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Remedios dañinos

Varias veces he citado el artículo de 1979 de Alberto Lleras en el que pronosticaba que, por cuenta de Estados Unidos, que con su política de prohibición total volvía la droga un negocio inmenso, Colombia iba a cargar con el estigma de "corromper" al sano país del norte, y con unas mafias violentas e incontrolables. Nadie hizo caso, y Colombia ha pagado con años de terrorismo, con paramilitares y guerrillas sostenidos con los recursos creados por esa inteligente política, con corrupción y violencia. Si suponemos que sin narcotráfico los homicidios se hubieran quedado al nivel ya alto de 1980, una política menos ciega habría ahorrado cerca de 300.000 de los 640.000 homicidios que ha habido desde entonces.

12 de abril 2012 , 12:00 a.m.

El problema es que esa política la imponen los países avanzados y nada sacaríamos legalizando solos: el negocio seguiría igual, y nuestros gobiernos ya no serían sus involuntarios promotores sino sus cómplices. Por esto, hay que mirar con realismo qué se puede hacer.

Esquemáticamente, hay cuatro tipos de remedios al mal de la droga: la "prohibición total", la "reducción de daño" (despenalizar el consumo, perseguir con sensatez el tráfico, concentrar el esfuerzo en reducir violencia y corrupción), la "legalización regulada" (organizar el mercado para que la droga llegue a los adictos y usuarios ocasionales, pero tratar de evitar que crezca) y la "legalización" total. Cuando se rechaza la "legalización", casi siempre se ataca la idea absurda de dejar vender droga en cualquier lugar, pero raras veces se discute la legalización regulada, la propuesta con mayor respaldo de los expertos.

Colombia, en la práctica, despenalizó el consumo: la reforma constitucional del 2009 impide sancionar al consumidor y exige el consentimiento del adicto para tratarlo. Pero la represión del tráfico ha sido incoherente y sus focos han variado: ha perseguido muy duro a los cultivadores, cuando lo lógico es atacar a los que compran coca y la exportan, y ha mantenido penas que diferencian muy poco al gran traficante del pequeño y al que no usa la violencia del que es además asesino.

Dentro del país hay que mantener una represión prudente y bien enfocada y buscar cómo acosar administrativamente al narcotráfico: para cobrarles impuestos a los nuevos ricos no hay que probar el origen ilícito de su fortuna, como se requiere para entregar los bienes a la Dirección de Estupefacientes, tras años de pleitos.

Pero aquí no se puede hacer mucho más. Lo importante es que el Gobierno y la sociedad promuevan, con calma y firmeza, sobre todo en las Naciones Unidas, una visión más flexible de la política, un marco que permita la legalización regulada de coca y marihuana (tolerada ya, de hecho, en muchos países) y un tratamiento similar, pero más restrictivo, al que tienen drogas más dañinas como el alcohol y el tabaco. Contra lo que algunos piensan, probablemente disminuirá el consumo, pues sin traficantes no se busca crear nuevos clientes.

Como decía Alberto Lleras, con la regulación "la mafia no puede entrar en ese negocio, porque no hay negocio".

Estados Unidos no va a cambiar su línea: los republicanos han hecho del miedo al mal -la droga, los terroristas árabes, los inmigrantes latinos- el eje de su estrategia: despenalizar es entregar los niños a los traficantes, que venderán droga hasta en las escuelas. Y esto pesa: Obama, en un año electoral, no va a jugarse la elección con esta carta difícil.

Lo que hay que buscar es que el debate siga, aun si el apoyo del mundo avanzado es todavía poco. Pero allá también los resultados se ven. En Portugal el consumo bajó mucho tras la despenalización, y el manejo pragmático de la droga en Holanda, Alemania o Inglaterra produce mejores resultados que las políticas histéricas de los Estados Unidos. Algún día se aprenderá de la experiencia.

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