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Moisés, ¿egipcio o israelita?

El relato es archiconocido. Figura en el libro del Éxodo. Las tribus de Israel se habían mudado a Egipto en tiempos patriarcales y, al parecer, no les había ido del todo mal: uno de los hijos del Jacob, José, había llegado a ser el segundo hombre más importante del imperio. Pero, al cabo de un tiempo, surgió un nuevo faraón "que no sabía de José" y que comenzó a temer por la fortaleza y presencia de los israelitas. Intentó doblegarlos, sin éxito, sometiéndolos a penosas condiciones de vida, hasta que tomó una decisión más drástica: ordenó matar a todos los varones hebreos que nacieran a partir de ese momento.

05 de abril 2012 , 12:00 a.m.

Una mujer israelita intentó salvar a su hijo, y lo metió en un cesto que dejó en la ribera del río. La hermana del bebé fue siguiendo desde la orilla la trayectoria del cesto, y vio cómo llegaba a manos de la hija del Faraón, que había ido junto a sus doncellas a darse un baño en el río. "Es un hijo de los hebreos", exclamó al verlo. La hermana de la criatura salió de su escondrijo y consiguió el beneplácito de la princesa para que el niño le fuera entregado una vez lo criara su madre biológica. Así se hizo, y cuando el niño fue "grandecito" se lo entregaron a la hija del Faraón "y fue para ella como un hijo". Y le puso por nombre Moisés, porque se dijo: "De las aguas lo saqué".

Ya adulto, Moisés mató a un egipcio que estaba maltratando a un israelita.

Temeroso de la reacción del Faraón, huyó a Madián, al sur de Canaán, donde se casó con una de las hijas del sacerdote local, un tal Jetro. Un día, mientras apacentaba el ganado, vio una zarza ardiendo y, al acercarse, escuchó una voz que se presentó como el Dios de los patriarcas y que le encomendaba la proeza de liberar a su pueblo de la opresión egipcia. A Moisés le asaltó una preocupación: "Pero si voy a los hijos de Israel y le digo: 'El Dios de vuestros padres me envía a vosotros', y me preguntan cuál es su nombre, ¿qué voy a responderles?" La voz respondió: "Yo soy el que soy. Así responderás a los hijos de Israel: Yo soy me manda a vosotros". Lo que sucedió a continuación no es menos desconocido: Moisés acudió a Egipto, liberó a su pueblo con la inestimable ayuda de Dios, que castigó a Egipto con diez plagas, y tras una travesía de 40 años por el desierto los israelitas se establecieron en Canaán.

Ahora bien, ¿y si las cosas no hubiesen ocurrido exactamente así? ¿Y si Moisés no pertenecía al pueblo de Israel, sino que fue un dignatario, incluso un príncipe, egipcio? ¿Y si el monoteísmo sobre el que se asentó la religión de los israelitas, incluyendo el ritual de la circuncisión, no se remontaba a los tiempos patriarcales, sino que Moisés los impuso en Canaán para desarrollar un singular proyecto religioso que había emprendido, sin fortuna, en Egipto un faraón con el que sentía identificado? Estas, que parecen preguntas de un programa milenarista de televisión, son en realidad la conclusión a la que llegó otra de las grandes figuras del judaísmo, Sigmund Freud, y que expuso en su ensayo 'Moisés y el origen del monoteísmo'. Freud era consciente de la temeridad de su aventura. Ya en el primer párrafo señalaba: "Privar a un pueblo del hombre que celebra como el más grande de sus hijos no es empresa que se acometerá de buen grado o con ligereza, tanto más cuando uno mismo forma parte de ese pueblo". Los argumentos de Freud para sostener que Moisés era egipcio son básicamente dos. El primero, su nombre. La interpretación bíblica -"lo saqué de las aguas" - es a su juicio un mera etimología popular. A lo sumo, la palabra 'Moshé' tiene una forma activa que significaría "el que saca de las aguas". Según Freud, Moisés no es más que el término egipcio "mose", que significa niño, y que se solía añadir a nombres que honraban a dioses, como Tut-mose (Tutmosis) o Ra-mose (Ramsés). Además, añade Freud, resulta bastante chocante que la hija del faraón pusiera un nombre hebreo al niño que acababa de adoptar.

El otro argumento se refiere a la "leyenda del abandono". La historia abunda en ejemplos de héroes nacionales (reales o míticos) a los que se ha reconstruido la biografía, sobre todo su infancia y juventud, para legitimar su poder y hacerlo más aceptable para el pueblo. Existe al respecto una "leyenda tipo", consistente en que el héroe es hijo de padres ilustres, a menudo reyes, que es abandonado en su más tierna infancia porque el padre lo ve como una amenaza, y al que recoge y cría una familia humilde. Ya hombre, vuelve a su tierra y se convierte en rey o líder tras unos acontecimientos azarosos. En este modelo entran Sargón el acadio, Ciro, Rómulo, Edipo, Gilgamesh, Heracles, etc.. En todas las historias estudiadas, la familia verdadera es la que adopta al niño. También sería así en el caso de Moisés, cuya particularidad con respecto a todos los demás relatos es que aquí la familia que acoge al héroe es la poderosa, no la humilde. La razón de esto es muy simple: Moisés era en realidad miembro de la casa real egipcia.

¿Y cómo fue que este egipcio se convirtió en el gran liberador del pueblo israelita? Según Freud, la primera tentativa de establecer un monoteísmo rígido y universalista en la historia de la humanidad la emprendió un joven faraón de la poderosa XVIII dinastía llamado originalmente Amenotep IV, que subió al trono hacia el 1375 a.C. Amenotep impuso el culto al sol, Atón, no como objeto material, sino como expresión de un ente divino que se manifiesta en sus radiaciones, y lo consagró como único dios. Él mismo cambió su nombre por Akenatón, en reconocimiento a esa deidad. Las medidas crearon un fuerte rechazo en el pueblo y en algunos círculos de poder identificados con otros dioses. El reinado de Amenotep duró solo 19 años y, tras su muerte, ocurrida en 1358, la nueva religión fue suprimida y la memoria del rey hereje, proscrita. Freud sitúa a Moisés en la época de Akenatón y sostiene que era un hombre de alcurnia, quizá incluso un miembro de la casa real, que, embebido en la fe de Atón, tuvo la idea de fundar un nuevo imperio, encontrar un nuevo pueblo al que dar la religión rechazada en Egipto. Los que siguieron a Moisés desde Egipto fueron solo una parte del grupo que después conformaría la alianza de Israel. Ya muerto el caudillo, las tribus de Canaán acordaron tras duras negociaciones unificar su religión bajo el dios único Yahvé (una variante de la religión del dios único Atón) y adoptaron, por exigencia de los seguidores de Moisés, el ritual de la circunsición, como símbolo de conexión con Egipto, donde se practicaba desde muchos siglos atrás. La propia Biblia contiene rastros de este debate religioso, según subraya Freud. La denominada 'fuente J' del Pentateuco hace remontar el término Yahvé para designar a Dios a los tiempos patriarcales. La 'fuente E' (que no oculta su simpatía por la figura de Moisés) lo llama al comienzo Elohim, y menciona por vez primera el nombre de Yahvé en el episodio de la zarza ardiente, indicando que fueron Moisés, o sus discípulos tras su muerte, quienes introdujeron el yahvismo.

La teoría de Freud -mucho más elaborada que lo expuesto en este artículo, por supuesto- posee un alto componente especulativo y no ha hecho la menor mella en el fuerte arraigo que tiene desde hace más de 2.000 años la extraordinaria figura de Moisés como caudillo del pueblo israelita. Quizá su valor más importante reside en que la apasionante reflexión ha partido de una de las mentes más lúcidas que ha conocido la humanidad, lo que no es poco.

Sobre Marco Schwartz.

Marco Schwartz nació en Barranquilla en 1956 y vive en España hace 25 años. Es autor de las novelas 'Vulgata caribe' y 'El salmo de Kaplan'. Forma parte de la planta del diario español 'Público'