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¿Hay literatura después de Pombo?

Hace cien años se murió Rafael Pombo y en Colombia creemos que desde entonces no se ha escrito nada tan "original" como su traducción de La pobre viejecita. Hace veinte años los discursos de la Feria del Libro nos "sorprenden" con el mismo cliché estadístico de que no leemos ni un libro al año. Hace diez años escribo por estas fechas, en esta misma columna, que convendría airear el viejo libreto.

16 de abril 2012 , 12:00 a.m.

Entre el balance del último año se desataca el hecho de que los ministerios de Educación y Cultura hayan asumido la formación de lectores como un proceso conjunto entre la escuela y la biblioteca y que hayan comenzado un trabajo de dotación de libros que beneficia a toda la cadena que va del autor al lector.

Sin embargo, falta trabajar más en ese eslabón crucial sin el cual no existen los otros -es decir, en la creación- y aprovecho el "Año Pombo" para preguntar por el lugar de los autores, los ilustradores y los editores colombianos en el proyecto de formación de lectores.

El lanzamiento de otro libro de Pombo por parte del Ministerio de Cultura revive la discusión sobre la pertinencia de que el Estado asuma tareas editoriales. ¿Por qué no apoyar buenas versiones existentes, en lugar de hacer más "mariposas vagarosas" que revolotean sin mucho entusiasmo? Si el problema es de costos, convendría evaluar el costo-beneficio de destinar dineros y funcionarios públicos a hacer lo que otros hacen mejor, en vez de concentrarse en tareas que competen al Estado. Me refiero a un proyecto consistente de apoyo al sector del libro infantil, que articule el programa de estímulos alrededor de la formación y la circulación de autores y editores y que permita un diálogo entre el Estado y quienes hacemos libros para niños.

Por ser parte del sector, me atrevo a expresar una pregunta que se murmura en el gremio: ¿es posible crear proyectos como 'Leer es mi Cuento', sin apoyar a quienes hacen los cuentos? Según las cifras del 2011, en los acervos de primera infancia entregados por Mincultura, menos del 10 por ciento de los títulos son de autores colombianos. Aunque el chauvinismo es mal consejero en asuntos de calidad, en Colombia se nos va la mano hacia el otro lado y las listas de libros recomendados por Fundalectura, que son un punto de partida para la selección regional, muestran una tendencia preocupante hacia lo extranjero. Pero en vez de movilizarnos como hacen los actores para exigir sus "cuotas de pantalla", un mal entendido pudor nos ha hecho resignarnos a que nuestros niños no nos lean y a que nuestros libros circulen más en otros países que aquí. Más que listas de recomendados, hacen falta espacios y publicaciones para el intercambio, la divulgación y, por supuesto, la crítica.

Y ahora que Fundalectura dejó de ser ese espacio de encuentro que nos formó hace unas décadas, quedó un vacío que afecta especialmente a los que están comenzando.

Brasil, el invitado a la Feria, tiene mucho para enseñarnos. Ejemplos como el Salón del Libro Infantil, que se hace anualmente en Río, o el apoyo de la Fundación Nacional del Libro Infantil y Juvenil, FNLIJ, a todos los que participan en la cadena del libro, sumados al esfuerzo estatal de décadas en la construcción de acervos, demuestran que el trabajo de equipo es crucial. La mayor diferencia con "el Coloso del Sur" es el reconocimiento que Brasil les da a sus autores y quizás eso contribuyó a que dos brasileñas recibieran el Premio Andersen y a que haya más en lista de espera. No digo que para ser bueno sea imprescindible ser valorado, pero el apoyo estatal y el trabajo conjunto potencian el talento. Si el Estado brasileño se hubiera dedicado exclusivamente a venerar la memoria de Monteiro Lobato, quizás el panorama sería similar al nuestro: todos recitando "Rinrín renacuajo", mientras los nuevos nombres se mueren de soledad, a la sombra de Pombo