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Habrá comilona y cumbre de la diabetes

"Los reporteros no pueden ingresar todavía", me dice el policía, al tiempo que me pone la mano en mi reluciente credencial de periodista colgada al cuello, con inconfundible voz de autoridad, cuando trato de entrar al Centro de Convenciones de Cartagena. Estuve a punto de estamparle un beso en la frente, pues me devolvió a aquellos años inolvidables en que cubría los sucesos en mitad de la calle, y me liaba a trompadas con los policías por meterme donde no debía. Dios se lo pague.

13 de abril 2012 , 12:00 a.m.

Cuando me dejan pasar, lo primero que experimento es una lluvia de colorines que me estalla en la cara. Allí están, colgadas del techo, las mochilas guajiras más bellas, encandiladas por el sol que entra desde la bahía. Las tejen los indígenas wayús, con lana de cabras vírgenes, y fueron encargadas para regalarle una a cada delegado de la Cumbre de las Américas, con su respectiva libreta de apuntes y un bolígrafo, más una lata de café Juan Valdez cultivado en las montañas de Caldas.

Al otro lado, en un enorme salón lleno de mesitas, instalaron la cafetería.

Allí es donde la dieta para adelgazar, tan penosamente mantenida a lo largo de dos años, sucumbe a las tentaciones. Las tripas aprovechan para expresar su opinión. Ustedes sabrán perdonarme.

Me tomé el trabajo de hacer un inventario: rebanadas fritas de papa boyacense, bolsas de arracacha crujiente, tajaditas de plátanos pintones importados de Armenia, astillas doradas de yuca de Montería, tortas hechas con una vainilla que se extrae de las orquídeas que crecen en la selva del Amazonas, pan de maíz rebosante de guayaba, piñitas de azúcar embutidas de pistacho del Portal de los Dulces, de Cartagena, roscones rellenos de arequipe, y, en el centro de toda esa cumbre de la diabetes, soberana absoluta en medio de sus súbditos, la infaltable chocolatina Jet, elaborada en Medellín, símbolo internacional de las golosinas colombianas.

Al fondo, un poco alejados y distantes, como si se sintieran de mejor familia, una pila de esos famosos panes de media luna, llamados croissants, de un hojaldre tan delgadito que parecen hechos con el vidrio de un bombillo. Entro en sospechas: ¿y si el croissant no fuera más que un espía francés infiltrado en la Cumbre? Un delegado del Perú, que le tiene demasiada confianza a su estómago, abrió una almojábana, le puso en el centro dos cucharadas de arequipe, dos papitas y una chocolatina -sin el empaque, por fortuna- y despachó todo aquello con una taza humeante de café. Después se quedó tan tranquilo.

Entre las mesas se pasean las palenqueras con la palangana en la cabeza, repartiendo caballitos de piña con tiras de papaya, bolas de tamarindo, cocadas de ajonjolí y unas carcajadas que suenan como un reguero de monedas en el piso.

El almuerzo y los médicos Volvamos a los protagonistas de la Cumbre. Los primeros en llegar a Cartagena, el lunes por la tarde, fueron los cuatro doctores venezolanos que integran el equipo médico del presidente Chávez. Guardan un silencio blindado ante la insistencia del periodista que pregunta sobre la salud de su paciente, pero, como hecho curioso, registro en mi libreta que, aunque se trata de civiles, no se refieren a él llamándolo "presidente" sino "comandante", que es como los cubanos le han dicho siempre a Fidel Castro. Debe ser una coincidencia.

Ya andan por la calle las siete limusinas que llegaron desde Washington para acompañar en sus desplazamientos al presidente Barack Obama. Son tan grandes, y tan fortificadas, que cada una parece un buque de guerra.

Al regresar a la calle busco al policía jovencito de la entrada, le doy un abrazo y le digo: -Gracias. Usted me devolvió la alegría de vivir.

Sonríe, pero en la cara se le nota que debe creer que estoy loco.

En ese momento me presentan a un hombre calvo, muy blanco y de anteojos. Es el célebre cocinero Jorge Rausch. Tendrá a su cargo el almuerzo de mañana sábado para los presidentes. Le pido el menú: me dice que la única entrada será una burrata. Pongo cara de ignorante. Me explica que burrata es un queso cremoso italiano.

Luego habrá tres opciones de plato principal: la vegetariana, para los que prefieren alimentos saludables, y que no son muchos, por lo que se ve; consiste en un esponjoso arroz italiano con champiñones. La marinera, que es un salmón a la plancha cubierto de vegetales cocidos. La tercera suena más apetitosa: pollo al natural, que es el nombre elegante de la gallina de patio, criada con hierba y lombrices, cuyos muslos están recubiertos con esa deliciosa grasa amarilla, tan viscosa que parece aceite de motor. Al que escoja pollo le darán de ñapa una porción de arroz salvaje, de grano largo y gordo, más una salsa negra hecha con hongos subterráneos.

De postre, en cambio, se ofrecerá una sola opción: crema de avellanas mezclada con chocolate. Si de mí dependiera, le daría a cada uno su chocolatina Jet con una panelita de leche