Bocas

Los hilos invisibles

El veredicto de Nina - Febrero de 2018

18 de febrero 2018 , 06:00 a.m.


Escribo esta primera columna del año horas después de haber visto la extraordinaria película Phantom Thread (El hilo invisible), dirigida por Paul Thomas Anderson y protagonizada por el siempre perfecto Daniel Day-Lewis. En esta producción, que compite en los premios Óscar, el actor británico da vida a un diseñador de alta costura llamado Reynolds Woodcock: un modisto que a mediados de los años cincuenta vestía a la flor y nata de la alta sociedad londinense y europea.

Ver esta película fue pensar en Charles James, en Cristóbal Balenciaga y en todos los diseñadores que habitaron talleres exclusivos donde se producía magia con los tejidos y los bordados, con la forma y los drapeados. Un universo crepuscular que pasó por una profunda crisis a finales de la década de 1960, cuando los movimientos juveniles que agitaron Europa le pusieron fecha de caducidad a un oficio al que, de repente, se le había colgado la etiqueta de old fashioned. Dos fechas nos confirman este período de turbulencias: en 1966 el siempre avispado Yves Saint Laurent abrió su primera tienda de ready-to-wear (prêt-à-porter), que bautizó como Rive Gauche, y en 1968 el español Cristóbal Balenciaga –considerado el Picasso de la moda– cerró su atelier de París y puso punto final a una trayectoria brillante que estaba haciendo soñar a una Europa que se estaba recuperando de las heridas de la Segunda Guerra Mundial.

Avancemos el reloj y situémonos en enero de 2018. Si hacemos zoom en Google Maps podemos ir a uno de los salones del Hôtel Salomon de Rothschild, en París. Allí, Pierpaolo Piccioli, el diseñador de Valentino, presentó una colección de alta costura que nos dejó a todos sin respiración: el italiano, de manera clara, quiso hacerle un homenaje al universo que habitaba en la película de Thomas Anderson y, modelo tras modelo, presentó una colección de alta costura pensada para la época de Instagram. Sus diseños iban y venían entre el gran drama de mediados del siglo XX, el minimalismo de los noventa y el street style de la era digital. En la nota de prensa de esta colección leí que cada vestido llevaba el nombre de uno de los trabajadores del atelier de Valentino en Italia y al preguntarle a Siri qué música se había utilizado durante el desfile, recibí una respuesta que terminó de cerrar el círculo: la banda sonora de Phantom Thread. ¡Bravo, Pierpaolo!

Hablando de música y de moda: los amigos y amigas que han leído mis columnas mensuales para esta revista recordarán que en repetidas ocasiones he hablado del cambio de diseñadores que han experimentado la mayoría de las casas de moda utilizando la metáfora del juego de las sillas musicales. Pues bien, durante la Semana de la Alta Costura de París pudimos ver el extraordinario debut de Clare Waight Keller –antes en Chloé– para Givenchy con una colección muy precisa, que supo viajar entre pasado y futuro con mucha sensibilidad… ¡Y drama!

De hecho, el juego de las sillas musicales sonó con mucha fuerza durante esa semana. Fue LVMH, el gigante del lujo francés, quien nos sorprendió a todos con el anuncio de que el enfant terrible Hedi Slimane –que revolucionó hace unos años la casa YSL, propiedad de Kering, el rival de LVMH– tomaría las riendas de una de mis marcas favoritas: Céline. La verdad es que estamos todos expectantes sobre qué tipo de cambio llevará el creador francés a una maison conocida por su minimalismo y por trasladar a sus prendas una cierta actitud intelectual. Además, dos semanas antes, el británico Kim Jones anunció su salida de Louis Vuitton y dejó abierta la puerta –según algunos rumores– para su fichaje en Burberry, una marca que se quedó sin director creativo cuando se marchó Christopher Bailey. A estas salidas habría que sumarles la de Nicola Formichetti –algunos lo recordarán por haber sido el estilista de la Lady Gaga más radical en la alfombra roja–, de Diesel, la de David Koma, de Mugler y la de Jonathan Saunders, de DVF.

Con todos estos cambios no hay ninguna duda de que le tendré que dar la razón a mi marido: en mi mundo no nos podemos aburrir. Es cierto: el gen del cambio está inscrito en el ADN de la moda, de la misma manera en la que Balenciaga, o el mismo Daniel Day-Lewis, escondían mensajes ocultos en las costuras de sus vestidos. Entre dedales y agujas el drama, las intrigas y las sorpresas nunca dejarán de abandonar las habitaciones de las casas de moda. ¡La aventura continúa! Nos leemos en un mes.

NINA GARCÍA
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 71 - FEBRERO 2018

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