Bocas

Humberto de la Calle, en nombre de la paz

BOCAS habló con el más veterano entre los candidatos a la presidencia de Colombia. 

Humberto de la Calle

Humberto de la Calle, candidato por el Partido Liberal.

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Ricardo Pinzón

02 de mayo 2018 , 08:44 p.m.

Es el veterano de los candidatos; no solo por los 72 años que ya va a cumplir, sino porque la hoja de vida le respalda un conocimiento absoluto de casi todas las esferas del poder: ministro de Estado dos veces, vicepresidente, embajador de Colombia en un par de reinos (España y Gran Bretaña) y en la OEA, Registrador y magistrado de la Corte Suprema.

Le faltó, o le falta, el Congreso, aunque lo lidió en dos ocasiones en la cartera política. Y en los últimos cinco años manejó los hilos, a veces tensos, a veces muy enredados, del proceso de paz en La Habana. Por todo eso, quizá De la Calle es el hombre que más tiene en juego en la próxima elección presidencial. Y no es tanto por la edad, sino por la altísima apuesta que hizo no solo para que Colombia se reconciliara consigo misma, sino para que corrigiera errores centenarios e intentara algo como un borrón y cuenta nueva.

Para él sería muy doloroso dilapidar esa oportunidad única y no cumplirle la palabra a un par de sus nietos, de los seis en total, cuando les prometió en 2015 que, si todo se daba, iban a poder vivir en un país mejor. Lo hizo esa mañana que visitó su colegio e inspeccionó las carteleras pintadas por ellos con crayones para explicarles a todos ese proyecto en que andaba el abuelo y que le exigía pasar más tiempo en Cuba que en su apartamento de los cerros con 122.

“Valió la pena todo eso, pase lo que pase el 27 de mayo, aunque no es fácil de entender que ese esfuerzo enorme de traerse a las Farc de nuevo al redil, y de atemperar a Colombia, desminarla, destruir los fusiles, terminara generando tantos odios, tantas amistades rotas y familias divididas”, dice. Es como un sino trágico del ser colombiano. Uno que lo tocó a él cuando nació en el 46 en Manzanares (Caldas) y a sus seis meses de vida su familia tuvo que huir hacia Manizales para escapar de la lucha entre liberales y conservadores.

La violencia nunca lo alcanzó de nuevo, quizá porque desde entonces se volvió un hombre urbano, y la guerra siempre se libró muy lejos, casi toda en tierra caliente, casi toda en las periferias, en las selvas y en los extramuros. De ahí el enorme desinterés de tantos colombianos que nunca oyeron los disparos y solo los vieron por televisión.

Pero aunque la violencia nunca tocó a De la Calle, él sí la conoció en sus formas más comunes y silvestres: la inequidad, la injusticia, la exclusión. Para estudiarla; para combatirla. Por ese odio a lo injusto casi lo expulsan del Colegio Mayor de Nuestra Señora, en quinto de bachillerato, cuando publicó una nota irreverente en el periódico Juventud y a monseñor Santiago Marín, el rector, no le gustó. “Me salvó el profesor de filosofía, que le dijo: ‘No eche a ese muchacho; es como inteligentongo. Yo creo que él va a tener algún futuro; no le hagamos ese daño. Y me salvé’”.

En ese colegio, en esa comarca tan ultracatólica se hizo un ejemplar diferente: un liberal de los que siempre quiso emular a López Pumarejo; un agnóstico que ayudó a escribir un Manual de Ateología. Un nadaísta, a lo Gonzalo Arango y a lo Jota Mario, pero muerto de miedo de consumir droga. “Ni marihuana siquiera; máximo unos aguardientes, y ahora unos whiskys. Es que Manizales era como un convento y yo era, en mi ejercicio de nadaísta, como un monaguillo”.

A los 17 ya tenía claro que lo suyo eran las leyes, y decidió hacerse abogado. De universidad pública. Y no estudió más que eso. Y siempre vivió de eso, para pagar su primer apartamento en una deuda inicial a veinte años, el cual vendió para comprar otro más grande, y con nueva deuda, y así hasta el actual, en los altos de Usaquén, donde vive con su esposa, Rosalba. Hoy es un jubilado con una pensión de siete millones. “Entre las mil mentiras que se decían de mí era que yo ganaba pensión de vicepresidente. Ojalá”.

En Manzanares ya no queda familia, y tierra nunca hubo. Le queda algo del dejo paisa con las eses un poco arrastradas y mucho del carácter escéptico, crítico y racional con el que se formó. Y una mentalidad libertaria que es su único rasgo de radicalismo.

De la calle

Desde el año 2012 hasta el 2016, De la Calle fue el jefe del equipo negociador del Gobierno con las FARC-EP.

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Ricardo Pinzón

Circula por ahí un meme en el que se dice que los únicos candidatos a los que deberían decirles doctores son usted y Sergio Fajardo. ¿Si tiene usted un Ph. D.?
Noooo. No me pongan a correr riesgos. Yo terminé derecho en la época en que eso era muy poco usual; lo único que hice fue un curso de Derecho Internacional en la Fundación Getulio Vargas y no tengo un título formal de posgrado. La confusión puede venir de que en mi época a uno le daban el grado de doctor en Derecho; así dice mi diploma, pero eso no es un doctorado. Nos llamaban así, lo cual me recuerda una anécdota de Gilberto Alzate Avendaño que decía que en Colombia todo el mundo es doctor mientras no se pruebe lo contrario.

Hablemos del proceso de paz. Sumando todos los tiempos previos hasta el día en que usted se retira, ¿cuánto tiempo le dedicó?
Fueron casi cinco años; algo así.

Y en esos casi cinco años, ¿cuál fue el peor momento de todos?
Hubo varios. Es que eso era un tiovivo. Uno se levantaba a las seis de la mañana con la idea de que “hoy vamos a firmar” y a las cinco de la tarde estaba en una crisis profunda. La más crítica fue la que tuvo que ver con la exigencia del Gobierno para que las Farc manifestaran que rompían todo vínculo con el narcotráfico. Fue una conversación extraordinariamente difícil y crítica, hasta que en algún momento, por ahí a las 9 o 9:30 de la noche, yo levanté la mesa y dije que el Gobierno se retiraba si no tenía eso por escrito. Nos fuimos a nuestra casa, en las casas fiscales del gobierno cubano, que era donde estábamos alojados, y hacia las 10:30 aparecieron los países garantes a mostrar su preocupación. Una anécdota es que nosotros teníamos que pedir el avión a la FAC. Yo salí y pedimos el avión para devolvernos; esa era la muestra real de que estábamos hablando en serio. Ahí las Farc dijeron: “Esto no es un bluff de De la Calle, sino que si piden el avión es que se van”. Reaparecieron los países garantes, se logró una aproximación y hacia las once de la noche logramos el texto que está consignado en el acuerdo: “Las Farc rompen todo vínculo con el narcotráfico que haya tenido lugar por razón del ejercicio de la rebelión y además se comprometen a cooperar con el Estado en la solución mundial del problema de la droga”.

Un par de cosas que usted haya aprendido a admirarles a las Farc...
Ellos trabajaron con una gran disciplina; yo salía a caminar temprano y a veces los veía a las 5 a. m. desfilar cada uno con su libreta a ir a trabajar sobre los puntos del acuerdo. Ese escándalo que se formó con la foto del catamarán, donde aparecían fumándose un puro, me pareció absolutamente injustificado; fue un momento de descanso, como es humano. Las Farc trabajaron con mucha seriedad en esos casi cinco años. Lo segundo es que las discusiones muchas veces se desenvolvían como si ellos estuvieran en Marte y nosotros en la Tierra; era muy difícil encontrar puntos de encuentro. La discusión se hacía difícil, pero reconozco que aun por descabelladas o anacrónicas que fueran algunas de sus ideas, las defendían con una lógica interna impresionante. Hablo de una capacidad de articular un discurso que tenía dialécticamente su propia lógica, que satisfacía sus puntos de vista así estuvieran muy alejados de lo que uno consideraba la realidad. Ellos articulaban una forma discursiva difícil de responder. Sus posturas podían ser equivocadas, pero eran redondas como un balín.

¿Usted siente que las Farc cambiaron para siempre luego de esos cinco años?
En la metodología yo diría que sí, o sea, en el uso de la violencia. Y en cuanto a su ideología, hubo modificaciones en la postura durante la negociación. Un ejemplo: al principio, a ellos los terratenientes les olían a azufre y nuestra respuesta fue mostrar que el problema no es la figura del terrateniente, sino el acceso de los campesinos a la tierra. Campesinos que no tienen tierra o no la tienen de manera suficiente. Me parece que allí las Farc dieron pasos y permitieron el acuerdo, incluso previendo otras formas de utilización económica del campo. Eso quedó expresado entre comillas: “de cara al proceso de globalización de la economía”. Y la discusión dejó de ser ideológica para volverse simplemente una asignatura pendiente de este país; quizá la más importante, y la que jamás va a aceptar el Centro Democrático: la reforma agraria que nunca se hizo. Entonces, de alguna manera, las Farc tomaron distancia de una concepción marxista-leninista original. También se modernizaron en dos temas en los que nunca antes los vimos: la ecología y las minorías sexuales.

H. de la Calle

De la Calle se desempeñó como Ministro del Interior desde el 2000 al 2001.

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Ricardo Pinzón

Ya que habla de minorías sexuales, un paréntesis, usted viene de la tierra de monseñor José de Jesús Pimiento, hoy el obispo más viejo del mundo, según Wikipedia, y quizás el más “godo”, no debe haber sido fácil tener amigos gay en Manizales…
Sí, sí lo fue. Inclusive desde el colegio. Fui amigo, entre otros, de un pintor importante que salió del clóset muy temprano. Tengo cuadros de él aquí en mi casa. Otro, que aún sigue en el clóset, pero uno sabía de su orientación sexual. Es que eso era una tragedia, la peor tragedia que podía sufrir un joven. El peor insulto era decirle a alguien marica; era ser leproso. Incluso algunos homosexuales en Manizales tenían que acudir a un ejercicio sexual tan ruinoso y clandestino que muchas veces terminaban muertos en los lupanares. Me parecía la injusticia más aberrante. Hoy por hoy tengo dos grandes amigas que ya son matrimonio.


Volviendo a la paz, ¿no se alargó demasiado el proceso?
Creo que las Farc cometieron un error, seguramente para evitar que se tejiera la idea de que ellos se habían entregado: estiraron primero demasiado la pita en sus propuestas y luego también demasiado el tiempo, seguramente para lucrarse políticamente de la difusión permanente de sus ideas a través de los medios de comunicación. Eso hizo que el acuerdo llegara peligrosamente al momento en que comenzaba a encenderse la caldera electoral. Ese fue un error estratégico monumental de las Farc, porque la mezcla del liderazgo negativo del doctor Uribe, las mentiras, la llamada posverdad, y el ingrediente netamente electoral generaron estas circunstancias que hoy estamos viviendo.

¿Si el proceso hubiera salido en los primeros tres años, Santos no se hubiera presentado a un segundo periodo?
Si hubiéramos salido en dos años, yo creo que se hubiera aminorado mucho este escenario de polarización, y es posible (aunque esto es meramente especulativo) que el presidente Santos no hubiera buscado la reelección.

¿Es verdad que ustedes descubrieron en Cuba que estaban chuzados, que en las casas fiscales había micrófonos del gobierno cubano?
Siempre fuimos advertidos de la capacidad de la inteligencia cubana de obtener información por fuentes humanas o mediante otros elementos de carácter tecnológico; por esa razón, habilitamos una sala en la casa del embajador, Gustavo Bell, que se suponía que estaba protegida contra ese tipo de hackeo y de interceptación. Hubo alguna revisión en las casas fiscales en la que apareció algún artefacto indescifrable, pero nunca hubo la certeza de que realmente estuviéramos chuzados allá.

¿Qué es lo que tiene guardado Nicolás Maduro sobre el proceso de paz, que amenazó con revelar el año pasado?
Pues me parece que es paja. En esta materia no queda guardado ningún secreto; yo respondo por eso. Tampoco creo que haya nada como lo que señala Maduro porque además sería una irresponsabilidad de su parte. Lo que él dijo fue: “Yo sé cosas porque van a masacrar a las Farc”. Y me parece una irresponsabilidad que no las hubiera revelado en su momento para evitar esa masacre; yo creo que eso es un bluff netamente político.

De todo lo que ustedes vieron y oyeron desde Cuba, que se decía en Colombia sobre las negociaciones, ¿qué puede haber sido lo más ridículo, la mentira que ya podía considerarse alucinante y risible?
Muchas. Es que realmente era alucinante. Alguna vez el presidente dijo que quería crear un Ministerio de la Seguridad Ciudadana; entonces, se dijo que era para nombrar a Márquez de ministro con el ánimo de que fuera comandante de la Policía. Luego, que las Farc iban a marchar con el ejército el 20 de julio; que Santos iba a sentar a Timochenko en la inauguración del Congreso a su lado. Que le estábamos pagando a cada guerrillero un sueldo incluso superior al de los soldados y que los guerrilleros se iban a jubilar reconociéndoles sus grados militares. Era tan inverosímil que nunca se nos ocurrió siquiera defendernos de eso. Lo que hice fue ponerme mi sobretodo y aguantar cuatro años y medio de palo y de calumnias para tratar de salvar el proceso.

¿Como persona, como ciudadano, qué le dejó a usted La Habana?
Se lo digo fácil: allí yo recuperé muy buena parte de mi sensibilidad inicial, como hombre sin abolengos, sin capitales, de provincia, y convencido de que Colombia necesita cambiar cosas de raíz. Recuperé ese sentir de muchacho que me movía a trabajar en los barrios de miseria, con los compañeros del bachillerato, y a fundar una escuela nocturna gratuita para atender a los que no tenían forma de pagar las matrículas. Eso lo tenía como adormecido por el tráfago de la vida profesional; de la vida política. Yo creo que hoy soy mejor persona que antes.

¿Descartada la opción de una alianza con Sergio Fajardo, y pensando en que ni usted ni él pasen a segunda vuelta, hay alguna opción de terminar adhiriendo a Vargas Lleras o a Duque?
Yo lo he repetido: no estaré en una alianza con Germán Vargas ni con el candidato del doctor Uribe ni con las Farc; eso lo he dicho y lo reitero ahora. Hay razones suficientes porque yo parto de la base de una categórica defensa del Acuerdo de Paz. El doctor Vargas ha sido muy vacilante en esta materia; es realmente muy difícil descifrar cuál es su auténtica convicción. Y disiento de la propuesta de reestructurar el acuerdo, que es la expresión que usa ahora el doctor Duque para no decir que lo va a volver trizas. Esa es la peor propuesta para Colombia.

Si no fuera usted, ¿quién le gustaría que llegue a la segunda vuelta?
No me atrevo a contestar eso, no porque no tenga claridad, sino porque la interpretación siempre es muy mala.

Entonces, le volteo la pregunta, ¿a quién no le gustaría ver en la segunda vuelta?
Yo no quiero ver en la Presidencia al doctor Duque, candidato del doctor Uribe; al doctor Vargas, porque representa la política más tradicional, clientelista, elitista y excluyente; no quiero ver en la Presidencia a un candidato de las Farc ni tampoco a Gustavo Petro.

Yo le voy a pedir que me defina en una frase lo que usted piensa de los siguientes personajes: empecemos con Álvaro Uribe Vélez…
Apoyé su primer gobierno y luego me parece que introdujo elementos muy nocivos en la política colombiana y una visión de derecha que no comparto.

¿Puede puntualizar esos elementos nocivos?
Pues la utilización de un lenguaje pendenciero que ha terminado afectando ya no solo a la persona de Santos, destinatario de sus dardos, sino a las propias instituciones. Y un modelo de derecha que va desde la destrucción de la Corte Constitucional, lo cual va a ser la muerte de la tutela, revivir la prohibición de la dosis mínima, que va a significar que los consumidores van a ir a parar a la cárcel, y una visión extremadamente elitista de la sociedad: cuando se habla de reducir el Congreso en 100 curules con la idea de hacer un ahorro, lo que se está haciendo es reducir las posibilidades de representación para las minorías. Lo suyo es un salto hacia el pasado. Y eso sin hablar del deseo de destruir el Acuerdo de Paz, lo peor que le puede pasar a Colombia. Y no sabemos cuál va a ser el ministerio que va a desempeñar el doctor Ordóñez, ese señor que es su socio ideológico.

Sigamos: Andrés Pastrana… en una frase.
Yo le reconocí los esfuerzos que hizo para conseguir la paz. Puede haberse equivocado, pero es que a veces los precursores pecan por inoportunidad. Lo que sí francamente no entiendo es cómo alguien que trabajó por la paz, que incluso llegó a alentar propuestas mucho más audaces que las de La Habana, ahora se vuelve en contra. Veo una seria inconsistencia en él frente a lo que ha sido su vida.

Alejandro Ordóñez…
Ha utilizado el poder de manera sesgada y con el propósito de atacar a sus enemigos ideológicos. Tuvo que ser removido de su cargo por utilizarlo de manera indebida y encarna un propósito absolutamente nocivo para Colombia: la utilización de la religión con propósitos electorales.

César Gaviria…
Yo he trabajado con César Gaviria desde 1991, cuando tuve el honor de ser el vocero de su gobierno en la Asamblea Constituyente y ahí todavía compartimos un entramado de sueños y de intereses que aún no han sido cumplidos. En esos propósitos nos identificamos, así como en el ejercicio político.

Humberto de la Calle

De 1994 a 1996 fue vicepresidente de la república durante la presidencia de Ernesto Samper.

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Ricardo Pinzón

Juan Manuel Santos…
Santos va a ser reconocido como un gran gobernante por razón de la paz, aun con todas las dificultades que ha tenido; pero me parece que eso ocurrirá dentro de años cuando lo reconozcan como un personaje extraordinariamente importante en la historia de Colombia.

Gustavo Petro…
Le reconozco afinidades en torno a la defensa de la paz, pero tengo una visión diferente de lo que debe ser Colombia y serias reservas sobre la bondad de su posible Presidencia. Yo creo en el cambio social, pero creo que puede hacerse de manera tranquila, sosegada, sin caer en excesos.

Y Ernesto Samper Pizano…
En su momento me parece que le presentó al país una fórmula de política social acertada y progresista. Incluso alcanzó a obtener, dijéramos, apoyo vigoroso de la opinión pública cuando inauguró su gobierno. Desafortunadamente apareció el problema del Proceso 8.000 y terminó siendo víctima de esa crisis de la cual no se pudo reponer y que impidió lograr sus metas de gobierno.

¿Usted no cree que si Samper se hubiera caído, algo hubiera cambiado para la política posterior, y que después de él ya nadie se irá del poder por más evidencias que haya?
Me queda difícil responder esa pregunta, pues su hipotético retiro me hubiera llevado a mí a la Presidencia. Entonces siempre quedará la sospecha de mi respuesta. Es la oportunidad más bien para recordar lo siguiente: yo permanecí siendo vicepresidente porque mi único deber real, constitucional, era reemplazar al presidente en una posible falta absoluta. Cuando se estabilizó la situación del doctor Samper, yo me retiré. Ahora bien, sobre el efecto de la caída de un presidente, más allá de Samper, es que sí puede conllevar un mensaje moral muy poderoso.

Así como le pedí que me definiera en una frase personajes de la vida política, aquí le pido que me defina a Germán Vargas Lleras y a Juan Carlos Pinzón, pero con respecto a la paz.
De Vargas, realmente ya no sabemos dónde está: en la vicepresidencia respaldó todo; luego de su salida, su partido contribuyó a quitarles fuerza a los acuerdos en el Congreso, pero en un debate hace poco dijo que sí, que le gustaba el acuerdo. En mi tierra dicen: “Cuando a una gallina se le atasca un huevo comienza a caminar por todas partes y entonces se dice dónde irá a poner el huevo la gallina”. Con el doctor Vargas pasa algo semejante; me parece que es tan inconsistente que no se sabe dónde va a terminar.

¿Y Pinzón?
Durante su tarea como ministro de Defensa teníamos una interlocución permanente; yo cada que regresaba de La Habana me reunía con él y con los altos mandos militares. Ahora él dice que se opuso a varias cosas y que incluso le advirtió al presidente que estaba en desacuerdo, como ministro de Defensa y luego como embajador en Estados Unidos. Esa me parece una posición difícil de sostener. Los embajadores son la boca del presidente y lo que se supone que él hizo allá, siguiendo instrucciones de Santos, fue la defensa del acuerdo. Me quedan muchas dudas sobre él…

Si a usted le dijeran que el estado de salud de la paz en este momento es bueno, regular, malo o pésimo, ¿por cuál se iría?
El diagnóstico es muy peligroso porque tiene dos o tres tipos de dolencias; la primera, pues las decisiones del 2018. Un candidato que va adelante en las encuestas y dice que va a reestructurar el acuerdo y todos entendemos que reestructurar es volverlo trizas. En el Congreso se debilitó la coalición mayoritaria y puso en jaque decisiones importantísimas. Qué reforma rural integral real vamos a hacer si ni siquiera se aprobó el catastro multipropósito; la Corte Constitucional decidió que el Congreso tenía poderes de revisión de lo acordado, y yo advertí que eso iba a generar un rosario de dificultades. Es obvio que el acuerdo no podía anular al Congreso, pero es que aquí de lo que se trataba era de un acto que política y jurídicamente comprometía al Estado. El decreto de tierras está teniendo dificultades en la Corte Constitucional. Francamente, a mí me parece un poco desolador un panorama en el que se logra terminar un conflicto después de 8 millones de víctimas y resulta que empieza a surgir la idea de que todo esto se puede cambiar y modificar y renegociar. Es un Estado que fracasa en cumplir su palabra y en hacer realidad lo que se negocia.

Mejor dicho, esto no lo salva ni Dios…
Sigo siendo optimista. Falta un mes y puede pasar que las opciones de centro vuelvan a crecer. Depende de nosotros. A Dios es mejor no meterlo en esto. Yo soy agnóstico y nunca tuve problemas con él y espero que Dios tampoco haya tenido problemas conmigo.


POR SERGIO OCAMPO MADRID
FOTOGRAFÍA RICARDO PINZÓN
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 73 - ABRIL 2018

bocas 73 de la calle

En nombre de la paz

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