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El fin de las cumbres

17 de abril 2012 , 12:00 a.m.

Más que por sus logros, la VI Cumbre de las Américas realizada en Cartagena pasará a la historia por lo que simbolizó: el fin del sistema de las cumbres.

Me refiero concretamente al mecanismo establecido por los Estados Unidos para dialogar con América Latina en 1994. Inicialmente, para promover la creación del Área de Libre Comercio de América (Alca) y luego (ante el fracaso de ese objetivo) para "debatir sobre aspectos políticos compartidos, afirmar valores comunes y comprometerse a acciones concertadas para hacer frente a los desafíos del futuro".

Y la de Cartagena fue la última cumbre, porque allí quedaron claros tres hechos: 1) América ya no es de los estadounidenses. Esta sentencia, identificada por Juan Tokatlián en su análisis sobre los resultados de la V Cumbre de Trinidad y Tobago en el 2009, muestra cómo Estados Unidos necesita hoy más de América Latina que lo que esta de aquel. Ya no solo se trata del peso político que pueda tener el voto hispano en ese país, ni de la oportunidad que les representa a sus empresarios tener un mercado de millones de consumidores, del que apenas se aprovecha la mitad. Ahora se está ante la necesidad de recuperar el terreno político perdido en una región en la que sus principales enemigos (China, Rusia e Irán) han consolidado una presencia económica y política sin precedentes. Además, la progresiva fortaleza que han mostrado instancias como el Grupo de Río en la resolución de las tensiones internas y Unasur como mecanismo de integración política y militar ha convertido a estos en potentes instrumentos de integración por fuera del control de los Estados Unidos.

2) América Latina está inserta en una nueva geopolítica mundial y su desarrollo, inscrito en una economía política, que impone una agenda que no es coincidente con los intereses de los Estados Unidos. Bajo distintas formas, los países de la región han establecido una serie de alianzas en temas estratégicos que los gringos no están interesados en desarrollar. Un buen ejemplo lo proporciona la alianza de Perú, Ecuador, Brasil, México, Colombia, Costa Rica y Venezuela, con países como China, India, Indonesia, Kenia y Sudáfrica en el 2002, con el propósito de "elaborar una agenda común para la conservación y el uso sostenible de la biodiversidad", que se convertiría en el primer paso para que la región asumiera una posición de liderazgo en un asunto tan crucial y tan estratégico para el mundo como la defensa y preservación de la biodiversidad. 3) Para una región que en los últimos quince años ha logrado sacar a más de 73 millones de personas de la pobreza, que ha reducido las desigualdades sociales y se ha insertado en sectores claves de la economía mundial, la discusión sobre las prioridades para el desarrollo ha cambiado, tanto como sus problemas. Y aquí tampoco hay coincidencia con los Estados Unidos. Asuntos tales como la necesidad de encontrar instrumentos que permitan mitigar o contener los desajustes generados por una carrera armamentista (que solo en Suramérica superó los 63.000 millones de dólares en el 2010), o de resolver los conflictos desatados por una guerra comercial que tiene enfrentados a Argentina con Chile, Perú Colombia y México, o a Brasil con México, o a Uruguay con sus socios de Mercosur; o la obligación de darles salida a los casi 30 conflictos fronterizos en que se encuentra envuelta la región, se constituyen en verdaderos temas que se deberían abordar en las cumbres. La buena intención y el esfuerzo logístico del gobierno colombiano no han sido suficientes. Cuba no es el problema. Es el reflejo de que las cosas han cambiado. Y si Estados Unidos quiere un diálogo va a tener que hacer un esfuerzo muy grande para reacomodarse. Y, sobre todo, va a tener que replantear el sistema de las cumbres, que desgasta mucho y no tiene resultados.