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'Yo creo que la política debe incorporar el valor de la compasión'.

Una entrevista con Óscar Naranjo, general retirado de la policía y vicepresidente de Colombia. 

BOCAS - Naranjo

El vicepresidente, Óscar Naranjo.

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Ricardo Pinzón / Revista BOCAS

18 de diciembre 2017 , 11:52 a.m.


En cuarenta años de carrera ha trabajado cerca de siete presidentes. En los años ochenta impulsó la creación de nuevos sistemas de inteligencia en la Policía y en los años noventa hizo parte del equipo que capturó a los hermanos Rodríguez Orejuela, del Cartel de Cali. Siguió los pasos de su padre hasta llegar a ser director general de la Policía y durante los cinco años que estuvo en ese cargo participó en operaciones tan emblemáticas como las que llevaron a cabo contra Raúl Reyes y el Mono Jojoy.

Sin embargo, el general en retiro Óscar Naranjo reconoce sus logros con moderación. Sabe que construyó su carrera en silencio y a pulso, pero siempre resalta el papel de sus compañeros, de sus subordinados y de sus superiores, con la consciencia de quien sabe que no existen los méritos totalmente individuales.

Hace siete años recibió la condecoración al “mejor policía del mundo” e incluso después de su retiro, en 2012, nunca bajó la guardia: asesoró en materia de seguridad a Enrique Peña Nieto –el presidente de México– durante una de las peores crisis de violencia que ha vivido ese país, fue negociador en La Habana durante el proceso de paz que le puso fin a la guerrilla más antigua del mundo y el año pasado la revista Foreign Policy lo incluyó en la lista de los 500 personajes más influyentes del mundo. Hoy, como vicepresidente de Colombia, es el encargado de cuidar del posconflicto durante los últimos meses de este gobierno: “Contamos con la persona correcta, en el momento correcto, para la misión correcta”, dijo el presidente, Juan Manuel Santos, el día en que el general Naranjo tomó posesión de su cargo actual.

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El vicepresidente, Óscar Naranjo.

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Ricardo Pinzón / Revista BOCAS


Su tarea actual como vicepresidente plantea muchísimos retos: reconoce que falta mucho trabajo para llevar las instituciones a zonas históricamente olvidadas, como Chocó y Tumaco, donde a finales de octubre varios campesinos murieron durante una protesta: “Después de 53 años de conflicto no hay duda de que el Estado se atrincheró en las ciudades y el campo quedó al descubierto, pero yo francamente no soy fatalista, creo que estamos avanzando”.

Sin embargo, su carrera también ha tenido momentos difíciles: Naranjo recuerda con tristeza la década de 1990, que según él “deshumanizó al país”; o el momento en que se enteró, en 2006, de que su hermano había sido capturado en Alemania por narcotráfico y tuvo que exponerle la situación a Álvaro Uribe, el presidente en ese momento.

A punto de cumplir 61 años, Naranjo es un muy buen conversador. Sus anécdotas guardan casi toda la historia reciente de Colombia, pero él insiste en que prefiere la quietud: “¡Llevo mucho tiempo dando lora!”, dice riendo, pero él se ve a sí mismo como un hombre solitario que encuentra en el silencio y la reflexión su único refugio.

En esos momentos de quietud, que solo acompaña con un par de canciones y ocasionalmente con un whisky de malta, piensa en el barrio Calasanz, en Medellín, a donde iba a pasear con su mamá cuando tenía cinco o seis años: “Yo le decía: ‘Canta, mamá’, y ella empezaba: ‘Ay, qué laureles tan verdes, qué flores tan encendidas…”, cuenta el vicepresidente mientras recita los versos de Antonio Aguilar y esboza una sonrisa. “El otro recuerdo feliz es el de mi papá cuando llegaba en horas del día a la casa a cambiarse el uniforme o algo así. A mí me parecía simplemente sorprendente verlo de día, no en la noche cuando siempre lo esperaba”.

–Ayer llegamos de Montañita, Caquetá. Es un pueblo de 23.000 personas, 4.000 en el casco urbano, que han sido víctimas de la violencia: les mataron cuatro alcaldes, estuvieron los paramilitares y la guerrilla… –dice antes de empezar la entrevista–. Pero ayer era una fiesta: la gente volcada a la calle en una feria agropecuaria vendiendo yuca, plátano… Yo realmente lamento mucho que el país, que el país bogotano, no quiera ver eso, porque la paz sí le cambió la vida a mucha gente.

¿Qué opina de la candidatura presidencial de Timochenko?
Creo que un proceso de paz se trata de que quienes estaban usando las balas, los fusiles, empiecen a usar las ideas y recurran a los votos. Que haga política.

¿Cree que habría sido posible derrotar a las Farc con el discurso de guerra frontal?
No. Y no es una cuestión de creer o no creer, es una cuestión basada en la historia. Los conflictos en el interior de una nación, de una sociedad, nunca se han resuelto por vía de la guerra porque en ese caso la única posibilidad de solución es el exterminio y una política de exterminio es inviable, reprochable, inaceptable. Uno defiende las instituciones, hay que hacer cumplir la ley y para hacerla cumplir hay que someter a quienes están por fuera de la ley con la fuerza del Estado, pero eso lo que hace es crear las condiciones para una salida política y negociada.

Vuelvo con mucha angustia de ver tantas necesidades, pero feliz de escuchar el testimonio de la gente. Las mejores frases que he escuchado han estado en la sabiduría popular de la Colombia profunda.

En El general de las mil batallas, la entrevista que le hizo Julio Sánchez Cristo, usted dice que en La Habana le gustaba hablar con los negociadores de las Farc sobre las operaciones que se habían hecho contra ellos. ¿De dónde salía la motivación para hablar de eso?
Es que es un punto en común de los guerreros. No hay lealtad más fuerte, por ejemplo, que la que se produce entre los compañeros de un ejército o de una policía porque uno realmente sabe que estar al lado de un compañero, salva la vida. Cuando uno se encuentra con el adversario, el punto en común es cómo nos confrontamos y en esa conversación hay entonces un tratamiento racional, sereno, verbalizado y se permite entrar en la anécdota de qué pasó, por qué pasó, quién tuvo más habilidad...

¿Cómo fue para usted, personalmente, sentarse frente a las Farc?
Recordé mucho a mi padre. En el año 76 yo tenía un día de haber entrado a la Escuela de Cadetes y llegó el inspector general de la policía, un general muy respetado por todo el mundo, mi padre. En esa primera reunión, él dijo: “Ustedes están ingresando aquí para hacer una profesión de servicio. Si vinieron aquí para odiar a los delincuentes y para tomarse personalmente la lucha contra la delincuencia, deben considerar que esta no es la profesión para ustedes”. Uno debe perseguir el delito, no odiar al delincuente. Eso nunca se me olvidó. Yo capturé muchas personas, pero nunca hice guerra sucia, nunca maltraté ningún delincuente. Al revés, también sentí en un momento dado que algunos narcotraficantes veían la captura como una nueva vida. Hay por lo menos tres grandes capos que después de su captura, cuando iban en el avión conmigo, me decían: “General, gracias por esta captura”. Y uno les decía: “¿Por qué?”. “Porque se me acabó la vida clandestina, la vida de persecución. Ahora puedo comenzar de nuevo”.

¿Quiénes le dijeron eso?
Concretamente, Johnny Cano me dijo eso.

Quería preguntarle por Tumaco: después de los eventos de octubre, en donde fueron asesinados varios campesinos, ¿qué fue realmente lo que pasó?

Tumaco es la síntesis de las consecuencias del conflicto. Después de 53 años uno podría decir que, tristemente, Tumaco refleja todo el daño que hace una guerra: hay desorden territorial, conflictos de tierra, presencia de cultivos ilícitos, narcotraficantes, disidencias, tremendas necesidades sociales y de desarrollo… La población de Tumaco ha sido víctima y necesita que la reparemos. Frente a un daño estructural, son necesarias las soluciones estructurales, pero esas soluciones no salen de un día para otro.

De hecho, usted estuvo en Tumaco mediando con las comunidades afectadas. ¿Cuál fue la clave para superar la crisis?
Yo creo que la crisis no se ha superado, todavía falta mucho por hacer. ¿Cuál es mi apreciación? Es posible que uno no arregle los problemas estructurales, pero a partir de la cercanía con las comunidades puede transmitir un mensaje mínimo de esperanza y no simplemente el mensaje de “Vamos a arreglar sus problemas”. Yo creo mucho en la necesidad de que la política incorpore el valor de la compasión. No la compasión como un valor asociado a la religión, sino como la necesidad de ponerse en los zapatos del otro, de reconocer la gravedad que atraviesa el otro y ponerse a su lado para salir de los problemas. Yo creo que el gran déficit de la política colombiana es que la sensibilidad por el otro puede desaparecer y los intereses electorales pueden estar por encima de la sensibilidad. Yo creo que, primero, hay que estar cerca de la gente, saber para dónde va uno con la gente y luego sí preocuparse por otros temas.

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El vicepresidente, Óscar Naranjo.

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Ricardo Pinzón / Revista BOCAS

A mediados de noviembre llevaban 46.000 hectáreas de coca erradicadas. ¿Cuáles son los retos que quedan en la política de drogas?
Tenemos un reto enorme. Hay 145.000 hectáreas sembradas según el último reporte de Naciones Unidas de 2016 y nos hemos fijado una meta para erradicar 50.000 este año. También nos pusimos la meta para sustituir otras 50.000 de aquí a mayo del 2018. Creo que no va a haber milagros en lograr reducciones estructurales, pero sí hay un cambio en la lógica y creo, que es lo más importante, que a Colombia sin conflicto armado se le abre una inmensa oportunidad de probar nuevas alternativas para superar un problema que no hemos podido superar en treinta años a punta de erradicación forzosa y fumigaciones; sin conflicto armado deberíamos ser capaces de lograr que 123.000 familias que siembran coca vayan a cultivos legales.

Otro de los puntos críticos para su cargo es la protección a líderes sociales.
Es la prioridad número uno. Del 1 de enero a hoy [25 de noviembre] ha habido 112 muertes de líderes sociales acreditadas por un sistema donde cruzamos información con otras instituciones, como Naciones Unidas. Pero eso no puede ser únicamente una discusión de estadística y datos. No es justificable que en un país sin conflicto armado con las Farc se produzcan muertes de líderes sociales o defensores de derechos humanos, entre otras cosas porque lo que sucede cuando termina un conflicto como este es que esos liderazgos sociales permiten construir el tejido base de la sociedad.

En Colombia no es común que un miembro retirado de la fuerza pública termine haciendo parte de un cargo tan visible en un gobierno. ¿En qué momento se dio cuenta de que ser policía era también un oficio político?
Yo tuve una especial predilección por los temas de inteligencia porque, creo que por intuición, entendí que era previsible que el mundo entraría en esta era. Habíamos leído a Alvin Toffler sobre el shock del futuro, las tres olas, y para mí era claro que el conocimiento y la información iban a ser las fuentes del desarrollo, del crecimiento y del poder. Entonces me metí mucho en los temas de inteligencia, eso marcó mi vida y me conectó con el mundo político.

Pero cuando empezó a trabajar en conjunto con los diferentes gobiernos, ¿en algún momento pensó que había tensiones o siempre vio esa relación como algo natural?
Todos los presidentes con los que trabajamos, que fueron seis o siete, siempre fueron personas que tenían el propósito de acertar. Yo nunca conocí un mandatario que quisiera destruir el país o hacerle daño. Además, tengo que decir que ninguno de esos presidentes impartió nunca una orden ilegal, a mí nunca me ordenaron hacer nada ilegal. Por lo tanto, me resultaba fácil trabajar con los gobiernos. Claro, unos estaban más cerca que otros, pero nunca sentí una presión.

Yo creo en la necesidad de que la política incorpore el valor de la compasión. No como un valor de la religión, sino como la necesidad de ponerse al lado del otro para salir de los problemas.

Defina con una anécdota su relación con Juan Manuel Santos.
El día que se produjo el rescate de Íngrid Betancourt. Esa operación fue un mérito exclusivo del ejército nacional y los otros comandantes de fuerza no teníamos ni idea. Entonces Santos, que era ministro de Defensa, me llama al despacho como a las once de la mañana y me dice: “Naranjo, léase este documento”. Era un comunicado de prensa que daba cuenta de la liberación de Íngrid y de los secuestrados, pero yo no entendí: “¿Y esto qué es?”. Entonces me dijo: “A la una de la tarde probablemente se va a dar este resultado”. Ese es el presidente: siempre anticipándose a los hechos, siempre sereno… Eso también me impresiona de él: nunca le he escuchado una mala expresión; a todos se nos sale de vez en cuando, pero a él, en todos los años que lo conozco, nunca se la he escuchado.

Y defina, en otra anécdota, su relación con Álvaro Uribe.
Bueno, cuando se produjo la situación de mi hermano [que fue capturado por narcotráfico en Alemania]. Yo llamé al presidente y le dije: “Aquí ha pasado esto y yo entiendo que es un problema serio”. Y el presidente, con esa sabiduría popular que él tiene, me dijo: “Los dedos de la mano no son todos iguales. ¿Qué piensa hacer?”. Le dije: “Voy a informarle al país esto ya mismo”. Y me dijo: “Hágalo”. Francamente noté que había una comprensión de que yo no tenía una responsabilidad específica por la conducta de mi hermano y en ese momento me pareció una actitud de justicia.

¿Cómo reacciona a los momentos de tensión? ¿Pide consejo?
Trato de ser sereno. No quiero decir que no tenga momentos en los que haya angustia, pero procuro, en el primer momento, estar aislado para entender qué es lo que está pasando. Después me gusta apoyarme en el concepto de personas jóvenes: es una mirada mucho más fresca, más audaz y no convencional. Acá en la vicepresidencia somos pocos los mayores, el promedio de edad es de 30, máximo 35 años.

Después de su retiro de la Policía, usted se fue a México como asesor de seguridad de Enrique Peña Nieto. ¿Cómo se enteró de que lo habían recomendado para ese cargo?
Estábamos en la Cumbre de las Américas y por la vía de personas que me conocen, algunos académicos, otros empresarios mexicanos, apareció esta opción. Yo venía hablando esa posibilidad particularmente con personas cercanas a la campaña del presidente Peña Nieto, entonces cuando eso se concretó realmente no fue una sorpresa.

¿Cuál fue el reto más grande que usted tuvo en México?
Pues, francamente, lo que noté es que es una sociedad muy activa, con una participación vigorosa y fuerte y un nacionalismo que a veces resulta difícil de entender. Lo que más me preocupó fue, frente a ese sentimiento nacionalista, llegar como colombiano a decir: “Voy a dar algunas recomendaciones”. Eso chocaba en muchos casos con sectores de opinión, pero se logró superar eso con respeto, con tacto.

¿Recuerda algún choque específico?
Sí, recuerdo a unos políticos del PRD en un debate en el Congreso, después de una declaración mía a la prensa en donde yo hice una invitación a que se abandonara la polarización con el fin de conformar una política de Estado frente al delito. Ellos dijeron que yo estaba participando en política y que me podían aplicar un artículo constitucional para expulsarme del país. Eso fue a los pocos días de haber llegado. Pero después, durante casi dos años, hubo cosas sorprendentes: yo terminé, por ejemplo, invitado por el periódico El Universal a hacer parte del consejo editorial ciudadano. Nos reuníamos todos los lunes.

¿Cuál fue el mejor consejo que les dio a los mexicanos?

Encontré mucha aceptación cuando propuse que se siguiera avanzando en un sistema de mando único para la policía, porque 2.400 cuerpos son inviables. Ahí noté que me dieron la razón. Y también me dieron la razón en el tema de que tocaba mover el discurso que no estuviera basado en la guerra contra las drogas y en la necesidad de dignificar más a los ciudadanos de cara a la participación en temas de seguridad.

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El vicepresidente, Óscar Naranjo.

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Ricardo Pinzón / Revista BOCAS

Hace ya cinco años se retiró de la Policía. ¿Qué es lo que más extraña hoy de esa profesión?
Pues, primero que todo, mi contacto con los policías, porque me atrevo a decir que yo quiero mucho a quien dedica su vida a servir en una profesión tan difícil, tan desagradecida, tan incomprendida tantas veces. Y, por otro lado, la oportunidad que da la policía de estar en los momentos más dramáticos de la gente: los médicos, los policías y los bomberos son las personas a las que la gente llama cuando hay una emergencia, cuando están frente a la muerte, entonces estar en ese momento crítico, decir “podemos salvar a alguien” realmente produce mucha alegría.

Entonces podríamos decir que extraña esa adrenalina…
Más la satisfacción de cuando uno llega a tiempo y salva a alguien. Cuando uno llega en el momento en el que todo es irreparable… Eso no se olvida tan fácil.

¿Qué significó para usted ser policía en una época tan dura para el país, como las décadas de 1980 y 1990?

Primero, un nivel de impotencia grande: era un momento en que la fortaleza terrorista de Pablo Escobar era tan demoledora que yo sentía que había una impotencia del Estado para controlarla. Asistir a tantas exequias, ver cómo en Medellín mataron a más de 500 policías en un año, me produjo un dolor enorme. Para mí fueron años en los que mi familia tuvo que estar resguardada, estuve muy ausente de mi casa y mis hijas eran chiquitas. Por eso quiero tanto a Claudia, mi esposa: ella soportó eso y nunca me reprochó no estar en casa. Hoy lo recordamos como algo que nos formó mucho, pero también con mucha tristeza porque perdimos amigos en esa confrontación.

¿Estuvo cerca de las víctimas en ese momento?
Pues francamente no había tiempo para eso. Mire: el conflicto y esa guerra terrorista deshumanizó mucho al país. Ni siquiera había tiempo para atender a las víctimas: uno iba a las exequias de los policías y salía corriendo. Luego, cuando fui director de la Policía –en esa época mataban menos policías, pero igual mataban muchos– ahí sí iba a muchas exequias. Pero cuando miro hacia atrás creo que me siento orgulloso de ejercer una dirección basada en el humanismo, en la sensibilidad por la gente. Hoy, seis años después de retirado, todavía me llaman familiares de oficiales secuestrados por las Farc, porque mientras estuvieron en cautiverio me volqué mucho a sus familias para atenderlas.

Quiero pedirle que recuerde tres anécdotas de operaciones que marcaron su carrera. La primera es la de la captura de Rodrigo Granda.

Pues en esa operación yo aparezco al final, dando la información pública, pero no fue planeada por mí ni ejecutada por mis hombres. Esa operación fue ejecutada por personal de inteligencia de la policía, pero como yo estaba en la Dijin a mí me tocaba judicializar ese caso. Fue un momento muy duro porque Granda, muy convencido de ser un rebelde en armas, lo único que hizo fue repetir arengas y decir que había sido secuestrado por la policía en Venezuela. A mí no me quedaba más remedio que aparecer en la rueda de prensa con él, pero él me gritó todo el tiempo.

Y se lo dijo en La Habana…
Cuando llegué a La Habana el momento más duro fue el contacto inicial con ellos. Cuando los saludé a todos, fueron muy respetuosos y Granda me extendió la mano y me dijo: “Lo estoy saludando a pesar de que usted me secuestró en Caracas”, porque él está convencido de que yo dirigí esa operación. Y yo le dije: “No, no. Nosotros lo capturamos en Caracas”. Lo importante de eso es que son temas del pasado. Francamente yo estoy convencido de que hay una transformación de un grupo alzado en armas que recurrió a modalidades del terrorismo y que hoy está pensando en política, en sanar esas heridas.

La segunda es el golpe a Raúl Reyes.
Esa operación la comenzó mi antecesor y siempre he dicho que el gran mérito lo tiene él, el general Castro. Cuando yo llego a la operación, encuentro esas operaciones en marcha y solo en el quinto intento se produjo el resultado final. Pero el mérito verdadero es de la inteligencia de la policía y del grupo operacional de comandos, donde había una combinación de fuerzas militares y policía.

¿Qué es lo que más recuerda de esa operación?

La angustia. Después de que se produce el bombardeo y entran los comandos al campamento, simultáneamente cincuenta “jungla” de la policía avanzaban caminando para llegar. Cuando se produce el incidente con Ecuador y mis hombres tienen que salir, duran 18 horas en una caminata eterna hasta volver a territorio colombiano. Yo estaba acá en Bogotá, en una sala de comando y control en un centro de operaciones. Sufrí mucho pensando que podrían enfrentarse a ser capturados.

La tercera es la persecución a los hermanos Rodríguez Orejuela, en Cali.
Esas operaciones fueron el resultado de inteligencia pura y sofisticada en donde los protagonistas, que fueron líderes y tienen el mérito, son el general Serrano y el coronel Barragán. Yo acompañaba los procesos y mi participación ahí era la de revisar y proponer estrategias para cerrarle el espacio a la organización. Yo vivo admirado de la capacidad de las mujeres en las tareas de infiltración y vigilancia. Hace por ahí un año me encontré con la policía que a través de la identificación del aroma del perfume que usaba Miguel Rodríguez supo a qué edificio había entrado: ella sabía que ese señor usaba Santos, de Cartier, porque cada vez que ingresábamos a los apartamentos, la ropa del señor estaba penetrada con ese aroma.

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Ricardo Pinzón / Revista BOCAS

Usted fue jugador juvenil de voleibol. ¿Todavía tiene esa vena deportista?
No, abandoné el voleibol. Y debo decir que tengo dos grandes defectos. El primero es que mi preparación física y la disciplina por el deporte se desvanecieron. Y el segundo es que soy una especie de dinosaurio que nunca aprendió a hablar inglés. Esas dos cosas me mortifican porque yo creo que mi vida es una vida disciplinada, trato de superarme cada día, pero siento que no fui capaz con el inglés. Y con el deporte igual: el dilema entre el deporte, el trabajo y la casa es alto, entonces siempre tengo que escoger entre estar con Claudia o irme a jugar tenis.

¿Quiénes son sus amigos?
Debo decirle que extraño a mi gran amigo, que es mi papá. Yo tengo una tendencia a guardar silencio. Mi vida pública puede ser una vida muy elocuente: hablo mucho durante el día, me encanta estar en conferencias y en reuniones con gente de las comunidades, pero en mi vida personal me refugio en el silencio. Para los amigos y las personas cercanas a uno, eso no es fácil, pero con mi padre, en cambio, compartíamos esa posibilidad de estar en silencio. Por eso yo digo que mi amigo fue mi papá. Hay muchas personas que me conocen, que me quieren, pero yo no tengo grandes dependencias de nadie. Lo otro es que me refugio mucho en mis tres mujeres: Claudia y mis dos hijas son el contraste. A mí me gusta decir que yo nunca vi un partido de fútbol en televisión porque estaba jugando a las Barbies con mis hijas.

¿Qué hace hoy apenas llega a su casa?
Lo primero es que llego y descanso actualizándome con lo que pasó en la casa. La crítica que me hacen Claudia y mis hijas es: “Siempre estás como de visita”, entonces me dicen: “Ven, hagamos visita y te contamos todo lo que ha pasado”. Escuchándolas descanso mucho. Por otro lado, trato de escuchar algo de música, pero soy muy inculto en el tema de la música, entonces soy como una especie de todoterreno que escucha cualquier cosa. No tengo grandes predilecciones por nada, pero me refugio en dos o tres artistas y con eso tengo: me gusta mucho oír a Phil Collins, me gusta mucho oír a Maná… Y me molestan mucho mis amigos y mi familia diciendo: “¡No oiga eso, oiga otra cosa!”.

¿Cuál de Maná?
Todo, todo [risas]. Me gusta mucho “No ha parado de llover”.

¿Qué es lo que más le emociona de ser vicepresidente?

Estar en las regiones y conversar con la gente. Del 30 de marzo a hoy hemos completado 69 viajes fuera de Bogotá, eso significa haber visitado ya 22 departamentos y 36 municipios. Hay sitios donde hemos ido seis o siete veces… Eso es lo que más disfruto. Normalmente ese es el aliciente más grande para un funcionario público, estar con la gente. A veces vuelvo de los viajes con mucha angustia de ver tantas necesidades, pero llego feliz de escuchar el testimonio de la gente. Las mejores frases que yo he escuchado en mi vida no las he leído de grandes autores, sino que han estado en la sabiduría popular de la Colombia profunda.

¿Recuerda alguna?
Hace poco me impresionó una líder del Consejo Comunitario de Alto Mira y Frontera. Me dijo: “Durante el conflicto estábamos condenados a morir en vida, pero teníamos varias cosas claras: que había una guerra entre el ejército y la guerrilla. Ahora hay paz y no estamos condenados, pero la libertad todavía no nos llega”. Son cosas realmente profundas, cosas que no diría ningún politólogo.

¿Le asusta que hagan trizas la paz?
No me asusta, me aterra. Y creo que es imposible que lo hagan.

¿Dónde se ve usted de aquí a cinco años? ¿Política? ¿Academia?
No, francamente no me veo ya en el servicio público. Creo que después de una experiencia tan larga como esta, porque son cuarenta años de servicio, algo hay que dejar como aprendizaje. Creo que estaré concentrado en reflexionar sobre temas que a mí me preocupan en la administración pública: ¿Cuál es el sistema decisional que usamos? Creo que las decisiones que se toman en el interior de las instituciones muchas veces no corresponden a un sistema nítido. Creo también que las lecciones grandes que me dejó haber participado en el proceso de La Habana debería concretarlas como lecciones de negociación.

¿Y ya sabe por quién va a votar?
¡Tengo que reservarme esa declaración para que no me acusen de participar en política!

JOSÉ AGUSTÍN JARAMILLO
FOTOGRAFÍA: RICARDO PINZÓN
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 70 - DICIEMBRE 2017

BOCAS 70 - Naranjo

Los pasos del vicepresidente
Entrevista con Óscar Naranjo

Por José Agustín Jaramillo
Fotografía Ricardo Pinzón

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