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Los sueños y el destino

Cuenta una antigua y conocida leyenda que, hace cinco mil años, tres cedros nacieron en los bellos bosques del Líbano.

10 de abril 2012 , 12:00 a.m.

Como todos sabemos, a los cedros les lleva mucho tiempo crecer, y estos árboles pasaron siglos enteros pensando sobre la vida, la muerte, la naturaleza, los hombres...

Presenciaron la llegada de una expedición de Israel, enviada por Salomón, y más tarde vieron la tierra cubierta de sangre durante las batallas con los asirios. Conocieron a Jezabel y al profeta Elías, enemigos mortales. Fueron testigos de la invención del alfabeto, y se deslumbraron con las caravanas que pasaban, llenas de tejidos de todos los colores. Un buen día resolvieron conversar sobre el futuro.

-Después de todo lo que he visto -dijo el primer árbol- quiero ser transformado en el trono del rey más poderoso de la tierra.

-A mí me gustaría formar parte de algo que transformase para siempre el Mal en Bien -comentó el segundo.

-Por mi parte, yo querría que siempre que alguien me mirara pensara en Dios - fue la respuesta del tercero.

Transcurrió algún tiempo, y los leñadores aparecieron. Los cedros fueron derribados, y un barco los transportó lejos de allí.

Cada uno de aquellos árboles tenía un deseo, pero la realidad nunca pregunta qué debe hacerse con los sueños: el primero sirvió para construir un refugio para animales, y lo que sobró se empleó para apoyar el heno. El segundo árbol se convirtió en una mesa muy sencilla, que enseguida fue vendida a un comerciante de muebles. Como la madera del tercer árbol no encontró compradores, fue cortada y guardada en el almacén de una gran ciudad.

Infelices, todos ellos se lamentaban: "Nuestra madera era buena, y nadie le supo dar un uso hermoso".

Pasado algún tiempo, en una noche llena de estrellas, una pareja que no conseguía encontrar dónde guarecerse decidió pasar la noche en el establo que había sido construido con la madera del primer árbol. La mujer gritaba con los dolores de parto, y terminó dando a luz allí mismo, colocando a su hijo entre el heno y la madera en que este se apoyaba.

En ese momento, el primer árbol comprendió que su sueño se había cumplido: allí se encontraba el mayor de todos los reyes de la Tierra.

Años después, en una casa modesta, varios hombres se sentaron alrededor de una mesa que había sido hecha con la madera del segundo árbol. Uno de ellos, antes de que todos empezasen a comer, dijo algunas palabras sobre el pan y el vino que tenía frente a él.

Y el segundo árbol comprendió que, en aquel momento, él sostenía no apenas un cáliz y un pedazo de pan, sino la alianza entre el hombre y la Divinidad.

Al día siguiente, retiraron dos pedazos del tercer cedro y los montaron en forma de cruz. Dejaron esta apartada en un rincón, y horas después trajeron a un hombre salvajemente herido, que clavaron en su leño. Horrorizado, el cedro lamentó la bárbara herencia que la vida le dejaba.

Antes de que pasaran otros tres días, sin embargo, el tercer árbol comprendió su destino: el hombre que había estado allí clavado era ahora la Luz que todo iluminaba. La cruz realizada con su madera había dejado de ser un símbolo de tortura, para transformarse en señal de victoria.

Como siempre ocurre con los sueños, los tres cedros del Líbano habían cumplido el destino que deseaban, pero no de la manera que habían imaginado