Bocas

¿Cuál verdad?

Citas de Casas - Mayo de 2018

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27 de mayo 2018 , 05:35 a.m.

“Hay cosas que la gente no quiere creer y al mismo tiempo cree cosas que no son ciertas”, Mario Vargas Llosa.

Instalada la Comisión de la Verdad con personas de la más alta consideración, en particular el padre Francisco de Roux –sabia y eminente personalidad a quien debemos el mayor respeto y reconocimiento–, me atrevo a plantear mis dudas frente a los nobles propósitos de la misma, los que aceptaría sin mengua ni recato, si no fuera por el desastroso tratamiento que le hemos dado a la palabra VERDAD en estos tiempos de crisis de valores o crisis moral.

Llevo afirmando que en Colombia nadie le cree a nadie lo que dice. Cada quien tiene su verdad y con el prurito de anteponer la palabra respeto, acompañada de la preposición “con” para desconocer el testimonio respectivo, hemos ido eliminando el valor del juramento. Ya nadie se escandaliza con los testigos falsos, que se dan a tutiplén de acuerdo con el tamaño del delito y su base tarifaria al servicio de la demanda. Nos hemos ido acostumbrando al sistema y así, el que cae por cuenta de un juez avispado, registra antecedentes de falsedad. El testigo pasa por la cárcel, la abandona por falta de pruebas o pena cumplida y continúa prestando sus servicios sin pudor.

Hasta por amistad se comete perjurio sin ningún temor. ¿Qué le pasa a una sociedad que considera el juramento un acto menor, una mentirilla venial? Algo inverosímil es la frecuente retractación de testigos, calificados en principio de sólidos y que, con posterioridad, cambian su versión original manifestando haber recibido amenazas de muerte si no atendían las órdenes de sus victimarios.

Hemos derogado las “verdades absolutas” y hemos adoptado las “verdades relativas” y las de mayor complejidad: las “verdades individuales”.

Es claro que la Comisión no tiene funciones judiciales y que su finalidad es encontrar la verdad objetiva de los hechos que nos llevaron a más de ochenta años de violencia. Maravilloso y difícil empeño al que se le atravesarán los interesados en desconocer las conclusiones para advertir “con todo respeto“que los investigadores han dado una visión incompleta y en no pocos casos acomodada de las circunstancias analizadas. Esa película ya la vimos.

El exministro Carlos Caballero Argáez plantea en su prestigiosa columna de EL TIEMPO que la democracia en Colombia está en peligro, afirmación suficientemente grave en boca de un destacado opinante, serio y responsable.

La pérdida de la prueba testimonial, elemento judicial basado en la intangibilidad del juramento, conduce a coadyuvar a la tesis de Caballero Argáez. Sin verdad judicial es muy difícil –para no decir imposible– mantener la estructura democrática de una nación.

Decía el presidente López Michelsen, a propósito de la verdad judicial: la subversión comienza cuando, soslayando el ordenamiento constitucional, se aspira a imponer las propias convicciones desconociéndole al Estado su derecho a imponerlas en aras del orden y, si es necesario, en contra de lo que creemos ser nuestra razón. Poderoso concepto para quienes afirman que cinco magistrados de la Corte Constitucional no tienen autoridad para imponer a los colombianos una providencia en virtud de la soberanía del Estado ajeno a la cuestión religiosa, “como un derecho per se, surgido de la necesidad de preservar el orden dentro de la sociedad”.

Para Mario Vargas Llosa, quien ha sufrido en vida los azotes de la falsedad en las noticias hasta llegar a la calumnia, la verdad se volatiliza cuando se enfrenta a una opinión pública marcada por la ideología.

Para ser más precisos y, por ende, escépticos, recordemos el pasaje de la novela ¿Quién mató a Palomino Molero? en que uno de los personajes le dice a su amigo: “Nada es fácil, Lituma. Las verdades que parecen más verdades, si les das muchas vueltas, si las miras de cerquita, lo son solo a medias o dejan de serlo”.

La literatura reemplaza la verdad, concluye el nobel peruano.

¿Será capaz la Comisión de la Verdad de hacer su trabajo para que la gente le crea? ¿O debemos esperar a que aparezca un escritor de autoridad que “imponga” la verdad literaria de “La guerra y la Paz, en Colombia?


ALBERTO CASAS SANTAMARÍA
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 74 - MAYO 2018

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