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‘Carta de los intelectuales’

La ‘Carta de los intelectuales y artistas por la paz’, publicada en Lecturas Fin de Semana de EL TIEMPO, debe de haberse reproducido ya en otros medios de comunicación del mundo. La firman numerosos escritores y artistas, muchos de ellos conocidos y respetados por sus obras.

28 de junio 2007 , 12:00 a.m.

Por el estilo acezante en que la carta fue escrita, llena de “considerandos” tácitos y explícitos, se deduce que sus redactores prefirieron el tono lírico de los manifiestos literarios de otras épocas a la sencillez expositiva de un texto llamado a producir consensos. Escribirla sin tantos ditirambos apocalípticos hubiera puesto en evidencia las explicables razones de la protesta y las inexplicables intenciones de sus silencios.

Cualquier demócrata sensible a la tragedia nacional hubiera podido firmar esa carta. Lo que allí se repudia es todo lo que los colombianos no comprometidos con la violencia estaríamos en condiciones de repudiar. Leído con la emotividad con que fue escrito, este documento no tiene en principio objeción ética alguna. Pero la tiene. Y mucha.

Condena las atrocidades del paramilitarismo, deplora con severidad la connivencia de fuerzas del Estado en ya históricos y oscuros episodios represivos; reclama soluciones políticas y no militares al conflicto y rechaza con indignación las señales equívocas que el proceso de Justicia y Paz está ofreciendo desde sus comienzos, perfilándose como un proceso de impunidad separado de la verdad y la reparación de las víctimas.

La carta se extiende en otras consideraciones, entre otras en el rechazo al Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos. Pasa entonces a proponer un modelo de sociedad, según se entiende cuando se desbroza el lirismo de sus frases. Esto impide que la carta sea firmada por más “intelectuales y artistas”, pues vincula el futuro de la paz a un proyecto político. La carta es un documento cargado de ideología militante. Por llevar esa carga ideológica, es por lo que es un documento sesgado.

No es que la carta no tenga razón en lo que dice y repudia. Lo que pasa es que pierde su valor ético y político cuando soslaya e ignora los métodos atroces de una subversión aliada del narcotráfico y comprometida, como sus enemigos, en crímenes de lesa humanidad. El repudio del secuestro debería tener nombre propio. En la carta, en cambio, es la pasajera mención de una práctica atroz sin autores materiales e intelectuales.

Una de las cosas que todavía enturbia el proyecto social y político de la izquierda tiene su origen en esta clase de omisiones. Y es precisamente por ello por lo que la idea misma de democracia no tendrá sentido si lo que se exige a las derechas no se exige también a las izquierdas.

La ‘Carta de los intelectuales y artistas’ no fue presentada como un documento de la izquierda. Excluye, sin embargo, a quienes no pertenecen al sector de la izquierda que sigue siendo complaciente con los métodos de las guerrillas. Es el sector al que le cuesta condenar la vieja y ya pervertida “combinación de todas las formas de lucha”. Excluye a los demócratas que repudiarían también toda forma de violencia e injusticia, incluyendo por supuesto las de la subversión armada.

Lo que le falta a este documento es éticamente grave. Esto no exonera de culpa a quienes condena con tono indignado. La carta pierde su eficacia moral porque pretende hacer entre líneas una distinción entre las atrocidades del proyecto de las derechas y del “establecimiento” y las atrocidades de los grupos guerrilleros de izquierda. Es atinada en lo que dice y desatinada en lo que calla.