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'Ensayo' sobre la guayabera

Hace apenas un par de días, Fidel Castro volvió a poner sobre el tapete una vieja y apasionante discusión: ¿de dónde es oriunda la guayabera? La última vez que se debatió ese tema entre expertos guayaberísticos fue en unas fiestas patronales de Chiriquí, en Panamá, hace como diez años. El balance confirma lo acalorada que se vuelve esa controversia cada vez que alguien la toca en territorios del Caribe: un hombre resultó descalabrado y tres más terminaron en la cárcel.

12 de abril 2012 , 12:00 a.m.

Con un buen humor que debe abonársele en su cuenta, Castro escribió en su correo personal que la presencia de Cuba está prohibida en la Cumbre de las Américas, pero la guayabera, no. Y como prueba añadió, burla burlando, que el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, va a lucir una en su visita a Cartagena. Fidel parte de un principio que es catecismo sagrado en su tierra: que la guayabera nació en Cuba. Distingo, como dicen los jesuitas. Los hechos históricos señalan que la remota bisabuela de la guayabera se embarcó como polizón en una carabela que pasó por Filipinas, ese archipiélago interminable donde se revuelven Asia y España. Es hija legítima, como puede notarse a simple vista, del camisón curtido de algún marinero español con una chaquetilla china, de las que tanto le gustaban a Mao Tse-Tung.

Todavía hoy los filipinos fabrican las guayaberas más refinadas del mundo, entre ellas las de Casa Barong, famosas porque se hacen de fibra de arroz, con las aberturas laterales hasta la altura del cinturón, o las que son entretejidas con hilazas de pétalos de rosas, tan vaporosas que quien las lleve puestas corre el riesgo de salir volando. No se las puede planchar sino con una piedra tibia, porque una plancha caliente las haría esfumarse en el aire.

En su recorrido por el mundo, la guayabera no se limitó a tomarse los grandes salones del Caribe, sino también los festejos que se celebran al pie de la montaña. Algunas de las más bellas y delicadas que pueden conseguirse en la actualidad son fabricadas en Cartago, en el norte del Valle del Cauca, célebre por la habilidad de sus tejedoras y por los pregones de los vendedores de lotería. El aporte cubano Como lo dijo Fidel Castro, la historia confirma que unas mujeres de Santi Espíritu, hermosa región del centro de Cuba, le hicieron en el siglo XIX los mejores aportes a la guayabera, que son los que terminarían por convertirla en una prenda universal: le agregaron los dos bolsillos de abajo, que la filipina no tenía, para que sus maridos cargaran tabacos y golosinas a la hora de ir a trabajar en el monte. Y además impusieron las aberturas en ambos lados del redondel. Los cuatro botones posteriores, uno en cada extremo de la espalda, ya venían de Filipinas.

Fidel agregó, como prueba adicional de sus afirmaciones, y para mayor abundamiento, como dicen los abogados, que en un principio se le llamaba "yayabera" a causa del río Yayabo, que corre por esa misma región. Los académicos de la ciencia guayaberística, por el contrario, tienen otra explicación. En su estupendo Diccionario de voces y frases cubanas, Esteban Pichardo estableció que "guayabero" fue el nombre que dieron los campesinos a los habitantes de la zona urbana, porque, cuando se ponían esas camisas, para celebrar algunas fiestas especiales, se sentían irresistibles y les daba por decir mentiras para engatusar a las muchachas. Andaban por las calles presumiendo de su elegancia. Helio Orovio agrega que en el centro de Cuba se le sigue llamando "guayaba" a la mentira y se le dice "guayabero" al embaucador en materia de amores. Por orden de la alcaldía municipal, en Santi Espíritu todavía se celebra, cada 25 de mayo, el Día de la Guayabera. Su pariente el liqui-liqui En los últimos tiempos ha hecho carrera, incluso entre eruditos europeos, el desatino de confundir la guayabera con su pariente solemne, el liqui-liqui, ese belicoso traje entero de hilo blanco, con la casaca sin cuello tachonada de botones.

Contra lo que piensan mis paisanos, y a riesgo de ganarme una trifulca como la de Chiriquí, el liqui-liqui no es de estirpe caribe. Su cuna no se meció a la orilla del mar sino en la inmensidad de la llanura. Proviene de los límites entre Venezuela y Colombia. Los vaqueros del Ariari y del Casanare todavía llaman "lique" a la chaqueta de cualquier vestido, aunque sea de paño. El liqui-liqui era el uniforme de gala de los oficiales que comandaban los ejércitos liberales sublevados contra el gobierno en las guerras civiles. Sospecho que García Márquez lo lució en Estocolmo, mientras recibía el Premio Nobel, para hacerle un homenaje al abuelo materno que lo crió y al que tanto amor le sigue profesando, el coronel Nicolás Márquez Mejía, en quien se basaron los primeros rasgos que trazó del coronel Aureliano Buendía, que encabezó más de treinta alzamientos para acabar tejiendo pescaditos de oro en su taller de Macondo. La auténtica La genuina guayabera cubana tiene cuatro bolsillos, se confecciona con hilo y es de color blanco, aunque ahora las he visto hasta negras. Lleva dos hileras de bordados verticales en la pechera y tres más en la espalda, cada una de ellas coronada por un botón que no sea muy grande. Puede ser de mangas cortas o largas, dependiendo del calor y de la gravedad del acontecimiento, ya que no es lo mismo concurrir a un entierro en en el cementerio de Manga que ir a bailar en el Festival del Porro, en San Pelayo.

Convertida en prenda cómoda, elegante y sencilla, los cantantes más afamados de Cuba, como el gran Benny Moré, empezaron a usarla en sus recorridos por América. A ellos se les debe el auge de la guayabera, a tal punto que el entonces presidente cubano, Ramón Grau San Martín, decretó en 1944 que a partir de ese momento sería el traje oficial de las ceremonias presidenciales.

Así se mantuvo hasta que aparecieron Fidel Castro y sus barbudos con el uniforme verde oliva. No sobra advertirles a los novatos en la Cumbre de las Américas que la guayabera solamente se usa por fuera del pantalón. Yo he visto casos... La muerte de los bolsillos En los últimos años, la guayabera ha sufrido un cambio fundamental en las tierras del Caribe colombiano: desaparecieron los cuatro bolsillos. La razón es tan verídica como graciosa.

Resulta que había un matrimonio de campanillas en Cartagena, de esos que ahora son tan frecuentes en los atardeceres románticos de la ciudad, con coche incluido y baile de gala. Al entrar al salón de recepciones, un invitado barranquillero, cargado de ingenio, se quedó viendo al tío de la novia, que lucía orgulloso, de mesa en mesa, su guayabera reluciente en la que se marcaban unos rollitos de gordura abdominal. Se acercó a él, le pasó la mano por los bolsillos y le dijo: -Pareces una camioneta cuatro puertas.

Al día siguiente las costureras no dieron abasto para descoser tantos bolsillos