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Adivina quién no viene a cenar

Se acabaron las superpotencias. Se acabó la época en la que un imperio, o un país con gran poder, imponían a otros sus deseos.

15 de abril 2012 , 12:00 a.m.

Por supuesto que aún existen naciones con la fuerza y los recursos para obligar, o inducir, a otras naciones a comportarse de una manera y no de otra. Pero esto es cada vez menos frecuente o sostenible. Hemos pasado de la era de las potencias hegemónicas a una era en la cual construir alianzas internacionales es indispensable. Ningún Estado se puede dar el lujo de vivir sin aliados o sin formar parte de coaliciones de países que se apoyan, aunque en ciertas áreas rivalicen o en otras sus intereses estén en conflicto. Así es, por ejemplo, la relación entre EE. UU. y China. Y EE. UU. tiene otras relaciones bilaterales muy importantes, como Rusia, Reino Unido o India.

Pero tan interesante como la lista de los países con los que EE. UU. mantiene fuertes vínculos es la lista de los países con quienes debería tenerlos, pero no los tiene. Brasil es el mejor ejemplo.

Brasil es un vecino que cada vez tiene más peso en la política internacional y que ya superó a Reino Unido como la sexta economía del mundo. Sin embargo, las relaciones entre los dos gigantes del hemisferio occidental son débiles e impregnadas de desconfianza, desconocimiento y distracción. La insulsa agenda de la reciente visita de la presidenta Dilma Rousseff a Washington evidenció lo banal de una relación que debería ser fundamental y profunda. Si EE. UU. y Brasil se pusieran de acuerdo en una ambiciosa agenda de colaboración y esfuerzos conjuntos, podrían transformarse en una vigorosa fuerza de cambio positivo para sus sociedades, para América Latina y para el resto del mundo.

Hay varias razones detrás de la incapacidad de estos dos países para llevarse mejor. Una es que el ascenso de Brasil en la última década coincidió con un periodo en el que Washington estaba muy ocupado en otras cosas: dos guerras y el hundimiento de su economía, por ejemplo. Pero esto no es nuevo. La desatención de EE. UU. a Brasil, y a América Latina en general, ha sido crónica. En Washington, es más fácil encontrar expertos en Cuba o en Haití que en Brasil; el comercio de drogas, no el comercio brasileño, es lo que entusiasma a congresistas y diplomáticos.

Por otro lado, Brasil no es un socio fácil. Espera y exige el mismo respeto y consideración que Washington dispensa a las viejas potencias. ¿Por qué a David Cameron, primer ministro británico, Obama le ofreció una pomposa cena de gala en la Casa Blanca y a Rousseff, un "almuerzo de trabajo"? ¿Por qué a él lo llevó en su helicóptero a ver un muy público partido de baloncesto y a ella, a una "reunión privada con empresarios"? En la diplomacia, los gestos y los símbolos revelan más que los discursos. Como reporta Brian Winter, de Reuters, estos gestos han irritado al gobierno brasileño, que lee en ellos mensajes claros de desdén y desinterés.

A su vez, estas reacciones de los brasileños exasperan a los estadounidenses.

Una funcionaria del gobierno de EE. UU. me dijo: "Brasil se nos ha transformado en la Francia de América Latina. Su obstruccionismo en las negociaciones internacionales sobre clima, comercio o lo que sea está a menudo impulsado por su deseo de exhibir su poder. Cuando interfieren en nuestras iniciativas para detener el programa nuclear de Irán o impiden los acuerdos en otras negociaciones, lo hacen para obligarnos a prestarles atención. Y lo logran. Pero no se dan cuenta de que esto ha ido minando nuestra disposición a tratarlos como un aliado confiable. Tenemos que esperar que Brasil madure como potencia".

Todo esto es lamentable. Estas fallas de ambas partes se pueden y deben solventar. Una alianza con Brasil puede estar sustentada en un fuerte y duradero proyecto conjunto de prosperidad y democracia. Lo único que lo impide es una historia de desencuentros que puede ser fácilmente superada por líderes que deseen hacerlo.