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¿Cumbres? Las de antes

Dos cumbres: Yalta, 1945, y Cartagena de Indias, 2012. En la primera participan tres jefes de Estado; en la segunda, 30. En la primera, Stalin, Churchill y Roosevelt decidieron cómo iban a dividirse el mundo. En la segunda, los líderes hablaron. Y no tomaron decisión alguna con consecuencias para la gente de las Américas. Ninguno de los presidentes en esta cumbre, ni siquiera Barack Obama, concentra tanto poder como los tres líderes reunidos en Yalta. Para darse cuenta de cuánto ha cambiado el mundo, basta leer esta poética nota oficial de los organizadores del encuentro de Cartagena: "El colibrí vuela rápido y llega muy lejos. Es, quizás, la única especie del reino animal que atraviesa el continente con una técnica impecable de vuelo...

22 de abril 2012 , 12:00 a.m.

denominador común de los países del Hemisferio, desde Alaska hasta la Patagonia. Por todo ello, la figura de un colibrí de alas multicolores fue elegida como el logosímbolo de la Cumbre". ¿Cuál habrá sido el logosímbolo de la Cumbre de Yalta?, me pregunté. Y sonreí al imaginarme la reacción de Stalin o Churchill al leer algo como esto. Sí; es un mundo distinto.

El Consejo de Seguridad aprueba el envío de observadores a Siria "EE. UU. debe reconocer su responsabilidad en el tema de las drogas". Las Américas venden optimismo. La última cumbre sin Cuba... Por otro lado, es justo reconocer que la agenda oficial de la Cumbre de las Américas fue prometedora. Los jefes de Estado hablaron de pobreza e inequidad, desastres naturales, tecnologías de la información, seguridad ciudadana. Todos temas válidos. Pero hay dos detalles.

Uno: para avanzar en estos asuntos no hace falta una cumbre. Hay mucho que los países pueden hacer por su cuenta. Dos: los temas que más atención atrajeron no fueron estos asuntos, sino otros sobre los que nadie espera que pase mucho: drogas y Cuba.

Sobre las drogas hay una buena noticia que ya ocurrió independientemente de la Cumbre: 2012 pasará a la historia como el año en que se levantó la prohibición para pensar en alternativas a la política sobre drogas que ha impuesto EE. UU.

Esto no quiere decir que se vaya a abandonar una estrategia que claramente ha fracasado. Pero sí que ahora está permitido explorar otras posibilidades; que esto haya ocurrido en Cartagena es una señal de progreso. Y luego está Cuba. ¿Qué tienen en común estos dos temas: las drogas y Cuba? Que ambos les permiten a los participantes en la Cumbre desviar la atención de sus propias fallas y dirigir el reflector hacia EE.UU. ¿Para qué hablar de la represión en Cuba, la libertad de prensa en Ecuador, el populismo argentino o la militarización de Venezuela si podemos hablar de EE. UU.? ¿Cuál hubiese podido ser una agenda con consecuencias concretas? Aquí están dos posibles puntos: 1. El desarme latinoamericano. Esta es la región más homicida del planeta.

Sufre de más muertos por armas de fuego que zonas del mundo que están en guerra. ¿Por qué no usar la Cumbre para que los presidentes de la región (después de denunciar a EE. UU. por sus criminales exportaciones de armamento) promuevan un plan para reducir el número de armas que circulan libremente y que están diezmando a su gente, especialmente a los jóvenes? 2. Inmigración. No me refiero a la disfuncional política inmigratoria de EE.

UU. Esa hay que reformarla. Pero, mientras eso sucede, ¿por qué los gobernantes de América Latina no hacen algo por mejorar la manera en la que sus países tratan a los trabajadores extranjeros de países vecinos? La inaceptable política de EE. UU. hacia los indocumentados es un dechado de virtudes comparada con las crueldades y abusos a los que son sometidos los inmigrantes pobres dentro de América Latina.

Estos son solo dos temas. Hay más. Pero no serán discutidos en las cumbres porque implican mirar hacia dentro y revelarle al mundo cosas horribles. Por eso es mejor hablar de los hermanos Castro y de la marihuana