Bocas

Las metidas de pata y otras aventuras de Navarro Wolff

En 2012 el exconsituyente y exguerrillero del M-19 contó porqué cambió las armas por la política.

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Antonio Navarro Wolff, ingeniero y político colombiano.

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Sebastián Jaramillo

22 de septiembre 2016 , 12:42 p.m.

Esta entrevista fue publicada en la edición número 5 de BOCAS, en febrero de 2012, y hace parte del archivo de la revista. En esa época, Antonio Navarro Wolff acababa de ser nombrado por Gustavo Petro como secretario de Gobierno de la Alcaldía de Bogotá, un cargo que ocupó hasta marzo de 2012. Actualmente, en 2016, Navarro Wolff es senador de la República.

Navarro es todo lo flaco que uno se imagina que pueda ser la paz en un país donde los señores de la guerra son los que comen ganados y tierras y contratos y coimas. Vive en un apartamento en el que se ve que no hay mujer. Hace cinco años está divorciado de Marcela, la última que le hizo probar seriamente la vida en pareja. No hay adornos, no hay cuadros, no hay mucha cosa en la nevera.

Cerca de la chimenea, donde tampoco hay leña, descansa una reproducción del bastón de la Virgen de las Mercedes, patrona de Pasto. En la chimenea, una bayoneta oxidada, y en el patio de ropas, una lanza descomunal de unos bravos guerreros ecuatorianos. Esas son las armas de Navarro; esas y, desde que dejo el monte, su lengua, que solo funciona a medias debido a la esquirla que le cortó uno de los nervios hipoglosos en el atentado que casi le cuesta la vida en Cali, en mayo de 1985. Dice que las imitaciones que hacen en radio son tan buenas que a veces resultan mejores que él, pero que, en últimas, es fácil imitarlo, pues, como dicen en Pasto: “Navarro habla claritico, pero no se le entiende nada”.

Atiende la entrevista en unos muebles viejos, viejos, viejos. Se los regaló en 1991 un señor que iba a inaugurar un negocio y tenía tres juegos, uno para cada presidente de la Asamblea Nacional Constituyente. Su exesposa, a la que todavía llama “mi esposa”, quiso sacarlos de casa varias veces, pero ahí están los muebles y ella ya no.

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Antonio Navarro Wolff. Foto: Sebastián Jaramillo

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Es domingo, nueve de la mañana, y dice que es temprano, que nos esperaba a las diez. ¿Qué concepto de “temprano” puede tener Navarro? Al menos si se tiene en cuenta que en las noches sus dos hijos menores, de 13 y 15 años, vienen a dormir con él. Se levantan a las tres y media de la mañana, hacen las tareas juntos hasta las cinco; entonces, ellos se van para el colegio y él para la oficina. Tiene locos en la madrugada a todos los empleados de la secretaría.

¿Por qué madruga tanto?
Porque “al que madruga Dios le ayuda”.

Dios no existe.
¡Pero ayuda!

¿Usted en qué cree?
Soy católico latinoamericano. El mío es un catolicismo suave, fresco, donde no se aprieta demasiado.

¿No es mejor, entonces, hacerse cristiano?
No, los cristianos, sobre todo de las iglesias norteamericanas, son más ortodoxos. Soy católico de misa de vez en cuando y mis hijos estudian en un colegio católico, pero ya uno está dudando de la existencia de Dios.

¿Cuando entró a la guerrilla creía en Dios?
Sí, de alguna manera. No entré creyendo que contravenía a Dios; entré creyendo que estaba haciendo lo que tocaba hacer. Después de ver que le hacían un fraude electoral, el 19 de abril de 1970, a un general conservador como Rojas Pinilla, decíamos: "¿A quién le van a respetar un resultado electoral en este país?" La tradición era el alzamiento armado y yo la honré. Mucha gente, muy cercana a la tradición de los movimientos estudiantiles, pensaba que lo que hice era lo que tocaba, pero pocos se atrevieron. Hoy las cosas son distintas y está demostrado que no se puede ganar por ese camino.

¿El M-19 deja las armas porque estaba derrotado o porque sabía que no iba a ganar?
Porque sabía que no iba a ganar. Eso es un método, eso no es un principio, y si el método no funciona, entonces, ¿usted qué?, ¿morirse de viejo, de mal de arrugas, en la guerrilla? El principio número uno para lograr la paz es la aceptación de que el método no funciona.

¿Timochenko y el secretariado de las Farc son, entonces, pésimos estrategas?
O son lo suficientemente tercos para no reconocer la realidad o empezó a no importarles la victoria. Como Al Qaeda, que no quiere derrotar a los Estados Unidos: quiere simplemente desestabilizar. Es lo que llaman las nuevas guerras. Sigo pensando que las Farc, no sé de qué manera –porque están absolutamente derrotados–, sueñan con ganar, pero me da miedo que ya no les importe la victoria como objetivo. Y, ahí sí, esto es complicadísimo de resolver porque dura y dura y dura.

¿Comparte la esperanza de algunos analistas con el tono de las cartas y comunicados de Timochenko?
“Obras son amores y no buenas razones”. Un proceso de paz tiene que tener una meta definida: el desarme de la guerrilla. Cuando las Farc tengan claro que deben abandonar por completo la lucha armada, habrá un proceso de paz viable. Hasta ahora no hemos escogido la paz, que para el país es mucho más barata e inteligente. Y no se puede volver al Caguán, a esa idea del Caguán en la que había que concertar las decisiones del gobierno con la guerrilla.

¿Le suenan los diálogos secretos en el exterior?
Todos los métodos que conduzcan a la paz, bienvenidos. Pero a una paz cierta. A veces pasan cosas que sorprenden y las Farc deberían tomar nota. A China, por ejemplo, le va muy bien con el socialismo de mercado, en el que está claro que el mercado es la lógica que mueve a la economía. O miremos el caso del gobierno más ortodoxo de América Latina, Bolivia: como Evo Morales es un campesino, sabe que no puede gastar más de lo que tiene en ingresos. Bolivia es un gobierno de izquierda con una ortodoxia económica total.

Usted no se pudo tomar el Palacio de Justicia, pero se tomó el Palacio Liévano. ¿Cómo le ha ido en esta “toma”?
Nos sentimos aceleradísimos, como dicen los muchachos; esto es una cosa de alta intensidad. Estamos con un alcalde que es un volcán de ideas y de propuestas. Eso contrasta con lo que había, porque venimos de alcaldes o muy difíciles o muy planos.

¿Los alcaldes deshonestos usted los clasifica como difíciles o como planos?
Caben en ambas categorías.

¿Es fácil recibir órdenes de Gustavo Petro?
Hemos tenido hasta ahora una relación armónica, pero no deja uno de tener que acomodarse a situaciones, por ejemplo, esta es la primera vez en veinte años que soy subalterno.

En la vida revolucionaria era al contrario…
El M-19 tenía una especie de cortes generacionales: Jaime Bateman e Iván Marino Ospina eran una corte, después venía la de Pizarro y yo, y después los muchachos, Petro y los demás. Era un muchacho inquieto. Lo conocí en Bogotá, cuando empezaron los diálogos con Betancur y él propuso unas manifestaciones. La primera fue en Zipaquirá, donde él había estudiado. Después lo volví a encontrar en la paz y, en 1998, después del Congreso y de su paso por la diplomacia, fracasó tratando de ser alcalde de Bogotá e hicimos una lista a la Cámara. Conseguimos 190.000 votos; yo era cabeza y él segundo renglón, y nos eligieron a los dos.

¿Cuándo lo llamó Petro para que lo acompañara en la Alcaldía?
Nunca: yo lo llamé a él. Me parecía histórico que Bogotá nos hubiera dado una segunda oportunidad y lo llamé quince días antes de las elecciones. Le dije: “Si usted gana, le ayudo”. Podía haber sido una especie de consejero, pero escogí meterme de lleno en esto, en ser secretario de Gobierno, porque me interesa la participación. Ese es mi tema.

Por eso viene a hacerse cargo del presupuesto participativo. ¿Cómo va a lograr que los bogotanos decidan transparentemente en qué hay que gastar la plata?
En Pasto tuvimos siete años de presupuesto participativo y nos fue bien. Eso no puede salir mal, porque el dueño de la plata es el que paga impuestos, no el alcalde. Pero no hay antecedentes en el mundo de lo que vamos a hacer: ponerlo a funcionar en una ciudad de casi ocho millones de habitantes. Vamos a tener unidades pequeñas de cincuenta mil personas con un cupo presupuestal y una lista corta de proyectos elegibles, y lo mismo en nivel de localidad. Eso, en palabras, es como el Carnaval de Pasto: hasta que uno no lo ve no se da cuenta de cómo es.

Cuando a la gente le llegue la hora de ir a un cabildo ciudadano, entenderá.
Otra tarea fundamental es asegurar una coalición de gobierno en el Concejo.

¿Cómo la va a lograr si ya repartieron todas las secretarías?
Vamos a tener una buena relación con el Concejo pero habrá una destorcida: el anterior gobierno tenía miles de contratos y decenas de puestos para repartir, y buena parte del gobierno estaba parcelado para que lo manejaran los concejales. Eso no lo vamos a permitir. La ciudad votó contra eso. Se acabaron los concejales que administraban sus “fincas”.

¿Y los organismos de control que reclamaba Armando Benedetti para la oposición?
La Contraloría y la Personería son órganos de control que no pueden servir para tapar, pero tampoco para que se los use como instrumentos de oposición.

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Antonio Navarro Wolff. Foto: Sebastián Jaramillo

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Volvamos a las luchas de antes. ¿Se acuerda de su primer combate con el M-19?
Estaba a orillas del río Pescado, al sur del Caquetá, e íbamos a hacer algo histórico: la primera emboscada en la historia del M-19. Escogimos el sitio, nos dejamos ver para que el Ejército viniera y nos devolvimos a traer el grupo para armar la emboscada. Caminamos de noche, sin linterna, y no calculamos bien el tiempo. Cuando regresábamos al sitio de la emboscada ya iba a amanecer y prendimos linterna para agilizar, pero el Ejército había llegado antes… como dijo un compañero: “¡La emboscada que les hicimos ellos a nosotros!”. Y, claro, hubo una tremenda balacera.

En 1980 lo capturan en Flandes y lo llevan al Cantón a torturarlo. ¿Cómo cambia la vida de una persona torturada?
Es muy duro, es una soledad absoluta. Los veinte días más solitarios de mi vida. No me quedó otra alternativa que fijarme una sola idea en la cabeza: llegué digno y saldré digno. Fue una especie de Guantánamo con un poquito más de fuerza: golpes, insomnio, hambre.

¿Recuerda a alguno de sus torturadores o lo conoció después?
No vi a ninguno y nunca me ha interesado saber quiénes eran. Y digo lo mismo del atentado; ese sí fue duro y casi me cuesta la vida. Un día llegó a mi oficina del Senado un sargento retirado diciendo que había participado en el atentado contra mí. Y me dio los nombres de los oficiales implicados, todos del batallón Charry Solano. Estaba muy dolido porque lo habían echado del Ejército faltándole poco para la pensión. Él quería que yo iniciara una acción judicial y se ofrecía como testigo. Le dije: “No, ya la guerra terminó. Hay que ponerle punto final a esto”. Tres meses después se metió a una sucursal de un fondo de pensiones en el centro y amenazó con matar a veinte personas. “Guerra es guerra”, dicen las monjitas y, una vez pasa, paz es paz.

¿Qué cosas de la vida se ha perdido por la limitación que le dejó el atentado?
Nada: camino, bailo, subo a Monserrate. Tiene sus ventajas… ¿A usted no le pasa que cuando se acuesta hay una pierna que como que le estorba y no sabe qué hacer con ella? Bueno, pues yo me la quito y duermo rico. He ido muchas veces a hablar con soldados amputados, a demostrarles que la vida sigue. Mire: ¡hasta por curiosidad se levanta uno muchachas que quieren ver la prótesis!

¿Cambia mucho de prótesis?
No, esta la tengo desde 1990. El pie es alemán y cada tanto le hacen reparaciones y ajustes. Hay pies más modernos ahora, pero esto es como los zapatos viejos: uno se acostumbra, se amaña y no sale de ellos.

Carlos Alonso Lucio también estaba en la cafetería el día del atentado…
Sí, pero el que más sufrió fui yo, porque la granada estalló contra mi pie izquierdo y quedé como si con una cuchara de heladería me hubieran sacado un bocado del pie. En el hueco me cabía el puño. En México me amputaron el pie, así que les digo a los mexicanos que yo tengo más raíces allá que ellos mismos porque tengo un pie enterrado en ese país.

¿Qué opinión le merece Carlos Alonso Lucio, tan mentado por estos días?
Le perdí el ritmo a Carlos Alonso hace ya años. Hace mucho no hablo con él y no sé qué pasó. Lo conocí en la vieja Picota, cuando estábamos allá presos. Era de las Juventudes del Nuevo Liberalismo, luego fue del M-19. Nos sacaron juntos cuando lo del atentado, a México, después estuvimos en Cuba un tiempo. Cuando volvimos le fui perdiendo el rastro y al final se lo perdí del todo. Los seres humanos vamos cambiando, así que no sé cómo será él hoy.

¿Su relación con la fiscal le merece algún comentario? [Se refiere a Viviane Morales, fiscal general entre 2011 y 2012]
Están enamorados. Creo que el amor es un derecho fundamental y hay que respetarlo.

¿Qué opina de las declaraciones de Lucio de que haya benevolencia judicial con los miembros de la fuerza pública involucrados en posibles excesos durante la retoma del Palacio de Justicia?
En 1990, cuando firmamos la paz, le propusimos al gobierno de Barco que hiciera una amnistía general y sin condiciones, de manera que nadie tuviera que pedirla y que cubriera a todos los que habían tenido que ver en el conflicto con el M-19. No quisieron, dijeron que no, que era un indulto y que había que pedirlo. Nosotros sí lo pedimos y el Ejército se negó, por una cuestión de orgullo: los militares no piden indultos. Fue una decisión históricamente equivocada porque los procesos contra ellos continuaron. Creo que sí hay un desequilibrio en el tratamiento de la situación, pero no sé si en el momento jurídico actual se pueda corregir. En ese momento era fácil, veníamos de cuarenta guerras y amnistías. Hoy es distinto, este país es urbano y la lucha armada perdió sentido, así que ya no resulta sencillo aplicar las fórmulas del pasado.

Usted siempre pide perdón por la toma del Palacio de Justicia y la de la Embajada de República Dominicana, y por el secuestro de Álvaro Gómez, pero también dice que no tuvo que ver con esos hechos. ¿Entonces por qué tantas disculpas?
No tuve nada que ver, pero era cabeza visible del M-19. ¿Cuál es mi mérito? Haber sobrevivido. De los cinco que éramos comandantes, el único vivo soy yo. Me tocaba a mí pedir perdón porque no había nadie más. De lo del Palacio, por ejemplo, me enteré mientras almorzaba en Cuba, cuando un mesero me mandó a ver la televisión. En ese entonces yo estaba por fuera de la línea de mando.

¿La toma fue un error?
Total. Uno mira los documentos del M-19 de antes de la toma y dicen que el presidente no tenía ya el mando del orden público en Colombia, que lo habían tomado directamente los militares. ¡Y lo primero que hacen cuando se toman el palacio es pedirle a Belisario que ordene un alto el fuego! ¿Por qué a él, si ellos pensaban que no era quien decidía esas cosas? Y en el caso de los militares la cosa también estaba caliente: venían cargados de tigre por un atentado al general Samudio Molina.

¿Es de los que creen que el narcotráfico avivó esa acción del M-19?
Es posible que le hubieran pedido ayuda a Pablo Escobar, pero no creo que se las haya dado. Si Escobar los hubiera respaldado, habrían tenido proyectiles antitanque.

¿De todos sus compañeros de armas, la muerte de cuál es la que más le duele?
La de Jaime Bateman, porque él era un fenómeno de carisma, el hombre que decía que la Revolución era una fiesta. Fue dura también en la práctica, porque yo estaba esperando unas armas que nos iba a mandar y nos tocó pasar una cantidad de trabajos. La de Carlos Pizarro fue terrible porque, por un lado, fue fundamental en que el M-19 tomara la decisión de paz y, por otro, porque nosotros siempre le habíamos puesto el pecho a las balas y a la brisa y a él lo mataron cobardemente, por la espalda. Es de los pocos momentos en que he llorado.

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Antonio Navarro Wolff. Foto: Sebastián Jaramillo

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¿Qué tan fuerte era su relación con Pizarro?
Le voy a contar una cosa que he comentado privadamente pero no en público, y ya es hora de revelarla: los dos habíamos salido en enero de 1990 a ver si había espacio para la paz, así que Pizarro y yo hicimos el compromiso de que si a alguno de los dos lo mataban, el otro se devolvía al monte y se iba para atrás el proceso de paz.

Así que cuando matan a Pizarro usted estaba obligado por su palabra a volver a la guerra. ¿Por qué no lo hizo?
Pedí que enterráramos a Pizarro en paz. Era lo primero que había que hacer, la paz, pero solo para el entierro, pues yo estaba atado al pacto. Era algo tremendamente importante y creí que no podía tomar esa decisión solo, así que reuní a toda la dirección del M-19 y votamos en secreto. El resultado: por unanimidad decidimos quedarnos. Y a Carlos le dije, allá donde estés, perdóname por no cumplirte, pero lo que había que hacer era quedarse aquí y no volver a la guerra.

Paramos un momento para que le tomen las primeras fotos. Sebastián Jaramillo, el fotógrafo, le pide una silla para armar algo que se está soñando. Navarro le contesta con escueta sinceridad: “No tengo”. Aquí no hay sillas. Confiesa que a veces almuerza parado en la cocina. La productora, Adriana Restrepo, se ofrece para bajar a pedirle una al portero del edificio. Acordamos sentarnos para unas cuantas preguntas rápidas, mientras cuenta que cuando va a los aeropuertos de los Estados Unidos prefiere quitarse la prótesis para evitar el pitico de los detectores. Navarro entra, pues, a los Estados Unidos saltando en una pata… ¿de la dicha?

¿Cuál ha sido nuestro peor presidente?
Guillermo León Valencia, que dedicaba más tiempo a cazar patos que a gobernar.

¿Cuál es su mejor amigo de derecha?
No sé si encaje en lo de ser de derecha porque esa clasificación ha ido perdiendo sentido en el mundo, pero tengo muchas diferencias ideológicas con María Isabel Rueda y, aun así, somos muy amigos. Cuando aborda aquello de que lo de Petro es pura paja, es porque no tiene una buena comprensión de lo que es Petro.

¿Y su gran contradictor en la izquierda?
El senador Jorge Enrique Robledo. Es brillante e inteligente pero también profundamente ortodoxo. De todos los ortodoxos que hay en este país, es el más importante.

¿Quién es su mejor enemigo?
A nadie considero mi enemigo y a nadie voy a graduar de enemigo.

Nos despedimos. Me hace un comentario amable sobre la entrevista. Le digo: “Le agradezco el comentario, sobre todo viniendo de alguien que habría podido matar a mi papá”. Hay entre los dos un par de segundos de silencio que parecen más largos.

“¿Cómo así?”, me dice. Le cuento que soy hijo de Gustavo Gómez Velásquez, magistrado de la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia en tiempos de la toma. “Mi papá se salvó porque el 6 de noviembre estaba fuera de Bogotá”. Está asombrado. Le suelto el resto de la historia en versión resumida: “Papá y yo siempre hemos sido poco amigos de las celebraciones. Por eso, en noviembre de 1985, papá se acercó y me dijo: ‘Tengo que ir a hacer unas diligencias fuera de Bogotá, pero viene su cumpleaños. ¿Hay problema si me voy?’. Le dije que se fuera tranquilo, que el 7 de noviembre yo celebraría con mamá y mi hermana, y se salvó de la toma en que murieron sus compañeros. Si lo hago quedar, hubiera podido ser yo, con ayuda del M-19, el que habría podido causar la muerte de mi papá”.

Me cuenta la historia de un militar que un día lo invitó a tomarse un whisky para contarle que estuvo en un enfrentamiento donde sabía que lo iba a matar. Nos damos un abrazo sincero y me acompaña hasta el ascensor. No me quita la mirada de encima. Antes de subir, le digo: “Respeto mucho lo que hizo y lo admiro”.

Me voy. Antes de llegar al primer piso ya me he repetido mentalmente un par de veces la última frase de la entrevista: “A nadie considero mi enemigo y a nadie voy a graduar de enemigo”.

GUSTAVO GÓMEZ
FOTOS: SEBASTIÁN JARAMILLO
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 5 - FEBRERO DE 2012

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