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Paul McCartney lo más 'beatle' que queda en este mundo

Si una tormenta perfecta es perfectamente aterradora, de ella habrá que valerse para tranquilizar a todo el mundo.

19 de abril 2012 , 12:00 a.m.

Calma: un beatle perfecto no es perfecto. Solo de dos beatles podría alegarse cierta decepcionante perfección: Lennon (que fue irascible, petulante, irreverente, crudo, desjuiciado y fanfarrón... ¡Una delicia!) y McCartney, ¡sir James Paul McCartney!, ungido por la Providencia como "lo más beatle" que queda en este mundo. Aunque educado en un entorno más estable que el de Lennon, fueron las calles las que convirtieron a este carabonita en un tipo tanto o más rudo que John Winston.

Zurdo confinado al bajo por el exceso de guitarristas adolescentes en el Liverpool de los cincuenta, McCartney hizo cuarto (¡y más tarde cuarteto!) con Lennon, demostrándole con las manos sobre las cuerdas, y algunas cuerdas entre la garganta, que tenía talento suficiente para emular y superar a su ídolo de infancia: Elvis. En los años como beatle se las ingenió no solo para escribir las canciones que se convertirían en consentidas de las emisoras (Hey Jude, Let it Be, Yesterday, Michelle, She Loves You, Eleanor Rigby), sino para, con tacto, disputarle el liderato del grupo a Lennon con más proyectos (v.g. Sgt.

Pepper's) que discusiones.

Fue el más listo de los Beatles (¡último en casarse!) y el que logró afincar una familia sólida, como la que en los cuarenta le habían brindado sus padres, Mary y Jim, de ascendencia católica irlandesa. Se lo recuerda por su bien cuidada dicción y por cierto refinamiento, real o sobredimensionado, a la hora de explorar nuevas posibilidades artísticas (¿alguien ha olvidado que se le ocurrió por primera vez grabar sin sus compañeros, prefiriendo el acompañamiento de un cuarteto de cuerdas?). El McCartney de los setenta fue la proyección de su obsesión familiar, y por eso nació Wings, un grupo-niñera que creó para hacer música sin perder de vista a sus hijos y en el que, tras unas clases aceleradas de teclados y pandereta, su esposa Linda tuvo la oportunidad que siempre se le negó a la no tan linda Yoko: ser parte de la banda. Años de dulces canciones rodeadas de composiciones de sobrada fuerza que escribió solo para astillar el mito sesentero de que "Paul hace las baladas y John el rock".

Hasta la política, de la que astutamente había rehuido siempre, encontró en algún momento cabida en su discografía, con canciones como Give Ireland Back to the Irish (Devuélvanles Irlanda a los irlandeses), inspirada en el Domingo Sangriento de 1972 y que apenas si le da la talla a un Lennon obsesionado con cantarle a Irlanda del Norte, Nixon, Mao, las Panteras Negras, la dosis personal, Ángela Davis y la matanza de la cárcel de Attica.

Tres décadas más que Lennon, McCartney ha vivido siempre tentado a probarse en todos los escenarios: la música clásica (si es que existe), las bandas sonoras para películas infantiles, la poesía, la actuación, los registros corales, los oratorios, los sonidos ambientales, la escritura de canciones en latín y hasta el delicioso sacrilegio de interpretar en concierto las obras de Lennon (lo que hizo que muchos olvidaran cómo John, en el Madison Square Garden, en 1974, había tocado I Saw Her Standing There, de McCartney).

La vida de McCartney parece una suerte de Libro Guinness parlante... De hecho, en el célebre libro ha estado en varias oportunidades, entre ellas por haber recibido más de 60 discos de oro en años en que los discos de oro se ganaban por ventas reales y no por descargas infladas. Su vida, que gracias a su simpatía natural parecería un libro (¿Guinness?) abierto, se conserva a prudente distancia de los periodistas. Se sabe mucho y se sabe, a fin de cuentas, nada. Se sabe que es muy amigo de la hierba... Es vegetariano. Se sabe que puede componer una canción en 25 minutos. Se sabe que cuida con diligencia cada libra de los millones y millones que tiene en el banco. Se sabe que atesora muchos de los objetos valiosos de sus años con los Beatles, así que es un coleccionista de sí mismo. Se sabe que trató de rehacer su vida de hombre de familia tras la muerte de Linda, en abril de 1998, casándose con Heather Mills (creyó encontrar en ella a una mujer tan completa como su primera esposa, pero no fue así: le faltaban, en su orden, un corazón y una pierna). Se sabe que sigue comprando obras de arte, en una carrera que arrancó, a finales de los sesenta, con un Magritte que inspiraría el logo del sello Apple. Se sabe que conserva celosamente docenas de piezas musicales que nunca han llegado a los oídos del gran público. Se sabe que su primera novia, Dot Rhone, es tema solo para biografías y notas como esta. Se sabe que a duras penas algo se sabe de cómo va su matrimonio con la neoyorquina Nancy Shevell y, finalmente, poco se sabe de lo que le pidió a Fernán Martínez para tenerlo en El Campín, el petrístico jueves 19, gritando Good evening, Bogotá! Ah, y hoy se sabe que no es una estrella: es un asteroide, el 4148, descubierto en 1983 por Edward Bowell dando vueltas entre Marte y Júpiter, donde no está solo: el 4150 se llama Starr; el 4149, Harrison; y el 4147, Lennon. Todos los Beatles tienen cabida en el cielo... con Lucy y los diamantes