Archivo

Norman Mejía, el terrible provocador

Norman Mejía vivió encerrado los últimos siete años de su vida, encarcelado en su cuerpo y aferrado a su obra. Así lo decidió, en mayo del 2005, luego de presentar 'Realidades fantásticas', su última muestra pública, en la Galería Alonso Garcés, en Bogotá.

30 de abril 2012 , 12:00 a.m.

Como solía suceder cuando accedía a exponer -en muy contadas ocasiones-, las cosas, una vez más, no salieron bien. Peleó con Garcés, sintió que querían abusar de él y de su obra y terminó aislándose, esta vez de manera definitiva.

"Su encierro fue paulatino, la última vez que lo vi en la calle fue en el 2003", cuenta María del María del Pilar Rodríguez, periodista y amiga del artista.

El problema siempre fue el mismo: se negaba a vender su obra, le dolía perderla, le angustiaban las intenciones del comprador, a dónde irían sus cuadros. "No me interesa exponer, porque en realidad no necesito que me halaguen ni que me confirmen nada. Soy una exposición abierta, el que quiera ver mi obra, puede venir y verla", dijo en el 2009.

Su distancia con el circuito del arte empezó en 1965, cuando ganó, a los 27 años, el Primer Premio en Pintura en el Salón Nacional de Artistas con la emblemática obra La horrible mujer castigadora. Se había convertido en uno de los pintores jóvenes preferidos de la crítica de arte Marta Traba, quien afirmó que su obra había "socavado la edénica tranquilidad del arte colombiano que ni los relámpagos deslumbrantes de Obregón ni la risa bárbara de Botero habían conmovido realmente a fondo".

Sin embargo, quien empezaba a ser considerado el gran expresionista colombiano no resistió la presión y abandonó la capital, a donde había llegado en 1964, después de una larga estancia en Europa.

En 1966, participó en el Festival de Vanguardia en Cali, organizado por los nadaístas -el único grupo con el que confesó sentirse cómodo-, y realizó una osada exposición en la facultad de Psicología de la Universidad Nacional, llamada 'En el paisaje', en la que los asistentes oyeron repetidamente el álbum Aftermath, de los Rolling Stones, y una serie de meseros, organizados por el artista Bernardo Salcedo, simularon llevar una bandeja cargada de copas.

El cartagenero jamás pisó una academia. Fue un virtuoso autodidacta capaz de pintar hasta 17 horas seguidas. Sus líneas expresivas y violentas, con las que creó una infinidad de lienzos en los que se destacaba una figura femenina macerada, torturada y erotizada, le dieron fama e incomprensión desmedida. Se instaló definitivamente en Barranquilla con la idea de hacer una casa- castillo en un terreno en Puerto Colombia.En 1994, otro episodio doloroso lo alejó aún más de la sociedad, cuando los pescadores de Salgar quemaron su morada en Puerto Colombia. La razón: consideraron satánicas a esas mujeres con las piernas abiertas y las tetas gigantes que vestían los muros exteriores del castillo. Mejía terminó recluido con casi 3.500 obras en un apartamento del barrio El Country de la Arenosa, de donde salió para la clínica Bautista horas antes de su muerte, el pasado 23 de abril.

Sus últimos siete años transcurrieron literalmente en la oscuridad. Cubrió las ventanas de su apartamento con bolsas de plástico negro, de la misma manera que filas de cuadros arrumados impedían la entrada del sol. Una luz vaga iluminaba su habitación y su estudio, y siempre estaba acompañado por dos ventiladores que le ayudaban a mitigar el calor.

Por su fuerte carácter y su indomable terquedad, hoy existen más de 5.000 obras del artista que el país no conoce. Testarudo, necio y excéntrico, pero también genial, alegre, ingenuo y generoso, Mejía murió creyendo en su pintura, se fue sabiendo que se salió con la suya, partió acompañado de esos espíritus que juraba lo acompañan siempre. Queda su obra: miles de lienzos escondidos que esperan, tal vez, por fin, salir a la luz.

Antología fallida en 2011, se frustró un libro sobre su obra.

El poeta Eduardo Escobar, gran amigo de Mejía, realizó un último esfuerzo para dar a conocer su obra a mediados del año pasado, cuando, tras varios intentos, logró convencer a Benjamín Villegas de publicar un libro con lo mejor de su pintura. Sin embargo, artista y editor no se pusieron de acuerdo y el proyecto, como tantos otros, no prosperó. "No me importa quedar mal porque para quedar bien tendría que quedar mal conmigo mismo. Además, yo estoy en un papel fabuloso porque estoy escondido, solo así he podido ser yo", aseguró en el 2009