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El viejo estilo de Guerra

El antioqueño Bernardo Guerra Serna es el retrato de la política regional en Colombia.

Bernardo Guerra BOCAS

El político antioqueño Bernardo Guerra Serna

Foto:

Hugo Villegas / Revista BOCAS

20 de abril 2017 , 02:28 p.m.

Bernardo Guerra Serna es el político regional que más poder ha construido en Colombia. Entre finales de los años setenta y comienzos de los noventa del siglo XX, su poder en Antioquia fue tan absoluto como cuestionado. Es miembro fijo de lo que en algún tiempo conoció la historia colombiana como “gamonalismo”. Su recorrido sintetiza y explica una época: trato carismático, líder cercano a los electores, “trapo rojo”, tráfico de influencias, puestos, puestos y más puestos.

El exministro Armando Estrada, quien lo conoció desde los tiempos del Movimiento Revolucionario Liberal, se refiere a su jefe y mentor como un “clientelista”. “Guerra repartía auxilios parlamentarios y puestos que nos daba el Gobierno nacional y departamental. Y sus municipios preferidos eran Dabeiba, donde sacaba más votos y Fredonia, donde estudió. Y era también en esos pueblos donde más hojas de vida recibía”.

Y aunque ese estilo fue y aún es muy controvertido, también muchos lo defienden: “Guerra Serna siempre buscó la unidad del partido”, dice Ómar Flórez, exalcalde de Medellín. “Y muchos lo cuestionan por clientelista, pero ¿acaso la oligarquía de Medellín, antes de él, no gobernaba con sus amigos?”.

Bernardo Guerra fue el “papá” de una docena de políticos: Federico Estrada, Bernardo Ruiz, César Pérez, Darío Londoño, Elena Herrán y Álvaro Uribe Vélez, entre tantos otros. En el cenit de su poder, llegó a poner una veintena de congresistas de su grupo, manejó más de cincuenta alcaldías y alguna vez confesó que ayudó a nombrar 25.000 trabajadores en el sector público y otros 25.000 en el sector privado.

Las imágenes que abundan de sus años de travesías muestran un rostro grueso, cabello negro y abundante, vistiendo casi siempre camisa roja. Y si bien su presencia física no era muy sobresaliente, sí lo era su potente voz de mando y su discurso firme y enérgico con el que despertaba fervor y entusiasmo entre gentes que acudían a sus reuniones y a las plazas públicas.

Ahora, a sus 87 años, es un hombre de figura menuda, un poco diezmado por quebrantos de salud que lo aquejaron recién llegado a sus 80 años, cabello aún abundante y cano, y mirada gris que se fija insistente en su interlocutor.

Bernardo Guerra BOCAS

El político antioqueño Bernardo Guerra Serna.

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Hugo Villegas / Revista BOCAS

Mientras camina lento por su amplio y fresco apartamento en Medellín, o descansa por largos minutos en un mullido sofá, dice que no se arrepiente de nada y que se siente realizado. Y cómo no. Logró todo lo que puede aspirar líder alguno: diputado y representante a la Cámara por Antioquia; senador por elección popular; concejal en más de medio centenar de poblaciones cuando la Constitución lo permitía; alcalde de Medellín, gobernador de Antioquia, embajador en la OIT y en las Naciones Unidas, ambos por decretos presidenciales.

Un hombre definido por el proceso electoral. Cuando Guerra Serna lograba un escaño, lo respaldaba con votos, los mismos que aprendió a ganarse a pulso desde muy joven siendo estudiante de la Universidad de Antioquia. Lo de él no fue una herencia familiar.

Comenzando por su origen. El mismo año en que el liberalismo volvió al poder tras cuatro largas décadas de ayuno (1930), nació en Peque, un municipio al fondo de un abismo de montañas en el occidente antioqueño, un pueblo de gentes laboriosas y humildes donde se afincaron también la mayoría de nuestros males: violencia partidista y luchas guerrilleras y paramilitares. Por eso ganó fama de pueblo “caliente”, hasta el punto de que en los años noventa, cuando los miembros de la fuerza pública tenían fallas, allá los mandaban a “templar”.

Hoy, llegar a Peque en épocas de lluvias, puede ser travesía de seis horas. Y si ahora es difícil, en los años cuarenta, cuando salió a lomo de mula, debió ser toda una odisea.

Su padre, un labriego visionario, pensó que lo mejor que podía hacer por sus hijos era enviarlos a estudiar a Medellín. Y en efecto, el joven Bernardo estudió Derecho, pero su ambición no era propiamente litigar. Por el contrario, a finales de los años cuarenta comenzó con la fundación de grupos políticos liberales en la Universidad de Antioquia; luego, en los años sesenta, le arrebató el manejo del Partido Liberal en Antioquia a los muy elitistas miembros del Club Unión de Medellín; y desde allí, en el cenit de su reinado, se la jugó a fondo por sus amigos, luego presidentes de la república, Alfonso López Michelsen, Julio César Turbay Ayala y Virgilio Barco. Entonces disfrutó de las mieles del poder.

Ayudarle a la gente sin trabajo me parecía obligación y llegué a colocar, creo, que unas 50.000 personas.

Fue precisamente en el gobierno de Barco, cuando, en octubre de 1986, debió renunciar a la Gobernación de Antioquia, por pedido del presidente, en lo que fue un escándalo para la época. Aquella “renuncia” estuvo motivada porque en una noche, con licor a bordo –el mismo que dejó desde esos días–, tuvo una conversación subida de tono con el periodista César Pérez Berrío. El comunicador contó después que el muy poderoso gobernador lo amenazó con una frase: “Ojo, que por ahí están apareciendo muchos muertos”. Ese fue el momento más licencioso de este personaje que, a pesar de todo, siguió dando guerra por sus amigos, sus convicciones liberales y su partido.

Su vida política ha sido tan agitada que, en agosto de 2015, acompañó la inscripción de su amigo y copartidario Luis Pérez, candidato a la Gobernación de Antioquia, al mismo tiempo que su hijo Andrés, inscrito en el Centro Democrático, luchó por el mismo cargo.

Hoy, Guerra Serna vive tranquilo y saludable. Oye noticias radiales desde que despunta el día, lee la prensa y ve por televisión programas deportivos y el Canal del Congreso. También viaja a su finca en Sucre, donde se encuentra con su esposa, Lucía Hoyos, y sus hijos.

Aunque sigue siendo un poco taciturno y no concede muchas entrevistas, le gusta recordar tiempos idos. Y muchos por venir, con su Partido Liberal unido y jalonando propuestas sociales para un país en paz. Ese es su gran anhelo, dice.

¿La política siempre ha estado en su vida?
Nací en Peque, un pueblo muy retirado de la capital, liberal y perseguido, porque fue corregimiento de Ituango y desde que se separó quedaron dificultades que se volvieron políticas. En Ituango no nos querían. Nací allá, entre una familia luchadora que trabajó duro por ese pueblo.

Usted, que es liberal, debe sentirse cómodo con el presidente Santos…
No soy santista porque conozco mucho a Santos. Voté por él, porque era aparentemente el candidato liberal y yo sabía que no le haría caso a Uribe. Con esa garantía sabía que había que votar por él.

Álvaro Uribe fue de su Directorio, ¿por qué no lo quiere?
Soy antiuribista porque también lo conozco. Él estuvo en este Directorio, pero es de derecha. Él llegó muy bien recomendado por todos los jefes. Les suplicó a los Lleras, a los Turbay, a los López, para que le dieran ingreso. En esa época teníamos sede en Bogotá. Preséntate por Bogotá, le dije. Pero yo no podía negarme a recibir a un buen militante.

Usted fue un gran amigo de Alfonso López Michelsen. ¿Cuál es el mejor recuerdo de él?
López fue un ideólogo. Cuando inició su mandato, siendo mi amigo, nombró un gobernador conservador en Antioquia. “Gracias por el premio”, le dije.

¿Cuál de los líderes liberales que ayudó a elegir aún lo llama?

Eso es lo lamentable de la política: la ingratitud.

¿Qué es lo que más recuerda de sus primeros años?
Vivíamos en el marco de la plaza; también teníamos finca en la vereda Llanadas, cerca del pueblo. Con alguna frecuencia se realizaban fiestecitas presididas por unos músicos de allá; tocaban muy bien el clarinete y la guitarra. El abuelo convocaba y aparecían. Se hacía algo de comer: sancocho de gallina. Éramos en general muy unidos. Pero todo pasaba rápido porque el quehacer no permitía mucha fiesta. Papá fue próspero en lo material. Sembraba café, fríjol, maíz, cuidaba cerdos, ganado. De todo, luchador. Decía que el estudio era lo único que salvaba a los humanos. Y se esforzó por educarnos. Nos mantenía trabajando o estudiando. Fuimos nueve hijos y a todos nos mandó a estudiar. Yo me vine a Medellín joven a la Julio César García. Luego pasé a la Universidad de Antioquia, en la Manga, donde ahora está la Placita Flórez.

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El político antioqueño Bernardo Guerra Serna.

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Hugo Villegas / Revista BOCAS

La Universidad de Antioquia siempre fue un hervidero político, ¿se involucró con ese ambiente?
En esos tres años en la universidad me dio por constituir un grupo liberal. Lo hacía por herencia, pero también porque me llamaba la atención lo de los odios de los partidos. Creé el Comité Liberal de la Universidad de Antioquia con gente de Chocó, del Valle y de la Costa. Ahí llegaba gente de todo el país. Fue muy comentado en su época. En esas nos cogió el 9 de abril y nos metieron a todos a la cárcel. Pero no fue cierto, no estuvimos en nada, solo éramos noveleros, pero nos señalaron y nos echaron de la universidad a los del comité. Entonces empecé a recorrer. Me presenté a la Universidad Pontificia Bolivariana y entré. Estando allá, una mañana un tipo me dijo: “Gueeerra, ahí viene tu familia, la de los chusmeros que se entregaron en Dabeiba”. “Chusmero tu madre”, le contesté y me agarré con él y me echaron de la universidad. Terminé en Bogotá, en la Libre. No me amañé. Época muy dura, dictadura, el clima muy frío. Y en el año 1960, al cabo de cinco años, volví a Medellín.

Usted se declaró lopista. ¿De esos años en Bogotá viene su amistad con López Michelsen?
Fui lopista, pero admiré mucho a Lleras Restrepo quien me recibía con frecuencia en su oficina. Pero me vine a Medellín y en el café La Bastilla me enteré de los chismes políticos y me incrusté en la campaña del partido en Antioquia. Cuando Lleras vino a hacer campaña, yo estaba en el MRL, y me preguntó si era riesgoso ir a Urabá. “La política en Colombia tiene riesgos siempre”, le dije. Y vino. Lo acompañé haciendo la avanzada, yendo adelante. Y le reuní gente del MRL y les dije que él era jefe liberal, que merecía respeto. Él quedó muy agradecido conmigo y yo con él, porque a pesar de mi juventud me escuchaba.

¿Y cómo es que comienza haciendo “avanzadas” y termina apoderándose del partido en Antioquia?
Estando Lleras en la Presidencia intenté que el partido tuviera gobernador. William Jaramillo, quien era del Directorio, fue su secretario privado y yo, para intentar desmontar esa valla, llegaba a Lleras por otros lados. Y logramos convenir que el candidato fuera William, pero era para yo quedar presidente del Directorio. William se dio cuenta de mi jugada, que era real, pero ya era tarde y cuando su candidato, Jorge Pérez, fue gobernador, yo quedé de jefe del Directorio. Ahí comencé a liderar. Luego vino la elección de López y me jugué todo. Nos fue a las mil maravillas. Derrotamos al propio Carlos Lleras que quería reelección. Hicimos la alianza Turbay-López. Logramos el manejo total del Directorio y William, que era muy chúcaro, se fue.

Dicen que el éxito de su política era la entrega de auxilios parlamentarios...
En parte es cierto: los auxilios se entregaban en la provincia, en las Juntas de Acción Comunal de los municipios. Yo fui parte de la Comisión de Presupuesto y todo lo repartía con la gente más necesitada. Alguna vez en el Directorio sacamos cuatro senadores, nueve representantes y trece diputados. Y todos tenían auxilios, entonces se hacía un monto y se repartía para todos. En el occidente antioqueño ayudé más, claro. Con Dabeiba por ejemplo había un buen trato, porque tenía diputado.

¿Es cierto que en esos pueblos, cuando usted llegaba, montaba “confesionarios”?
Fue costumbre de la misma gente: cuando iba a un pueblo llegaban comisiones y uno después de las reuniones las atendía. Me hacía atrás en un lugar y lo asimilaban a un confesionario. Ahí me entregaban hojitas de vida. Es que ayudarle a la gente sin trabajo me parecía obligación y llegué a colocar, creo, que unas 50.000 personas.

¿Dicen que usted sacó la política del Club Unión y la llevó a las veredas?
Siempre estuve convencido de que no había razón de enfrentamientos entre liberales y conservadores. Yo hablaba sin venganzas ni odios. Es que después de una guerra gustaba el discurso conciliador. Y yo no llegaba a las plazas, sino a las veredas y luego los mismos campesinos les decían a sus jefes en los pueblos que yo los había visitado. Y entonces ya luego esos jefes me recibían en las cabeceras, pero ya tenía muchas cosas claras. Meterme a los pueblos fue duro. Pero tampoco descuidaba las decisiones del partido. A mí nunca me gustó ser ministro, pese a que me lo ofrecieron dos veces, pues la política que hacíamos no dejaba que me retirara de Antioquia. Porque tenía muchos enemigos. La oligarquía de Medellín no me quería porque ellos manejaban el Directorio desde el Club Unión. Y cuando llegué a la actividad, metí líderes de pueblos. Y a otras gentes, por ejemplo a Fabio Echeverri. Él estudiaba en Estados Unidos y me lo sugirió un amigo para presidir el Directorio; lo llamé y vino. “Yo lo necesito de mampara con la oligarquía: usted puede ser ese enlace”, le dije. Pero ¡ah difícil fue! ¡Qué carga! Ponía problema... Le prestó grandes servicios al Directorio, pero no encajaba: él era de los Echeverris. Se fue y quedamos distanciados.

Llama la atención en la sede del Directorio Liberal una fotografía del defensor de derechos humanos Héctor Abad Gómez. ¿También él fue del Directorio?
El doctor Héctor Abad era de vaivenes: parecía como de avanzada, pero a veces no tanto. Y yo tenía discusiones con él porque no me gustaba que las huelgas y marchas las hicieran en entidades públicas: yo le decía a él y a “los camaraditas” de la época: ¿por qué la Universidad de Antioquia, en donde está la gente más pobre? Fue muy poco lo que compartimos; pero me hizo el favor de estar en esa lista de precandidatos que propuse para la Alcaldía de Medellín, pero lamentablemente lo mataron.

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El político antioqueño Bernardo Guerra Serna.

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Hugo Villegas / Revista BOCAS

En los años ochenta, uno de sus momentos cumbres fue la campaña de Virgilio Barco y usted la lideró pese a la división en Antioquia…
Yo llamé a William Jaramillo, a Federico Estrada y a César Pérez García y todos dijeron qué querían. William dijo: “Yo quiero la Alcaldía de Medellín”; Federico dijo: “La embajada del Vaticano”. “Entonces, para mí, la Gobernación”, dije. Y ganamos con una de las votaciones más brutales: más de 500.000 votos en Antioquia; de dónde salieron, no sé… Quizá porque Barco se ganó el cariño de los antioqueños por su franqueza de santandereano. Pero luego vinieron los problemas míos de la Gobernación.

Esos problemas fueron la renuncia a la Gobernación luego del incidente con el periodista César Pérez Berrío. ¿Qué fue lo que pasó?
No quiero recordar. Eso fue un montaje bien elaborado por todos los dirigentes del Partido Conservador. En esos días ellos se desaparecieron de Medellín, pues tenían ya todo orquestado en Bogotá con Hugo Escobar Sierra, con Álvaro Gómez Hurtado, de modo que es un tema que infortunadamente ocurrió. Yo le digo la verdad: no amenacé al doctor César Pérez, pero renuncié consciente de lo que estaba pasando.

¿Usted estaba borracho esa noche?
Yo no me arrepiento de nada, y puedo demostrar que todo fueron falsedades y montajes [sube un poco el tono de voz] y lo acepté así, porque la vida política es compleja. Acepto que les di papaya. Eso sí lo acepto.

¿Qué les diría a los que dicen que lo suyo fue clientelismo?
Eso solo ha cambiado de nombre. Que era clientelista, porque ponía gente del partido, me decían. Pero ¿qué han hecho los otros? ¡Ojo!, yo fui más avanzado y cumplí la misión. No he podido ver a un político más satisfecho que cuando salí de la Alcaldía de Medellín. Me hicieron manifestaciones. A los trabajadores del municipio les decía que me pidieran escuelas, hospitales, becas, preparación para sus hijos. Fue un avance extraordinario en Medellín.

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El político antioqueño Bernardo Guerra Serna.

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Hugo Villegas / Revista BOCAS

Sus hijos Bernardo y Andrés siguieron sus pasos en la política. ¿Cómo los ve a ellos?
Muchas personas están sorprendidas un poco con Andrés [que es del Centro Democrático], quisieran preguntarme pero se abstienen. Pero quiero recordar una frase mía: “Soy liberal antes que nada, y por ello respeto las decisiones de los otros”. Bernardo es muy preocupado por la honestidad con los dineros públicos. Si la gente se diera cuenta de esa labor lo miraría con más respeto y admiración. Su labor es compleja pero interesante. Pues, a Andrés… le deseo mucha suerte.

¿No se arrepiente de no apoyarlo en su candidatura a la Gobernación?
Apoyé como liberal a Luis Pérez. Estimando mucho a mis hijos, en especial a Andrés. Él tomó su decisión y se la respeto, pero solo le deseo suerte.

¿Cómo ve a Colombia?
Si salimos de este trance en el que estamos, en el acuerdo con las Farc y convencemos a tantos amigos, que parece que sacaran utilidades con la guerra, Colombia avanzaría mucho.

¿Cómo ve su Partido Liberal?
Todos los partidos sin excepción tendrán grandes dificultades. El problema es que no veo los personajes que liderarán. Si el liberalismo no logra un candidato que interprete el momento político del país, tendrá un gran fracaso. Deberá trabajar con la gente de avanzada, de izquierdas. Pero no es fácil y es ahí donde el liberalismo tiene que medir bien quién es el candidato.

¿Quisiera la bandera roja encima de su féretro?
Así lo desearía porque para mucha gente sería una gran satisfacción verlo.

¿Se siente feliz?
Muy realizado. Más cuando los campesinos me llaman: “¿Cómo esta de salud?”, es lo primero que me preguntan. Luego, por alguna colaboración, al político lo recuerdan por sus servicios.

¿Guerra o paz?
Me gusta lo del proceso de paz. Viví la guerra y por eso respaldo todo ese proceso. Ver salir esas lanchas con guerrilleros es un espectáculo. Y esas marchas… Es bonito, sincero y franco. Lástima que hay gente que no le gusta la paz, porque seguramente viven de la violencia.

BOCAS 61 - Guerra Serna

"El viejo estilo de Guerra". Entrevista con Bernardo Guerra Serna. 

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