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El duro reencuentro: del cautiverio a la libertad

El sabor del regreso, después de largos años de cautiverio, es agridulce. Así lo manifiesta la mayoría de uniformados que han regresado a la libertad rescatados y por entrega unilateral de la guerrilla.

04 de abril 2012 , 12:00 a.m.

El mundo que los espera es totalmente diferente del que dejaron y los planes y cuentas que tenían en la selva casi nunca son los que encuentran al regreso. Para John Frank Pinchao, quien hace exactamente cinco años se fugó del campamento donde permanecía con Íngrid Betancourt y otros secuestrados, solo se pudo asumir como él mismo cuando se fue de comisión a Chile, más de un año después de haber regresado a la libertad. "Allí ya estaba despojado de todo y tuve que reasumir las riendas de mi vida", dijo. Y aunque todos los casos son distintos (unos siguen solteros y otros dejaron una familia que se triplicó o se desintegró), en lo que coinciden todos es en los temores básicos que pocos entienden: un ruido, un olor, una comida o una palabra que les dispara la irascibilidad y los devuelve al campamento y a las cadenas.

"Se encuentra uno con situaciones que pueden ser simples, pero que no se soportan. La gente cree que por haber estado en una situación de máxima tolerancia es más fácil, pero no", contó Pinchao. Lo mismo admite el sargento retirado Arbey Delgado Argote, quien afronta una grave crisis familiar por las mismas circunstancias. "Cuando uno sale del cautiverio, ha pasado más de 12 años de su vida encerrado y no puede llegar acá a hacer lo mismo, y eso no lo entiende la familia", relató.

Pero, sin duda, lo más complicado es recomponer las relaciones de pareja. En algunos casos, los exsecuestrados intentaron mantener sus matrimonios o los lazos afectivos con las mamás de sus hijos, pero después de meses decidieron vivir solos. En otros casos, cuando llegaron, los recibió la noticia de que el matrimonio ya no existía, y algunos más han tenido inconvenientes para rehacer su vida afectiva. "Una mujer no se lo soporta si uno está de mal genio a toda hora", relata otro de los liberados. Aseguran que tampoco llegaron preparados para enfrentar el boom mediático. "Lo que menos se atiende es a la familia. Los medios están encima, hay que hablar con todos, y la familia queda relegada y es lo que más quiere uno tener al lado", aseguró Pinchao.

Pero todos también sintieron el bajonazo mediático cuando dejaron de ser el centro de atención. "La primera semana uno se siente importante. Con el paso de los días se vuelve a quedar solo y peor... Ahí vienen las depresiones", señala otro policía. Y lo peor, y que no es admitido ni por los mandos militares y de Policía, ni por los afectados, es la crisis de orden emocional o sicológico que muchos padecen