Bocas

Malikian: el violinista en el tejado del mundo

Aprendió violín de su padre y ya nunca pudo mirar atrás.

fg

El violinista libanés de ascendencia armenia, Ara Malikian

Foto:

Juan Serrano Corbella

21 de septiembre 2016 , 03:47 p.m.

 Se le distingue a lo lejos. Es grande, muy grande, o al menos eso es lo que hace parecer ese montón de pelo que luce. Viste de oscuro y un poco más abrigado de lo necesario, si se tiene en cuenta el tiempo que hace en Madrid.

Se acerca hasta nosotros llevando una bicicleta del servicio municipal de la ciudad que parquea en un lugar habilitado para las dos ruedas. Coge el maletín donde guarda el violín, ese instrumento que siempre ha estado a su lado desde que tiene memoria.

Una vez se combina su aspecto con el hecho de que es violinista, algo salido de lo común, lo primero que llama la atención es su voz. Habla en un tono bajo, suave y pausado, como pensando lo que va a decir. Nada cuadra.

A pesar de que su español es claro, su pronunciación despierta una sonrisa cariñosa. Lleva quince años viviendo en España y su acento nos acerca al mundo árabe, en concreto hasta el Líbano. Nació en Beirut “hace muchos años”, como él dice (en 1968).

En noviembre de 2014 conmemoró quince años en España con un concierto único e irrepetible en el Teatro Real de Madrid (del que salió su último disco, 15), el lugar donde comenzó su carrera musical. Para Ara, ese concierto posee un significado especial ya que se trató del final de un ciclo en su trayectoria como músico y el comienzo de una nueva etapa con la vista puesta en el mercado internacional y en la composición de su propio repertorio. Con este nuevo proyecto se va a dejar caer por Colombia muy pronto. Hace un tiempo se presentó en Bogotá y hace ya un rato tuvo una pareja caleña. Por eso, cuando le preguntaban los colombianos por su procedencia, y él decía que era de Armenia, ya que su familia es oriunda de este país caucásico entre Asia y Europa, “me llamaban paisa”, comenta entre risas. Desde entonces, Ara tiene ilusión por volver a tocar y amenizar con su violín al público colombiano.

La gente lo quiere, incluso los que no lo conocen. Desprende un karma muy positivo y optimista. Nadie lo diría de una persona que ha padecido los horrores de una guerra y que muy joven se separó de su familia para irse a otro país. A otra cultura. Pero es que es un adicto del sentido del humor y no duda de que todos nos podemos reír de todo. Diciendo eso, el fotógrafo le invita a subirse a lo alto de un jarrón en el madrileño Parque del Buen Retiro para tomarle una foto y él no lo duda, con el consiguiente susto de su representante de prensa. Ara está disfrutando como uno de esos niños a los que trata de acercar a la música clásica con su espectáculo: “Mis primeras cuatro estaciones”, dice. Por fin baja del jarrón y unos paseantes se acercan hasta él y le piden hacerse una foto juntos. Por suspuesto que se la hace y con una sonrisa que no le cabe en la boca. Sin que nadie se la pida.

rtyhfgh

Foto por Juan Serrano Corbella

Foto:

Es cierto, él hace reír –y gozar– a todos los que van a verle tocar el violín de esa manera tan propia, apasionada y cercana. Detrás de esa fachada de hombre despreocupado, informal e irreverente, respecto a los cánones que monopolizan el mundo de la música clásica, se refugia mucho esfuerzo, sacrificio, tesón y todos los kilómetros que ha recorrido con su leal compañero de aventuras a cuestas: el violín.

Se trata de un músico virtuoso, brillante y extrovertido, con un estilo muy personal. Sus raíces son la música patria (libanesa) y muchas inquietudes lo han llevado a mezclar su esencia con músicas del Oriente Medio, la gitana, el kletzmer (música judía), el tango, el flamenco y todas las experiencias que ha ido recolectando a lo largo de su errante vida.

La música que nace de su violín es una de las más originales e innovadoras del panorama musical. Su calidad y nivel como violinista ha sido reconocido en concursos de prestigio internacional, como los premios Felix Mendelssohn (Berlín, Alemania), Pablo Sarasate (Pamplona, España), Niccolo Paganini (Génova, Italia), Zino Francescatti (Marsella, Francia), International Artist Guild (Nueva York, EE. UU.); el Premio International Music Competition of Japan o el Premio MAX de las Artes Escénicas, entre otros. Y ha tocado su querido violín en infinidad de ciudades: Nueva York (Carnegie Hall), París (Salle Pleyel), Viena (Musikverein), Toronto (Ford Center), Madrid (Auditorio Nacional y Teatro Real), Zúrich (Tonhalle), Londres (Barbican Center), Tokio, Estambul, Berlín, Atenas, Venecia, Los Ángeles, Taipei, Hong Kong, Kuala Lumpur, Cuba, Bogotá, Múnich, Praga, Sevilla, Bangkok, Barcelona y Bilbao, entre otros.

Este músico, moldeado por interminables sesiones dirigidas con mano de hierro por su padre y grandes dosis de fortuna, no tiene pensado obligar a su hijo a que toque el violín. Reconoce que le gustaría que lo hiciese, pero por encima de todo desea que sea feliz. Igual que lo es él. Y por ahí empezamos...

¿Qué sonido recuerda de su infancia en el Líbano?
Hay muchos y bonitos. Desde que nací escuché el violín. La música estaba muy presente en mi casa porque mi padre era violinista. Sonidos procedentes de la música he oído mogollón, también he oído otros ruidos menos bonitos que trato de borrar de mi mente. Lo que me queda es la música.

¿Cómo era vivir en Beirut?
Se dice que se vivía muy bien. Es una ciudad maravillosa. Yo no la conocí en su mejor momento, justo me pilló el estallido de la guerra civil del Líbano. Me fui en el año 1984, en mitad del conflicto. Descubrí su belleza después, cuando volví.

¿Qué melodía de las que tocaba su padre se le ha quedado grabada?
Muchas. Él amaba la música, era un enamorado de la música clásica. Tocaba las composiciones de todos los grandes autores. Para ganarse la vida interpretaba música popular libanesa. Tocaba junto con una cantante local muy famosa en el mundo árabe, Fairuz. Dio una vuelta al mundo con ella.

¿Cómo es eso de que su padre le hacía tocar hasta que le saltaban las lágrimas?
Era un hombre muy severo. A él le hubiera gustado hacer carrera como violinista clásico, al no lograrlo, todo su empeño lo volcó en mí. Quería que yo practicara y me obligó a hacerlo por horas y horas. En vez de estar jugando con mis amigos, yo estaba en casa estudiando violín y era muy duro porque yo era un niño de siete, ocho o nueve años. Sin embargo, hoy le estoy eternamente agradecido porque gracias al violín soy una persona muy feliz.

¿Qué lección no olvida de las que le enseñó su padre?
Me marcó su amor a la música y que pudo transmitírmelo a la perfección. Gracias a él me encanta la música. Mi padre era una persona muy disciplinada y me la enseñó para aprender a tocar un instrumento. No hay una píldora mágica que la tomas y ya tocas bien el violín, se necesita mucho sacrificio, horas de práctica y, claro, disciplina.

Siendo tan precoz, ¿qué me puede contar acerca de su primer violín?, ¿cómo cayó en sus manos?
No me acuerdo, era muy pequeño. Mi padre me puso uno en la barbilla y ahí se quedó. Tampoco recuerdo la primera vez que toqué el violín, ni la primera vez que escuché un violín.

¿Y recuerda cuándo tomó la decisión de ser violinista?
Pues tampoco, el violín era parte de mi vida desde que tengo uso de razón. El violín siempre estaba ahí.

¿Dónde empezó a tocar y ante quién?
Ante el primer público que toqué fue mi familia. Mi padre, sin saberlo, tenía una manía. Después de todo un día practicando quería que le hiciera un concierto en casa. Al principio era difícil para mí porque no quería tocar por la noche, pero mi padre me decía: “Dale, tócame esto”. Siempre me obligaba a tocar y desde niño me acostumbré, además de ensayar, a tocar para mi familia, para mis vecinos, que venían a casa a escuchar mis conciertos. Así que también aprendí a amenizar desde el principio.

Y lo que tocaba era música clásica, ¿cierto?
Bueno, lo que me enseñaba mi padre era música clásica, pero cuando yo ya tocaba para divertir, amenizar, me permitía tocar otras cosas. Y tocaba de oído las cosas que me gustaban.

En aquella época, ¿qué música procedente de Occidente escuchaba?
A mi padre no le gustaba que escuchara otras músicas, pero gracias a mis dos hermanas descubrí el rock y el pop de Michael Jackson.

Pero a los 12 años dio su primer concierto oficial, ¿verdad? ¿Qué recuerda?
Como te he contado antes, yo ya había tocado ante círculos más pequeños. Había una asociación que organizaba conciertos en el Líbano y se atrevieron a preparar uno para un niño de doce años. Se hizo y para mí fue muy importante; era mi primer concierto grande, ante mil personas y lo recuerdo con mucho cariño. En esa ocasión fue la primera vez que me puse nervioso, había presión porque tenía que tocar bien, la gente había acudido para escucharme. Y la verdad, la sensación me gustó.

Ya dedicado a ofrecer conciertos, hasta tocó en refugios antiaéreos en Beirut durante la guerra. ¿Cómo fue esa experiencia?
A pesar de la guerra, la vida cotidiana continuaba. En los refugios nos juntábamos muchas personas y cada uno hacía lo que mejor sabía hacer. Uno tocaba un instrumento, otro bailaba, otro recitaba y yo tocaba el violín. Dentro de la tragedia la vida sigue. Es lo bonito del ser humano, que siempre busca la diversión, aunque esté en una situación trágica. Pasábamos muchos días en los sótanos y la vida no se detenía, teníamos que divertirnos.

rtyhfgh

Foto por Juan Serrano Corbella.

Foto:

Percibo que el sentido del humor es importante en su vida...
Sí, siempre lo ha sido. Me parece que es bueno no tomarse las cosas tan en serio. Claro, hay que hacerlas bien, pero todos nos podemos reír de todo.

El director alemán Hans Herbert-Jöris, que lo escuchó tocar a los 14 años, movió cielo y tierra para que pudiera ingresar becado en la Hochschule für Musik und Theater de Hannover. ¿Era consciente de su talento?
La verdad que no. A ver, me decían que tocaba bien, pero no le daba mucha importancia. De hecho, en este aspecto, mi padre era muy saludable porque nunca me hizo creer que era muy bueno, un prodigio y todas esas cosas. Creo que él sabía que no era muy recomendable ese camino. Hizo más hincapié en el trabajo, en el estudio y en la disciplina, que en pensar que todo puede funcionar gracias al talento. Mi padre era muy inteligente, incluso sin quererlo. Aquella beca para cualquier persona que vivía en el Líbano era una escapatoria. Los jóvenes como yo no teníamos una gran visión del futuro por culpa de la guerra, por eso cualquier chance para salir del país era bienvenido. Hice una audición para este director alemán y él me dijo que me podía conseguir una beca en una academia de Hannover y lo logró. Mandé una grabación y todo salió bien y a los 15 años pude salir de Líbano y viajar a Alemania a estudiar.

Entonces, con 15 años llegó a una ciudad nueva, solo, ¿qué sintió?
Fue duro, tanto que me parece que fue peor que la guerra. Me tuve que separar de mi familia. Era la primera vez que salía de mi país. Tuve que estar con gente que no conocía, no hablaba alemán, no sabía cómo comportarme… No sabía nada, ¡era un niño! Fue un aprendizaje a lo bestia y a raíz de esta experiencia he aprendido a sobrevivir y a sentirme bien en cualquier lugar del mundo. Además, aunque me iban a dar una beca, al llegar a Alemania me dijeron que no me la podían conceder hasta que cumpliera 18 años, por lo visto era un requisito indispensable en este tipo de becas. ¿Qué iba hacer durante tres años? ¿Volver a Líbano? Por fortuna la suerte siempre me ha sonreído y encontré trabajo amenizando bodas. Hasta gané más plata que con la beca [dice con una sonrisa].

Y ese trabajo amenizando bodas, ¿de dónde salió?
Fruto de la casualidad. Estaba en un concierto y se me acercó una pareja de judíos que pensaron que yo también lo era, por mi aspecto. Me preguntaron si conocía música judía y, como apenas hablaba alemán no entendía lo que me decían y, por error, les dije que sí. En menudo lío me metí… Ya no había marcha atrás: tenía que fingir ser judío. Y durante más de cuatro años lo hice y amenicé las bodas judías de Hannover [ríe].

¿Qué le sorprendió del carácter de los europeos?
Al principio fueron sus miradas. Yo venía del Líbano, en aquella época no había muchos extranjeros en Alemania, entonces yo destacaba bastante y veía que las miradas que recibía no eran normales. Aquellas miradas me decían que era una persona diferente respecto a ellos. Eso, sobre todo cuando uno no es tan fuerte y es un niño, resulta difícil de asumir. Aquello fue lo que más me costó acostumbrarme y darme cuenta de que soy diferente. ¡Y menos mal! Al principio quería ser como ellos, me daba vergüenza ser moreno, mis rasgos árabes y mediterráneos, pero bueno, al final aprendí que lo bonito es ser diferente.

¿De qué tentaciones le apartó el violín?
A pesar de que tenía que trabajar para ganarme la vida a los 15 años, me encantaba el violín. Nunca he dejado de estudiar, siempre me las apañaba para estudiar ocho o nueve horas al día y luego trabajar. Sabía que mi futuro no era amenizar bodas, aunque lo hacía con mucho gusto. Tenía una meta: aprender a tocar el violín, por lo que los estudios eran muy importantes. De hecho, mi padre fue el que me metió en la cabeza que puedo hacer todo mientras estudio, mientras toco el violín. Luego está el hecho de que me considero una persona muy afortunada. Es verdad que a los 15 años he podido tener bastantes influencias que me podían haber llevado a la oscuridad. Claro, había muchas tentaciones, pero siempre he tenido suerte. Me he metido en el lado oscuro de esta vida, pero hasta amigos oscuros que he conocido me han tenido cariño y han tendido a cuidarme. Por eso aprecio a esas personas, de las cuales algunas ya no están.

Me habla de oscuridad, pero ¿cómo se le quemó su apartamento en Hannover?
Eso ocurrió justo antes de ir a España. Hubo un cortocircuito en mi casa y se me quemó todo, menos mi violín, justamente por una cuestión de suerte. Esa noche, antes de salir de la casa, vino una amiga. Cogí su maleta y la puse donde siempre ponía mi violín. Como no había espacio para guardarlo lo dejé en la ventana, algo que nunca hago porque es peligroso, por la lluvia, o incluso alguien puede cogerlo. Después ocurrió el cortocircuito y gracias a que coloqué el violín afuera de la casa el incendio no lo quemó.

Después de Hannover estuvo ocho años en Londres, en Francia… y en Taiwán.
Sí, sí, hice un proyecto de un disco pop que funcionó muy bien. Estuve casi un año por allá haciendo el tonto. Fue muy divertido.

¿Por qué acaba en España?
Había hecho unas giras por el país y me encantó. Antes de venir a España había vivido quince años en el norte de Europa. Al llegar a España me di cuenta de que yo soy de aquí. Se me había olvidado, pero me gusta la vida mediterránea, me gusta tener luz, me gusta la sonrisa en la gente, me gusta el estilo de vida que se hace en España, entonces decidí probar por un tiempo. Y aquí sigo.

Esas cosas que le animaron para quedarse en España, ¿le siguen seduciendo?
Sí, absolutamente. De hecho las cosas que me hicieron venir y quedarme son muy tontas: el sol, la comida, que la gente acá es más abierta, etc. No eran razones profesionales.

¿Qué percances ha tenido cuando viajaba con su pasaporte libanés?
Tenía, ahora por fin tengo la nacionalidad española. Antes tuve muchos problemas. Una vez, al entrar en Inglaterra y como los ingleses cambian cada poco su lista de países peligrosos, decidieron que el Líbano era uno de esos países. Al no reconocer al gobierno del Líbano de ese momento, tampoco admitían mi pasaporte libanés, que tenía el visado para entrar en Inglaterra. Entonces, se daba que tenía un visado inglés en un pasaporte que no reconocían. En el aeropuerto me retuvieron. Me metieron en una sala junto con otras personas que iban a deportar. De nuevo volví a tener mucha suerte. Tenía un amigo pianista que estudiaba con la hermana de un grandísimo violinista de nacionaldad británica, Yehudi Menuhin. Llamé a mi amigo, con el que había quedado para vernos a mi llegada y le conté mi problema. Él habló con su profesora, la hermana de ese violinista y ellá habló con él. Este hombre, que era muy amable y tenía un gran corazón, además de ser muy conocido, mandó un fax al aeropuerto y me sacaron de la sala de deportados y me dejaron entrar en el país.

Por si fuera poco, también en la frontera entre Italia y Suiza tuvo algún problema diplomático...
[Risas]. Sí, ahí también. Fue una cosa muy ridícula. Fui a Italia, país al que podía volar desde España porque es un país Schengen y desde Italia me fui a Suiza, sin visado suizo. Al volver en el coche de Suiza a Italia me pararon en un túnel que hay entre los dos países. Los italianos decían que no podía entrar a Italia, a pesar de tener mi permiso de estar en España, pero, según ellos, no podía venir de un país de fuera, sino que tenía que ir directamente a España desde Suiza. Entonces, di la vuelta y me fui al otro lado del túnel y los suizos me decían que no podía entrar porque no tenía su visado. El caso es que no podía ir ni a un lado ni al otro, hasta que los italianos se enrollaron después de que les toqué el violín dentro del túnel y me dejaron pasar.

rtyhfgh

Foto por Juan Serrano Corbella.

Foto:

Cuando no es en las fronteras es en un escenario donde le suceden cosas singulares...
Fue en el Teatro Real de Madrid. La cosa es que me habían hecho un traje a la medida para una obra en concreto que se interpretaba por seis semanas. Al principio el traje me quedaba bien, pero hacia el final de la obra yo había engordado. El caso es que en la obra había bailarines alrededor mío y en la última función uno de ellos quiso hacerse el gracioso, se acercó mucho a mí y me tocó el arco del violín y se me cayó al suelo. Me agaché para recogerlo y mi pantalón, que estaba muy ajustado, explotó y me quedé en calzoncillos. Traté de tocar tapándome y en cuanto pude salí corriendo [ríe].

Hay gente que vive del cuento. ¿Los violinistas de qué viven?
La putada es que si queremos seguir siendo violinistas tenemos que practicar toda la vida. Es muy difícil llegar a un nivel y aún más todavía mantenerlo. Por eso siempre hay que practicar. Si dejo de hacerlo, mi nivel baja de manera considerable en unos pocos días. Mi cuento es que tengo que practicar todos los días.

Toca música barroca vestido con un chaleco sin camiseta y con un peinado más acorde con el sonido de la Motown. Desde luego que algunas personas pensarán que “da la nota”. ¿Qué les diría?
Yo lo entiendo. No quiero cambiar a nadie ni nada. Simplemente hago lo que me gusta a mi manera e intento compartirlo con mi público. La música que toco, ya sea barroca, moderna, contemporánea, siempre lo hago con mucho cariño, amor y respeto. No critico a nadie ni hago reivindicaciones. Considero que la música es algo muy grande, hay miles y miles de maneras de tocarla, de hacerlo, simplemente hay que tener la mente abierta y que cada uno lo haga como la sienta.

¿Por qué música clásica para los niños?
No solo clásica, música en general. Clásica para cambiar su opinión sobre este tipo de música que ellos consideran tan estirada, algo para la gente mayor o solo para las personas que la entienden. Estoy convencido de que la música puede llegar a todo el mundo, incluido a los niños. Por ese motivo he montado varios espectáculos dedicados a los niños y despertar su amor por la música.

¿Recuerda la primera crítica de un niño?
Sí, claro, la primera vez que toqué. Mis mejores profesores son los niños. No solo tocando, sino también estando en el escenario. Al principio se reían de mi aspecto ridículo sobre el escenario, así que lo pensé y me dije: “Tengo que cambiar mi aspecto, tengo que ser más natural”. No puedo estar en el escenario vestido tan ridículo –de frac– y tratar de hacer música, no pega conmigo. Tengo que ser yo mismo.

Su imagen es la que es y todo el mundo la ve, pero ¿qué ejercicios hace para tocar el violín?
Tocar el violín es algo muy físico y se vuelve más difícil con la edad. Obviamente hay que mantener la forma física. Ejercito mucho los dedos, corro, trabajo la espalda y los tendones.

¿Qué va a hacer primero: dejar de tocar el violín o cortarse el pelo?
Bueno…, el pelo se va cortando solo con el paso del tiempo, al violín le ocurre un poco lo mismo. Intento retrasar hasta el máximo posible ese momento. Dejaré de tocar el violín hasta el día que no pueda respirar más. Pero sí, creo que antes me cortaré el pelo que dejar de tocar el violín.

¿Cuántos violines tiene?
Tengo muchos, pero los que más utilizo son dos.

¿Quién es más realista: un niño que sueña con ser astronauta o un adulto que lucha por ser músico?
Creo que los dos lo son. Yo animo mucho a los adultos a tocar un instrumento. De hecho, cuando veo a un señor de unos cincuenta años que ama tanto la música que se compra un instrumento y empieza a tocar con sus limitaciones, me parece una imagen entrañable. Los profesionales, a veces, tenemos que aprender de estos aficionados que tocan con tanto amor, mientras que alguno de nosotros ya está quemado y toca de una manera frustrada, casi funcionarial. A mí esto me da pena, pienso que para tocar música hay que tener frescura, tocarla como si fuera la primera vez, estar enamorado. La rutina es el peor enemigo para la música.

GALO MARTIN
FOTOS: JUAN SERRANO CORBELLA
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 43 - JULIO DE 2015

Ya leíste 20 artículos gratis este mes

Rompe los límites.

Aprovecha nuestro contenido
desde $10.999 al mes.

¿Ya eres suscriptor? Ingresa

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta gratis y pódras disfrutar de:

  • Acceso ilimitado al contenido desde cualquier dispositivo.
  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta gratis y disfruta de acceso ilimitado al contenido, desde tu computador, tableta o teléfono inteligente.

Disfruta del contenido sin límites

CREA UNA CUENTA GRATIS


¿Ya tienes cuenta? INGRESA