Archivo

Drogas: ¿y ahora qué?

23 de abril 2012 , 12:00 a.m.

Lo dijo tranquilamente, como si se tratara de una verdad absoluta: "Cuba no ha hecho la transición a la democracia; no ha observado aún los derechos humanos fundamentales". Claro, no podía declarar nada distinto. Con sus enemigos a la caza de un error, el presidente Barack Obama sabía que no era el momento de hacer pronunciamientos valientes. Un cambio en la política hacia Cuba podría costarle una porción importante del voto latino y, probablemente, la reelección. Tampoco su presidencia ha sido un paradigma de audacia, mucho menos la fuente de esperanza prometida. Llegó con las manos vacías, sin respuestas y se marchó en medio del escándalo.

Nunca, como en el caso del bloqueo de Cuba, el doble estándar norteamericano fue tan evidente. Recordemos que la China tampoco es una democracia, pero, según el informe presentado por Wayne Morrison, especialista del Congressional Research Service, el comercio entre Estados Unidos y China pasó de 2.000 millones en 1979, a 457.000 millones en el 2010. "China es actualmente el segundo socio comercial de los Estados Unidos, su tercer mercado de exportaciones y su mayor fuente de importaciones." ¿Derechos Humanos? El Patriot Act ha significado la reversión de algunas de las conquistas más fundamentales en materia de Derechos Humanos. El olvidado centro de detención de Guantánamo es un monumento a la vergüenza universal y también la más prominente de las promesas de campaña incumplidas por Obama.

Considerados por fuera de la jurisdicción legal de los Estados Unidos, la administración Bush concluyó que los prisioneros de Guantánamo ni siquiera eran titulares de las provisiones contenidas en las convenciones de Ginebra, hasta el 2006, después del caso Hamdan vs. Rumsfeld, en el que la Corte Suprema reconoció que los prisioneros estaban amparados por las protecciones mínimas bajo el artículo común 3 a las Convenciones. Oficialmente, se ha reconocido el uso de tortura y la violación de cada garantía procesal.

Extraoficialmente, mucho se ha especulado sobre la presencia de menores de edad entre los detenidos.

Bajo esta luz, sí, es una conquista, mínima pero importante, que América Latina haya levantado la voz para declararse en disidencia, para declarar injusto el tratamiento a Cuba y para declarar perdida la guerra contra las drogas, una guerra inmoral que ha puesto en jaque la viabilidad de nuestras democracias, del Estado de derecho, y denunciarla como un negocio redondo, que empodera al terrorismo. Y, sí, es mejor el disenso que el falso consenso. Es mejor abrir el debate y sacar un par de verdades en limpio: América es el continente más violento del mundo. Ni una sola de las sonadas "victorias" sobre el narcotráfico ha sido sostenible. El consumo no mengua, las ganancias aumentan y, dejémonos de bobadas, los gringos no han sido capaces siquiera de contener el abuso doméstico de drogas "legales". La estrategia colombiana, a un costo inaudito para nuestra soberanía y 6 puntos anuales del PIB, solo ha multiplicado los carteles y la violencia en la región y sin duda constituye una amenaza para la paz y la estabilidad internacional: con los carteles colonizando algunos de los Estados más frágiles del África, el panorama no es alentador. Pero, dado el golpe, hay que avanzar con paso firme y Colombia tiene el deber de asumir el liderazgo de esa discusión. Pedirle a la OEA que encargue estudios especializados es una pérdida de tiempo valioso y un desconocimiento del trabajo que se ha acumulado durante estas décadas. El siguiente paso es reunir la voluntad política para tomar decisiones, de llevar a la Asamblea General esta cuestión y de avanzar hacia la descriminalización. Es la única vía para evitarnos un nuevo ciclo de violencias.

@nataliaspringer