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Fernando de Szyszlo: leyenda de la vanguardia

La revista BOCAS entrevistó a uno de los artistas latinoamericanos más influyentes del siglo XX.

Szyszlo BOCAS

El artista peruano Fernando de Szyszlo

Foto:

Raúl García / Revista BOCAS.

15 de mayo 2017 , 02:11 p.m.

Cuando Fernando de Szyszlo se marchó a París desde su natal Lima –el 19 de agosto de 1949, el mismo día de su matrimonio con su primera esposa, la poeta peruana Blanca Varela–, luego de haber hecho dos años antes su primera exposición en Perú y con la idea de gastar mensualmente noventa dólares (treinta en cigarrillos), ya formaba parte de una vanguardia que marcaría la historia cultural de América Latina.

Entre Perú y París frecuentó a personajes como Emilio Westphalen, Octavio Paz, José María Arguedas, Roberto Matta, Wifredo Lam, Rufino Tamayo, Alejandro Obregón, Jesús Rafael Soto, Monique Fong, Julio Cortázar, Jorge Eduardo Eielson, Jorge Luis Borges, André Breton. En París vio a Faulkner en la calle. También a Pablo Neruda –uno de sus poetas héroes– y lo siguió hasta una librería en la que le preguntó al librero qué buscaba el chileno. Años después le confesó esto al poeta.

Dice que su biblioteca tiene unos seis mil volúmenes (algunas primeras ediciones que lo hacen sentir orgulloso) y es claro cuando habla –pausado, con delicadeza, escuchando con cuidado– que su cabeza está llena de poesía, de literatura y que a la más mínima necesidad puede citar con precisión eventos de la historia de la pintura, fechas de la política peruana y nombres de los protagonistas de ambas. Durante mucho tiempo pensó que iba a ser escritor.

Szyszlo BOCAS

El artista peruano Fernando de Szyszlo.

Foto:

Raúl García / Revista BOCAS.

Su apellido es polaco. Su padre, Vitold de Szyszlo, que le dio la vuelta al mundo dos veces, se dedicaba a escribir libros de viajes y era “lo que antes se llamaba un naturalista”. También hablaba todos los idiomas. “Ruso en el colegio porque el país estaba ocupado por Rusia; polaco con sus amigos; francés con sus padres y luego todo el resto vino solo”. Era silencioso, misógino y melómano. Su madre, María Valdelomar Pinto, hermana del poeta Abraham Valdelomar, era peruana, una persona muy sencilla y provinciana de Ica, al sur de Lima, una zona llena de desiertos, ruinas de cementerios paracas y paisajes precolombinos que tiñeron la infancia del pintor. “Siempre he pensado que la identidad está definitivamente marcada por el sitio donde has vivido la infancia. Eres hijo de tu infancia”, dice en sus memorias, La vida sin dueño.

Su primera pintura la vendió por trescientos soles en una exposición en la Galería Lima. Seis años después, en 1953, vendió uno de sus cuadros a Alfred Barr, legendario director del Museo de Arte Moderno de Nueva York, para la colección privada de Nelson Rockefeller. Ese mismo cuadro, dicen, lo compró luego John Lennon es una subasta de Sotheby’s, pero lo cierto es que ni el mismo De Szyszlo sabe dónde está. Su obra se encuentra en importantes colecciones privadas y de museos como el Museo de Arte Moderno y el Guggenheim de Nueva York, el Museo de Arte de Lima, el Museo de Arte Moderna de Sao Paulo y Museo de Arte Contemporáneo de Arequipa, entre otros. Calcula que ha pintado unos tres mil cuadros, pero que no conoce el paradero de más de cien, y que cuando termina de pintar quiere que el cuadro “se vaya y no vuelva nunca” porque siempre significa una derrota.

Su relación con Blanca Varela fue complicada. Dice que se casaron muy jóvenes y que el carácter artístico de ambos pesaba mucho sobre la relación. Dice que sus poemas de amor son los mejores del continente y que le molesta mucho haberla hecho sufrir. Con ella tuvo dos hijos, Vicente y Lorenzo. Ambos arquitectos. Lorenzo falleció junto con otras 123 personas en 1996, en el que hasta hoy ha sido el accidente más grande de la industria de la aviación comercial peruana. De Szyszlo dice que lo recuerda todos los días y no puede evitar conmoverse hasta las lágrimas cuando habla de él. Para ese entonces ya estaba casado con Liliana Yábar, Lila, su segunda y actual esposa con quien, dice, descubrió el verdadero amor, el que se sabe eterno.

Todos los cuadros han sido una derrota. Me di cuenta finalmente, hará poco, que nunca lo voy a pintar, que toda la maravilla del problema era el desafío de buscarlo.

Cuando niño tuvo en la casa una iguana y un oso perezoso. De adulto ha tenido un sinnúmero de gatos y una pareja de pastores alemanes. Dice que ha mantenido sus costumbres y gustos de toda la vida; que no le gusta comer pulpo ni erizos, pero langosta y camarón sí. Dice que tal vez nunca ha sido capaz de negarse al juego de la seducción. Es desordenado con sus cuentas y no le importa el dinero. Durante cuarenta años fumó tres paquetes de cigarrillos diarios, pero hace treinta lo dejó. Habla de Mario Vargas Llosa como cualquiera lo haría de un gran amigo: con admiración, agradecimiento y muchísimo cariño. En sus memorias confiesa que tiene una lista de todos sus muertos y que “ya van siendo más los que están en ella que los que me rodean”. Fernando de Szyszlo es el último testigo de una época dorada de la cultura latinoamericana.

¿Cómo fue esa primera muestra que hizo en el Perú, en 1947, que significó una ruptura?

Esa exposición representó que me salí del curso de pintura que ya estaba terminando en la Universidad Católica y me puse a hacer pintura contemporánea influida por el cubismo. En 1947 el cubismo en Perú chocaba. Igual la vanguardia. Pero felizmente pasé rápidamente esa época. Descubrí la obra de Tamayo que me ayudó a entender que se puede usar un lenguaje contemporáneo para decir cosas personales. La obra de Mario [Vargas Llosa] es eso. Sobre todo los primeros libros de Mario.

¿Cómo se conocieron ustedes?
Cuando conocí a Mario no había escrito nada todavía. Había escrito un cuento con el que ganó un viaje de Air France a París por quince días. Mario había traducido unos poemas de César Moro, un poeta peruano surrealista, que escribía en francés y antes de irse –hablamos de 1958, Mario tenía 22 años– quiso publicar una plaqueta con sus traducciones y quiso que yo hiciera un grabado. Entonces a un escritor peruano de mi generación, Salazar Bondy, le pidió que lo llevara a mi estudio. Lo llevó, lo conocí y fue muy instantánea la relación.

Amor a primera vista.

Sí, sin duda. Eso ha durado para siempre. Hasta el día de hoy Mario sigue siendo tan generoso conmigo que me quedo impresionado.

Usted tiene una serie de cuadros, “Abolición de la muerte”, basada en un libro de poemas de Emilio Westphalen. ¿Cómo es esa relación entre poesía y pintura?
Emilio era un viejo amigo. De la vanguardia. Emilio nos enseñó tanto. Era de esos hombres que hay en América Latina que ha leído todos los libros, que son buenos poetas, además. Como Octavio Paz, Borges y Emilio. Siempre estuve muy cerca de él. Hizo dos revistas de arte maravillosas, que eran Las Moradas y Amaru. Emilio era tan tímido y yo era tan tímido que nunca me atreví a pedirle permiso para usar el título de su poema. Nunca me lo reprochó, pero hasta ahora me pregunto qué habrá pensado Emilio, que era tan duro, tan tosco. Pero en fin, es una poesía maravillosa. Ese libro es maravilloso. Son unos poemas de amor, para mi gusto de los mejores de América Latina. La poesía de Blanca también era maravillosa, y ha ido ganando importancia, sobre todo su última poesía, que es tan escueta y tan arisca, tan dura.

¿Qué es lo que tiene Perú que da tantos poetas maravillosos? Es tierra de poetas…
Sin duda. La poesía peruana ha existido siempre. No es como la pintura. En el Perú hubo arte precolombino, el arte colonial es bueno, y con la República termina eso y se vuelve colonial la pintura. O sea, con la Independencia el arte se vuelve colonial hasta los indigenistas. Comienza el siglo XX y los indigenistas, de una manera torpe, confunden el tema peruano con el arte peruano. Entonces ellos intentan por primera vez hacer una pintura que no es académica, y ahí se abren las puertas. Pero poesía siempre hubo con los quechuas. Yo hice una serie de cuadros que expuse en Bogotá en el Museo de Arte Moderno, con Marta Traba, sobre un poema quechua que era una elegía a la muerte del inca Atahualpa, supuestamente del siglo XVI. Con esa serie comencé a concretar lo que quería hacer. Por primera vez empecé a vender cuadros, a poder vivir de la pintura. Modestamente, pero a vivir. Ya no hacía otro oficio. Y de ahí, enseguida, a trabajar sin cesar.

Szyszlo BOCAS

Obras de Fernando de Szyszlo.

Foto:

Archivo EL TIEMPO.

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Obras de Fernando de Szyszlo.

Foto:

Archivo EL TIEMPO.

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Obras de Fernando de Szyszlo.

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Archivo EL TIEMPO.

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Obras de Fernando de Szyszlo.

Foto:

Archivo EL TIEMPO.

¿Qué recuerda de esa exposición con Marta Traba?
Mucho. Yo quiero tanto a Marta... Ella hizo tanto por el arte latinoamericano. Yo siempre decía: “Marta ha inventado la pintura colombiana”. Fuera de Obregón, al que yo conocía de París, todos los otros pintores eran inventados por Marta. Era una persona extraordinaria, tan generosa con el arte, tan honesta. Su preocupación política al final la perjudicó, porque dejó la crítica de arte para escribir novelas que no tenían mayor importancia, son buenas, pero ella dejó una lucha capital. Bueno, tiene razón de haberlo hecho. El final de Marta fue muy penoso para mí, y que se muriera con Ángel Rama, una persona tan estupenda. Quedamos disminuidos, sin duda, con esas dos muertes.

Dicen que en su casa siempre suena música, que lo melómano lo heredó de su padre. ¿Cómo es esa banda sonora de Fernando de Szyszlo?

Sobre todo Bach. De pronto Schubert, Beethoven y Mozart, por supuesto. Los barrocos, los románticos, Chopin, Schumann. Los modernos. No llego a la música electrónica, nunca he llegado, no he tenido tiempo, ni la paciencia. [Risas]. Una vez un amigo me llevó al Carnegie Hall a ver una pieza de un músico alemán que es uno de los más modernos, que escribía partituras sin música, pero me aburrí soberanamente.

¿Por qué?
No entiendo el lenguaje. Me pareció completamente abstruso. Pero claro, llego a Schönberg, a Bartók, a Shostakóvich, pero más allá, no.

¿Cree que hay gente que dice eso de cierto arte, de la pintura?
Siempre repito una anécdota de Matisse. Una señora le dice: “Maestro, no entiendo su pintura”. Y Matisse le dice: “Señora, ¿le gustan las ostras?”. “Sí, claro”, dice ella. “¿Y entiende usted las ostras?”. No hay nada que entender, sino que sentir. Pero sí hay límites. Lo que pasa ahora en el arte contemporáneo se me escapa totalmente.

Usted ha sido muy crítico del arte contemporáneo. Por ejemplo, ha sido crítico del arte de Damien Hirst, de su tiburón en formol.
No solo de eso. En un momento dicho solamente criticaba a los contemporáneos, pero no se lo merecen ni siquiera, porque en realidad lo que hacen que expresar una sociedad que es así, frívola, banal, no le importa la gravedad. No tiene ninguna densidad en su sentimiento, en su sexo, en su amor, nada. Todo es muy banal, muy en la superficie. Entonces el arte que produce tiene que ser así para que esté de acuerdo con la realidad del mundo que habitan. Braque decía: “La ciencia está hecha para calmarnos, el arte para perturbarnos”. El arte tiene que perturbar, no tiene que divertir. A mí me indigna mucho que ahora la prensa llama a la sección cultural como “Ocio y Cultura”, como si la cultura fuera un producto del ocio o que si solo cuando estemos ocioso pudiéramos consumir cultura, cuando la cultura es todo, la cultura nos hizo descubrir todo.

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El artista peruano Fernando de Szyszlo.

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Raúl García / Revista BOCAS.

La cultura es para el alma.
Sin duda. Siempre me acuerdo la primera vez que fui a la catedral de Chartres. Había muchos turistas y en la puerta de la iglesia, el párroco había clavado un papel en el que había una cita del Génesis que decía: “Este lugar es terrible. Dios habita aquí”. Que así tiene que ser esa conexión con lo sagrado. Yo no soy religioso, no creo en nada, pero sí creo en lo sagrado, es decir, que hay una cosa que no me explico, que siento, que experimento y que sé que existe, pero no me explico. En mis memorias cuento que inventé o traté de resumir en una frase lo que es la pintura, y entonces decía que la pintura es el encuentro visible de lo sagrado con la materia. Pero añadía que, desgraciadamente, no es suficientemente preciso porque el encuentro de lo sagrado con la materia también describe al ser amado. Y ahí está todo. Esa cosa inefable y al mismo tiempo muy densa y muy profunda que son el arte y el amor.

Tal vez los momentos de recogimiento sagrado con relación al arte ya casi no existen. Pienso en los museos llenos de gente pasando rápido, sin detenerse a observar de verdad.
No, no existen. Les importa un comino. Hacen el sacrificio de ir a ver La Gioconda para poder decir que han visto La Gioconda, pero les importa un comino. Les da lo mismo cualquier cuadro que vean ahí siempre y cuando tenga el mismo prestigio literario.

¿Cómo fue ese primer viaje a París cuando se encontró de frente con Van Gogh, Rembrandt?
¡Uy, qué cosa tan increíble! Cuando llegué a París en 1949, me fui de frente al museo de los impresionistas, porque lo que me descubrió la pintura a mí fueron Gauguin, Cézanne, todo ese momento del posimpresionismo. Me acuerdo ver el primer Van Gogh y que se me erizó el pelo. No podía creerlo.

¿Cuál era?
Era un retrato de un pintor belga que estaba en el museo de los impresionistas, que ahora está en el Museo de Orsay. Fueron unos años graves en que descubrí la pintura, descubrí que los cuadros que quería pintar no los podía pintar porque no sabía. La técnica que me habían enseñado a pintar en el Perú era posimpresionista y yo quería hacer una pintura más de transparencia, más parecida a la antigua.

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El artista peruano Fernando de Szyszlo.

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Raúl García / Revista BOCAS.

¿En qué momento llega esa imagen a su cabeza de esa pintura que quiere hacer y sabe que no puede?
Seguramente porque cuando llegué a París estaba en pleno apogeo el arte abstracto, había renacido. Y el arte abstracto que yo ya estaba haciendo en Lima lo encontraba muerto. Lo encontraba seco. ¿Cómo decírtelo? Todos los cuadros eran parejos. Se había perdido la sensación de lo vaporoso, de lo brillante o de lo duro o de lo líquido. Entonces empecé a copiar a Tiziano con entusiasmo. Descubrí la pintura y, sobre todo, leí a Tiziano que decía: “Svelature trenta o quaranta”. Veladuras. Un color transparente sobre otro que va modificando sutilmente el color. Y ahí descubrí mi pintura. Poco a poco descubrí mi alfabeto, mi manera de expresar.

¿Y cómo ha cambiado ese lenguaje con los años?
Muy poco ha cambiado. Lo que ha cambiado es la búsqueda. Siempre tenía un cuadro adentro que quería sacar y que no salía. O siempre he tenido. Todos los cuadros para mí siempre han sido una derrota. Me di cuenta finalmente, hará poco, de que nunca lo voy a pintar. Que toda la maravilla del problema era el desafío de buscarlo. Que en buscarlo era que estaba todo. Lo cuadros que quedaban eran testigos de una batalla por asir lo inasible. Mis cuadros se parecen. Si tomas uno de hace cuarenta años y uno de ahora, encuentras que son diferentes. Pero si lo miras bien, te darás cuenta de que quería hacer lo mismo. Quizás he afinado las herramientas, pero nunca lo he conseguido. Yo creo que está hecho para no conseguirse. En la carrera de galgos, el galgo no puede alcanzar a la liebre porque se muere el problema. El desafío es el tratar. Ahora ya me resigno con ese desafío.

Usted dijo alguna vez: “El color no es importante para mí, soy fiel a Rembrandt”. Viendo su obra uno creería viendo su obra que el color es todo. ¿Cómo es eso que el color no es importante?
Lo que me cuesta trabajo, en lo que más me demoro, es en la composición, en la distribución de las formas en el cuadro. Una vez que tengo eso, el color viene solo. Además, el color de mis cuadros es como el de Rembrandt, muy reducido, solo hay uno o dos colores. Lo importante es el contraste de luz y sombra, el claroscuro; la parte que está de noche y la parte que está de día. Una vez que pongo un color ya todo el resto se arregla, pero lo que me cuesta es la composición.

¿Cómo fue la influencia de su tío Abraham Valdelomar y de su biblioteca?
Ahí aprendí a leer. Yo era un chico asmático, no tenía buena salud, faltaba mucho al colegio. Entonces estaba la biblioteca de Valdelomar y tenía un primo que también la disfrutaba, pero que al mismo tiempo compraba muchos libros. Cuando tenía doce o catorce años yo ya había leído Verne, Dumas, y entonces ya pasé a la literatura verdadera, Dostoievski, Flaubert. Ya me quedé encerrado en la literatura para siempre. Yo creí que iba a ser escritor.

¿Cómo fue el proceso de escribir sus memorias?
Siempre he tenido adentro eso de contar. No lo que yo había experimentado, sino lo que mi generación había experimentado. Que se parece a todas las generaciones de América Latina. En todas partes encuentras el mismo problema, entonces me parecía que eso debía contarse. Todo empezó porque tenía unos apuntes sobre Octavio Paz, a quien admiré siempre mucho.

¿Tomadas a lo largo de la vida o en el momento en que decidió escribir?
A lo largo de la vida había hecho unas notas sobre Octavio. Pero cuando Octavio se enfermó del cáncer que lo mató, me fui a verlo a México porque sabía que se iba a morir. Y entonces ahí sí escribí, al salir de la casa de Octavio. Escribí dos o tres páginas de lo que había sido ver a Octavio enfermo, sin poder hablar, escuchándome conversar con Marie-José de cosas que a él le importaban. Pero no podía salir, entonces pedía que lo sacaran, después pedía que lo volvieran a traer. Fue una cosa dramática, muy dolorosa. Ahí en el libro digo que me pareció como un león enjaulado que no podía aullar, que no podía comer, que estaba furioso de estar prisionero de su cuerpo. Porque es nuestro cuerpo el que nos mata. Yo ahora que tengo 91 años, descubro eso todos los días, que el cuerpo cada vez reclama más cosas. Ese cuerpo que era tan obediente cuando tenía treinta, cuarenta años, ese cuerpo que hace lo que tú le dices: corre, salta, haz el amor, vuela, maldice lo que sea. Pero después el cuerpo va tomando más parte de tu vida, te obliga, te impide. Así es. Me imagino que si no fuera por la pintura no habría vivido 91 años.

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El artista peruano Fernando de Szyszlo.

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Raúl García / Revista BOCAS.

¿Es el motor la pintura?
Sin duda. No sería de otra manera. Cuando cumplí setenta años, la Universidad Católica, la universidad donde yo había enseñado, quiso hacerme un homenaje con una exposición de cómo vivía, de mis fotos. Y la hizo mi hijo Lorenzo, que era arquitecto. Entonces el Instituto Cultural Peruano Alemán de Arequipa, al sur del Perú, pidió que le llevaran la exposición a Arequipa. Y Lore la llevó. Y se mató. Lore era un chico. Fue un quiebre muy fuerte en mi vida. Y en la vida de su madre. Esto la mató. Porque la mejor poesía Blanca la escribió en esa época, pero ya estaba… Escribir estas memorias hizo que salieran muchos sentimientos a flote. Pero es la vida. La vida es terrible.

¿Todavía pinta con tanta frecuencia?
Todo el tiempo. He dejado en Lima un cuadro a medio pintar que tiene tres metros de largo por uno con cincuenta de ancho.

¿Y lo piensa todos los días? ¿Quiere regresar rápido a él?
[Risas]. Sí. Élie Faure decía: “Un pintor es pintor aunque esté conversando”. Uno está trabajando adentro en el cuadro que está haciendo.

¿Cómo son sus jornadas de trabajo?
Todo el día. Me levanto a las siete, hago un poco de gimnasia, tomo desayuno y me pongo a pintar, digamos, a las nueve. Pinto hasta la una, me paro para almorzar hasta las dos. Y vuelvo a pintar hasta que se va la luz. En invierno hasta las seis, en verano un poco más tarde, hasta las seis y media. Los sábados y domingos. Pintar es mi vida. Por la noche me gusta conversar, intercambiar ideas. Eso me interesa.

Siempre le ha interesado. Desde que celebraba sus encuentros de los jueves. ¿Todavía suceden?
Ah, sí. Van cumplidos treinta y un años, y todavía sigue. Siempre he ido. Ahora va Pedro Pablo [Kuczynski] y Alan García iba bastante. Perú ha cambiado. En una época, el grupo de los jueves estábamos de acuerdo en muchas cosas, pero en política la mitad éramos antifujimoristas feroces, y la otra mitad, no. Y ahora en las últimas elecciones no había uno solo que votara por Keiko Fujimori. Ha cambiado. La gente se ha dado cuenta de que es un camino equivocado que desembocó en el desfalco de la propiedad estatal. Ahora estamos en una mala época. En una época que nos confunde.

Volviendo a su estudio en Lima, ¿qué fue lo que le hizo que siempre se quedara en Lima?
Cada vez que voy a París digo es insensato no vivir en esta ciudad. Insensato porque es la ciudad más perfecta. Es una ciudad en que la calle te invita, en que la calle no es un sitio que se recorre para ir de un lado a otro, sino que es un destino en sí: salir a la calle, estar en un café... Pero lo que pasa es que nosotros no somos eso solamente: hemos heredado vínculos, hemos heredado amigos, compromisos, hemos heredado el deseo de cambiar, que esto no sea definitivamente una basura siempre, sino que pueda cambiar, que pueda no haber miserables, que pueda no haber rateros. O sea que la esperanza no la hemos perdido.

¿Hoy en día cómo es su relación con el tiempo?
Terrible. Ahora siempre digo –aunque no soy aficionado al deporte, ni al fútbol–, cuando pienso en todo el tiempo que he vivido, que estoy jugando los descuentos, como en los partidos de fútbol. Mi tiempo ya recorrió, ahora estoy descontando. Gracias a la pintura es que estoy en esto. Lo único que deseo es poder llegar hasta septiembre y terminar una exposición que tengo que hacer.

CAROLINA VENEGAS K.
FOTOS: RAÚL GARCÍA
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 62 - ABRIL 2017

BOCAS 62 - DE SZYSZLO

"Leyenda de la vanguardia"
Entrevista con Fernando de Szyszlo.
Por Carolina Venegas Klein. Fotos: Raúl García.

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