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'Yo no le pido a Dios para ganar, eso lo tiene que hacer usted': Urán

En 2013, el ciclista Rigoberto Urán le dio esta entrevista a la revista BOCAS.

Rigoberto Urán - BOCAS

Rigoberto Urán en 2013, cuando pedaleaba para el equipo Sky.

Foto:

Juan Fernando Ospina / Revista BOCAS

26 de julio 2017 , 11:01 a.m.

Esta entrevista fue publicada en la edición 21 de la revista BOCAS, en julio de 2013.

Fue un niño asmático. A sus seis, siete y ocho años, al borde del ahogo, tenía que correr cada quince días al hospital en busca de oxígeno.

Según la medicina oriental, una de las raíces del asma tiene que ver con la sobreprotección de los padres hacia sus hijos. En el caso de Rigoberto –“un peladito inquieto, molestón y hasta peleón”, como él mismo se recuerda–, su asfixia pudo haber tenido causa en el profundo apego hacia su viejo, su ídolo y mejor amigo. Pero esa es tan solo una teoría.

Lo cierto es que “Rigo” quiso hacer todas las cosas que su papá hacía: correr en la “bici”, que era su hobby, y trabajar en la calle, que era su sustento. Y arrancó por lo segundo.

Por cuenta de su necedad, que hizo que lo echaran de varios colegios, trabajó desde niño en una especie de vacaciones obligadas. A los diez años se fue con su tío en una chiva –que en Antioquia es conocida como “escalera”– a recoger leche por las veredas de Urrao, Antioquia. A los once, en la fonda de su tía, se puso en la tarea de recolectar centenares de botellas de aguardiente vacías que le compraban a 50 pesos. “Y me empezó a gustar la plata”, corrobora.

Rigoberto Urán - BOCAS

Rigoberto Urán en 2017

Foto:

Cannondale-Drapac.

Hasta que un día don Rigoberto le dijo: “No señor. Usted necesita estudiar. Usted va por mal camino. Si quiere trabajar, que sea al lado mío. Pero eso sí, a estudiar”. Entonces Rigoberto Jr., a los trece, arrancó a vender chance con su papá. Por las mañanas estudiaba y por las tardes, de la mano de su papá, se iba a visitar a la clientela de la fortuna, puerta a puerta, por cada uno de los rincones de su pueblo. Los viernes, sábados y domingos, salían juntos a montar bicicleta por las montañas del suroeste antioqueño. Entonces el asma dijo adiós.

Pero un día, cuando el adolescente apenas tenía catorce años, la escabrosa violencia nacional le arrebató a su papá. Así comenzó una historia de elocuente superación.

¿Cómo fue la muerte de don Rigoberto?
Urrao era un municipio muy golpeado por grupos alzados en armas. Paramilitares, guerrilleros, en fin. Vivíamos en una guerra en la que murió mucha gente inocente, gente trabajadora. En una de esas, en agosto de 2001, murió mi padre. Una mañana salió a entrenar en su “bici”, había un retén ilegal en la carretera, se lo llevaron y luego lo asesinaron.

¿Qué pasó?
Lo que se dice es que fueron tres los asesinados. Los paramilitares se llevaron a los retenidos para que ayudaran a robarse un ganado de una finca y luego los asesinaron.

¿Esa es la conclusión a la que llegaron?
Sí, porque mi padre no tenía problemas en Urrao. Él era una persona a la que conocía todo el mundo. No debía, sólo trabajaba. Esa fue la versión que nos dio la gente de la zona.

¿Fue así como le tocó reemplazar la figura de su papá en la casa?
Fue muy duro porque yo era muy apegado a mi papá. Seguí trabajando porque el chance funcionaba. Lo hice hasta 2002.

Entonces vino la bicicleta...
Yo ya estaba montando bicicleta. De hecho, mi viejo me inició y a los tres meses murió. Pero sí, me aferré a la “bici”.

¿Cuál fue su primer equipo?
El Club Urrao de Bicicletas. Yo seguí estudiando, entrenando y vendiendo chance. Las cosas se dieron muy fácilmente. Todo salió muy rápido y se logró lo que quería. A los cuatro años ya estaba en Europa.

¿Cuándo se dio cuenta de que tenía madera de ciclista?
Yo gané la primera carrera que tuve. Sin uniforme y en una bicicleta que me dio mi tío. Les gané a todos de una.

¿Cómo llegó al equipo Orgullo Paisa?
En San Rafael, Antioquia, había una clasificación para ir a la Vuelta a Colombia de “pelados” de catorce a quince años. Yo clasifiqué sin problema y ahí me cogieron inmediatamente para el Orgullo Paisa.

¿Y así pudo sostener su casa?
Sí, de hecho todavía la sigo sosteniendo. Yo les dije: “si quieren que vaya al Orgullo Paisa, pues me tienen que pagar”. Pero fue complicado.

¿Por qué?
Porque dije: “¿Y ahora cómo trabajo, estudio y entreno en serio? ¿Cómo voy a hacer tareas?”. Recuerdo que yo tenía una compañera que me ayudaba a hacer los trabajos. Yo le daba una platica y, por supuesto, cuando llegábamos a las evaluaciones, yo perdía todo…

¿Terminó el bachillerato?
Con dificultad acabé en Jardín, Antioquia. Allá hicieron una escuela que se llamaba el Cede, a la que llevaron varios deportistas. Entre esos estaba Carlos Betancur. Él estaba empezando y yo ya tenía mucha experiencia en el ciclismo, ya había ganado siete medallas nacionales y otras cinco en los juegos panamericanos juveniles.

Profesional desde joven…
Terminé mis estudios y me lancé al profesionalismo. Entonces mi mamá se quedó con el chance.

¿Es cierto que su mamá sufrió (y sufre) de una severa depresión por causa de la muerte de su papá?
Sí. Pero no sólo por lo de mi papá. Parece que ella ha tenido depresión desde siempre y, según veo, tiene periodos en que su enfermedad la afecta mucho. Incluso, cuando yo me tengo que ir para Europa, ella se tensiona demasiado. Mis accidentes también la han jodido de manera exagerada. Todo lo vive muy intenso.

Vos entrás a un túnel y de un momento a otro salís a los Campos Elíseos y ahí están no sé cuántas personas. Eso da una emoción muy berraca”.

Usted se fue a los 19 años a Europa. ¿Cómo fue ese salto?
Yo ya había ido a Europa con la Selección Colombia y todavía tenía 18 cuando el Team Tenax, gracias a una recomendación de Marlon Pérez, me contrató. Entonces llegué a vivir a España con 19 años recién cumplidos.

¿Qué fue eso que, de entrada, lo asombró del primer mundo ciclístico?
Los implementos: las maletas, la ropa y las bicicletas. Para mí fue una sorpresa ver que había bicicletas para entrenar y bicicletas para correr. ¿Ah?

¿Por qué si el equipo era italiano usted terminó en Pamplona?
El equipo tenía sede en Brescia, pero allá lo dejan a uno decidir dónde vivir. Así que fui a una casa en Pamplona (España), que ya era el “llegadero” de los colombianos. Allá hemos vivido, en diferentes temporadas, Marlon Pérez, Mauricio Soler y Mauricio Ardila. Hoy están Carlos Ospina, Sergio Luis Henao y Nairo Quintana. Es que es un buen lugar para entrenar.

Por cierto, ¿visitó a Mauricio Soler en Pamplona luego de su accidente?
Sí, claro. En la clínica de Pamplona. Me dio duro como un putas. Ver a uno de los nuestros en la cama, totalmente jodido, ¡nooooo…! Pensar que, como él, podría estar uno.

Y usted tuvo un inicio en Europa muy accidentado. ¿Es cierto que casi se devuelve por una lesión?
Cuando yo llegué, hice apenas dos carreras en Bélgica. En la tercera, me caí, perdí el conocimiento y me fracturé la clavícula. Entonces me operaron y me mandaron para Italia, a descansar. Ahí fue cuando llegué a una casa de familia muy querida que le dio mucho pesar verme así: bien “peladito”, sin el idioma y fracturado.

Y ahí nace esa impresionante historia de amor que ha sido su segunda familia en Italia.
El día que llegué me estaban esperando en el aeropuerto. Como yo no podía hacer nada, por la fractura, ellos se ocuparon de mí con mucho cariño. Me hacían todo.

¿Quiénes son?
Beppe, hoy de 53 años, y Melania, hoy de 47. Yo ya puedo decir que son mis otros papás. Cuando llegué, como yo no entrenaba, él me propuso que lo acompañara a andar a todas esas partes en el norte de Italia donde hacía las entregas de bolsos que fabricaba su empresa: Milán, Bérgamo, etc. Luego, cuando empecé a entrenar, ella me dejaba la comida hecha. Ellos vivían en el segundo piso y yo en el primero, pero cada vez, de una manera muy respetuosa, los límites se perdieron.

¿Fue a fuerza de esa relación que empezó a hablar italiano?
Claro. Ellos me ensañaron el idioma despacio, en la casa.

De uno a cien, ¿qué tan bien lo habla?
Hablarlo y leerlo, 100… ya está dominado. Falta escribirlo bien.

Volvamos a ellos. ¿Cuándo se dio cuenta de que tenía nuevos papás?
Al año siguiente pasé al Unibet.com, un equipo sueco. Pregunté si podía seguir viviendo en Brescia y aceptaron. Entonces Beppe y Melania empezaron a ir a mis carreras. Cuando yo gané la primera carrera en Europa, una etapa en la vuelta a Suiza, ellos estuvieron allá, felices. Mis triunfos eran suyos. Luego de que terminó la prueba en Suiza, nos devolvimos para Italia en carro, por los Alpes. Entonces sentí que hacia parte de una familia.

¿No tienen hijos?
No.

Entró en la vida de ellos como el hijo que no tuvieron. ¿Cree en el destino?
Sí, fue el destino. Pero no he contado lo más increíble. Cuando vino la vuelta a Alemania de 2007, ellos me llevaron al aeropuerto de Verona, que está a 50 kilómetros de la casa y me dijeron: “apenas terminés, nos vamos a pasear por toda Alemania en el carro. Allá nos vemos”. Sacaron sus vacaciones de agosto para pasear conmigo. Pero en la cuarta etapa me rompí la madre, por inexperto. En una curva seguí derecho, choqué contra unas piedras y ahí fue donde me jodí los codos, la muñeca y el cuello.

Rigoberto Urán - BOCAS

Rigoberto Urán en 2013.

Foto:

Juan Fernando Ospina / Revista BOCAS

Las noticias que llegaron a Colombia es que casi se mata…
Fractura en la muñeca. El hueso del codo izquierdo se me pulverizó. El derecho, ni hablar. En ambos tengo cicatrices inmensas. Y también sufrí una ‘microfractura’ en el área cervical, muy delicada.

¿Usted está repleto de cicatrices?
Así es este deporte. Y arriesgado que he sido. A los ocho años, en patines, me abrí la quijada contra una acera. Luego, a los 17, con la Selección Colombia, en un “entreno”, me aporreé en la cara horrible. Estábamos lejos del hospital, como a veinte kilómetros, y un amigo, “El Cholo”, lo único que hizo fue coger pasto, masticarlo y me lo puso ahí. Llegué al hospital y me regañaron por la curación. Ahí quedó esa cicatriz. En 2010, en Urrao, bajando en una curva, me encontré con una cancha de fútbol y unos niños. Por no pisarlos, frené y la bicicleta me botó por encima. Y caí en la clavícula jodida. El hueso no se me partió en el mismo lugar, pero sí tuvieron que ponerme otra platina. Y vuelva a la clínica. En 2012 en Bélgica, me abrí la rodilla derecha. Después, entrenando para el Giro, otra caída sobre la misma rodilla –se me abrió en el mismo lugar–. El hueso se me salió un poco. Esto es así.

Volvamos a la historia de Beppo y Melania en Alemania…
Cuando llegaron a Alemania, se fueron directo al hospital. Yo me desperté y vi que Melania dormía conmigo en el hospital. Beppo, por su parte, encontró hospedaje al lado de la clínica. Así que las vacaciones de ellos las pasaron en un hospital en Alemania. Allá me alcanzaron a decir que podía no volver a montar en bicicleta. Ellos fueron mi soporte y sus palabras fueron el mejor aliento. Volvimos a Italia y yo iba con los dos brazos enyesados y un cuello ortopédico. Ellos me llevaban al baño, me daban la comida, me vestían... Yo por eso hice mi recuperación con tanta fuerza. Y volví.

El equipo Caisse d'Epargne se la jugó por usted, aún sin saber que volvía a estar bien del todo, ¿no?
Sí, me firmaron y ahí sí empezó mi carrera en ascenso. Estuve dos años cogiendo toda la experiencia posible. En 2008 quedé de segundo en la Vuelta a Cataluña, quinto en Romandía, dos etapas de segundo en la Vuelta Alemania y me llevaron a los Olímpicos de Beijing, a trabajar por Santiago Botero.

¿Es verdad que en Beijing se perdieron con José Serpa?
Con Serpa nos quedamos diez días más viendo las olimpiadas; viviendo en la Villa, viendo los eventos, comiendo bien, tranquilos, como dos turistas. Pero eso sí, salíamos a entrenar. Un día nos cogió un aguacero en la carretera que, creo, inundó la China entera. Serpa y yo buscamos la manera de volver, pero nos perdimos. Luego en una casa de montaña, de campesinos, una señora nos ofreció un caldo más raro que el carajo. Igual nos reímos mucho. Una patrulla de la policía nos vio y nosotros creímos que nos iban a llevar a la Villa, pero qué va. El cuento es que salimos como las cinco de la mañana y volvimos como las seis de la tarde a la Villa Olímpica. Tremenda carrera en China.

En 2009 debutó en el Tour de Francia con el Caisse d'Epargne, toda una sorpresa. ¿O no?
Xabier Zandio tenía un problema de rodilla, entonces no hizo el Tour. Y Alejandro Valverde, tampoco. Entonces me dijeron: “Vaya al Tour para que aprenda”.

¿Cuál fue la gran lección del primer Tour?
El nivel. Todo el mundo va súper fuerte, sea en llano o en subida. Después, la afición: la gente arma el camping, la cama y la cocina, y espera ver pasar una contrarreloj. Lo viven de una manera hermosa. Después, correr al lado de Armstrong y pensar: “Este güevón se ha ganado ya siete veces el Tour de Francia, ¡ah!”. Yo pensé: “estuviste a su lado, ¡qué bacano!”. Y eso le da moral a uno. Y por último, terminar la prueba y llegar a París. Vos entrás a un túnel y de un momento a otro salís a los Campos Elíseos y ahí están no sé cuántas personas. Eso da una emoción muy berraca. Yo me dije: “terminaste el Tour de Francia, no importa si quedaste de 100, a dos o tres horas, lo importante es que estuviste en el Tour”.

Después, en 2010, vino su primer Giro de Italia. Usted perdió 15 minutos el primer día. ¿Qué pasó?
Entrené bien, hice todo bien y me cogió una alergia respiratoria. Me sentí muy mal en todo sentido. Esto es muy mental, también.

Y en 2010 también debuta en la vuelta a España. Y de nuevo con accidente…
Fue increíble porque salí de la clínica después de mi accidente en Urrao y me recuperé súper bien. En la Vuelta a España iba lo más de bien, entre los diez primeros, hasta que hubo una caída en la que me involucré y ahí perdí todo… Esto es una suerte.

Y en 2011 se viene la propuesta de Sky. ¿Qué significó llegar al primer equipo del mundo?
Me buscaron porque necesitaban un escalador. Nos fuimos con Xabier Zandio. Ahí empezó todo mi crecimiento. Todo un ascenso físico y mental. No gané carreras, pero estuve siempre muy bien, muy fuerte.

En su segundo Tour de Francia, en 2011, tuvo la camiseta blanca, pero la perdió al final. ¿Qué sucedió?
Yo iba entre los diez primeros, pero me dio una gripa. Y si es duro aliviado, ¿cómo será agripado? Imagínese con las defensas bajas, sin fuerzas, correr 200 kilómetros durante cinco horas.

Urán BOCAS

Rigoberto Urán en 2013.

Foto:

Juan Fernando Ospina / Revista BOCAS

Todo parece indicar que en los Olímpicos de Londres 2012, Henao, Duarte y usted iban más a participar que a buscar una medalla. ¿Fue así?
Nosotros no teníamos equipo para ganar. Era una carrera llana y no había nada qué hacer. Estábamos con los grandes sprints del mundo. Cavendish era el gran favorito, en su ciudad, con todo a favor. Era un circuito diseñado para él.

Y los británicos iban por la de oro…
Atacaron mucho, todo el tiempo. Ellos eran cinco y nosotros tres porque, por tiempos, Colombia sólo logró ubicar tres corredores en el ranking. El caso es que adelante atacaron, el grupo se partió y yo le dije a Sergio: “Nos tenemos que mover”. Entonces arrancó Sergio y conectó. Luego arranqué yo y se formó un grupo de 23, 24 corredores, adelante. Y nos miramos todos y comenzamos a trabajar juntos. Iban tres españoles, tres de Suiza, toda gente importante. Estaban Vinokourov, Gilbert y Cavendish. Y esa gente se clavó a darle duro. Juro que no fue decisión nuestra. Nosotros solo nos metimos ahí a la rueda, incluso nunca dimos un relevo. Y Sergio me dijo: “¿qué hacemos?”. Yo le respondí: “Acá hay que esperar porque no tenemos nada que hacer, antes ya hemos hecho mucho. Acá va gente muy rápida, güevón”. Entonces, cuando faltan diez kilómetros, me dio por atacar…

¿Por qué decidió atacar? ¿Qué lo inspiró?
No sé. Ni lo pensé. Me paré y arranqué decidido. Me dio por atacar y ataqué muy fuerte. Y justo atacaba yo por un lado, cuando, por el otro, atacaba Vinokourov. Y nos juntamos los dos y empezamos a dar los relevos. O sea, los dos muy decididos, a tope, a tope, a tope. Y son diez kilómetros, nueve, ocho, siete…

¿Usted alcanzó a pensar “me gané la medalla de oro”?
No, porque ahí uno no sabe nada. Ahí se corre sin radio y veía al pelotón ahí atracito. A nueve u ocho segundos. No era nada.

¿Y habló con Vinokourov? ¿Pactaron una estrategia?
No. Pareció que nos hablábamos, pero no. Sí nos entendimos muy bien, porque sabíamos que debíamos llegar adelante, fuera como fuera, porque si nos cogían, nos quedábamos sin nada. Recordé cuántas carreras he visto que se pierden en el último kilómetro y, en efecto, el grupo de atrás nos traía a tiro de escopeta. Cuando faltaba un kilómetro dije: “¡Ay jueputa, aquí hay una medalla olímpica y sin siquiera pensarla… ¡Ayyyyyy, papá!”. Así que, cuando llegamos a los 400 metros, empezamos a “esprintar”. Cuando yo miro hacia atrás, me arrancó Vinokourov por el otro lado y, cuando volví a arrancar, la fuerza ya no me daba. Yo simplemente seguí “esprintando”, pero la distancia que él me sacó fue suficiente para ganar. Nunca sentí perder porque sólo sentí dicha: una medalla de plata para Colombia en una olimpiada que no teníamos ni el mínimo pensamiento, nadie, pero nadie…

¿En qué momento entendió la importancia de una medalla olímpica?
Uno llega muy cansado y no se da cuenta de nada. Incluso en el Podium no sentí mucho. La verdad, a mí me dio el sentimiento en el hotel. Después de que me duché, cuando vi la medalla en la cama, entendí.

Un mes después vino la Vuelta a España. Usted llegó de 29, que es muy buen puesto.
No. Uno ser el 29 en una vuelta de esas no importa. Tiene lógica si quedás entre los 10 primeros. En esa vuelta trabajé para Froome, que quedó de cuarto.

Vamos al Giro 2013, su figuración más importante. La prensa colombiana dijo que si usted hubiese salido de capo de su equipo, la hubiese ganado. ¿O eso es demasiado folclor?
Yo soy muy realista. Quien ganó, Vincenzo Nibali, estaba muy fuerte. Aquí a la gente le gusta opinar y es libre de opinar, pero en ese momento no había quién le ganara a Nibali.

Este Giro tuvo nieve y bajísimas temperaturas. ¿Le había tocado una competencia así?
No, nunca. Llegamos a los menos catorce grados en los puertos de montaña. En la etapa que cancelaron había diez metros de nieve, imposible hacerla.

¿Es conciente que la famosa etapa que terminó en Tres Cruces, con tres colombianos adelante, Duarte, “el Bananito” Betancur y usted, volvió a despertar el patriotismo ciclístico?
A mí la verdad me dio mucho coraje ver a quince güevones colombianos allá dando la batalla. Ese día fue muy impresionante porque mi objetivo era sacarle diez segundos a Cadel Evans, para quedar segundo en la general; y el de Carlos Betancur era sacarle dos segundos al polaco, para ir por la camiseta blanca. Cuando todo se nos dio en el Giro, yo vi que estaba vivo otra vez el ciclismo colombiano. Era volver a decirles: ¡Ojo que aquí estamos nosotros! ¡Ojo que volvemos a tener voz y voto!

¿Hablaron eso con “el Bananito” Betancur?
Claro. Nos comentábamos que ya éramos parte de la élite, que ya estábamos metidos y que no era uno solo, que éramos varios con un equipo y todo, que ya podíamos hacer daño en serio.

La imagen final de esa etapa es épica. Los ciclistas llegaban helados, al borde del colapso…
Esa carpa final, a 2.200 metros, parecía una clínica: todo el mundo tosía, todos se quejaban, a todos les dolía el pecho y las piernas, todos congelados… Como una escena de guerra.Como hacía tanto frío, los que llegábamos nos metíamos a los carros de los equipos y poníamos la calefacción. Y esperábamos ahí porque arriba no hay dónde meterse. Todos los buses de los equipos estaban diez kilómetros abajo. Brava esa etapa.

Úrán BOCAS

Rigoberto Urán en 2013

Foto:

Juan Fernando Ospina / Revista BOCAS

Urán, Henao, Betancur y Quintana. ¿Da para soñar en grande?
En esa lista, muy seguramente, estará el ganador de una carrera de tres semanas. Incluso del Tour. Estamos muy cerca. Hablo de tres o cuatro añitos… Henao ya está, Nairo es impresionante y Carlos Betancur está bien, pero le falta todavía mejorar mucho en la “crono”. Y lo va a lograr. Es un ‘man’ muy entregado.

Todo parece indicar que el podio, al final de la competencia, lo disfrutó mucho más porque el Giro terminó en su Brescia, la ciudad de sus papás italianos.
Por supuesto. Celebré en mi casa, en Brescia, con mi familia y mis amigos. Fue el destino, porque yo no iba a correr el Giro sino el Tour de Francia. Yo le dediqué ese segundo lugar a Melania y a Beppe y les dejé el trofeo en la casa. Allá está.

¿Es cierto que Beppe y Melania vienen a Colombia?
Han venido tres veces a Colombia. Incluso a Urrao. Les encanta. Después mi mamá también estuvo allá con ellos. Es mi familia.

¿Cómo es la vida en Sky, el equipo más sofisticado del mundo? ¿Qué lo impresiona?
Que el trabajó es impresionante. Por ejemplo, el simple hecho de llevar el colchón, las almohadas y las sábanas de cada corredor en un Giro de Italia, eso ya es mucho, ¿o no? Incluso ponen unos purificadores para limpiar las habitaciones, para que uno no vaya a coger ningún virus. Entonces llegan unos "manes" antes que uno y en los hoteles quitan los tendidos, los colchones, las almohadas y las reemplazan. ¿Ah?

¿Es cierto que la comida es de alto turmequé, con chef de alta cocina?

No sé si de alta cocina, pero el chef todos los días me hace un omelette de cinco huevos, con jamón y queso que me encanta. Pero esas güevonadas lo van volviendo a uno muy mimado. Uno de “pelado” qué problemas iba a tener de almohada, ni nada de eso. Ahora que me duele acá, que me duele allá… Yo no sé, hay veces pienso en toda la pobreza que tenemos en Colombia y me da cosa joder por una sábana.

¿Qué tanto lo monitorea Sky cuando viene a Colombia?
Todo el tiempo. Yo voy todos los días al entreno con un aparatito que se llama SRM y que me marca todo: el cardio, la potencia, la velocidad… Por la tarde, los ochos entrenadores analizan mi información y me dicen: “vemos que está un poco cansado, así que mañana la cadencia y la circulación en el pedaleo debe ser de tanto…”. Estoy súper monitoreado.

¿Qué otro ejercicio o deporte hace?
Gimnasio y natación.

¿Usted es casero?
Muy. Pero me gusta salir, sobre todo en noviembre y más en diciembre. En diciembre soy otra persona. Ahí no paro en la casa.

¿Se permite los tragos?
¡Uffff…! Borracho he llegado muchas veces. Es que uno tiene que vivir todo en esta vida y, en diciembre, salgo con mis amigos a beber y a pasar bueno y a comer de todo… de todo lo que caiga. A vivir la vida como un ser humano más… Luego de vuelta a la bicicleta.

¿Es cierto que colecciona camisas y zapatos?
Tengo más de cien pares de zapatos y, por ahí, unas 300 camisas. Me encantan las camisas y los zapatos italianos.

¿En qué más se gasta la plata?
Paseando, con la familia… Cada vez que puedo voy al mar Caribe, en la arenita, en hotelitos pequeños. ¡Je…!

¿En qué cree?
En un Dios, en los ángeles. Le pido a mi Dios que no me caiga. No pido para ganar, eso lo tiene que hacer usted, papá. Jamás digo: “Dios, ayúdeme a ganar un Tour de Francia, Diosito”. No, güevón, entrene y deje de güevonear tanto…

Se va a vivir a Mónaco, al lado de Falcao y James…
Es que hay tres pelaos del equipo viviendo en Niza y otros cinco en Mónaco. Entonces ahora me toca a mí. Lo de Falcao no me importa. Todos vivimos muy ocupados. Si nos vemos, chévere.

Y Mónaco ayuda con los impuestos, ¿no?
Más allá de eso, lo otro es que yo fui residente en España por tres años y ya no corro para un equipo español. Además, Mónaco es una ciudad donde hace calor todo el año. Yo no quiero aguantar más frío en Italia.

¿Quién es Rigoberto Urán?
Un peladito que le pasó de todo, como cualquier colombiano, y que se superó. Un man “camellador” que monta en bicicleta. Un tipo que depende de una gente, de unos jefes y tiene que ser muy responsable. A mí me dicen “las estadísticas te dan como el siguiente ganador del Tour de Francia”. Pero yo en estadísticas no creo nada. Yo sólo voy a seguir trabajando. Mi futuro es entrenar mañana y prepararme bien. Y saber que viene la Vuelta a España, y hacerla bien.

MAURICIO SILVA GUZMÁN
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 21 - JULIO DE 2013

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