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Sargento Salcedo, sobreviviente de dos tragedias

Con el fin de casi 14 años de secuestro, el sargento del Ejército Róbinson Salcedo Guarín completó dos tragedias de las que ha logrado sobrevivir. Desde el 3 de agosto de 1998, tras la toma de Miraflores (Guaviare), este militar estuvo en la selva en poder de las Farc y el lunes pasado volvió a la libertad.

04 de abril 2012 , 12:00 a.m.

Con dos pequeños loros, bajó del helicóptero brasileño que trajo a los 10 últimos militares y policías en poder de la guerrilla. Y ayer, después de su primera noche en libertad, Salcedo apareció con ojeras y una mirada de desconfianza.

La primera tragedia de la que salió con vida fue la avalancha que sepultó al pueblo tolimense de Armero (el 13 de noviembre de 1985). Lo encontraron enterrado en el lodo.

Trinidad Orjuela, la madre adoptiva que crió al militar desde los 3 meses de nacido, da fe de esta realidad. "Las dos situaciones son muy duras; confío en que Róbinson podrá superar el secuestro, así como salió airoso de Armero", agregó Trinidad, una anciana de 82 años, que vive con cinco hijos en una casa en el barrio Nuevo Armero que le regaló la Pastoral Social de la Arquidiócesis de Ibagué.

Los recuerdos hacen que las lágrimas rueden por su rostro porque la avalancha la dejó sin 3 hijos, sin su esposo, Pablo Emilio; 3 sobrinos e infinidad de amigos. Por eso hoy le reclama a la vida por qué desde hace más de 13 años la separa de 'Pitalúa', como llama con cariño al sargento.

En medio del dolor toma aire y narra que la noche del 13 de noviembre de 1985 fue despertada por unos golpes en la ventana de su cuarto. "Mi vecina me gritaba que corriera con mis hijos porque el volcán (nevado del Ruiz) había explotado", recuerda, mientras sostiene entre sus manos arrugadas una foto grande de su hijo cautivo.

Con semejante advertencia, comenzó a dar gritos en el cuarto, y eso molestó a su esposo, Pablo Emilio, que se negó a dejar las cobijas. Entonces, se dirigió a las alcobas para sacar a sus hijos Óscar, Luz Marina, Évert, Juan Carlos y Róbinson. Lo que siguió fue la confusión total porque todos, en pantaloneta, corrieron hacia la calle. Trinidad corrió detrás de Róbinson y Juan Carlos, pero no recuerda más porque la avalancha la arrastró y la botó en un lote solitario.

Veintiséis años después, Trinidad solo sabe que nada quedó en pie y recuerda que un día después, el 14 de noviembre, caminó entre el lodo buscando a sus hijos. Pero luego de tres días, un amigo le comentó que había visto a Róbinson y a Juan Carlos en una iglesia evangélica, hasta donde llegó tras sortear mil dificultades. "Con el rostro cubierto de barro, los cuatro nos abrazamos y lloramos sin dejar de darle gracias a Dios por habernos salvado", dice.

Juan Carlos, que trabaja en una empresa de vigilancia en Ibagué, cuenta que él y Róbinson quedaron tapados. "Solo se nos veían los ojos y los dientes cuando abríamos la boca para hablar o pedir ayuda", afirma.

"Por eso, cuando lo trasladaron a Miraflores, todos sus hermanos estuvieron de acuerdo en que colgara el uniforme; teníamos el presentimiento de que algo malo le iba a suceder", señala Trinidad, quien reconoce que el dolor de Armero no se compara con la tristeza que le produjo el secuestro de Róbinson.

"Él y yo hemos vivido una segunda tragedia", asegura la señora, que nunca perdió la fe de ver con vida a su hijo. Eso fue lo que le permitió el año pasado soportar una cirugía de corazón. "A Dios le pedí que no me dejara morir para ver vivo a mi hijo", exclamó. Y su ruego se cumplió el lunes pasado en Villavicencio.

Igual que ella, el joven Jonathan Salcedo, que creció viendo a su padre en fotos y en un video que les llegó como prueba de supervivencia, cumplió el deseo. Aunque ese primer encuentro fue agridulce. "Mi papá no me reconoció. Le dije: 'Yo soy su hijo' ", contó Jonathan desde la base de Catam