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En la puja por la vacuna antimalaria todo vale

A la competencia por producir una vacuna contra la malaria no solo la alimentan propósitos altruistas. Inmunizar al organismo contra el parásito plasmodium, que en el 2010 afectó a 216 millones de personas y mató a 655 mil, convertiría a la mitad de la humanidad, hoy en riesgo, en cliente potencial de quien llegue primero a esta meta.

25 de abril 2012 , 12:00 a.m.

"Detrás del desarrollo de esta vacuna están los más altos intereses económicos, y ligados a ellos, los políticos", advierte Ismael Roldán, exdecano de la facultad de Medicina de la Universidad Nacional.

Esta carrera, que se disputa a muerte y en la que se vale todo, empezó el 13 de mayo de 1969. Ese día, la revista Nature anunció que se podía obtener inmunidad contra la malaria si la gente era picada por mosquitos infectados con el parásito, que habían sido expuestos a rayos X. El método fue descartado, pues cada persona necesitaba 1.500 picaduras.

Por esa época el desplazamiento del ejército norteamericano a las zonas tropicales hizo de la búsqueda de una vacuna para proteger a las tropas, una prioridad político-militar.

Era la época de la Guerra del Vietnam, de la Guerra Fría, y cientos de millones de dólares, aportados por las fundaciones Rockefeller, McArthur, Kelloggs, la USAID y el mismo ejército, eran girados para financiar la investigación en Estados Unidos, que no era la única nación interesada. Por razones históricas, Inglaterra convirtió esta enfermedad en uno de sus portaestandartes e involucró a la prestigiosa London School of Tropical Medicine, a las universidades de Oxford y Liverpool, y al Medical Research Council. Francia ingresó en el partidor con su Instituto Pasteur, y las universidades de Lille y Montpellier. Italia hizo lo propio con la Universidad de Roma, al igual que Australia. En fin, todo aquel con poder, dinero y un pie en el trópico entró en la carrera por lograr una vacuna contra la malaria, con el apoyo decidido de sus gobiernos.

"No es para menos. Tener una vacuna significaba una posibilidad de vida y salud para más de 300 millones de personas afectadas por esta enfermedad cada año", dice el inmunólogo colombiano Manuel Elkin Patarroyo.

Cada grupo en pugna puso todos los huevos en la canasta de la investigación biológica, que consistía en inyectar en el cuerpo moléculas recombinantes o material genético causante de la enfermedad, para generar defensas contra ella en el organismo. Era lo esperado: con base en este principio han sido creadas la mayoría de las vacunas.

Por la misma época, sin embargo, Patarroyo, aliado con la Universidad de Estocolmo y asesorado por los profesores Henry Kunkel y Bruce Merrifield (Premio Nobel de Química en 1984), tomó la vía inexplorada de una vacuna sintética. Para llegar a ella, tenía que construir las moléculas en el laboratorio. Esta propuesta sumó un nuevo enfoque: la carrera ya no era solo entre grupos de investigación y laboratorios, también entre dos escuelas científicas opuestas, la biológica y la química.

En 1986, la química se ubicó un paso adelante cuando el equipo de Patarroyo ensayó en monos la primera vacuna contra la malaria diseñada en un laboratorio. El revuelo fue mayúsculo cuando en agosto de 1987, la revista Nature avaló la investigación. A nadie le cabía en la cabeza que el avance se hubiera producido en un país subdesarrollado y lejos de los templos de la ciencia y de las platas de las grandes compañías.

Apenas unos meses después, en marzo de 1988, Nature divulgó los resultados del ensayo hecho con soldados colombianos voluntarios, que tras recibir la vacuna luego fueron infectados con el plasmodium. El nivel de protección alcanzado fue del 40 por ciento.

En este punto se avivó la pelea. En un editorial, el investigador Louis Miller, de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos, lanzó la primera bomba al cuestionar los parámetros éticos del trabajo de Patarroyo, porque había inoculado el parásito a soldados vacunados y a soldados sin vacunar, que constituyeron el grupo de control. Miller no se quedó ahí, y dijo que el hallazgo de Patarroyo no era "un desarrollo científico", sino "un golpe de suerte".

Pese a la fuerte controversia, Patarroyo siguió vacunando, y no solo en Colombia, con resultados disímiles. En Venezuela, logró, con su vacuna, una protección del 55 por ciento contra la malaria; en La Tola (Nariño), fue del 38,8 por ciento, y el 20 de marzo de 1993 The Lancet hablaba de una protección en niños de uno a cinco años del 77 por ciento. Un año más tarde, en marzo de 1994, la revista Vaccine le atribuyó una efectividad del 60 por ciento a la vacuna en el Ecuador. En julio de 1995, The Lancet aseguró que en Tanzania la protección era del 31 por ciento. El asunto parecía ir bien, de modo que el 25 de mayo de 1995 Patarroyo donó la patente de su vacuna a la Organización Mundial de la Salud, desechando los 120 millones de dólares que le ofreció un laboratorio por ella. La fiesta le duró poco: en 1996, los estudios del coronel del ejército estadounidense Ripley W. Ballou mostraron que la vacuna sintética colombiana no protegía a los niños tailandeses.

El escándalo opacó incluso observaciones hechas en un artículo publicado por The Lancet, en septiembre de 1996, que reconocía que la vacuna aplicada tenía una receta distinta de la de Patarroyo. En ese punto de la discusión, el prestigio de la vacuna sintética se vino a pique, y mientras las críticas arreciaban sobre el colombiano, algunas voces, y entre ellas la del Nobel Merrifield, aseguraban que el inmunólogo y su grupo "no solo sentaron las bases de una vacuna sintética contra la malaria, también las de un proceso revolucionario en el mundo, para otras enfermedades".

Curiosamente, el 9 de enero de 1997 el New England Journal of Medicine (NEJM) publicó un trabajo del citado Ballou en el que anunciaba una vacuna biológica, la RTS-S, que ofrecía una protección del 70 por ciento en siete voluntarios vacunados. Aun cuando su efecto se desvanecía a los seis meses, este compuesto se convirtió en el líder de la escuela biológica.

Cuando el coronel se retiró del Ejército, fue nombrado vicepresidente para el desarrollo de vacunas de la multinacional GlaxoSmithKline, que asumió la investigación de la RTS-S; en los estudios de campo ha participado un antiguo colaborador de Patarroyo, el español Pedro Alonso. El 12 de julio del 2010, Vaccine reveló en un estudio que la RTS-S tenía un índice de protección entre el 9 y el 53 por ciento.

La química saca la cabeza Hace un año largo, el 13 de marzo del 2011, la vacuna sintética volvió a los titulares mundiales por cuenta de un nuevo aval de la ciencia. La revista Chemical Reviews publicó un trabajo que describía una metodología lógica y racional, propuesta por Patarroyo y su equipo, para producir vacunas sintéticas, incluso la de la malaria.

Al mismo tiempo que la escuela química sacaba la cabeza, la biológica sufrió un revés: el 18 de octubre pasado, el NEJM reportó que la vacuna RTS-S, aplicada a 16 mil niños menores de cinco años en diferentes países, los protegía solo en un 38 por ciento contra las formas más severas de la enfermedad, y en un 34,5 por ciento contra todos los episodios de malaria. En el mismo número, Nicolas White, decano de la facultad de Medicina tropical de la Universidad de Bangkok (Tailandia), lanzó una aseveración aun peor: los resultados estaban sustentados con menos de la mitad de los datos disponibles.

A eso se sumó un artículo en Nature, una semana después, según el cual la RTS- S (ensayada por Alonso, el excolaborador de Patarroyo) presentaba mayor número de casos de convulsiones, meningitis y eventos adversos entre los vacunados.

En diciembre, Adrian Hill, director del Instituto Jenner de la Universidad de Oxford, calificó de "decepcionantes" algunos resultados.

En ese momento, Current Medical Chemistry publicó el resto de componentes para una vacuna elaborada sintéticamente por Patarroyo que, en teoría, sería efectiva contra la malaria. ¿Y en la práctica? Por ahora no se sabe, porque Patarroyo no tiene recursos para probarla.

Jaime Restrepo Cuartas, director de Colciencias, sostiene que vale la pena apoyarlo. "Embarcarse en la búsqueda de una vacuna sintética, como hace Patarroyo, es abrir un campo valioso no solo para la malaria, también para otras enfermedades", dice.

Pese a conceptos como este, el año pasado no recibió ni un peso del Gobierno nacional y para el 2012 le giraron en febrero 320 millones de pesos, unos 160 mil dólares.

Hasta el momento, 97 distintos tipos de vacunas biológicas han sido ensayados y en su desarrollo se han invertido fondos cercanos a los 8 mil millones de dólares; en contraste, en los últimos 35 años el trabajo de Patarroyo ha recibido 45 millones de dólares, de diferentes fuentes. Quizá por eso, David Andreu, director del departamento de Química de la Universidad Pompeu Fabra, de Barcelona, asegura que esta es la clásica "pelea de un pequeño David contra los gigantescos Goliat de las multinacionales farmacéuticas"