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No hay lugar para optimismos

De acuerdo con las Naciones Unidas, el año pasado, 216 millones de personas, la mayoría habitantes de países de bajos ingresos, enfermaron de malaria; de ese total, al menos 655.000 murieron por esta causa. Se trata de una estadística astronómica, pese a que el organismo ve el panorama con optimismo, soportado en datos según los cuales en el último año no murieron 1.900 niños al día, sino 1.400, por tal razón.

26 de abril 2012 , 12:00 a.m.

En realidad, aquí no hay lugar para los optimismos, y mucho menos cuando un grupo de universidades, entre ellas las de Washington y Queensland (Australia), llegaron a la conclusión, basadas en datos epidemiológicos de los últimos 20 años, de que la afectación es mucho más grande de lo que reconoce la ONU.

De acuerdo con sus análisis, publicados en The Lancet el 4 de febrero del 2012, este mal mató el año pasado a 1,24 millones de personas. Eso querría decir que la enfermedad (a la que está expuesta la mitad de la humanidad) se les salió, literalmente, de las manos a las autoridades mundiales de salud. Este miércoles, el propio secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki- moon, con motivo de la conmemoración del Día Mundial del Paludismo, reconoció que el padecimiento "sigue siendo una tragedia monumental". Y lo es.

No se trata de desconocer que ha habido avances. Según el organismo, la mortalidad global por tal causa se redujo en un 25 por ciento desde el 2000; no obstante, hay grietas evidentes en las estrategias de última generación para enfrentar la malaria. Por ejemplo, la artemisina, medicamento de última generación para el tratamiento del paludismo, está mostrando una alta resistencia del parásito Plasmodium (causante del padecimiento) en Camboya, Tailandia y Laos, con el agravante de que no se vislumbra la producción de antimaláricos nuevos, según un artículo divulgado en la última edición de Science.

Por si fuera poco, se sabe que el Anopheles, mosquito transmisor de la malaria, ha cambiado su forma de "operar" para burlar los insecticidas; vale resaltar, en cambio, que algunos controles biológicos para impedir el crecimiento de larvas han sido exitosos. El problema es que su uso no se ha masificado. Mientras tanto, la enfermedad gana terreno.

En Colombia, cuyas dos terceras partes del territorio están en zona malárica, se registraron el año pasado 65.172 casos de paludismo en todas sus formas (entre ellos 18 fallecimientos asociados), con una notable reducción respecto al año anterior. Se trata, vale resaltarlo, de casos notificados, un área en la que el país presenta serias debilidades.

En otras palabras, sin querer ser aguafiestas, no es posible saber qué tan veraz es la estadística, mucho más cuando hay municipios en zonas de riesgo que no tienen la voluntad política ni las condiciones sanitarias y técnicas para hacer una adecuada vigilancia del mal.

Esa es una de las razones por las que el Instituto Nacional de Salud coincide con lo dicho por el Secretario General de la ONU, en el sentido de que urge fortalecer las acciones encaminadas a diagnosticar la afección y a atender efectivamente a los enfermos. Se entiende, entonces, por qué la humanidad tiene las esperanzas puestas en una vacuna y en alternativas de biología molecular para controlar integralmente el flagelo.

Grupos de investigación de todo el mundo, incluidos varios colombianos, trabajan en el desarrollo de estos avances. Aunque, de lograrse, constituirían un hito científico universal, no llenarán los protuberantes vacíos en salud pública de países como Colombia. Pero ojalá permitan llevar a la práctica el proyecto 'Malaria Colombia 2010-2015', hasta ahora bien diseñado en el papel