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Cómo combatir el estrés

El mundo era razonablemente feliz hasta que el hombre inventó esa plaga de Egipto llamada estrés. Es el impuesto que hay que pagar en desgaste síquico para soportar la modernidad. Aunque si necesitáramos el estrés, Dios lo habría inventado el séptimo día, cuando se dedicó a todas las formas de locha.

27 de junio 2007 , 12:00 a.m.

Los hay que convierten el estrés en su aliado. “Es mi capital”, proclamó hace tiempos el cómico alemán Otto Waalkes. Sabe que si del cuero salen correas, del estrés sale creatividad.

Tampoco falta quién lo convierta en rentable negocio. Lo montaron en Shanghái dos chinos que se aburrieron de triturar horarios de oficina. Le dijeron adiós a la nómina y montaron un servicio que tiene este eslogan: “Si sufre de estrés, insúltenos o golpéenos”. Los dueños de esta extraña forma de levantar para el arroz se llaman Zhang Li y Chen Jun, a quienes llamaremos Pedro y Juan. Como apenas empieza, está circunscrito a las mujeres. Si usted, desocupada lectora, quiere desestresarse, los visita y les dice cómo se quiere desahogar.

Si quiere insultar, solo insultar, a uno de estos chinitos para vengarse de su jefe injusto e intenso, o de un marido que solo consigna sexualmente en otras sucursales, le tocará pagarles el equivalente a 25.000 pesitos colombianos. Tiene diez minutos para decirles a estos clientes hasta de qué se van a morir mientras pronuncia en voz alta el nombre de su maridito perrata. Para inspirarse a la hora de insultar, puede escuchar las monótonas transmisiones de televisión de las sesiones del Congreso.

Ahora, si en vez de insultarlos los quiere agarrar a golpes, bienvenida, pero pagará 40 mil pesitos por los mismos 10 minutos. Tiene un pequeño inconveniente esta forma: hay que ir hasta Shan-ghái. Salvo que algún colombiano avivato, aburrido de su trabajo o desempleado desee montar sucursal aquí. El negocio está virgen.

Los chinitos saben que la gente se estresa por inercia, por deporte. Para combatir esa anomalía, unos van al turco, al sauna, se dejan masajear por las aguas de algún yacusi, o por alguna profesional de la digitopuntura. No pocos se clavan media de aguardiente o se meten su cachito de maracachafa de exportación.

Los tiempos cambian y Pedro y Juan han decidido llenarse de plata con el negocio insólito de los insultos y los guarapazos. “Estábamos deprimidos después de muchos años de trabajo como oficinistas”, explicaron en el momento de revelar su perestroika laboral. En la mañana, para calentar motores, el uno agarra al otro a golpes e insultos, y vengan clientas… oscardominguezg@etb.net.co