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La champeta, certificada por ONU, vive días muy difíciles

La champeta, que ha servido para aliviar enfermos, salvar peces, educar niños y que pone a bailar hasta a los moribundos, atraviesa por esa rara dicotomía que siempre la ha acompañado: mientras es reconocida por un organismo como la ONU por su aporte a la inclusión social, recibe los embates del desprestigio en su propia cuna.

15 de abril 2012 , 12:00 a.m.

Manuel Reyes Bolaños (Manrebo), investigador e impulsor de este género, quien dice haber sido testigo de cómo se han mejorado personas que no podían levantarse de la cama con solo escuchar el pegajoso ritmo, acepta que se está en crisis, pero mira el fenómeno como natural, que ya ha ocurrido con otro tipo de música en Latinoamérica, incluso con la propia champeta.

"El rap, el tango y el mismo vallenato han sido también calumniados y vilipendiados y allí están, firmes. Creo que lo de la champeta también pasará, pero es un proceso de muchos años", sostiene.

Lo cierto es que sin grandes productores que se interesen en ella, sin el apoyo decidido del Gobierno Nacional, con pocas emisoras que pongan a sonar las nuevas producciones y con la arremetida del reggaetton, la champeta pasa por sus días más difíciles.

Y, lo que más hace evidente la crisis, es la desolación y abandono que hay en el mismo sitio donde se fortaleció y se disparó hacia el mundo: el mercado de Bazurto. Nombres como Wilfrido Hincapié (el famoso 'Pilo Disco', ya fallecido), Humberto Castillo, Jaime 'El Flecha' Arrieta, Álvaro González y Yamiro Marín son obligados a la hora de hablar del origen y auge. De ellos solo Marín ha obstinado con sus proyecciones, aunque a mínima escala, mientras que los demás ya han buscado toldas apartes.

Los picós, amos y señores Si hay un elemento que siempre ha estado cabalgando al ritmo de la champeta son los famoso picós, esos grandes escaparates musicales que suenan en las barriadas.

Los primeros aliados fueron los grandes picós de la época, como 'El Isleño', 'El Platino' y 'El Conde', que pegaron canciones como Manema, de Moro Bellamaduma (Zaire), que en Cartagena la asimilaron con el nombre de La Mencha, por el parecido vocal del coro con el nombre de la protagonista de una telenovela famosa. Después llegó 'El Rey de Rocha', el más famoso de todos.

Cuenta Arrieta, pionero en traer la música africana desde Nueva York, pero dedicado hoy a la venta de zapatos, que los propios picoteros eran los que más estimulaban el comercio de la música, primero africana y después la champeta criolla. "El arreglo de una canción para que nosotros la explotáramos comercialmente tenían un valor económico muy bueno, por eso los músicos se esmeraban, pero hoy, a los sumo los dueños de los picós le dan 50 mil pesos por un arreglo original", expresó.

El asunto ha llegado a tal extremo, según 'El Flecha', que los mismos picós que graban sus canciones exclusivas, las piratean y las revenden en el mercado de Bazurto. Otro tanto de responsabilidad en la situación le cabe, según su parecer, a los propios músicos.

La monotonía en el ritmo, la poca profesionalización en el gremio y las ansias de triunfo que los obliga a 'venderse' por unas migajas, son también causales de los continuos bajonazos. "He visto como el mismo artista graba siete discos con la misma pista y eso aburre hasta a los micos", sentencia Arrieta.

- Vistazo champetero Sentado en un taburete frente al local que hace dos décadas fue el epicentro del comercio champetero y que hoy están vacío, Álvaro González le echa la culpa a la piratería y a la tecnología. En la época de oro, los productores buscaban a los músicos que irradiaban el panorama musical y costeaban las grabaciones en vivo, con músicos reales y no con máquinas, como ahora. Tener una canción original en aquellos tiempos era una mina de oro, la que explotaban grabándola en acetatos que se vendían como pan caliente.