Bocas

Cien años de Sol y Edad

Citas de Casas - Abril de 2018

29 de abril 2018 , 05:00 a.m.

Como una esmeralda, misteriosa pasta pegada a la tierra colombiana, Belisario Betancur es de una autenticidad indiscutible. (Listo Medellín, cabina 8). Salió de las fondas campesinas donde aprendió a leer y a escribir “a la luz de un candil, guiado por arrieros semianalfabetos”.

La cordillera antioqueña estuvo poblada por “parientes inéditos” de enorme parecido físico, dado el ejercicio generoso de su padre, “un labriego buenmozo”, que atendía solícito los caprichos de “las cocineras y dentroderas de las posadas”.

Se internó muy jovencito en los libros, su verdadera pasión, los clásicos latinos y el canto gregoriano. Luego en “griego el helenismo en estricta universidad”. Así fue entrando en la vida, se fue haciendo grande en medio de precarias condiciones, durmiendo en los parques y continuando la tradición de llevar en su cuerpo el nombre Belisario, que hermanos mayores no pudieron mantener porque morían de manera prematura.

Enamorado de Colombia, se dedicó a estudiar las leyes y a investigar los problemas que afectaban el crecimiento de la gente y se hizo abogado y periodista para denunciar la injusticia. Ascendió rápido en la escala social a través de la academia y de la política y se ganó la confianza de amigos y adversarios.

Se codeaba con empresarios en los clubes más encopetados, pero también con los sindicatos en los restaurantes populares; seguía las letras de las rancheras y de los tangos de arrabal con gracia y se rodeaba de artistas y poetas portadores de modernidad y creatividad. Mezclaba a la maravilla el jazz de Duke Ellington con Julio Jaramillo el de... “desde que te marchaste dormir casi no puedo...”. El bourbon con el aguardiente.

Invocaba su amistad y cercanía con Laureano Gómez, con quien trabajó de cerca; o la admiración por Jorge Eliécer Gaitán, con quien compartía su origen humilde y la defensa de los pobres.

Esas aproximaciones con los sectores más heterogéneos conducían inexorablemente a la búsqueda de una candidatura presidencial. Pero como suele suceder en nuestro medio, los espacios para una candidatura por su partido, el conservatismo, ya estaban ocupados. En 1970, Misael Pastrana Borrero, Evaristo Sourdís, Hernán Jaramillo Ocampo, Castor Jaramillo Arrubla y José Elías del Hierro, copaban el partidor presidencial.

Aun así, resolvió lanzarse con un apoyo bipartidista y sacó un meritorio tercer puesto, igual que Gaitán en 1946, en unas elecciones muy controvertidas por la manipulación de la información electoral, creando un clima de confusión, felizmente superado por el presidente Lleras Restrepo con gran legitimidad.

En 1978, y ahora sí, con el apoyo de las fracciones conservadoras, de la Anapo y un sector minoritario liberal, insistió en una nueva candidatura, muy exitosa pero incompleta, faltaron unos pocos votos para ponerse la banda nacional en el pecho.

En 1982, “sí se pudo” alcanzar la Presidencia con la ilusión de perfeccionar la Paz, razón última y profunda de su pretensión política. Estaba confiado. Lograría el entendimiento nacional: “La guerrilla volverá a sus casas cuando desciendan las injusticias”, anunció con optimismo. Presentó una ley de amnistía y tuvo gran acogida. El ambiente era propicio y por primera vez se dio un diálogo entre el establecimiento y la subversión. Todo marchaba al ritmo paisa, hasta que un amigo suyo, prolífico escritor de sombrero terciado y sonora carcajada, Otto Morales Benítez, le manifestó que la Paz tenía unos “enemigos” agazapados.

Vinieron “los dolorosos”: el terremoto de Popayán, la de-saparición de Armero, el ataque al Palacio de Justicia y el asesinato de su ministro de Justicia sepultaron los vientos de paz. Betancur afrontó con gran carácter y enorme sacrificio el reto que de manera simultánea le plantaron la naturaleza, la guerrilla y el narcotráfico. Actuó como sus principios y sus condiciones de jefe de Estado se lo impusieron. Asumió con garbo sus responsabilidades de gobernante hasta que entregó el mando.

Desde entonces es un Ministro Universal de Cultura en el mundo. Cultor de las bellas artes y escritor de ponderado estilo y caligrafía barroca aprendida a temprana edad en las breñas donde su padre ejerció la arriería. Tiene el título de “Mejor expresidente de Colombia”.

Su hábitat, un piso atestado de libros y de pinturas, tiene el ambiente de los salones europeos de la conversación inteligente, con una bella señora, que trabaja con manos de artista: trabaja la cerámica con mágica habilidad y la conversación con alegría caribeña. Está cerca de Cien Años de Sol y Edad. Viaja mucho a Barrichara, una sucursal hogareña, en clima provechoso; y a un lugar cercano a mis afectos: Titumate, desde donde me envió una bellísima edición de Canoa, con dedicatoria para Alberto y María, estas evocaciones de Don Quijote y Sancho contra los molinos. “Firma Vespasiano Barajas quien, como yo, es feo, agresivo y muy conservador”.


ALBERTO CASAS SANTAMARÍA
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 73 - ABRIL 2018

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