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La lucha por cambiar el destino

Son las 4 de la tarde. En el oscuro pasillo que dirige al coliseo de gimnasia en uno de los polideportivos del sur de Bogotá, se escucha el grito, con un acento diferente: "Ahora los circuitos". Tras la puerta metálica café oscuro se encuentran seis parejas de deportistas, entre niños y adolescentes, que siguen las instrucciones del entrenador**.

24 de abril 2012 , 12:00 a.m.

"Este trabajo es muy difícil, lo hacemos casi arañando la tierra, muchos de ellos se pierden", comentó el 'profesor'.

Sus alumnos de lucha viven cerca de allí, en ambientes de de drogas, malas influencias y violencia. Esas formas de vida pasan a un segundo plano cuando se concentran en un tema en común: el deporte.

Uno de los más preciados tesoros entre los alumnos de esta escuela es Lucía*, una luchadora de apenas 13 años con espíritu y pensamientos de adulto y metas claras: "Mi sueño es ayudar a mi mamá para sacarla de ese barrio. Llegar al Panamericano y ganarlo, clasificar a los mundiales y a los Olímpicos, para ganar la medalla que el 'profesor' y yo anhelamos. Además, para llegar a ser una gran persona, como nos enseña el 'profe' ".

Esta joven y dedicada deportista anda en esta lucha desde hace dos años y seis meses. Su larga jornada está mezclada entre estudios, entrenamientos y trabajo. "Yo llego de lucha cuando mis hermanos no se han ido a trabajar con el caballo. Yo salgo con mi mamá, nos toca duro por la situación económica y los problemas en la casa... Trabajamos en una 'zorra', somos recicladores". Las jornadas pueden extenderse hasta la 1 de la madrugada y el trabajo se combina con los insultos de las personas. "Nos toca bajarnos de la 'zorra', aguantarnos los 'madrazos' de la gente que sale por las ventanas (risas), recoger 'tatuco' (latas de gaseosa) y papel", dijo. El clima es otro de los rivales de Lucía. Los aguaceros, que no paran, las dejan empapadas, y si tienen suerte al llegar a casa, comerán algo antes de dormir. "Las semanas de lluvia son las más pesadas porque nos pegamos las 'lavadas', llegamos tardísimo a la casa y solo nos acostamos con una aguapanela y un pan. Mi mamá trata de evitar que aguantemos hambre, lo que sea trae de Corabastos, cuenta.

La alimentación de Lucía es lo que haya. Su actividad deportiva requiere para su cuerpo nutrientes fundamentales para el buen desarrollo físico y mental, pero se come lo que se puede. El 'profe', que tiene que hacer las veces de psicólogo, médico y nutricionista, lo sabe y por eso, antes del inicio de las prácticas, lo primero que pregunta es qué desayunaron. "Lo que más me preocupa es tenerles un refrigerio y una comidita para manejarles las cargas a los muchachos. La mayoría de ellos solo almuerza arroz y huevo con aguapanela. Con un pan y aguapanela no se les puede meter un entrenamiento de dos horas, ¡los matas!", dice.

Lucía tiene el almuerzo cubierto. De lunes a viernes, asiste a un comedor comunitario del barrio, pero el resto de las comidas son inciertas. "Cuando no hay nada (de comer), me hidrato con mucha agua. En el comedor comunitario nos dan el almuerzo de lunes a sábado. Los domingos nos aguantamos o mi mamá se rebusca la comida", confiesa. Formarlos como personas El entrenador cree en la necesidad de formarlos como personas. Les inculca valores y habla claramente de los objetivos. Con la difícil situación en la que los niños de esta escuela de lucha viven, fácilmente se perderían y convertirían en delincuentes. "Siempre estoy pendiente de que estudien y se preparen. Les hablo mucho de ser campeones, de los sueños y metas. Soy rudo para que entrenen y se esfuercen.

Colombia tiene material para trabajar, pero hace falta el apoyo", comenta.

Es tanta la pasión de Lucía en sus entrenamientos que no importan sus tenis viejos y desbaratados o su camiseta descosida. Ella se esfuerza por cumplir con lo que le piden. "A veces me coge la noche, toca hacer pesas y circuitos.

No entreno las dos jornadas, estoy estudiando, pero mis entrenamientos son duros para cumplir con las metas que tengo".

Tampoco importan los implementos dañados, las colchonetas rotas. Tampoco los problemas en la casa ni la falta de una figura paterna o la hostilidad de un barrio** lleno de amenazas contra los jóvenes y de los problemas sociales que Lucía ya identifica y comenta como si estuviera narrando un cuento. Entendió que con la práctica de lucha puede cambiar un destino, el suyo, y vivir en algo mejor.

"En mi casa, mi papá cayó preso por falta de alimentos para nosotros y por estarle pegando a mi mamá borracho. En el barrio hay mucha droga, y uno ve muchas niñas pequeñas ya embarazadas. Hay muchas peleas y siempre se la pasan echando bala por las cuadras. Me gusta entrenar porque me hace olvidar las cosas que pasan en el barrio. Acá me desahogo".

Sin embargo, se queja por la falta de apoyo de "las instituciones competentes", como dice. "En Colombia les dan el apoyo a los deportistas solo cuando son grandes. No se dan cuenta de la importancia de brindarles el apoyo desde pequeños. He visto muchas campeonas acá, en este gimnasio, de los mismos barrios de los que yo vengo, pero por esa falta de apoyo se van y se pierden.

Terminan embarazadas o en malos pasos", afirma.

Lucía, que ya ha ganado títulos en diferentes competencias**, cree que su futuro puede ser promisorio. Por ahora, seguirá caminando con esos tenis pelados desde el barrio hasta el polideportivo impulsada por la esperanza que le da entrenar y por esa aguapanela con pan luego de recoger de las basuras latas y papel.

"Quiero ganar en todas las categorías y comprometerme más para ser mejor deportista y mejor estudiante. Solo quiero colaborarle en lo que más pueda a mi mamá...". * Nombre cambiado por ser menor de edad. ** Nombre o dato omitido por seguridad.

30 meses practicando .

Este es el tiempo que ya cumplió Lucía dedicada a la lucha. Su meta es ganar una medalla de oro en los Juegos Olímpicos