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Cuando los buenos son malos

04 de abril 2012 , 12:00 a.m.

LUXEMBURGO. Un ángel moderno en jeans, con una mochila colgando entre las alas y hablando por un teléfono celular, ha sido la salvación para la catedral de San Hertogenbosch en Holanda. Se trata de una estatua pequeña, creada por un artista local, que gana cada día más seguidores y ha permitido a la Iglesia recuperar fieles atraídos por la idea de un ángel joven y accesible que al parecer tiene comunicación directa con Dios, gracias a la tecnología de hoy.

Aprovechando la popularidad del ángel, la orden religiosa a cargo de la catedral organizó el programa 'Llame al ángel', para el cual contrató a un actor para ser la voz del ángel y abrió una línea de teléfono a través de la cual, por una tarifa, la gente puede llamarlo y contarle sus preocupaciones.

El ángel tiene también presencia en Twitter y en Facebook.

Ángeles actualizados, acordes con nuestra época, podrían ser la salvación para tantas catedrales, capillas e iglesias católicas del mundo cerradas o caídas en desuso y deterioro por falta de fieles. Algunas de las más importantes catedrales históricas se han salvado cambiando de función y convirtiéndose en museos visitados más por interés turístico que por fe. Pero los escándalos de abuso sexual de menores y la crisis financiera que sacuden a la Iglesia católica son tan graves, que probablemente no hay ángeles, por modernos que sean, que puedan rescatarla. Se trata de la más grande crisis institucional en la historia del catolicismo y sin posibilidades de mejoría en el horizonte. Mientras las denuncias de pedofilia sacerdotal siguen multiplicándose por todo el mundo, más de 5.000 denunciados, en el Vaticano se libra una batalla por el poder entre cardenales de la curia y alrededor de un papa que vive más preocupado por cuestiones teológicas que con el manejo de los problemas del día a día.

En apariencia, no se trata de una crisis doctrinal sino estructural relacionada con la cultura clerical insular y autoprotectora que ha permitido la práctica de encubrir sistemáticamente a los sacerdotes predadores y transferirlos repetidamente de una institución a otra donde tenían acceso a niños y niñas para continuar con los abusos. Como la mayor parte de las controversias que preocupan y amenazan a la Iglesia católica, como aborto, anticoncepción, divorcio, homosexualismo, celibato, el abuso de menores por parte de representantes de la Iglesia es sobre sexo.

Esta vez ha ganado proporciones que amenazan el futuro de la Iglesia católica como la conocemos hasta ahora, porque son ataques contra los más vulnerables por parte de quienes deberían protegerlos. Inclusive, el más reciente escándalo sobre malos manejos presupuestales, falta de transparencia financiera y lavado de dinero en el Vaticano palidece ante la indulgencia generalizada de la institución frente a los abusos de sus sacerdotes. Sin hablar de los más de 3.000 millones de dólares que la Iglesia ha tenido que pagar por indemnizaciones a muchas de las víctimas y que ha llevado a la bancarrota a tantas diócesis.

No es anticatólico hipotetizar que la crisis es también doctrinal y está directamente relacionada con el celibato de sus miembros y el hecho de que es una institución monolítica enteramente masculina cuyos líderes están protegidos bajo un manto de misterio, pompa y santidad y, en el caso del Papa, de infalibilidad. La jerarquía de una institución así resiste naturalmente admitir depravación moral en su seno y la implementación de cambios estructurales que correspondan mejor a la realidad de nuestras sociedades, infinitamente más libres, democráticas, seculares, pluralistas e intercomunicadas que cuando la Iglesia católica estableció sus fundamentos. El ángel holandés en sus jeans y celular es una imagen más bien simbólica del cambio hacia la realidad de nuestros días que la Iglesia está necesitando