis y la crisis se resuelve con una sola institución, separando las dos funciones, la de investigación y la de juzgamiento. Es decir: una corte de cuentas y una Contraloría, no 63.

Edgardo Maya para BOCAS

Edgardo Maya Villazón.

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Ricardo Pinzón

¿Hay más corrupción en Colombia ahora?
Desde luego, sin duda.

¿A qué lo atribuye?
Pues de lo que he sido testigo desde el 2002 es que esto se va incrementando y profundizando. Hay unos factores que corrompen: la elección popular de alcaldes y gobernadores. Esas campañas valen miles de millones de pesos. También la circunscripción nacional de senadores, cuyas campañas son costosísimas. ¿De dónde sale ese dinero? El sector privado financia, pero ese dinero se les devuelve a los contratistas. Así comienza un juego perverso.

¿Y unos y otros meten la mano?

Sí. Hay otra cosa que hace daño: el tema del dinero fácil. La sanción disciplinaria, la fiscal, la judicial, es importante, pero hay una superior a esa que es la sanción social y aquí no existe. Todos como Pedro por su casa, felices. El tipo se roba la plata, negocia con la Fiscalía, se somete a sentencia anticipada y después sale a disfrutar la vida.

¿El crimen sí paga en Colombia?
Sí, y hay que imponer que no pague. Eso solo se logra con una mezcla de persuasión y disuasión. El reto es conseguir que unos y otros entiendan que portarse bien es un buen negocio y que portarse mal implica castigos ejemplares y censuras de todo tipo. La justicia que premia la colaboración y la confesión tiene sus pros y sus contras.

¿Está más afincada la corrupción en el nivel territorial y municipal que en el nacional?
No. Ese cáncer ha corroído todos los puntos. Desde luego que hay grandes excepciones, funcionarios honorables, correctos, a todos los niveles. Yo creo que esto merece un remezón fuerte. Muera Sansón y mueran los filisteos, y listo, pero estas columnas llegó el momento de estremecerlas. A mí me preocupa por ejemplo que no se pueda decretar la caducidad de un contrato en obra pública porque entonces se paraliza. ¿Cómo así que no? Que se paralice y que no haya obra pública, pero no puede tener el premio una persona que ha delinquido para obtener un contrato y hay que dejarla que termine. O que el avión cuando sale con el glifosato sea a fumigar todo lo verde que ve, no focaliza dónde está la coca, sino que se lleva el plátano y la yuca, se lleva todo. Esa es una determinación que hay que tomar y esa es una decisión que no es de Contraloría, sino de Estado. Pero más allá del tema de las penas y el castigo para los corruptos, si sigue habiendo ese estímulo en el tema de financiación de las campañas, el problema no se va a solucionar.

¿Por qué?
Es que se hace la ley y se hace la trampa. ¿Cómo quieren arreglar con normas esta cosa cuando es un tema de actitud del ser humano? El tema del subdesarrollo está es en la mente, ese problema de la corrupción se volvió un problema mental. Hay gente que está voraz de hacer dinero y hacer plata y enriquecerse a lo largo y ancho del país.

Tres puntos para superar este desafío…
Primero asumirlo como un tema de Estado; segundo, que sea un compromiso no solamente de las ramas del poder, sino de la sociedad; y en tercer lugar que haya un veto, una discriminación social total contra la persona corrupta. En la antigüedad, la forma de castigar era el ostracismo, pero a los corruptos aquí no les pasa nada.

¿Qué responde cuando le dicen que el problema está sobre todo en la Costa Atlántica?
No, ahí si no. No voy a defender a mis paisanos, pero esto es punto aparte. Esto es en todo el país y a todos los niveles. La corrupción campea, como el Cid.

¿Se deprime por cuenta de lo que ve?
A mí lo que me sucede es que me animo. Cuando veo estos abusos, digo: contra esto hay que luchar, hay que trabajar, hagamos esto, montemos esta estrategia. Desde luego que le duele a uno que en un país como este pase esta situación, pero hay que animarse.

¿Cómo mantener el ánimo cuando la situación empeora?
Hay que luchar. Nada de reducir la corrupción a sus mínimas proporciones, hay destruirla. Si esto no se destruye, nos destruye.

En ese propósito, la Contraloría es clave…
Debemos exigirles a los funcionarios de estas entidades que tienen que entregar resultados. La Contraloría, si se suman la nacional y las territoriales, cuenta con ocho mil funcionarios que cuestan 850.000 millones de pesos al año. Y si no funciona, pues no debe existir. Entidad que no entregue resultados pronta y cumplidamente, tiene que desaparecer.

Es difícil mantener el optimismo…
Yo soy optimista, siempre lo he sido. Creo que las cosas se pueden hacer y se pueden lograr resultados. Creo en la condición de los colombianos y sé que hay un sector de colombianos que están dispuestos a dar esa pelea y entre esos me cuento yo.

¿Por qué le queda difícil al colombiano respetar la ley?
Aquí hay que hacer una labor educativa muy grande, sobre todo se debe enseñar el respeto por el otro. Yo creo que eso hay que hacerlo desde el colegio,
mezclado con el hogar, porque a uno en el colegio lo instruyen pero en el hogar lo educan. Eso se le escuché decir a don Agustín Nieto.

Pasando a un tema menos complejo, ¿qué vallenato le gusta?
Tenemos un compositor que fue inigualable, insuperable, inmejorable, que es Rafael Escalona y tiene unos cantos hermosos como “La honda herida”. Existen cantos muy tradicionales de Juancho Polo Valencia, un filósofo, como “Alicia adorada”. A mí me gusta mucho el aire musical del son, “El lirio rojo” de Calixto Ochoa. Me los sé y los canto.

¿Cada cuánto va de parranda?

Parrandeo cada vez que se puede. Lo que pasa es que yo soy un vallenato que no me tomo un trago. Disfruto la fiesta, pero sin licor.

¿Incluso en Bogotá?

El acordeón suena igual en todas partes y sus notas son muy agradables y alimentan el espíritu donde suene.

¿Tiene finca?
Como buen vallenato. Finca de mi padre, de mi abuelo, de tradición.

¿Ganadero o agricultor?
Ganadero, y además en el tema de los toros. Mi padre fue gallero, yo fui gallero y soy de los dueños de la gallera de Valledupar.

¿Cuál es el sitio más lindo del Cesar?

Lo más lindo es el valle en toda su intensidad, visto desde la Sierra Nevada.

¿A qué se debe que no se tome un trago?
Dejé de tomar trago desde cuando llegué a la Procuraduría. En ese momento dije que un procurador borracho debe ser un peligro. Y así me quedé.

RICARDO ÁVILA
FOTOS: RICARDO PINZÓN
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 60 - FEBRERO 2017

Entrevista de Edgardo Maya en BOCAS

Entrevista de Edgardo Maya en la revista BOCAS.

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Revista BOCAS

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