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La bacteria que se come al Titanic

El Titanic se hundió hace 100 años, pero dentro de otra centuria es posible que su casco y sus vestigios ya no puedan ser hallados en el fondo del océano Atlántico. Podría ser su segundo 'hundimiento' en dos siglos, pero esta vez por los 'golpes' repetidos de una bacteria. Se trata de un pequeño ser vivo que se adaptó a vivir en el 'cadáver' del navío y que se alimenta del óxido de hierro de su estructura. La bacteria es tan resistente a las profundidades que podría llegar a comerse la totalidad de los restos del barco más famoso del mundo. Porque, al fin y al cabo, lo que queda de él es su único alimento.

21 de abril 2012 , 12:00 a.m.

Antonio Ventosa, unos de los microbiólogos más importantes del mundo, narra esta historia desde la Universidad de Sevilla, en España, con el orgullo de haber sido la persona que puso al descubierto a este espécimen único y microscópico, incluido en la lista de los 10 más raros hallados en el 2011, un escalafón que elabora anualmente el Instituto para la Investigación de las Especies, de la Universidad de Arizona (Estados Unidos). Él y su equipo bautizaron a este ejemplar con un nombre que combina lo científico con lo evidente: Halomona titanicae. El primero, por su enorme capacidad para vivir en condiciones ambientales extremas, y el segundo, por ser el único ser vivo que se niega a abandonar el trasatlántico. Y es que con más 50.000 toneladas de hierro en descomposición, la Halomona titanicae vive en lo que sería el equivalente de un paraíso situado 3.800 metros por debajo del nivel del mar, sin luz, con salinidad extrema y bajo presión, pero con suficiente comida en frente. Un ser también denominado extremófilo. Al Titanic, bajo el impacto de esta bacteria, le quedarían no más de 50 años en el fondo del mar, dice Ventosa, cuya investigación ha determinado que la halomona, de 1,6 micrometros de longitud, se ha multiplicado y ahora es la responsable de que la apariencia de algunas partes de la nave se parezcan a estalactitas, esos largos pedazos de tierra y arena que van del techo al suelo en las cuevas poco exploradas. Esta especie también carcome las ventanas del Titanic, las escaleras y todo lo que sea de hierro, como las calderas. Solo el bronce permanece a salvo. Al cabo de un tiempo, todas esas partes explotarán en un montón de óxido, han dicho los científicos que lograron ubicar a la halomona y que acompañaron a Ventosa en su análisis. Este español, que ha registrado a lo largo de su carrera al menos 71 nuevas especies de microorganismos y 16 nuevos géneros en ambientes extraños, como el agua más salada de lo normal, la superficie de un grifo o la fracción de un glaciar, dice que la identificación de este bacilo comenzó en 1992, en un trabajo que organizaron con expertos canadienses de la Universidad de Halifax. Ellos hicieron la caracterización inicial de la especie que se come al Titanic, a partir de unas muestras que se le hicieron en 1991 a través de un sumergible ruso. "Al descubrir las bacterias que recubrían el casco y que oxidaban el hierro para obtener energía a partir de ese material, que se ha transformado en una película que deteriora lo que queda del barco de forma intensa, nosotros pudimos saber que se trataba de una especie nueva", dice Ventosa.

Más allá de la anécdota que ha sido hallarla en el Titanic y que solo viva allí, lo que permite esta investigación es comprobar que este tipo de bacterias pueden usarse para destruir barcos hundidos a los cuales es imposible llegar, pero que pueden estar contaminando un área marina determinada. Aunque así como nos pueden ayudar, podrían también ser la causa de daños y derrames de crudo en plataformas petrolíferas que entren en contacto con ellas. Ventosa ha realizado investigaciones en el mar Muerto (entre Israel y Jordania), en China e incluso en ambientes hipersalinos de Irán, para estudiar la biodiversidad de esta clase de bacterias que él califica como versátiles, porque además podrían dar pistas para conocer los mecanismos de supervivencia en condiciones extremas, como los que habrían desarrollado organismos parecidos o con evoluciones diferentes en otros planetas. Es probable que la Halomona titanicae acabe con su hogar, la embarcación que más relatos ha producido en la historia de la humanidad, y cuyas partes solo se usan para ilustrar las leyendas sobre las causas de su desastre. Pero al reconocerla también habremos conocido algunos detalles que nos permitirán resolver enigmas y cuyas respuestas solo tienen las bacterias. Para Ventosa, la sociedad tiene una percepción errada de las bacterias, a pesar de los múltiples beneficios que nos ofrecen. "Por ejemplo, son las encargadas de cerrar todos los ciclos naturales como el del carbono, el del nitrógeno o el fósforo, y, además, lideran la putrefacción de la materia orgánica. También ejercen una labor clave desde el punto de vista ecológico para biodegradar materiales y otras sustancias químicas, y nos ayudan a mantener el equilibrio de los ecosistemas, incluso a perfeccionar quesos, vinos o un yogur. Algunas son patógenas y tendremos que controlarlas y prevenirlas, pero eliminarlas es imposible. Pueden vivir solas, pero nuestra vida sí depende de ellas", explicó