Bocas

Azzedine Alaia, maestro de la forma

El veredicto de Nina - Diciembre 2017

17 de diciembre 2017 , 07:00 a.m.

Arte y vida, obra y biografía, se entrelazan de una manera extraordinaria en el caso de Azzedine Alaia, el diseñador tunecino afincado en París que nos dejó hace un par de semanas para sorpresa de todos los que le queríamos y admirábamos.

Azzedine era un ser honesto y divertido, amigo de sus amigos, alguien leal que, aunque no hablaba muy bien el inglés, sabía romper las barreras lingüísticas con su bondad y simpatía. La moda era su vida. Recuerdo a la perfección algunas de las cenas que pude compartir con él y otros amigos en su cocina en la calle Moussy, de París. Era un sabio sin ser pretencioso, como se observa en sus prendas, que han sido llevadas por mujeres de todas las edades y tallas. Sus creaciones son como susurros: hablan sottovoce, pero dejan una huella imposible de borrar.

En los últimos meses los diseñadores han hablado de un concepto que será clave en los próximos años y que se sitúa alrededor del apoderamiento de la mujer, como pudimos ver el año pasado con el regreso del traje de chaqueta (el pant suit). Pues bien: Alaia fue uno de los primeros en plantearse cómo la moda puede ayudar a las mujeres a sentirse más seguras de sí mismas. Yo lo pude comprobar por mí misma cada vez que me ponía una prenda que llevaba su firma: sus creaciones envolvían mi cuerpo, acentuando los lugares adecuados como si fueran un guante con superpoderes.

El recuerdo de Azzedine me ha acompañado en los últimos días y aparece cuando menos lo espero. Este fin de semana, por ejemplo, estuve paseando por las salas del Museo de Arte Metropolitano de Nueva York, donde se está organizando una maravillosa exposición sobre Michelangelo, el artista renacentista por excelencia. Leí en las explicaciones que acompañaban sus obras que Michelangelo tenía la capacidad de ver una escultura en una pieza de mármol y que, según él, su función consistía en liberarla. Creo que algo similar sucedía con Alaia: el tunecino veía un tejido y sabía cómo transformarlo en una pieza de tres dimensiones.

Nicolas Ghesquiere, el director creativo de Louis Vuitton, explicó esta extraordinaria capacidad de Alaia: “Él cambió la percepción de la moda, me hizo ver que era arquitectura”. Esta simbiosis entre arquitectura y moda, entre escultura y moda, se pudo comprobar hace un par de años en Roma, donde el Museo Borghese hizo dialogar las creaciones de Alaia con esculturas y pinturas de Bernini, Canova, Rafael, Rubens, Caravaggio, Titian y Veronese.

En una de las cenas que compartí en casa de Azzedine, siempre rodeada con sabores que nos hacían viajar a Túnez, su tierra natal, nos habló de cómo comenzó a trabajar en el mundo de la moda. Un detalle quedó grabado en mi mente. La comadrona de su familia fue quien le regaló su primer libro sobre Picasso y también fue ella quien lo matriculó en una escuela de Bellas Artes, para sorpresa de su padre, que era un agricultor dedicado al cultivo del trigo. Para poder ganarse la vida, Azzedine empezó entonces a trabajar en una pequeña tienda donde terminaba vestidos, una habilidad que le había enseñado su hermana quien, a su vez, había aprendido todos los secretos de la costura gracias a unas monjas. “Alaia era uno de los pocos diseñadores que he visto coser y cortar tejidos”, escribió Joe McKenna en un lindo texto que publicó en el Financial Times. Yo también puedo dar fe de ello.

Naomi Campbell –que lo llamaba papá–, Shakira –que le regaló una vez un perrito al que bautizaron Waka-Waka, como la canción de mi querida barranquillera–, el fotógrafo Gilles Bensimon, Carlyne Cerf de Dudzeele –íntima amiga y estilista de la revista ELLE durante muchos años–, la diseñadora Gaia Repossi, Lady Gaga, Marc Jacobs, Rihanna, Victoria Beckham y Kris Jenner, entre muchas otras celebridades, usaron sus redes sociales para despedirse de este mago de la moda, un escultor del cuerpo femenino que fue fiel a sí mismo y nunca jugó a ser alguien que no era.

Azzedine Alaia será inmortal. Sus prendas no desfallecen con el paso del tiempo, sino todo lo contrario: ganan en carácter. Gracias por tanto, Azzedine. No ha pasado ni un mes y tu sombra sigue acompañándome desde dondequiera que estés. Espero que sea al lado de Michelangelo porque seguramente serán amigos para la eternidad.

NINA GARCÍA
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 70 - DICIEMBRE 2017

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