Archivo

Los de tercera mueren primero

Los pasajeros de primera empezaban a ocupar los botes con incredulidad y a regañadientes. Casi todos pensaban que era exceso de precauciones. Ni Dios podría hundir el Titanic. Primero mujeres y niños. Uno o dos marineros en cada bote. Los pasajeros no podían saberlo en ese momento, pero la falta de botes salvavidas y su mal empleo iban a ser el cuello de botella de la tragedia. El Titanic tenía botes para acomodar solamente a 1.178 de las 2.235 personas a bordo. Pero aun en ello el buque superaba los reglamentos, que solo le obligaban a disponer de cupo para 926 personas. En el desorden que caracterizó la evacuación se acomodaron apenas 700 personas en el espacio de 1.178. Y después del hundimiento del buque, apenas 13 más de las que flotaban en las aguas yertas fueron izadas a los botes.

17 de abril 2012 , 12:00 a.m.

El primer bote de los 20 disponibles fue descendido por poleas al agua desde cubierta a las 12:45 a.m. Los 19 pasajeros que iban en él habían sido reclutados con dificultad. El bote tenía capacidad para 65 personas. Cuando se negaron a entrar mujeres y niños, el oficial encargado invitó a los hombres para que subieran. Solo unos pocos lo hicieron. A esa hora aún se creía que el trasatlántico iluminado ofrecía mejor resguardo que las aguas oscuras del mar.

Pero a medida que se extendió el miedo y el Titanic empezó a inclinarse de nariz dentro del agua, más personas quisieron subir a los otros botes. Uno llegó a disfrazarse de mujer para lograrlo. Otros que pretendían apoderarse de una de las embarcaciones solo se abstuvieron de hacerlo cuando un oficial desenfundó revólver y los amenazó. Muchas mujeres prefirieron permanecer en el buque con sus maridos antes que separarse de ellos, como ocurrió con el magnate Isidor Straus y su esposa. En medio de la anarquía, apenas natural en un buque que nunca llegó a cumplir el obligatorio simulacro de emergencia, un bote bajó con solo doce personas de primera clase y su mucama, y tres caballeros con tiquete de lujo.

Pero la primera víctima de una catástrofe que iría a arrojar 1.522 no se produjo en el mar sino en los sótanos del buque. Acababa de llegar la orden a los fogoneros de subir la cubierta; uno de ellos, en su precipitada carrera se rompió una pierna. Los compañeros trataban de cargarlo cuando un torrente de agua salada inundó el cuarto de bombas y lo ahogó. Eran las 12:15 de la noche.

El acceso a los botes resultaba mucho más fácil para los pasajeros de primera clase, que ocupaban los niveles altos del buque. Cuando los de segunda y tercera pretendieron llegar a cubierta, encontraron obstáculos para hacerlo; puertas cerradas, pasillos que conducían a otros sitios. Uno de los aspectos más dramáticos es la discriminación social de las víctimas. En primera clase perecieron el 6 por ciento de las mujeres y niños y 69 por ciento de los hombres, en segunda clase murieron el 19 por ciento de las mujeres y niños el 90 por ciento de los hombres; en tercera clase murieron el 56 por ciento de las mujeres y niños y el 86 por ciento de los hombres.

Esta discriminación no respetó sexos ni edades. Los cinco niños que viajaban en primera clase y los 14 que iban en segunda se salvaron. En cambio, de los 76 que se transportaban en tercera, perecieron 53. En total murieron el 40 por ciento de los 337 pasajeros de primera; el 56 por ciento de los 271 pasajeros de segunda; el 75 por ciento de los 712 pasajeros de tercera; y el 76 por ciento de los 915 tripulantes.

Al compás del 'ragtime' Una hora y media después de que chocó con el témpano de hielo, el apacible panorama del buque semidormido era completamente distinto. Cientos de pasajeros se arremolinaban en la cubierta. La inclinación del Titanic hacia adelante era notoria y al mismo tiempo acusaba una leve pendiente hacia estribor. "El ruido era terrible -relató más tarde John B. Thayer, uno de los sobrevivientes-. El rugido vibrante y profundo de los tubos de escape del vapor a través de las válvulas de seguridad resultaba ensordecedor. La acción crecía." Aunque muchos testigos coinciden en señalar que no hubo escenas histéricas, sería difícil decir que no resultaban dramáticas. Esposos y esposas, padres e hijos, se ponían citas inciertas al separarse. Casi todos los pasajeros llevaban chalecos salvavidas, de los cuales había 3.560 a bordo. La mayoría de los que aspiraban desesperadamente a un puesto en los botes sobrantes llevaban piyamas y un sobretodo. Otros iban completamente vestidos. No faltaron algunos que prefirieron ataviarse de etiqueta. El multimillonario Benjamín Guggenheim y su secretario encontraron tiempo para regresar a sus camarotes y vestirse de frac. "Nos hemos vestido con nuestros mejores trajes -dijo Guggenheim-.

Estamos preparados para morir como caballeros." William T. Stead, escritor y periodista, se dirigió imperturbable a esperar la muerte, solitario, con un libro en la mano en el salón de fumadores. Este mismo William Stead había escrito en 1893 un cuento en el que relataba las tribulaciones de un buque en trance de cruzar el área del Atlántico norte infestado de icebergs. El cuento de Stead contenía un párrafo terriblemente profético: "El lecho del océano, por encima del cual circulan los grandes barcos de línea, está salpicado con los huesos blancos de miles de pasajeros que compraron sus tiquetes, pero nunca llegaron a su destino...". El pasajero Thayer vio a un hombre que se bebió una botella de ginebra sin respirar. "Si salgo vivo de esta -se dijo Thayer para sí- ese es un personaje que nunca volveré a ver." Fue, sin embargo, uno de los primeros sobrevivientes que se encontró cuando estuvieron a salvo. Otro hombre que le había quitado dos niños pequeños a su esposa semanas antes y huido con ellos, los ubicó en un bote y desapareció luego entre la multitud. Hubo episodios dignos de Corazón, el libro romántico de Edmundo de Amici. Uno de ellos fue de dos amigas, la señorita Edith Evans y la esposa del señor John Murray. Cuando les llegó su turno de subir al último bote, solo quedaba un puesto.

-Vaya usted -le dijo la señorita Evans a la señora-. Usted tiene hijos que la esperaban en casa.

El bote D fue descolgado a las 2:05 a.m. sin Edith Evans. En otro bote se produjo un altercado entre el oficial encargado del embarque y una señora que pretendía montar en él a su hijo de 13 años. El oficial se negaba a permitirlo. La madre finalmente consiguió colarlo. "¡No más muchachos!", gritó el oficial inútilmente.

La orquesta se había instalado en cubierta. En lo que constituye una de las notas heroicas de la noche, los músicos interpretaron aires de ragtime hasta que el buque se hundió, llevándolos a todos hasta el fondo del mar. Durante muchos años se discutió cuál fue la última pieza que alcanzó a tocar la banda.

Unos testigos aseguraban que se trataba de un himno religioso muy conocido: Más cerca de ti, Dios mío. La verdad es que sí perecieron interpretando música religiosa -el himno Otoño-, pero no lo que les atribuyó la leyenda.

A las 2:07, cuando descendió el último bote, el capitán Smith se dirigió al cuarto de comunicaciones, donde los dos telegrafistas continuaban despachando desesperados mensajes de socorro.

-Muchachos -les dijo-. Han cumplido plenamente con su deber. Ya no pueden hacer más. Salgan de la cabina. ¡Que se salve el que pueda! La misma voz fue repetida por Smith a los demás tripulantes que encontró. De los dos telegrafistas, uno -Harold Bride- logró salvarse. En cuanto al constructor del buque, se le vio la última vez poco antes de que este se fuera definitivamente a pique. Estaba en el salón principal, observando un viejo cuadro marinero. Uno de los marineros le gritó que subiera a cubierta. Andrews respondió que lo haría más tarde. Nunca subió. El capitán Smith, según una versión, fue visto por última vez tratando de salvar a un niño en mitad del océano cuando ya el buque había desaparecido. Según otra historia, gritó a sus compañeros "pórtense como buenos ingleses" y se encerró en su cabina para siempre. Lo cierto es que el trayecto inaugural del Titanic iba a ser, de todos modos, su último viaje, pues pensaba retirarse, por razones de edad, al llegar a Nueva York.

En el desastre perecieron los ocho miembros de la orquesta (siete ingleses y un francés); también los 39 ingenieros operadores de las máquinas; los cinco encargados de los cuartos de correo, donde miles de cartas llevaban las noticias de Europa a Estados Unidos; todos los marineros auxiliares que empacaron las provisiones en los botes, todos los maleteros y 76 de los 84 fogoneros del Titanic