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Diplomacia a punta de refranes

“A caballo regalado no se le mira el diente”. Con este refrán recibió el presidente Uribe la semana pasada los nuevos condicionamientos del Plan Colombia aprobados por la Cámara en el Congreso norteamericano.

25 de junio 2007 , 12:00 a.m.

Condicionamientos que, bueno es precisar, sin temor a exagerar, le abren un boquete inmenso a nuestra ya maltrecha soberanía. De ahí que nos sorprenda tanta docilidad en un Presidente con fama de camorrero, listo siempre dizque a dar peleas por la dignidad del país.

Lo cierto es que estos nuevos condicionamientos harían crispar de ira hasta a los uribistas más devotos del Tío Sam. Por cuenta del dinero que nos van a dar, el gobierno estadounidense podrá intervenir en nuestros asuntos internos como nunca lo ha hecho. De ahora en adelante, los gringos podrán incidir en la aplicación de leyes como la de Justicia y Paz, en las investigaciones que adelanta la justicia colombiana en materia de penetración de los paramilitares en las altas esferas de la política colombiana, lo cual equivale a decir que tendrán aún más injerencia de la que ahora tienen en el aparato judicial colombiano y en temas de resorte interno como el de la lucha contra la corrupción. A estas nuevas prerrogativas se suman las certificaciones existentes en materia de derechos humanos y de lucha contra las drogas, que le permite a Estados Unidos sancionar a las unidades y a los miembros de la Fuerza Pública que tengan problemas en estos dos campos. En resumidas cuentas, si nos va bien, lo único que el presidente Álvaro Uribe va a poder hacer sin que necesite para ello previa certificación norteamericana es abogar ante la Fifa por los derechos de la altiplanicie andina.

Aclaro: no es que no quiera que la justicia opere en Colombia como es debido. Ni que los responsables de los crímenes no paguen por ello. Qué más quisiéramos que tener una ley de Justicia y Paz que se aplique como corresponde, en lugar de que ande como anda, a marchas forzadas, desbordada por la falta de recursos humanos y técnicos y cuestionada por la forma como el Gobierno se ha hecho el de la vista gorda, cada vez que los medios informan sobre cómo los jefes de la Auc siguen delinquiendo desde la cárcel.

Lo que no sería correcto, ni lógico, es que este tipo de ajustes se impongan desde Washington y que, de contera, se acepten aquí como eso, como imposiciones, y no como convicciones. ¿Qué sacamos con tener una ministra de Cultura negra impuesta por el senador Mix, si en el país la población afrocolombiana sigue siendo víctima de desplazamientos causados por cultivadores inescrupulosos de palma africana en el Chocó? Por ese camino, lo único que puede suceder es que los jefes de las Auc terminen negociando con Washington, mientras nosotros nos quedamos aquí sin saber la verdad y sometidos al fantasma de la repetición.

Además, es hora de que entendamos que el Plan Colombia se ha ido transformando en un instrumento abiertamente intervencionista, a pesar de que fue creado para abordar el problema de la droga como una responsabilidad compartida entre los países productores y los consumidores. Los primeros tenían que responsabilizarse de frenar la producción y los segundos de frenar el consumo. Se trataba de una lucha integral. Hoy, el Plan Colombia se ha convertido en una política unilateral que ha vuelto a hacer recaer en Colombia la responsabilidad de la lucha contra las drogas. Y es obligación nuestra librar una guerra que ellos y nosotros sabemos que no podemos ganar.

Ante tales derroteros, la diplomacia colombiana no puede responder con refranes serviles ni con tesis absurdas como la de creer que la buena química entre dos gobernantes es la base para una buena diplomacia. Estados Unidos no mide sus relaciones exteriores por la química, sino por sus intereses, y es hora de que nosotros hagamos lo mismo, si no queremos terminar como un país virtual de esos que se recrean a punta de un software en la globósfera.